Comunidade Caná

Comunidad Católica de Alianza integrada por familias en el seno de la Renovación Carismática

Ministerio de Música


El canto nuevo 
 "¡Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar!" (S. Agustín)

El canto en nuestras asambleas cristianas, tan lleno de riquezas, carecería de valor y de consistencia si no estuviese animado por el cántico interior del corazón del cual es expresión y donde tiene su fuente. El culto agradable a Dios brota del corazón. El canto en espíritu y en verdad enlaza la oración con la vida. Nuestra música es para expresar el Amor con todo el corazón y con toda el alma.

Además del canto expresado por nuestros labios, existe un cántico interior que resuena en lo profundo del corazón humano. "Sin voz también es posible cantar, con tal de que resuene interiormente el espíritu. Pues cantamos no para los hombres sino para Dios, que puede escuchar nuestros corazones y penetrar en la intimidad de nuestra alma" (S. Juan Crisóstomo). El cántico interior no está en oposición con el canto vocal; al contrario, es el alma y el verdadero contenido de éste. "¡ Alabemos al Señor nuestro Dios no solamente con la voz, sino también con el corazón... La voz que va dirigida a los hombres es el sonido; la voz para Dios es el afecto" (S. Agustín).

En la liturgia, el canto exterior calla a menudo para la proclamación de la Palabra, para las oraciones y para el silencio sagrado; pero el cántico interior no debe cesar jamás. En concreto, en el salmo responsorial el/la salmista nos pone la Palabra de Dios en los oídos y en los labios; la escuchamos y participamos con la antífona. Mientras el oído escucha al salmista, el corazón debe continuar cantando internamente.

La terminación de la asamblea y de sus cantos no debe hacer callar ese cántico interior. Pues no basta con cantar las alabanzas de Dios; hace falta la vida. San Agustín nos dice: "Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar". "Os exhorto, hermanos, a alabar a Dios. Pero alabad con todo lo que sois, es decir, que no sólo alabe a Dios vuestra lengua y vuestra voz, sino también vuestra conciencia, vuestra vida, vuestras obras... Por tanto, hermanos, no os preocupéis simplemente de la voz cuando alabáis a Dios; alabadle totalmente: que cante la voz, que cante la vida, que canten las obras". "¿Quieres que la alabanza resulte agradable a tu Dios? No juntes al buen canto la estridencia de tus malas costumbres. Los que alabáis, ¡vivid bien!. La alabanza de los impíos ofende a Dios. El se fija más en tu vida que en el sonido de tu voz".

El canto de la vida ha de unirse al canto de los labios. No sólo para que de ese modo sea la alabanza de toda la persona, sino para que se pueda experimentar verdaderamente aquello que se dice en el canto. De nuevo nos enseña Agustín : "No podréis experimentar qué verdadero es lo que cantáis si no empezáis a obrar lo que cantáis. Empezad a obrar y veréis lo que estoy diciendo. Entonces fluyen las lágrimas a cada palabra. Entonces se canta el salmo y el corazón hace lo que se canta en el salmo. Porque los oídos de Dios atienden al corazón del hombre. Muchos son atendidos estando sus bocas en silencio y otros muchos no son escuchados a pesar de sus grandes clamores".

La Palabra de Dios cantada continúa presente en la vida del cristiano. Si el cántico interior no se apaga, los cantos seguirán resonando fuera de los muros de las iglesias como un eco vivo y una prolongación espiritual de nuestra oración en nuestras vidas.
Vivir en el Espíritu para cantar en el Espíritu
"Quien ha aprendido a amar la Vida Nueva sabe cantar el cántico nuevo. De manera que el cántico nuevo nos hace pensar en la Vida Nueva. Hombre nuevo cántico nuevo, testamento nuevo... todo pertenece al mismo y único Reino (S. Agustín)


   El cristiano que busca sinceramente conocer el lugar que la música debe ocupar en su propia vida, tiene en la Palabra de Dios una norma general que se puede aplicar a cualquier ámbito de su existencia: "Hacedlo todo para la Gloria de Dios” (1 Cor 10, 31). Quien haya aceptado a Jesús como su Señor y Salvador ya no es autónomo  para fijarse su propia ley, pues ahora está "bajo la ley de Cristo Jesús” (1 Cor 9, 21). Y Jesús buscaba siempre lo que era agradable a Dios y servía para darle mayor gloria (Jn 7,18; 8, 29; 8 49; 17, 4). 

   “Porque ninguno de nosotros vive para si mismo y ninguno muere para si mismo” (Rm 14, 7). "Cristo murió para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Cor 5, 15) "para que en todo sea glorificado Dios por medio de Jesucristo”(1 Pe 4, 11). Si hemos nacido de nuevo del agua y del Espíritu, desearemos hacer todas las cosas, también la música, para gloria de Dios. Todas mis cosas están bajo la mirada de mi Padre; soy su hijo y vivo en función a Él. La música que aceptamos escuchar, la que componemos, la que cantamos o tocamos -solo o con otras personas- debe contribuir a glorificar a Dios.  

    Hacer algo para la Gloria de Dios significa que deseamos que Él reciba todo el honor y la alabanza de nuestra acción y que un mejor conocido, amado y servido. Por tanto, renunciamos a nuestra propia gloria personal. El mundo de la música, como toda actividad artística, ha sido desviada hacia la glorificación del hombre. Una de las metas -reconocida o no- de los artistas es la de hacerse un "nombre". Y Jesús dice con respecto a esto: "Más entre vosotros, no será así" (Mt 20,26). En una oración común o en cualquier celebración litúrgica es inconcebible que músicos o cantores sean protagonistas. La música es ofrecida a Dios igual que las oraciones. No nos reunimos en el nombre del Señor para disfrutar de la música o para apreciar su calidad.

   "Todas las cosas me están permitidas, pero no me dejaré dominar por ninguna” (1Cor 6, 12). Incluso las mejores cosas pueden convertirse en un peligro para mi libertad si se convierten en imprescindibles para mi bienestar, si no puedo vivir sin ellas. La música se ha convertido para muchos en una droga de la que les sería muy difícil prescindir. La música es un medio maravilloso por el cual Dios puede damos Paz, Alegría, Fuerzas.... pero siempre seguirá siendo un medio, como los alimentos o las medicinas, en las manos de Dios. No es de la música por sí misma de quien espero estos beneficios, sino de mi Padre que me ama. Debe evitar por tanto, dedicarles más tiempo, fuerzas o receptividad de lo que el Señor me muestra como conveniente para no depender de ella. Para muchos "melómanos", la música se ha convertido en un sucedáneo de la religión. Tienen necesidad de ella para tranquilizarse o animarse. Esperan de ella lo que solo podemos esperamos de Dios: consuelo, transformación interior, comunión con los otros... La música es una sierva de Dios; si no ocupa su lugar, se hace un ídolo, un falso Dios. Hacer música para la Gloria de Dios es contribuir a que Dios su conocido, tal como verdaderamente es, por el mayor número de personas. Glorificar "El Nombre de Dios” (Jn 17,18). Es manifestar y hacer reconocer sus cualidades: Su Majestad, Su Gracia, su Ternura Su Belleza. La música glorifica a Dios cuando refleja estas cualidades y las evoca en el interior de los oyentes. "Una música para la Gloria de Dios -dice Küen- es una música de Paz, en el sentido de Shalom: plenitud, realización, felicidad “.

    Pablo, justo después de haber hablado del canto, dice: "... y todo lo que hagáis, sea de palabra o de obra, hacedlo en el Nombre del Señor Jesús" (Col 3, 17). Hacer una cosa en el nombre de alguien, es hacerlo tal como él lo habría hecho, representando su personalidad, su naturaleza, hacerlo con su amor y su autoridad. Una música hecha en el Nombre del Señor Jesús debe reflejar su persona, su Fuerza y su Dulzura, su Verdad y su Pureza, su Amor y su Poder; y también su Celo, su Pasión por el Padre, su indignación ante el mal. Una música de esta clase podrá tener, según los momentos, fuertes sonoridades, acentos peculiares, diferentes estilos, pero no se complacerá en excitar ni en condicionar. No será de carácter caótico o exagerado, sino que transmitirá la serenidad y el equilibrio que nacen del triunfo de Dios sobre toda división o destrucción.

    En el Antiguo Testamento, los músicos del templo eran levitas sometidos a las mismas obligaciones que sus hermanos. No tenían ningún privilegio ni patrimonio; Dios mismo era su heredad (Num 18,29; Dt 10,9). Algo semejante ha de suceder con quienes son llamados a servir al Señor a través de la música y el canto. Un ministerio de música es como un ministerio de intercesión o de predicación: un servicio al Señor en la Comunidad. Significa, de algún modo, una consagración a Dios. La Comunidad -a través de sus responsables- tiene que mantener una exigencia espiritual y de coherencia de vida para todos los que forman parte de un ministerio de música. 

    Quienes sirven al Señor en este ministerio han de amar más a Dios y a su Palabra que a la música. Deben tener una visión de la música y el canto desde la Palabra de Dios y la Tradición de la Iglesia. Han de tener paciencia, equilibrio emocional, capacidad de sometimiento y de trabajo en equipo; entusiasmo y celo, compensados con sensatez y buen humor. En la base de todo esto: humildad. Sólo con una vida de oración diaria y de entrega real se puede servir al Señor.
Canto y Comunión
"Vivir la unidad, romper cadenas ; 
esperando la luz de un nuevo amanecer 
que iluminará a un nuevo pueblo"

El canto del pueblo reunido es fundamental e insustituible. Es al pueblo a quien corresponde expresar su fe y responder a la Palabra anunciada con "himnos, salmos y cánticos inspirados" (Col 3, 16). El papel musical de animadores, cantores, instrumentistas, coro ... es importante; pero siempre como parte integrante de la asamblea que celebra y canta. "Nada más festivo y mas grato que una asamblea que, toda entera, expresa su fe por el canto. Por ello, se promoverá diligentemente la participación activa de todo el pueblo por medio del mismo" (Musicam Sacram 16). Esta participación exige la formación del pueblo para el canto. La Instrucción Musicam Sacram, en el nº 18, encarga a las asociaciones y movimientos de laicos que contribuyan a ella.

La Iglesia da la primacía a las celebraciones comunitarias y en ellas el canto unánime es una necesidad vital de la asamblea reunida. El canto es expresión de la comunidad, pues "pone de manifiesto de un modo pleno y perfecto la índole comunitaria del culto cristiano" (Ordenación General de la Liturgia de las Horas 270). "El misterio de la Sagrada Liturgia y su carácter comunitario se manifiestan mediante la unión de las voces que debe expresar un profunda unión de corazones" (Musicam Sacram 5). En el momento cumbre de la actividad eclesial -la Liturgia- el canto aparece para glorificar a Dios, pues, antes que nada, la primera tarea de los cristianos reunidos es la alabanza. El gozo y el entusiasmo que la música proporciona al culto son expresión de la riqueza vital de una comunidad.


Cantar lo que vivimos ... y vivir lo que cantamos

     La fe no es sólo un asunto personal. Somos comunidad y el canto es uno de los mejores signos de nuestro sentir común. Y ello sin perder nada de la profundidad personal de cada una/o. La educación individualista explica las reticencias que algunos/as sienten todavía por el canto, precisamente porque el cantar con otros nos hace salir de nosotros mismos y sumarnos a la celebración comunitaria. La Iglesia es una comunidad de sentimientos que, a través del canto común, se manifiesta en una única voz. Este sentir común es expresado y, a la vez, fortalecido por el canto de todo el pueblo.

     Ya desde las primeras comunidades cristianas es todo el pueblo el que canta a una voz las aclamaciones de los salmos y de los himnos. El canto contribuye poderosamente a crear comunidad, uniendo e igualando a los miembros que cantan. Y las diferencias de edad, cultura, condición social, etc, quedan rebasadas. Lo explica S. Juan Crisóstomo : "Habla el profeta y todos respondemos, todos mezclamos nuestra voz a la suya. Aquí no hay esclavo, ni libre, ni rico, ni pobre, ni príncipe, ni súbdito. Lejos de nosotros estas desigualdades sociales, formamos un solo coro. Todos formamos parte igualmente en los santos cánticos, y la tierra imita al cielo. Tal es la nobleza de la Iglesia. . Y no se dirá que el dueño canta con seguridad y que el siervo tiene la boca cerrada; que el rico hace uso de su lengua y que el pobre no; que el hombre tiene derecho a cantar y la mujer debe permanecer en absoluto silencio. Investidos de un mismo honor, ofrecemos todos un común sacrificio, una común oblación .... una sola voz de distintas lenguas se eleva al Creador del universo" (Homilía 5, 2) .

     Nadie debe quedarse sin cantar. El abstenerse del canto equivale a marginarse de la asamblea y romper su unidad. Al cantar, la voz de cada uno/a debe tender a formar un solo sonido coral con el resto de la asamblea. Si alguien posee una voz difícilmente armonizable con el coro común, ha de esforzarse por cantar moderadamente, sin molestar a la piedad de los demás; pero no callar. En este mismo sentido, el micrófono no debe ser protagonista. La mejor megafonía es la que menos se nota. A esta modestia se refiere el Misal Romano cuando dice: "El micrófono, por su dimensión y colocación, no ha de restar valor a los demás utensilios y símbolos litúrgicos". A veces se ve más el micro que el cáliz.

     Este canto de todo el pueblo es signo de comunión. El cantar a una voz está reclamándonos la fraternidad y la unidad; del canto común el Espíritu hace brotar una poderosa fuerza de unión y reconciliación. "El canto rehace las amistades, reúne a los que estaban separados entre sí, convierte en amigos a los que estaban mutuamente enemistados. Pues, ¿quién es capaz de considerar todavía como enemigo a aquel con quien ha elevado una misma voz hacia Dios?. Por tanto, el canto de salmos y cánticos inspirados nos procura el mayor de los bienes: la caridad. El canto encuentra el vínculo para realizar la concordia y reúne al pueblo en la sinfonía de un mismo coro" (San Basilio).

     Por la acción del Espíritu Santo, el canto nos hace sintonizar  -primero-  con nuestro yo más profundo. Luego entre nosotros, todos los participantes en la asamblea. Y así, constituidos en un único coro de hijos e hijas de Dios santificados/as, nos abrimos al misterio de la catolicidad de la Iglesia, sacramento universal de salvación y germen de unidad en el mundo. La comunión entre cristianos y cristianas de distintos movimientos, lenguas, culturas y confesiones ha de expresarse a través de signos comunes entre los que la música tiene especial importancia. El canto nuevo no estará completo hasta que los hombres y mujeres de toda raza, pueblo, edad y condición hayan unido a él sus voces.

  El Don de Lenguas

     "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos orar como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. El que sondea nuestros corazones sabe lo que dice el Espíritu, porque el Espíritu intercede por los santos según el deseo de Dios." (Rom 8, 26.27)
  
     El don de lenguas "es un don de oración que nos capacita para orar a un nivel más profundo" (K. Macdonnell).

     El  P. Sullivan, jesuita de la Universidad Gregoriana de Roma, después de un minucioso estudio de este don, concluye: "La oración en lenguas de la comunidad de Corinto, igual que la de hoy, es un hablar y cantar de modo ininteligible, que no se produce por un éxtasis religioso. Aquellos que la practican la consideran bienhechora en cuanto forma de orar. Estamos, pues, fundamentados cuando afirmamos que este fenómeno religioso, del que constatamos hoy día una reminiscencia, es el mismo del que nos habla Pablo en 1Cor 12, 14. En virtud de esta conclusión, nos hallamos ahora mejor capacitados para comprender por qué Pablo da gracias a Dios por este don y por qué expresa su deseo de que todos pudieran recibirlo. Hoy, en efecto, millares de cristianos pueden dar testimonio de los frutos que esta extraña manera de orar y cantar produce en sus vidas. Para un gran número de personas ha sido la llave que ha abierto la puerta de una nueva experiencia de Dios".

     "El que habla en lenguas no habla a los hombres sino a Dios" (1Cor 14, 2). Cantar en lenguas es un vehículo para hablar a Dios, un medio para que el Espíritu ore en nosotros. El canto en lenguas expresa sentimientos y pensamientos, pero en un sentido global como las lágrimas o la risa. El Espíritu Santo se une a nuestro espíritu, no lo sustituye. Se sirve de todos los recursos de nuestra naturaleza. No es que, de repente, seamos dotados de una capacidad milagrosa. El don consiste en “dejarse” interior y exteriormente con sencillez, para que pueda brotar este lenguaje de niño. El canto en lenguas se convierte así en el lenguaje de la alabanza, de una alabanza integral, de todo el ser, en la presencia de Dios.

El dominico Vicente Rubio lo describe formidablemente al darnos su testimonio:
         "Hace ya mucho tiempo, cierta tarde participaba yo, más como observador y crítico que como orante, en una asamblea de oración, impropiamente llamada "carismática". Había más de trescientas personas. De pronto me di cuenta de una cosa: nadie de los que estaban cerca de mí  se expresaba en nuestro idioma castellano; ni siquiera oraban en voz alta, según costumbre, alabando intensamente a Dios... ¡Cantaban! Cantaban sin ser cantores y con palabras desconocidas. Fue una música sublime, pura, espiritual. Sólo Dios se dejaba sentir en ella.
       Todo semejó a un orfeón gigantesco que, sin perder su elevación divina, comenzó suave, siguió creciendo, hasta alcanzar un clímax rotundo; al llegar a ese punto, era como una nota o un acorde inmenso, poderoso y fuerte. Cielos y tierra, la Iglesia y la creación entera cantaban al Dios infinitamente santo. O como si Dios se cantara a sí mismo, humildemente, en su inmensa gloria y nos dejara escuchar un rato aquí en este mundo la hermosura de su canción eterna. Luego las voces fueron disminuyendo poco a poco hasta que, como sí un invisible director de coro hubiese dado la señal de terminar, la asamblea íntegra cesó de golpe en aquel maravilloso canto.
    Me quedé perplejo. Porque los numerosos integrantes de la reunión no eran cantantes profesionales ni aficionados. Tampoco se trataba de ninguna canción conocida. Mucho menos de una entonación más o menos identificable. Era una melodía nueva, espontánea. La armonía misma, juzgada desde el punto de vista musical, resultaba rica, por no decir riquísima. Recordaba de lejos las composiciones sagradas alemanas, más armónicas que melódicas, llenas, intensas. No pregunté nada. Dirigí discretamente mi vista a la asamblea entera. Vi como toda ella se hallaba sumida en un recogimiento profundo. ¡Imposible poner a tanta gente de acuerdo para canturrear tan bien! Además..., en su mayoría, aquellas personas ignoraban la música. Tampoco había cancioneros ni partituras. Nada de estudio previo... ni ensayos. Únicamente allí se percibía a Dios en su imponente grandeza y en esa tremenda cercanía que Él tiene para con nosotros, rebosante de amor.
         Cuando regresé a casa, abrí la Biblia para ilustrarme sobre lo que acababa de percibir. Leí el texto del evangelio de San Mateo 26,30, único sitio donde expresamente se dice que Jesús cantó: "Después de cantar el himno, se fueron (Jesús y los apóstoles) al monte de los olivos". ¿Sería el canto que yo había escuchado aquella tarde una participación del canto que Jesús entonó en la tierra y sigue entonando en el cielo para alabanza y gloria del Padre por el poder de Espíritu Santo?. Podía ser, pero aquel pasaje bíblico de San Mateo no me ilustró demasiado acerca de lo que tanto me inquietaba. Leí Hechos de los Apóstoles 16,25. Allí se relataba que estando Pablo y Silas presos en la cárcel "a media noche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios". Quizás lo que Pablo y Silas cantaban a Dios se pudiera parecer a lo que yo había oído en la asamblea aquella tarde, pero el texto sagrado tampoco me aclaraba mayormente lo que anhelaba saber. ¿Qué hacer? Tratar de esperar con paciencia, a ver si se presentaba una nueva oportunidad.
        Y pronto se presentó... Esta vez estaban a mi lado personas conocidas. Su voz y su gusto para cantar no rebasaban los límites de lo común y ordinario. De repente, cuando estábamos en oración intensa, sin nadie dar un aviso o una orden, comenzó el canto con palabras desconocidas. Todo el mundo participaba en él. A mi entender, resultó mucho más fino que en la otra ocasión. Un juego de melodías y armonías tan extraordinarias se cruzaban por aquí y por allá arrebatando el corazón y envolviéndolo en una atmósfera densa de presencia de Dios, de calma del cielo y serena alegría de la tierra.
     Aquello era verdaderamente una sinfonía de voces que sólo podría estar inspirada y conducida por el mismo Espíritu Santo. Al acabar el canto, indagué. La persona que a mi izquierda se hallaba me dijo: "Sí, esto ha sido un canto en lenguas". Di gracias a Dios, porque de nuevo yo había sido testigo del paso del Señor por aquel lugar. Por suerte, un amigo acababa de llegar al sitio de la asamblea buscándome, porque necesitaba comunicarme una noticia. Cuando salí a la puerta del local, él se adelantó y me preguntó qué coro era aquél, y cómo cantaba tan bien, quién los ensayaba, etc., etc. Se había quedado impresionado igualmente por el orfeón improvisado e inesperado.
        Aprovechando el paso por esta ciudad de Santo Domingo de un notable biblista, graduado en la célebre Escuela Bíblica de Jerusalén, quise consultarle sobre el fenómeno. Entonces me explicó que el canto en lenguas era una modalidad de la glosolalia u oración en lenguas. La única diferencia con orar en lenguas consistía, según él, que en el canto en lenguas el Espíritu Santo no sólo ponía las palabras en boca de los fieles sino también la música.
        Cuando alguien sienta que el Espíritu Santo le impulsa a glorificar a Dios Padre por Jesús, el Señor, con un canto en lenguas, si es en una asamblea, hágalo cuando el momento sea oportuno para ello; si está a solas, hágalo siempre con toda la unción que sea posible como si estuviera cara a cara en la Presencia de Dios. Porque es un canto de Dios para Dios. A su vez notará que su fe se acrecienta, su caridad se intensifica, su esperanza de poseer a Dios vibra con fuerza, su humildad aumenta. Al mismo tiempo, el gozo, la paz y el poder - sobre todo el poder- para hacer lo que por nosotros mismos nunca seríamos capaces de hacer: se aguantan las burlas, se olvidan las distancias, las durezas se suavizan y prodigamos el bien calladamente y con sencillez.
       En mi criterio, el canto en lenguas tiene un inmenso poder. El poder del Divino Espíritu tal como puede ser canalizado a través de una criatura humana. He ahí un canto nuevo para Dios. ¡El único nuevo!"
(Vicente Rubio O. P. Relatado en la revista Alabanza)

      Actualmente, millones de personas han recibido el don de lenguas. Es, quizá, el elemento más distintivo de la Renovación Carismática, corriente de gracia que se ha extendido por todo el mundo y ha alcanzado a cristianos de prácticamente todas las denominaciones.
      Las lenguas han estado siempre presentes en la vida de la Iglesia desde el primer Pentecostés. Son un don que muchas personas prefieren no recibir. Parece extraño, innecesario. A los que oran en lenguas les preguntan muchas veces: "¿Qué es eso? ¿Cómo se puede explicar?' ¿De qué me serviría el orar en lenguas?"
    Aunque le llamamos un "lenguaje" de oración, no es un idioma real, ordinario. Expertos lingüistas han analizado miles de cintas grabadas de personas orando en lenguas y no han encontrado una estructura lingüística en lo que estaban diciendo o cantando. Les falta la estructura de un idioma, aun cuando suena como un idioma. Hay excepciones en esto; lo que está diciendo una persona orando en lenguas puede ser reconocible como un idioma, diferente de cualquiera de los que conoce esa persona. Pero como ella no sabe lo que está diciendo, el efecto es el mismo: las lenguas son un don de oración.
       En este sentido, compararíamos a las lenguas con la oración contemplativa, otra forma de oración no conceptual. Contemplación significa unión con Dios no conceptual, sin palabras. Es una unión a través del amor, una unión en la que adoramos, alabamos, amamos, o vamos a Dios sin palabras, ni pensamientos o ideas específicas.
   Podemos contemplar silenciosamente mirando al Señor, sabiendo que Él nos mira a nosotros con amor y misericordia. Podemos decir el nombre de Jesús despacio en nuestros corazones, o podemos repetir algunas veces una frase como "Te amo, Jesús". Muchas personas contemplan silenciosamente en la misa, durante la elevación del cuerpo y sangre del Señor. También se quedan con el Señor después de la comunión, sin decir oraciones ni hacer peticiones, sino en un silencio interior profundo. Esto es contemplación silenciosa. Del mismo modo, el don de lenguas, aunque es ruidoso, puede considerarse contemplativo. Cuando hablamos o cantamos en lenguas, las sílabas con las que oramos no forman palabras que representan pensamientos o ideas como sucede en los idiomas humanos. No representan un concepto determinado; no tienen un contenido específico que podamos comprender. Conocemos a Dios más con nuestros corazones que con nuestras cabezas. Nuestro conocimiento trasciende pensamientos y palabras.

       El canto en lenguas no es una sucesión de notas ensayadas o una melodía compuesta. Se trata de una irrupción espontánea que, dejando a la persona libertad para cantar o callarse, impulsa directamente a alabar al Señor. Cada persona canta con su voz, bonita o no, con su propio timbre y su estilo particular. Sin embargo, el conjunto muestra una impresionante acción del Espíritu, que va constituyendo una unidad en la variedad de voces y melodías. El efecto es una música más allá de lo medible o expresable y una paz interior suave y fuerte a la vez. Solamente si se ha experimentado se puede comprender esta realidad.

       El canto en lenguas es expresión de amor y de adoración. Nace del profundo deseo de alabar al Padre y manifestarle con especial amor el deseo que hay en nosotros de Él. Es el Espíritu quien nos impulsa a una alabanza más plena, de manera que hasta el último rincón de nuestro ser se pone en actividad. Procede de una capacidad propia de toda persona: en todos hay semillas y nostalgias hondas del bien y de la felicidad. En algún sentido, todos oramos en lenguas, ya que todos gemimos y deseamos desde lo más profundo. Nos ha enseñado a hablar con Dios, a pedirle, a contarle cosas, a hacer de él un interlocutor tratable... La oración en lenguas pertenece más bien al orden de los gemidos, del llanto, del balbuceo infantil, del clamor de un campo de fútbol. En estos casos no se usan palabras, pero algo del alma se manifiesta con fuerza: hay una comunicación con un tú inexpresable, inefable. No sabes cómo hablarle, pero te inunda con su presencia.

        En este sentido, la oración en lenguas respeta la inefabilidad de Dios, su transcendencia. Dice Chus Villarroel: “Una de las genialidades de Santo Tomás de Aquino es haber colocado la esperanza en la voluntad. No la colocó ni en la inteligencia ni en la memoria ni en la imaginación sino en la voluntad, sede del deseo y del querer. Lo suyo es desear el bien, la felicidad, todo lo que es amable y nos da alegría. La voluntad, como potencia humana, es redimida y sanada en sus quereres por la esperanza teologal que la conduce hacia Dios, hacia la vida eterna. La voluntad, rescatada y ungida por la esperanza, quiere amar y desear sin retorno; desea alimentarse de vida eterna. Ella es la que nos da ganas de Dios. La oración en lenguas pertenece a la dimensión de la voluntad y de la esperanza; en ella no funciona la lógica del conocimiento sino la del deseo. Cuando oramos en lenguas no nos interesa conocer más sobre los atributos de Dios sino unirnos más a Él, experimentarle como nuestro amor más hondo”.

       El canto en lenguas pertenece al nivel del don. Es una oración de descanso. El hecho de no componer frases razonables ni pedir algo concreto, hace la oración muy descansada. Tu corazón puede funcionar sin tu mente. Por eso, en momentos en que estés cansado y agobiado, y no seas capaz de orar, piensa que la oración es el corazón. Tu corazón es tu deseo, tu esperanza, tu anhelo más profundo... aunque no puedas formularlo en frases hechas. El Espíritu Santo alienta tu corazón sin cansarte, sin obligarte: lo tienes ahí dentro... ¡te basta un gemido en lenguas!

      Generalmente, el canto en lenguas se hace presente en determinados momentos más propicios, de mayor profundidad de oración. Es frecuente que el canto en lenguas surja al celebrar la Eucaristía, particularmente en la Consagración y después de la Comunión. En ambos casos es expresión de adoración, de encuentro pleno con Jesús. Cuando termina el canto en lenguas sentimos la necesidad de un silencio más o menos largo. En él adoramos al Señor, su Santa presencia viva y vivificadora, y nos abrimos a sus mensajes.

     El Ministerio de Música deberá estar atento a la inspiración del Espíritu para llevar a toda la asamblea a este encuentro completo con el Señor. Si comienza de una forma suave la alabanza en lenguas, el ministerio de música puede empezar a sostener el canto con un acorde y -quizá- después con una serie de acordes que inviten a todos a continuar, intensificar y armonizar la alabanza. Ordinariamente, el canto en lenguas no tiene ritmo (es melodía sin compás); pero, en ocasiones, surge un canto en lenguas rítmico, como si el Señor nos diese a todos una medida, la misma: la medida de la unidad en el Amor.

      Diego Jaramillo, en relación con esto, dice: "Los instrumentos evocan, ayudan y expresan en un canto en lenguas. Por ello, mientras alguien toca su instrumento  también está orando,  la música es su oración. Las cuerdas vocales y las cuerdas de su guitarra pueden vibrar al unísono para el Señor. Esto se hunde en la más genuina tradición cristiana."

      La primitiva Iglesia cantaba en lenguas. San Jerónimo llama al canto en lenguas "Jubilación". Lo define como "aquello que ni en palabras, sílabas o letras pueda expresar o comprender la forma como el hombre debería alabar a Dios".

     San Juan Crisóstomo dice: "Se permite cantar salmos sin palabras, siempre que la mente resuene en su interior. Porque no cantamos para los hombres, sino para Dios, que puede escuchar aún a nuestros corazones y penetrar en los secretos de nuestra alma".

     Y es, sobre todo, San Agustín quien escribe maravillosamente sobre el tema en sus "Narraciones sobre los salmos":
·         "Sacrificamos víctima de regocijo, sacrificamos víctima de alegría, víctima de congratulación, víctima de acción de gracias, víctima que no puede expresarse con palabras. Sacrificamos, pero ¿en dónde? En su mismo tabernáculo, en la Santa Iglesia. ¿Qué sacrificamos? El copiosísimo e inenarrable gozo, que no se expresa con palabras sino con voz inefable” (Sal 26).
·         "He aquí que te da como el módulo para cantar: no busques las palabras como si pudieras explicar de qué modo se deleita a Dios. Canta con regocijo, pues cantar bien a Dios es cantar con regocijo. ¿Qué significa cantar con regocijo? Entender por qué no puede explicarse con palabras lo que se canta en el corazón. Así pues, los que cantan, ya en la siega, o en la vendimia, o en algún trabajo activo o agitado, cuando comienzan a alborozarse de alegría por las palabras de los cánticos, estando ya como llenos de tanta alegría, no pudiendo ya explicarla con palabras, se comen las sílabas de las palabras y se entregan al canto del regocijo. El júbilo es cierto cántico o sonido con el cual se significa que da a luz el corazón lo que no puede decir o expresar. ¿Y a quién conviene esta alegría, sino al Dios inefable?. Es inefable aquel a quien no puedes dar a conocer, y si no puedes darle a conocer y no debes callar ¿qué resta, sino que te regocijes, para que se alegre el corazón sin palabras? ¿Qué significa aclamación? Admiración de alegría que no puede explicarse con palabras. Cuando los discípulos vieron subir a los Cielos a quien lloraron muerto, se maravillaron de gozo; sin duda a este gozo le faltaban palabras, pero quedaba el regocijo, que nadie podía explicar. No vayamos sólo en busca del sonido del oído, sino de la iluminación del corazón" (Sal 46).
·         "Prorrumpid en gritos de alegría, si es que no podéis hacerlo de palabra. Pues no se aclama sólo de palabra; también aclama el sonido sólo de los gritos de los que se gozan, como si fuese la voz de la cosa concebida, del corazón que concibe y pare la alegría que no puede expresarse con palabras" (Sal 65).
·         "Cuando no podáis expresamos con palabras, no ceséis de regocijaros. Cuando podáis hablar, clamad; cuando no podáis, alegraos. Aquel a quien no le son suficientes las palabras, suele por la exuberancia del gozo prorrumpir en gritos de alegría" (Sal 80).
·         "¿Son suficientes las palabras para nuestra alegría? ¿Será la lengua capaz de explicar nuestro gozo? Si pues las palabras no bastan, ¡bienaventurado el pueblo que sabe alborozarse! ¡Oh pueblo feliz! ¿Crees que entiendes el regocijo? Que sepas por qué te alegras de aquello que no puede expresarse con palabras. El motivo no debe dimanar de ti, para que quien se gloríe, se gloríe en el Señor. No te alboroces en tu soberbia, sino en la gracia de Dios. Comprende que es tanta la gracia, que la lengua no es capaz de explicarla, y habrás entendido qué es alborozo o regocijo" (Sal 88).
·         "¿Qué significa "jubilare"? Dar gritos de alegría o regocijarse. El júbilo que no puede explicarse con palabras y que, sin embargo, se testimonia con el grito de la voz, se denomina regocijo. Pensad en aquellos que se regocijan, en cualquier clase de canto y como en cierta lid de alegría mundana, y veréis de qué modo, entre los cánticos modulados con la voz, se regocijan rebosantes de alegría cuando no pueden declararlo todo con la lengua, a fin de que por aquellos gritos inarticulados dé a conocer la afección del alma, lo que se concibió en el corazón y no es capaz de expresarlo con palabras. Luego, si estos se regocijan por el gozo terreno ¿nosotros no debemos dar gritos de alegría, regocijarnos por el gozo celestial, que ciertamente no podemos expresar mediante palabras?" (Sal 94).
·         "Ya sabéis qué es regocijarse. Gozaos y hablad. Si al gozaros no podéis hablar, regocijaos. Vuestro gozo dé a conocer el regocijo si no puede la palabra. Que no quede mudo vuestro gozo. Que no calle el corazón a su Dios; que no calle sus dones. Si hablas para ti, para ti te sanas; pero si te sanó su diestra para Él, habla para quien fuiste sanado" (Sal 97).

Grandes santos/as -en la historia de la Iglesia- han orado y cantado en lenguas:

  •         Se dice de San Francisco de Asís que “muchas veces, cuando oraba, hacía un arrullo semejante, en la forma y el sonido, al de la paloma, repitiendo: uh, uh, uh... y con cara alegre y corazón gozoso se estaba así en la contemplación".
  •     Y de Santo Domingo de Guzmán: "En cierta ocasión recordaban haberlo oído hablar en lenguas, cuando lo oyeron rezar en voz alta y todos vieron en qué forma oraba... aunque, curiosamente, nadie pudo recordar qué fue lo que rezaba".
  •      En el diario espiritual de San Ignacio de Loyola, en los escritos del mes de mayo de 1544, aparece con frecuencia la palabra "locuela", que el santo califica de admirable, dada por Dios, y que le producía consuelo y armonía interior; "son palabras misteriosas que suenan a música del Cielo. Duda uno de, si estas armonías, no son el objeto mismo de las gracias".
  •     Santa Teresa de Jesús se expresa así en "Las Moradas" : "Entre estas cosas penosas y sabrosas juntamente, da Nuestro Señor al alma algunas veces unos júbilos y oración extraña que no sabe entender qué es. Porque si os hiciere esta merced, le alabáis mucho y sepas que es cosa que pasa, la pongo aquí. Es a mi parecer, una unión grande de las potencias, que las da Nuestro Señor con libertad para que gocen de este gozo, y a los sentidos lo mismo, sin entender qué es lo que gozan y cómo lo gozan. Parece esto algarabía, y cierto pasa así, que es un gozo tan excesivo del alma, que no querría gozarse a solas, sino decirlo a todos, para que le ayudasen a alabar a Nuestro Señor, que aquí va todo su movimiento. Oh, qué fiestas haría y qué de muestras, si pudiese, para que todos entendiesen su gozo. Parece que se ha hallado a sí, y que, como el padre del hijo pródigo, querría convidar a todos y hacer grandes fiestas, por ver su alma en puesto que no puede dudar que está en seguridad, al menos por entonces. Y tengo para mí, que es con razón porque tanto gozo interior de lo muy íntimo del alma, y con tanta paz, que todo su contento provoca alabanzas de Dios que no es posible darle al Demonio".
       Hoy, al comienzo del tercer milenio, Dios nos está invitando a aceptar en el don de lenguas su iniciativa. La novedad de que Él mismo nos dé un lenguaje para la oración, en un tiempo en el que las palabras -aún para expresar la Fe- parecen haber perdido autenticidad y son -en muchas ocasiones- rutinarias, vacías o equivocas. Un lenguaje nuevo, mediante el cual Él puede ser intensamente alabado por sus hijos de una manera más pura.

     Orar y cantar en lenguas es renovar aquella experiencia de Jeremías: ¡Señor, sabes que no se hablar"' (Jer 1, 6). O la experiencia del tartamudo de Moisés (Ex. 4, 10) Es un modo de cumplir la Palabra de Jesús: "si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos" (Mt 18, 3). Como cualquier otro don del Espíritu, debe ser discernido en su autenticidad y conveniencia. El criterio de discernimiento es "por los frutos se conoce la calidad del árbol".

     "Orar en lenguas es sinónimo de orar en el lenguaje de los ángeles" (Jonas Abib). En la Efusión del Espíritu Santo recibimos también la gracia de orar en un lenguaje nuevo. Es el propio Espíritu Santo orando en nosotros. Es más: Él ora y canta en el lenguaje de los ángeles. Los ángeles oran y cantan con nosotros, refuerzan nuestra oración, combaten a nuestro favor. Ellos tienen una visión del mundo espiritual que nosotros no tenemos. Necesitamos orar y cantar en ese lenguaje para que los ángeles vengan y se pongan a combatir a nuestro favor. Créelo: la victoria sobre esas situaciones vienen con la batalla que los ángeles combaten junto a nosotros.

      “Orar en lenguas es, pues, un orar que pertenece a la otra orilla. En el Apocalipsis, se compara la alabanza eterna al estruendo de muchas aguas, al fragor de un gran trueno: cantaban un canto nuevo que nadie podía aprender, fuera de los recatados (Ap 14, 2-4). Sin oración en lenguas, la esperanza queda muda. Desea pero no grita. Quienes hemos experimentado los gemidos más nobles que puede emitir el alma de quien es gratuitamente amado… ¡sigamos clamando, esperando el día en que reviente una nueva primavera de oración en la Iglesia!” " (Chus Villarroel).


      El canto en lenguas no es una tontería para Dios, aunque así se lo parezca a muchos hombres. Es un arma de guerra contra Satanás y contra nuestro propio orgullo. Es un grito de victoria: Cristo ha triunfado y nuestra fe hace real este triunfo en cada circunstancia particular. Es una oración de Paz: la Paz del Señor ya está establecida, y en el canto en lenguas la hacemos actuar frente a todo lo que no es paz. Cantar en lenguas es un acto de Fe; es clamar al Padre poderosamente, desde el Espíritu Santo, para proclamar y establecer -en cada situación- el Señorío de Jesucristo.
Cantar la Biblia
    "Los jefes de los levitas y sus hermanos cantaban himnos de alabanza y de acción de gracias en grupos alternos, según las instrucciones de David" (Neh 13, 24)

    Hasta no hace mucho, se ignoraba cuál era el verdadero carácter de la música hebrea. Se suponía que era similar al de otras culturas de la zona: una música monódica, sin armonía. En 1978, Susana Haïk publica el libro "La música de la Biblia revelada" que presenta una serie de sorprendentes descubrimientos sobre el tema. Algunos investigadores habían notado que, además de los puntos que indican la vocales, las Biblias hebreas llevan -por encima y por debajo de las letras- pequeños signos. 
   ¿Qué significan? ¿Son anotaciones sintácticas, para marcar separación o encadenamiento de palabras, o son anotaciones musicales?
   Estos signos aparecen en los manuscritos más antiguos, como los encontrados a orillas del Mar Muerto. Haïk consiguió descifrar el significado de estos signos. Dice su libro: "Los signos inferiores son peldaños que constituyen una escala, espaciados según las normas por las que nos regimos hoy en día". La escala de “DO" se corresponde con la escala babilónica llamada "Lidia" (pág 48). Los signos superiores son, para Haïk  "notas añadidas que indican cambio de tono de la melodía” (pág 52)
     En una palabra: ¡Se cantaba todo el Antiguo Testamento! Y gracias a estos símbolos, que pasan casi desapercibidos arriba y debajo de las letras, podemos conocer la melodía con que se cantaban todos los textos bíblicos. Dice Haïk que en "esta cantilación bíblica, la música no se distingue con una vida propia, independiente, sino que es puro reflejo del sentido relativo de las palabras, dando al texto una segunda vida, una especie de eco enriquecedor" (pág 51).
Estos signos son la transposición gráfica de un sistema de gestos muy antiguo: la quironomía. Este sistema aún se utiliza en muchos países de Europa para enseñar una melodía. Cada tono se corresponde con un gesto. La Biblia hace muchas alusiones a la quironomía. Habla del uso de las dos manos en el período de David; textualmente "según las manos de David" (en algunas traducciones, dicen los autores de Crónicas). En 1Cro 25, 2 y ss se cuenta como una obra de música litúrgica era dirigida sólo con la mano. Son estos gestos los que han sido anotados en las Biblias hebreas. Era suficiente, por tanto, con atribuir a cada gesto una nota, para poder reconstruir la música de todo el Antiguo Testamento.

     Además de esta cantilación, en la Biblia hay otros dos tipos de cantos: La salmodia con canto respuesta y el canto antifonal. Un buen modelo del primero lo tenemos en el Salmo 136: el coro se repite en cada versículo y alterna con el relato de las intervenciones del Señor en la vida del pueblo. El canto antifonal se describe en el capítulo 13 de Nehemías, a partir del versículo 8. En el 24 dice:   "Los jefes de los levitas y sus hermanos cantaban himnos de alabanza y de acción de gracias en grupos alternos, según las instrucciones de David".



Más enseñanzas para el Ministerio de Música en el libro "El Espíritu Santo en clave de sol"