Comunidade Caná

Comunidad Católica de Alianza integrada por familias en el seno de la Renovación Carismática


    “¡No erijáis vuestros propios planes pastorales bajo la norma de lo que le está permitido actuar al Espíritu Santo!” (Benedicto XVI)
       ¡Estamos en un tiempo nuevo: el tiempo de Aquel que hace nuevas todas las cosas! ¡Aleluya! La acción de Dios tiene lugar -cada vez más inopinadamente- “en el campo” (Num 11, 27). Hay últimos que son primeros…
       El Espíritu surge, a menudo, al margen de los ámbitos que controlamos. Las nuevas realidades eclesiales dependen del dinamismo del Espíritu Santo y se liberan de todo exclusivismo. "Nuestra racionalización pastoral sistemática y planificada corre el riesgo de ahogar los aguijones pastorales que suscita el Espíritu Santo" (Mons Dominique Rey).
     Si nuestra predicación y nuestra acción pastoral no provocan un despertar en el pueblo, no llevan a las personas a tener un cambio de vida y a ser verdaderos discípulos de Jesús... hemos de analizar con profundidad si en lo que trabajamos es, básicamente, en llenar los templos aunque la gente siga vacía de Jesús.



    "Y corrieron a dar aviso a Moisés: Eldad y Medad profetizan en el campo. Entonces respondió Josué hijo de Nun, ministro de Moisés, y dijo: Señor mío Moisés, impídeselo. Y Moisés le contestó: ¿Tienes tú celos por mí? Ojalá que todo el pueblo del Señor fuera profeta, que el Señor pusiera su Espíritu sobre ellos.”  (Num 11, 27-29) 



     Algunas propuestas de acción, en el aquí y ahora, para no estorbar el florecimiento de pequeñas comunidades vivas al estilo de los Hechos de los Apóstoles:

  • Ir donde va la gente; enfocarnos e invertir allí. Echarnos, como Iglesia, al Camino. No construir nuevos templos ni complejos parroquiales. Dejar a las autoridades civiles que restauren y conserven el patrimonio y los monumentos religiosos...
  • Aderezar nuestras Iglesias Diocesanas con aceite y vino, pasarlas por el Fuego y vaciarlas en el Camino de Santiago
  • Adelgazar drásticamente los organigramas. Es tiempo de una buena poda para esa gran hojarasca de Delegaciones, Secretariados... y tantas estructuras y nombramientos (nombro y miento) que oscurecen la fuerza del Evangelio, llegando a suplantar el combate espiritual y la primacía de la gracia.
  • Volver al Principio (en el Principio no fue así…), al punto 0 (Tú has venido a la orilla…) en los Seminarios y otras instituciones.


“El Evangelio es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rom 1, 16)

  Solo una Iglesia evangelizada puede convertirse en una Iglesia evangelizadora; solo una Iglesia que vuelve una y otra vez al Cenáculo para recibir la fuerza del Espíritu Santo en un nuevo Pentecostés, puede convertirse en una Iglesia que evangeliza con gran poder, como la Iglesia primitiva. Sin nuevos evangelizadores no puede haber nueva evangelización; sin nuevo Pentecostés ni Espíritu Santo no hay nuevos evangelizadores ni nueva evangelización.

"Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones..." (Jl 2, 28-29).

  La Efusión del Espíritu desencadena un proceso de discipulado que se plasma en una vida con propósito; en sucesivas elecciones sobre el estado de vida, el trabajo, la economía, las relaciones… una vida entera entregada a cumplir los sueños de Dios para mí. Vivir, desde la debilidad, en el Señorío de Cristo. Porque el Encuentro con Cristo -si es auténtico- genera discípulos misioneros en comunidad.

  Un/a discípulo/a misionero/a es una persona que ha tenido un encuentro personal con Jesús, ha tomado la decisión de seguir -con todas las CONSECUENCIAS- el Evangelio de Jesús, ha caminado con otros discípulos y ha sido enviado por Jesús para compartir la Buena Noticia. Es un proceso selectivo, destinado -únicamente- a quienes han decidido seguir a Jesús y dar la vida por Él.

«Si permanecéis en mi Palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32).

  Vivir en el Espíritu es, día a día, década a década, agrandar el SÍ... y reforzar muchos noes. El Señorío de Cristo implica que Él ordene mis amores, derribe mis ídolos y me abra a nuevos horizontes. "Aspiremos no a una libertad fácil y artificial, sino una libertad perfecta y verdadera. Y concedamos a Dios su libertad de actuar, una libertad que necesariamente trasciende nuestras nociones limitadas" (Mons. Erik Varden).

  En el fondo, solo hay 2 modos de vivir: VIVIR para solucionar problemas (Señor, ¡haz mi voluntad!) o VIVIR de un horizonte, enfocado en la Voluntad del Padre, en su propósito para mi vida.



El Encuentro con Cristo genera discípulos misioneros en comunidad

Hay tres fuegos que se avivan recíprocamente, alimentando el FUEGO del Espíritu Creador en mi vida real, en mi historia de salvación:

     1. El fuego de la ORACIÓN: la fuente de la que bebemos, la intimidad con Dios, el diálogo con la Trinidad -Padre, hijo y Espíritu Santo-. No es un mero ensimismamiento y deleite interior; la oración tiene consecuencias. "No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos" (Mt 7, 21). En la oración recibimos el Poder de Dios para transformar, para tener los mismos sentimientos de Cristo y salir hacia el hermano.

     2. El fuego de la FRATERNIDAD: mi Comunidad (de pertenencia o de referencia), los hermanos en la fe con los que oro, comparto y voy a la misión. ¿Tengo una Comunidad de fe? Sí, es la Iglesia -podemos responder-. En nuestro tiempo, ha de concretarse en una comunidad más cercana, más concreta, más cotidiana y -en la mayor parte de los casos- más pequeña que la Parroquia. Hermanos que me acompañan en el camino de la fe, me animan, me corrigen... y donde descubro mis dones y carismas para la misión.

   3. El fuego de la MISIÓN: ¿a qué estoy llamado en la Iglesia y el mundo? ¿Cómo soy una piedra viva que construye el Reino de Dios? 

Porque la IGLESIA existe para EVANGELIZAR... "Espero que todas las comunidades procuren poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están. Ya no nos sirve una «simple administración». Constituyámonos en todas las regiones de la Tierra en un «estado permanente de misión»" (Evangelii Gaudium 25).

  La Renovación Carismática somos un pueblo escogido donde Dios se complace en derramar su Vida, su Verdad. Somos aquel reino en el cual Dios derramó muchos, muchísimos talentos. A unos les dio 10, a otros 5, a otros 2 y a otros 1... Y les dijo: "Hacedlos fructificar". Vuelve al cabo de mucho tiempo, y quiere recoger el fruto; al ver el panorama, al escuchar las respuestas de los siervos, dice: "Habéis trabajado para vuestras casas, vuestros edificios, vuestras fincas particulares; pero no habéis hecho crecer mi reino. Los talentos no son vuestros. Lo que habéis construido no sirve para nada salvo para ser pasto de las llamas".

  Hagamos subir a la Iglesia al aposento alto para recibir la fuerza del Espíritu Santo una y otra vez. A menudo convertimos el viento huracanado de Pentecostés en aire acondicionado, al tratar de domesticar la fuerza del Espíritu. El viento huracanado siempre nos sorprende, rompiendo esquemas y seguridades propias; nos mueve a ser fieles al Señor y no buscar tanto agradar a los hombres, descubriendo una variedad de carismas que no debemos despreciar aunque nos incomoden o comprometan.

  La fuerza impetuosa del Espíritu siempre sopla como quiere y no la podemos dominar; es el poder del Espíritu quien nos hace vivir en la libertad de los hijos de Dios. Si la primera evangelización en Jerusalén fue fruto de la irrupción impetuosa del Espíritu Santo en aquel primer Pentecostés cristiano, la nueva evangelización hoy no puede ser sino consecuencia de un nuevo Pentecostés que nos haga salir de nosotros mismos para ir a las periferias del mundo y anunciar la Buena Noticia a toda la creación.


  La primitiva Iglesia se movía en el Espíritu, como fuego en un cañaveral, fuera de las murallas. A la intemperie. En lucha y contemplación, lejos de las seguridades y el poder mundano. Fijos los ojos en Aquél que se hizo un tatuaje con mi nombre en Sus manos... y en Sus pies... y en Su costado. Aquél que, fuera de las murallas, murió en la Cruz por mí, entregando toda su vida por amor.

  Su presencia está ahí fuera, los dones están operativos ahí fuera, el corazón de Dios está ahí fuera... Escucha lo que te dice a ti (y a mí) el Papa Francisco en «Gaudete et exsultate» nº 15: "Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida". No nos aferremos a lo que tenemos; ¡lancémonos a vivir la NUEVA VIDA que Jesús nos ha ganado, lancémonos a vivir en el Espíritu!

   El Señor quiere cambiar el mundo en el Poder de su Espíritu Santo: un tsunami del Espíritu, algo inesperado, algo sorprendente, un renovado súperPentecostés. Y, cuando el Señor se mueve de esa manera, nosotros -los que antes éramos no/pueblo y ahora somos Pueblo de Dios- que hemos sido llamados por Él, hemos de estar dispuestos y en vela.

  La mejor Iglesia es la que arde... en el Fuego del Espíritu Santo

Javier y Montse - Comunidade Caná



  • AZÚCAR: oración y misión en el Poder del Espíritu, con ejercicio real de dones y carismas, como discípulos misioneros en comunidad.
  • CAFEÍNA: obediencia y humildad, transparencia y sometimiento, discernimiento comunitario, corrección fraterna y revisión de vida.
    La primitiva Iglesia se movía en el Espíritu, como fuego en un cañaveral, fuera de las murallas. A la intemperie. En lucha y contemplación, lejos de las seguridades y el poder mundano. Fijos los ojos en Aquél que se hizo un tatuaje con mi nombre en Sus manos, y en Sus pies, y en Su costado. Aquel que, fuera de las murallas, murió en la Cruz por mí, entregando toda su vida por amor. Su presencia está ahí fuera, los dones están operativos ahí fuera, el corazón de Dios está ahí fuera... Se trata de hacer discípulos y construir la comunidad, no de mantener edificios, gestionar programas y el sostener el culto.

              

     No hay revelación conocible fuera de la vida y el testimonio de quienes la transmiten. Lo que testimonia quién es Dios y el sentido de la revelación es la vida de los cristianos. Porque el cristiano no se define meramente por lo que cree sino por cómo vive aquello que cree. Esto es lo que decía Kierkegaard, un cristiano danés del siglo XIX: “La tontería en la que vivimos -como si fuera ser cristiano- no es en absoluto lo que Cristo y el Nuevo Testamento entienden por ser cristiano. Creer es aventurarse tan decisivamente como sea posible para un hombre, rompiendo con todo lo que él naturalmente ama, para salvar su vida, rompiendo con aquello en lo que naturalmente tiene su vida.”



     No hay revelación conocible fuera de la vida y el testimonio de quienes la transmiten. Lo que testimonia quién es Dios y el sentido de la revelación es la vida de los cristianos. Porque el cristiano no se define meramente por lo que cree sino por cómo vive aquello que cree. Esto es lo que decía Kierkegaard, un cristiano danés del siglo XIX: “La tontería en la que vivimos -como si fuera ser cristiano- no es en absoluto lo que Cristo y el Nuevo Testamento entienden por ser cristiano. Creer es aventurarse tan decisivamente como sea posible para un hombre, rompiendo con todo lo que él naturalmente ama, para salvar su vida, rompiendo con aquello en lo que naturalmente tiene su vida.”


La mejor Iglesia es la que arde en el Fuego del Espíritu Santo

    "Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es 'el fruto del Espíritu Santo en tu vida' (cf. Ga 5,22-23)." («Gaudete et exsultate» nº 15)
     
    Actuamos como si pudiésemos controlar a Dios, contenerlo en una caja; pero la Gloria sale de los confines físicos del templo y nunca vuelve... hasta que el Siervo de YhWh entra en persona. ¿Y quién puede mantenerse en pie cuando aparece?  Su presencia está ahí fuera, los dones están operativos ahí fuera, el corazón de Dios está ahí fuera... No se trata de gestionar la gracia, sino de no estorbarla. Se trata de hacer discípulos de Cristo que construyen la Iglesia; no de mantener edificios, desarrollar programas y sostener el culto.    


         

    "Yo les he dado la gloria que Tú me diste, 

para que sean uno, así como nosotros somos uno"

(Jn 17, 22)


   "Unidad para la misión: no para estar quietos, ¡no! Para proclamar que Jesús es el Señor, para anunciar juntos el amor del Padre por todos sus hijos. Para anunciar la Buena Nueva a todos los pueblos. Para demostrar que la paz es posible a partir de nuestra confesión de que Jesús es el Señor y de nuestra evangelización por este camino. ¡Es posible! Aun mostrando que tenemos diferencias -esto es obvio, tenemos diferencias-, pero queremos ser una diversidad reconciliada." (Francisco, 3-6-2017, Circo Máximo)

   ¡Bendigamos al Señor porque la Renovación Carismática vive un kairós, un momento crucial! La acción lúcida y decidida del Papa ha dado lugar a CHARIS. Vivimos un tiempo nuevo, también en España. El Espíritu de Dios se mueve con fuerza, venciendo la parálisis, los miedos, la rigidez...


    "El don más precioso que todos hemos recibido es el Bautismo. Y ahora el Espíritu nos conduce por el camino de conversión que atraviesa todo el mundo cristiano y que es una razón más para que la Renovación Carismática Católica sea un lugar privilegiado para transitar el camino hacia la unidad. Esta corriente de gracia es para toda la Iglesia, no solo para algunos. Todos somos siervos de esta corriente de gracia." (Francisco, 3-6-2017, Circo Máximo)

   Se van abriendo rendijas por las que se cuela la gracia: promover el bautismo en el Espíriitu, el ejercicio de los carismas y la dimensión ecuménica de la Renovación Carismática al servicio de la unidad de los cristianos, fomentar la comunión de corazón y de acción entre las diferentes realidades dentro de nuestra gran familia carismática. Es tiempo de que -como CORRIENTE de GRACIA formada por diversas expresiones que el Espíritu suscita- estrechemos nuestros vínculos para anunciar el Evangelio y sirvamos a la Iglesia desde una mayor COMUNIÓN, viviendo realmente como una diversidad reconciliada.

    "Ahora estamos aquí, y somos muchos, celebrando la obra soberana del Espíritu Santo en la Iglesia, que empezó hace 50 años y dio comienzo ¿a una institución? No. ¿A una organización? No. A una corriente de gracia, a la corriente de gracia de la Renovación Carismática. Obra que nació… ¿católica? No. Nació ecuménica. Nació ecuménica porque el Espíritu Santo es el que crea la unidad, y es el mismo Espíritu Santo el que inspiró que fuera así" (Francisco, 3-6-2017, Circo Máximo).

    Es necesario clamar, pedir al Señor su bendición, su sabiduría, su unción, sus profetas y servidores para este TIEMPO NUEVO... ¡Abrámonos a la acción del Espíritu Creador! Y es que "las cosas viejas pasaron; he aquí que todo es hecho nuevo" (1Cor 5, 17); "no recordéis las cosas anteriores ni consideréis las cosas del pasado" (Is 43, 18). La Vida en el Espíritu es nueva e imprevisible. Siempre más adelante... ¡Vayamos tras el Espíritu!: Mirar el horizonte > Salir de nuestro miedo > Ser más familia > Extender la tienda > Caminar juntos con los cristianos de diferentes Iglesias, en la oración y la acción por los que más lo necesitan. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu (1Co 12,13). “Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo” (1Co 12,12).

   ¡Abramos paso en nuestros corazones para que pueda pasearse por ellos el Espíritu Santo! ¿Quién es insustituible en la Iglesia? ¡El Espíritu Santo! ¿Quién es el único Señor? ¡Jesús! Entonces digamos, hermanos y hermanas: ¡Jesús es el Señor! Alabemos a Jesús, aclamemos con fuerza al Espíritu Santo: ¡Ven, Espíritu Santo!

Montse de Javier & Javier de Montse

 

      La Iglesia existe para evangelizar hasta los confines de la Tierra. Esta es su misión, su sentido primordial, y no mantener el consumo de cultos. Sin embargo, hay países -como el nuestro, sin ir más lejos- en los que los recursos humanos y materiales no están enfocados fundamentalmente a esta misión, sino a sostener, muy a duras penas, lo que tenemos: instituciones, comportamientos, lenguaje, dinero, tiempo, formación, delegaciones, cargos... orientados a gestionar la decadencia.
    Se trata de salir, sí; pero no para buscar gente con la que volver a llenar los templos. Se trata de salir para quedarse fuera, donde está la gente, a la intemperie, en pequeñas comunidades de discípulos misioneros en camino, viviendo en el Espíritu... al estilo de los Hechos de los Apóstoles. Hijos Pródigos llamados a ser como el Padre Misericordioso, entregando la vida entera por amor.




      No hay revelación conocible fuera de la vida y el testimonio de quienes la transmiten. Lo que testimonia quién es Dios y el sentido de la revelación es la vida de los cristianos. Porque el cristiano no se define meramente por lo que cree sino por cómo vive aquello que cree. Esto es lo que decía Kierkegaard, un cristiano danés del siglo XIX: “La tontería en la que vivimos -como si fuera ser cristiano- no es en absoluto lo que Cristo y el Nuevo Testamento entienden por ser cristiano. Creer es aventurarse tan decisivamente como sea posible para un hombre, rompiendo con todo aquello en lo que naturalmente tiene su vida.”


    “En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?» Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos»” (Mt 18, 1-4).
 
     Esta vez, convertirse sí que significa volver atrás, ¡a cuándo eras un niño! El mismo verbo utilizado, strefo, indica invertir el sentido de la marcha. Esta es la conversión de quien ya ha entrado al Reino, ha creído en el Evangelio y lleva tiempo al servicio de Cristo. Es nuestra conversión, la de los que llevamos años, tal vez desde el principio, en la Renovación Carismática. ¿Qué sucedió a los apóstoles? ¿Qué es lo que supone la discusión sobre quién es el más grande? Que la preocupación mayor ya no es el reino, sino el propio puesto en él, el propio yo. Cada uno de ellos tenía algún derecho para aspirar a ser el más grande: Pedro había recibido la promesa del primado, Judas la bolsa del dinero, Mateo podía decir que él había renunciado a más que los otros, Andrés que había sido el primero en seguirlo, y Juan que habían estado con él en el Tabor… Los frutos de esta situación son evidentes: rivalidad, sospechas, enfrentamientos, frustración.

    Volverse niños, para los apóstoles, significaba volver a cómo eran en el momento de la llamada a la orilla del lago o en el mostrador de los impuestos: sin pretensiones, sin derechos, sin enfrentamientos entre ellos, sin envidias, sin rivalidad. Ricos sólo en una promesa (“Os haré pescadores de hombres”) y en una presencia, la de Jesús. Volver al tiempo en el que todavía eran compañeros de aventura, no competidores por el primer puesto. También para nosotros volverse niños significa regresar al momento en el que tuvimos por primera vez una experiencia personal del Espíritu Santo y descubrimos lo que significa vivir en el Señorío de Cristo. Cuando decíamos: “¡Jesús solo basta!” y lo creíamos.

    Me impresiona el ejemplo del apóstol Pablo descrito en Filipenses 3. Descubierto Jesús como su Señor, él considera todo su glorioso pasado una pérdida, una basura, a fin de ganar a Cristo y revestirse de la justicia que deriva de la fe en él. Pero un poco más adelante sale con esta afirmación: “Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante” (Fil 3, 13). ¿Qué pasado? Ya no el del fariseo, sino el del apóstol. Él ha intuido el peligro que corría de encontrarse con una nueva “ganancia”, una nueva “justicia” toda suya, derivada de lo que había hecho al servicio de Cristo. Él anula todo con esta decisión: “Me olvido del pasado me lanzo hacia el futuro”.

   ¿Cómo no ver en todo esto una lección preciosa para nosotros en la Renovación Carismática Católica? Uno de los muchos eslóganes que circulaban en los primeros años de la Renovación –una especie de grito de guerra– era: “¡Devolved el poder a Dios!”. Quizá se inspiraba en el versículo del salmo 68, 35 “Reconoced el poder de Dios” que en  la Vulgata se tradujo con “Restituid (reddite) el poder a Dios”. Durante mucho tiempo he considerado esas palabras como la mejor manera de describir la novedad de la Renovación Carismática. La diferencia es que por un tiempo pensé que el grito estaba dirigido al resto de la Iglesia y nosotros éramos los que estábamos encargados de hacerlo resonar; ahora pienso que está dirigido a nosotros que, quizás sin darnos cuenta, nos hemos apropiado en parte del poder que le pertenece a Dios.

      En vista de un nuevo comienzo de la corriente de gracia de la Renovación Carismática, es necesario “vaciar los bolsillos”, empezar de cero, repetir con una profunda convicción las palabras sugeridas por el mismo Jesús: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc 17, 10). Hacer nuestro el propósito del Apóstol: “olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante”. Imitemos a los “veinticuatro ancianos” del Apocalipsis que “arrojan sus coronas delante del trono diciendo: ‘Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder’” (Ap 4,10-11). Sigue siendo actual la palabra de Dios dirigida a Isaías: “Pues, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis?” (Is 43, 19). Bienaventurados nosotros si permitimos a Dios renovar lo que tiene en mente en este momento para nosotros y para la Iglesia.

     Mi sugerencia para la cadena de oración: repetir muchas veces durante el día una de las invocaciones dirigidas al Espíritu Santo en la secuencia de Pentecostés, aquella que cada uno siente que responde mejor a su necesidad:
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, 
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

P. Raniero Cantalamessa O.F.M Cap.
Asistente eclesiástico de CHARIS

El canto nuevo 
 "¡Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar!" (S. Agustín)

El canto en nuestras asambleas cristianas, tan lleno de riquezas, carecería de valor y de consistencia si no estuviese animado por el cántico interior del corazón del cual es expresión y donde tiene su fuente. El culto agradable a Dios brota del corazón. El canto en espíritu y en verdad enlaza la oración con la vida. Nuestra música es para expresar el Amor con todo el corazón y con toda el alma.

Además del canto expresado por nuestros labios, existe un cántico interior que resuena en lo profundo del corazón humano. "Sin voz también es posible cantar, con tal de que resuene interiormente el espíritu. Pues cantamos no para los hombres sino para Dios, que puede escuchar nuestros corazones y penetrar en la intimidad de nuestra alma" (S. Juan Crisóstomo). El cántico interior no está en oposición con el canto vocal; al contrario, es el alma y el verdadero contenido de éste. "¡ Alabemos al Señor nuestro Dios no solamente con la voz, sino también con el corazón... La voz que va dirigida a los hombres es el sonido; la voz para Dios es el afecto" (S. Agustín).

En la liturgia, el canto exterior calla a menudo para la proclamación de la Palabra, para las oraciones y para el silencio sagrado; pero el cántico interior no debe cesar jamás. En concreto, en el salmo responsorial el/la salmista nos pone la Palabra de Dios en los oídos y en los labios; la escuchamos y participamos con la antífona. Mientras el oído escucha al salmista, el corazón debe continuar cantando internamente.



La terminación de la asamblea y de sus cantos no debe hacer callar ese cántico interior. Pues no basta con cantar las alabanzas de Dios; hace falta la vida. San Agustín nos dice: "Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar". "Os exhorto, hermanos, a alabar a Dios. Pero alabad con todo lo que sois, es decir, que no sólo alabe a Dios vuestra lengua y vuestra voz, sino también vuestra conciencia, vuestra vida, vuestras obras... Por tanto, hermanos, no os preocupéis simplemente de la voz cuando alabáis a Dios; alabadle totalmente: que cante la voz, que cante la vida, que canten las obras". "¿Quieres que la alabanza resulte agradable a tu Dios? No juntes al buen canto la estridencia de tus malas costumbres. Los que alabáis, ¡vivid bien!. La alabanza de los impíos ofende a Dios. El se fija más en tu vida que en el sonido de tu voz".

El canto de la vida ha de unirse al canto de los labios. No sólo para que de ese modo sea la alabanza de toda la persona, sino para que se pueda experimentar verdaderamente aquello que se dice en el canto. De nuevo nos enseña Agustín : "No podréis experimentar qué verdadero es lo que cantáis si no empezáis a obrar lo que cantáis. Empezad a obrar y veréis lo que estoy diciendo. Entonces fluyen las lágrimas a cada palabra. Entonces se canta el salmo y el corazón hace lo que se canta en el salmo. . Porque los oídos de Dios atienden al corazón del hombre. Muchos son atendidos estando sus bocas en silencio y otros muchos no son escuchados a pesar de sus grandes clamores".

La Palabra de Dios cantada continúa presente en la vida del cristiano. Si el cántico interior no se apaga, los cantos seguirán resonando fuera de los muros de las iglesias como un eco vivo y una prolongación espiritual de nuestra oración en nuestras vidas.

Más enseñanzas para el Ministerio de Música en el libro "El Espíritu Santo en clave de sol"


El Cuerpo de Cristo: una diversidad reconciliada
 (1 Cor 12, 12-13)

Bautizados en un mismo Espíritu…
Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu (1Co 12,13)
….para formar un solo cuerpo
Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo (1Co 12,12).


CHARIS España (23-11-2019) con D. Luis Manuel Romero, Director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar

Hemos participado 16 realidades de la gran familia carismática:
  1. - RCCeE
  2. - RCCE
  3. - Comunidade Caná
  4. - Escuela Evangelización San Andrés (EESA)
  5. - Comunidad Siervos de Cristo Vivo
  6. - Comunidad Carismática de Alianza Israel
  7. - Fraternidad de Familias Invencibles
  8. - Comunidad Fe y Vida
  9. - Chemin Neuf
  10. - Comunidad Tabor
  11. - Comunidad Jesús Resucitado
  12. - Koinonía Juan Bautista
  13. - Fraternidad en el Espíritu Santo
  14. - Casa de Oración María Hija de Sión
  15. - Comunidad Nueva Vida
  16. - Comunidad Carismática de Adoración y Alabanza "Cristo vive"

   El Papa Francisco nos ha marcado el camino 
para la COMUNIÓN a toda la FAMILIA carismática

    Cada realidad carismática seguirá siendo lo que es, en pleno respeto a su propia identidad, y permanecerá bajo la jurisdicción de la autoridad eclesiástica de quien depende. Cada realidad carismática podrá usar libremente, para el cumplimiento de su misión, de todos los servicios que CHARIS prestará, objetivo fundamental que el nuevo organismo se propone. 
    Este único servicio para la corriente de gracia que es la Renovación Carismática Católica, deseado en varias ocasiones por el Papa Francisco, lleva el nombre de CHARIS y se propone desarrollar su trabajo en beneficio de todas las expresiones de la Renovación Carismática Católica, al servicio de todas ellas.

Todo empezó en Buenos Aires




Principio del Evangelio de Jesucristo según… la alegría

“… La boca se nos llenaba de risas la lengua de cantares.
 Hasta los gentiles decían: El Señor ha estado grande con ellos.
El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.”
(Sal 125,2-3)

Tengo necesidad de tu alegría.

Hermano, el “servicio” más grande que espero de ti es el de la alegría.
La alegría de los superficiales, de los oportunistas, de los mediocres, de los ricos, de los esclavos de las apariencias, de los vanidosos, ya la conozco. Sé lo que es.
Tengo necesidad de la alegría de una persona que se ha jugado su vida por el Señor. Esa me interesa. Tengo que descubrirla. Necesito conocerla de cerca, mirarla a la cara, aprenderla.
No la escondas, por favor.
Si posees en verdad esta alegría, no la enmascares. Cometerías un robo. Nos privarías de algo a lo que tenemos derecho.
Empieza por el saludo. No aquel saludo dicho entre dientes, una especie de murmullo.
Quiero un saludo claro, alegre, que sea de verdad una felicitación amigable. Dicho con cara sonriente, que exprese la alegría del encuentro con un hermano.
Y con la cabeza alta, si no te parece mal. ¿No has elegido aquel Dios que según la expresión de un salmo, te hace “alzar la cabeza”?
Recuerdo que una vez te pregunté por qué os levantabais tan pronto por la mañana. Me respondiste sin el más mínimo titubeo, enumerándome varias “prácticas de piedad” que teníais que hacer: laudes, misa, comunión, meditación. “Ahí es donde encontramos la fuente para nuestra jornada”.
Ahora al verte inmediatamente después, quisiera preguntarte: ¿y por qué no la fuerza de una jornada serene, luminosa, alegre?
Si te veo enfadado, agrio, hiriente, estoy autorizado a pensar que has recibido la fuerza para una… tormenta, no para un día sereno.
Y no olvides que hace falta más fuerza para mantenerse en regla un día con sol, que para gobernarse en un día de negros nubarrones.
El esfuerzo exterior es mucho más grande, más comprometido. La ascesis de la alegría es mucho más ardua que la del enfado.
La penitencia de tu sonrisa resulta más difícil y más sangrante para el amor propio… que la del enfado.
El cilicio de la serenidad se clava sobre nuestra carne rebelde mucho más que el de la borrasca y del humor negro.
Intenta ser un penitente de la alegría.
Ama las mortificaciones de la sonrisa.
Dedícate a las maceraciones de la alegría.
Elige los ayunos de la felicidad.


Tengo necesidad de tu alegría, hermano.

Muéstrame a Dios con tu alegría.
No me interesa saber lo que es Dios en sí mismo. Cualquier libro puede darme nociones suficientes a este respecto.

Tengo ganas de saber lo que es Dios en ti. Qué provoca en ti. Qué sensación produce Dios en quien vive únicamente para él. Cómo le transforma. Qué llega a ser gracias a Él.
Me urge descubrir lo que sucede cuando Dios llena completamente una vida. Cuando ocupa por completo el corazón, pensamientos, acciones, sentimientos, voluntad, fuerzas. Cuando se posesiona de una manera absoluta de una persona.

Hermano, tu alegría es para mí, la señal de la presencia de Dios en tu vida.  
Tomás exigía las señales de los clavos, de las heridas.
Yo me empeño en exigir las señales de una vida llena de alegría.
Tomás se quedó parado en el viernes santo.
Yo, todavía más incrédulo, quiero llegar hasta la mañana de Pascua.
El Calvario me ha convencido. Tengo ya pruebas de tus desprendimientos, de tus renuncias.

Ahora necesito las pruebas de lo que has ganado, de lo que has encontrado. Las pruebas de tu resurrección, de tu transfiguración.
No dudo de tu “muerte” en Cristo. Me hacen falta las señales de tu “vida” en Él.
Así pues, ¿aceptas este servicio de la alegría?
A tu alrededor existen innumerables Tomás que, si no ven, no creen. ¿Quieres ayudar a nuestra poca fe?
¿Quieres explicarnos el catecismo de la alegría quizás iniciándole con el abecé de la sonrisa?

En una palabra, ¿te atreves a “explicar” a Dios con tu alegría?

Alessandro Pronzato