Comunidade Caná

Comunidad Católica de Alianza integrada por familias en el seno de la Renovación Carismática

Este AUDIO explica el CARISMA de FAMILIAS INVENCIBLES
- espacio de acogida, fraternidad y esperanza para toda(s) la(s) familia(s) -


· ITINERARIO VIRTUAL ·

    Como un  peregrino más,  S.  Juan  Pablo  II  realizó  a  pie, en 1989,  los  últimos cien metros del Camino. Era su segunda visita a Santiago. Siete años antes, el martes 9 de noviembre de 1982, se había convertido en el primer Papa en peregrinar a Compostela en un Año Santo.

    Decía este caminante polaco: “Siendo aún un joven sacerdote, aprendí a amar el amor humano y dedicar todas las fuerzas a la búsqueda de un «amor hermoso». Porque el amor es hermoso. Hombres y mujeres, en el fondo, buscan siempre la belleza del amor, quieren que su amor sea bello".

CAMINO de SANTIAGO virtual 2021



     “Has de saber, pues, que el Señor tu Dios es el Dios verdadero, el Dios fiel que guarda la alianza y el amor por mil generaciones a los que lo aman y guardan sus mandamientos” (Dt 7, 9)

      Todos tenemos antepasados que ejercieron una influencia positiva y buena en nuestras vidas y ayudaron a conformar nuestro futuro. Recogemos tanto lo positivo como lo negativo. De acuerdo con las Escrituras, aquellos que entran en una relación amorosa con el Señor traen bendiciones a su línea familiar por mil generaciones. Estas bendiciones sobrepasan con mucho las maldiciones: ¡la gracia es más fuerte que la desgracia! En el Antiguo Testamento hay buenos ejemplos de personas santas que contribuyeron a que sus descendientes tuvieran grandes bendiciones: Abraham, Sara, Isaac, Jacob, David… En el Nuevo Testamento tenemos a Zacarías, Isabel, Cornelio, Pedro, Pablo… Todos eran gente corriente transformada por la gracia de Dios. Una vez transformados, influyeron en el curso de la historia.
       Del mismo modo, nosotros somos también personas normales que, por la gracia de Dios, podemos transformar el curso de la historia. Gracias a la vida del Espíritu en nosotros, llegamos a dar frutos abundantes, buenos y duraderos. Cuando el Espíritu Santo fluye en nuestra vida, podemos transformar lo ordinario en extraordinario. Es así como yo veo a mi abuela Rosalina, que ha dejado huella en la historia de mi familia. Me pregunto: ¿qué hizo? ¿cómo fue su vida? Y no puedo describir nada excepcional, heroico o fuera de lo normal. Llevó de una manera extraordinaria la vida cotidiana y sencilla en un pueblo de León. Creo, verdaderamente, que fue santa.
      Nuestra historia personal está enraizada en una historia de familias, a la cual no somos en absoluto ajenos, sino que formamos parte de ella. Hay una serie de rasgos físicos y psíquicos, hay inclinaciones, que no hemos elegido sino que hemos heredado: la tendencia a la negatividad, a la culpabilidad, al rencor… Además, en lo profundo de nosotros existen también experiencias familiares que nos han marcado. Incluso cosas que no recordamos ya, o que les ocurrieron a nuestros padres o abuelos y produjeron en ellos miedos, inseguridades, traumas… Todo esto constituye un “lote” que llevamos en nuestro ser.
       Es importante esta realidad intergeneracional que marca nuestra historia personal. Nuestra alma ha de abrirse a la luz de Jesús, que quiere entrar en un ámbito que nosotros no controlamos pero que afecta a nuestra vida espiritual. Sin ser conscientes de ello, podemos estar sufriendo fuertes ataduras, tristezas, situaciones de pecado… Veamos algunas pautas muy generales y sencillas que nos abran horizontes en este tema:

NADA HAY OCULTO que NO QUEDE al DESCUBIERTO (Mc 4, 22)
       El primer paso es no tener miedo a poner al descubierto acontecimientos y heridas del pasado. Nadie ha sido amado perfectamente. Todos vivimos una lucha espiritual que hunde sus raíces en nuestra historia. Y aquí podemos encontrar el origen del problema: ¿Por qué mis miedos? ¿Por qué no me siento perdonado, aunque me confieso y creo en el sacramento de la Reconciliación? ¿Por qué me paraliza el miedo a sentirme rechazado/a? ¿Por qué reacciono siempre con desconfianza o con ira? ¿Por qué me cuesta tanto manifestar mis sentimientos?

JESÚS SIEMPRE VIENE a SANAR (Mc 2, 17)
       Si miramos nuestro pasado y las cosas que no podemos cambiar, acabamos cayendo en la desesperanza… Jesús nos invita a mirarlo a Él -que no está limitado por el tiempo y el espacio- y a poner las situaciones del pasado bajo su mirada, a su luz, y bajo la intercesión de su Madre; a acudir a nuestros grupos de intercesión y pedir insistentemente por las áreas que sentimos que están afectadas por desamor -quizás desde varias generaciones- en nuestra familia.

La EUCARISTÍA, FUENTE de SANACIÓN (Jn 6, 51)
      Yo soy el Pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan, vivirá para siempre” Toda la Eucaristía, desde la señal de la Cruz inicial al rito final, nos invita a entrar en la presencia de la Trinidad y a que nuestra vida se transforme en divina. El Rito Penitencial es esencial, porque nos llama a vivir en el perdón, sin el cual no hay camino de sanación. Es dejar marchar la dureza de corazón y aligerar los pesos de los males recibidos, así como estar más dispuestos a perdonar siempre. En este primer momento de la Eucaristía, haciendo presentes a nuestros antepasados, nuestra oración debe ser: “Te perdono por lo que hiciste y que me está afectando a mí hoy”. Presentamos todo tipo de mal que haya podido existir en nuestra familia: ocultismo, violencia, suicidio, abortos, adicciones, infidelidades, rencor, abandono, desamor, etc. También el mal que nosotros mismos hayamos causado. La Palabra de Dios proclamada, el Credo, las peticiones… todo ello es un cauce para abrirse a la sanación. En el Ofertorio debemos presentar, con el pan y el vino, nuestra vida; y con ella, nuestro árbol genealógico unido a la muerte y resurrección de Jesús. Llegamos así al culmen de la Consagración, donde pedimos que la Sangre de Cristo lave en mí y en mi familia todos los vínculos negativos. Terminamos con el Padre Nuestro, la oración después de la Paz, la Comunión… ¡Avivemos nuestra fe en la presencia sanadora de Jesucristo que, en la Eucaristía, sana y libera de todo mal!                                                                                     

La SANACIÓN es un PROCESO (Hb 1, 12)
       Dejemos a un lado todo lo que nos estorba y el pecado que nos enreda, y corramos con fortaleza la carrera que tenemos por delante.” La vida en el Espíritu es un proceso; también podríamos llamarle camino. De este modo se va labrando nuestra madurez humana y espiritual. El “paso a paso” es una manera de hacer de Dios, que se nos va revelando progresivamente. Así, si nos mantenemos firmes y perseverantes en el camino de la fe, sin desanimarnos porque no recibimos lo que pedimos en los tiempos marcados por nosotros, veremos la gloria de Dios y creceremos en santidad. El fin del proceso es la vida eterna.

NO somos ISLAS: nos acompañan hermanos (Gál 6, 2)
     Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo”. Contamos con hermanos para hacer este camino. Es necesario emplear, en este camino de sanación, todo tipo de medios naturales: psicólogo, terapeuta, médico, amigo… Y, por supuesto, los medios sobrenaturales: nuestra comunidad parroquial, grupo de oración, equipo de intercesión, director espiritual, vida de oración, sacramentos, lectura espiritual. El Maligno aprovecha nuestro aislamiento para debilitarnos, mientras que Dios se hace fuerte a través de la Iglesia y los medios que en ella tenemos.                                                                                                                                                           
     Una de nuestras tareas como cristianos es ser intercesores para nuestras familias, canales a través de los cuales pueda pasar la sanación de Dios. ¡Ánimo, pues, en esta obra de poner, ante Jesús el Señor, los lastres de pecado que puedan venir a través de nuestro árbol genealógico! ¡Utilicemos las armas de Dios para combatir toda clase de mal: Cristo nos trae la victoria!
Montse de Javier

El genio femenino frente a seis tinajas de piedra


    Seis, y no siete, que es el número perfecto. De piedra, como las tablas de Moisés, como nuestro corazón; frías como cadáveres. Inútiles, por estar vacías, para una purificación que ni son capaces de dar. Símbolo de lo que nunca llegará a ser completo, siempre por debajo de toda expectativa profundamente humana y de cualquier anhelo del corazón. Esto es nuestra vida sin la novedad del Espíritu.

    Ante este escenario de parálisis representado por las tinajas, María intuye que la antigua alianza está en decadencia y que la antigua economía de la salvación, fundada en las prescripciones de la Ley, ha cerrado su contabilidad. Y... “pide el cambio” al único capaz de hacer nuevas todas las cosas. Percibe, claramente, las señales de alarma en un mundo que agoniza en la tristeza e invoca de su Hijo, más que un cambio en la ley de la naturaleza, un cambio en la naturaleza de la ley. 

     Solo la llena de gracia, María, iluminada por el Espíritu, ve la disolución del pequeño mundo antiguo. La Mujer Nueva, que trae la novedad y la fiesta, se anticipa y pide a Jesús un pago a cuenta sobre el vino de la nueva alianza que brotará inagotable -presente Ella también- en la hora de la cruz. Lo que parece un simple gesto de amabilidad es, en realidad, un grito de alarma para evitar la muerte del mundo: ¡No tienen vino...!


     Rasgos distintivos de la primera evangelización que emprendieron Pablo y sus compañeros (Bernabé, Silas, Timoteo…)

Los Hechos de los Apóstoles -cap. 13 al 19- narran los dos primeros viajes misioneros de Pablo y sus compañeros

1. Son enviados a la misión por una comunidad que ora y se abre a la acción del Espíritu Santo.

2. La dignidad de la persona humana es el centro de esta primera evangelización (14,8; 16,16…). En medio de un mundo cruel y despiadado, Pablo y sus compañeros son testigos del amor de Dios con sus gestos y sus palabras, con su trato amable, con su humildad, con su alegría, con su paz… 

3. La fe que predican es Jesucristo mismo; no simplemente una doctrina que se contrapone a otras religiones o doctrinas. A Jesús lo hacen presente a través del Espíritu que se manifiesta en las comunidades que se van creando. Comunidades vivas que perseveraban en la fe. Pablo les recordaba que tenían que atravesar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios (leer 15,22-23).

4. La Iglesia va creciendo como familia porque la familia se convierte en una Iglesia doméstica. La escena de Pablo y Silas con la familia del carcelero nos lo deja bien claro (Hech 16). Tenemos que tener en cuenta que Jesús no dice nada nuevo sobre el matrimonio y la familia, dice que es algo que viene del Dios de la vida, y por eso nos remite al principio de la creación. Y esto es así en esta cultura romana tan violenta e inmisericorde. Para los pobres la familia era su mayor riqueza, y la gente de buena voluntad buscaba refugio en la familia.
A LUZ que nos dá a VIDA, a inmensa graza ofrecida gratuitamente a toda persoa
por un Deus vivo que se achega . . . e loita a MORTE por TI.
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"E levantándose no intre,volveron a Xerusalén e atoparon reunidos aos Once e aos que estaban con eles que dicían: É verdade! Resucitou o Señor e aparecéuselle a Simón! Eles tamén contaron o que lles pasara polo camiño, e como o recoñeceran no partir o pan" (Lc 24, 33-35)
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Amazing Grace on the way

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¡No puede ser de otra manera! Si la familia cristiana es templo donde habita Dios, es en la Misa donde juntos, la familia celebra la Fe, escucha la Palabra y recibe a Jesús en la Eucaristía



¿Es importante o secundario ir a Misa en familia?
Siempre se nos ha dicho que nos educa lo que vemos hacer, más que las palabras. Recordamos y aceptamos como ejemplo aquello que vemos hacer, los actos que acompañan las palabras. Es decir, ¿Es importante o secundario ir a Misa en familia? Lo voy a saber no solo porque me lo digan si no si veo que es importante para otros hacerlo, si descubro que es una opción válida para los que se llaman cristianos.

¡Se debe ir a Misa en familia!
Porque de lo contrario aquello que queramos como familias cristianas trasmitir de palabra, no va a ser aceptado como cierto, como un valor, porque los hechos no confirmarán las palabras, y estas se quedarán huecas.
Comunidade Caná está colaborando con el Delegado  de Comunicación de la Archidiócesis de Santiago, Manuel Blanco, que además es el sacerdote que preside los Domingos por la mañana, la Eucaristía de la Televisión Gallega.

¿Cómo?
Hemos abierto una agenda donde nos podemos anotar las familias de Galicia y así todos los Domingos, en la Misa de la tele, las familias de Galicia podemos ser testimonio con nuestra presencia en la Eucaristía.
Si sois un matrimonio cristiano con niños, adolescentes o jóvenes y para vosotros es una lucha cotidiana poder reunir a toda la familia para ir a Misa juntos, en la TVG, los Domingos a las 10 am, podréis ir viendo que es posible, veréis el testimonio visual de otras muchas familias que viven contracorriente y siguen celebrando la Eucaristía en familia porque es una opción importante en su vida.
¿Queréis ser una de las familias en dar Testimonio con vuestra presencia en la Misa de la TVG? Si crees en la fuerza testimonial que tiene ver a una familia celebrar la Eucaristía junta, padres e hijos, escríbenos y te anotaremos en la agenda.
Familia Wagener Galván (Nacho y Eva)
   
     Comunidade Caná está formada por familias de distintos lugares de España. Contamos también con familias y personas colaboradoras que nos ayudan en los proyectos comunitarios.
     Somos una comunidad de familias. El objetivo no es vivir bajo el mismo techo, sino crecer en familia: que cada familia se sienta fortalecida en su vida de fe, apoyada en las decisiones humanas que debe tomar e impulsada a caminar como familia cristiana en medio del mundo. Cada familia vive de su trabajo diario y está enraizada en un lugar determinado, integrándose en la vida parroquial y construyendo una vida humana y espiritual estable y equilibrada; tiene, por otro lado, plena autonomía para tomar las decisiones que exige su vida familiar, como comunidad que es -“Iglesia doméstica”- dentro de una comunidad mayor.

 
      Nuestro gran reto ante el mundo moderno no consiste en resolver los incontables problemas que surgen en las familias, sino en reconocer el Don que Dios regala y hacerlo fructificar. Es un reto de dimensión divina pero que está a nuestro alcance, porque Dios mismo lo acompaña y lo hace madurar.
     La ideología de la postmodernidad niega la verdad en lo concreto de la vida de las personas: el cuerpo pierde su lenguaje y el tiempo queda fragmentado en instantes; el resultado son personas desintegradas, debilitadas y manipulables. 


    CCaná acoge la singularidad de cada familia, creando unas relaciones fraternas, aprendiendo unos de otros en la oración y el compartir humano, espiritual y material, en la línea de las primeras comunidades cristianas. Cada familia de la Comunidad camina como Iglesia doméstica. Nuestro modelo es la Familia de Nazaret. 
    Cada familia se compromete a rezar por las otras familias de la Comunidad y a mantener una comunicación cercana, a visitarnos unos a otros y compartir de cerca nuestras dificultades y alegrías, luces y sombras... Es motivo constante de nuestro compartir, en primer lugar, nuestra propia vida -para crecer espiritualmente y dar mayor gloria a Dios- y, en segundo lugar, nuestra acción pastoral y evangelizadora. 



  • AZÚCAR: oración y misión en el Poder del Espíritu, con ejercicio real de dones y carismas, como discípulos misioneros en comunidad.
  • CAFEÍNA: obediencia y humildad, transparencia y sometimiento, discernimiento comunitario, corrección fraterna y revisión de vida.
    La primitiva Iglesia se movía en el Espíritu, como fuego en un cañaveral, fuera de las murallas. A la intemperie. En lucha y contemplación, lejos de las seguridades y el poder mundano. Fijos los ojos en Aquél que se hizo un tatuaje con mi nombre en Sus manos, y en Sus pies, y en Su costado. Aquel que, fuera de las murallas, murió en la Cruz por mí, entregando toda su vida por amor. Su presencia está ahí fuera, los dones están operativos ahí fuera, el corazón de Dios está ahí fuera... Se trata de hacer discípulos y construir la comunidad, no de mantener edificios, gestionar programas y el sostener el culto.

              

     No hay revelación conocible fuera de la vida y el testimonio de quienes la transmiten. Lo que testimonia quién es Dios y el sentido de la revelación es la vida de los cristianos. Porque el cristiano no se define meramente por lo que cree sino por cómo vive aquello que cree. Esto es lo que decía Kierkegaard, un cristiano danés del siglo XIX: “La tontería en la que vivimos -como si fuera ser cristiano- no es en absoluto lo que Cristo y el Nuevo Testamento entienden por ser cristiano. Creer es aventurarse tan decisivamente como sea posible para un hombre, rompiendo con todo lo que él naturalmente ama, para salvar su vida, rompiendo con aquello en lo que naturalmente tiene su vida.”



“En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?» Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos»” (Mt 18, 1-4).

    Esta vez, convertirse sí que significa volver atrás, ¡a cuándo eras un niño! El mismo verbo utilizado, strefo, indica invertir el sentido de la marcha. Esta es la conversión de quien ya ha entrado al Reino, ha creído en el Evangelio y lleva tiempo al servicio de Cristo. Es nuestra conversión, la de los que llevamos años, tal vez desde el principio, en la Renovación Carismática. ¿Qué sucedió a los apóstoles? ¿Qué es lo que supone la discusión sobre quién es el más grande? Que la preocupación mayor ya no es el reino, sino el propio puesto en él, el propio yo. Cada uno de ellos tenía algún derecho para aspirar a ser el más grande: Pedro había recibido la promesa del primado, Judas la bolsa del dinero, Mateo podía decir que él había renunciado a más que los otros, Andrés que había sido el primero en seguirlo, y Juan que habían estado con él en el Tabor… Los frutos de esta situación son evidentes: rivalidad, sospechas, enfrentamientos, frustración.

  Volverse niños, para los apóstoles, significaba volver a cómo eran en el momento de la llamada a la orilla del lago o en el mostrador de los impuestos: sin pretensiones, sin derechos, sin enfrentamientos entre ellos, sin envidias, sin rivalidad. Ricos sólo en una promesa (“Os haré pescadores de hombres”) y en una presencia, la de Jesús. Volver al tiempo en el que todavía eran compañeros de aventura, no competidores por el primer puesto. También para nosotros volverse niños significa regresar al momento en el que tuvimos por primera vez una experiencia personal del Espíritu Santo y descubrimos lo que significa vivir en el Señorío de Cristo. Cuando decíamos: “¡Jesús solo basta!” y lo creíamos.

  Me impresiona el ejemplo del apóstol Pablo descrito en Filipenses 3. Descubierto Jesús como su Señor, él considera todo su glorioso pasado una pérdida, una basura, a fin de ganar a Cristo y revestirse de la justicia que deriva de la fe en él. Pero un poco más adelante sale con esta afirmación: “Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante” (Fil 3, 13). ¿Qué pasado? Ya no el del fariseo, sino el del apóstol. Él ha intuido el peligro que corría de encontrarse con una nueva “ganancia”, una nueva “justicia” toda suya, derivada de lo que había hecho al servicio de Cristo. Él anula todo con esta decisión: “Me olvido del pasado me lanzo hacia el futuro”.

 ¿Cómo no ver en todo esto una lección preciosa para nosotros en la Renovación Carismática Católica? Uno de los muchos eslóganes que circulaban en los primeros años de la Renovación –una especie de grito de guerra– era: “¡Devolved el poder a Dios!”. Quizá se inspiraba en el versículo del salmo 68, 35 “Reconoced el poder de Dios” que en  la Vulgata se tradujo con “Restituid (reddite) el poder a Dios”. Durante mucho tiempo he considerado esas palabras como la mejor manera de describir la novedad de la Renovación Carismática. La diferencia es que por un tiempo pensé que el grito estaba dirigido al resto de la Iglesia y nosotros éramos los que estábamos encargados de hacerlo resonar; ahora pienso que está dirigido a nosotros que, quizás sin darnos cuenta, nos hemos apropiado en parte del poder que le pertenece a Dios.

    En vista de un nuevo comienzo de la corriente de gracia de la Renovación Carismática, es necesario “vaciar los bolsillos”, empezar de cero, repetir con una profunda convicción las palabras sugeridas por el mismo Jesús: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc 17, 10). Hacer nuestro el propósito del Apóstol: “olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante”. Imitemos a los “veinticuatro ancianos” del Apocalipsis que “arrojan sus coronas delante del trono diciendo: ‘Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder’” (Ap 4,10-11). Sigue siendo actual la palabra de Dios dirigida a Isaías: “Pues, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis?” (Is 43, 19). Bienaventurados nosotros si permitimos a Dios renovar lo que tiene en mente en este momento para nosotros y para la Iglesia.

   Mi sugerencia para la cadena de oración: repetir muchas veces durante el día una de las invocaciones dirigidas al Espíritu Santo en la secuencia de Pentecostés, aquella que cada uno siente que responde mejor a su necesidad:
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, 
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
P. Raniero Cantalamessa O.F.M Cap.
Asistente eclesiástico de CHARIS
     Nuestro querido hermano Santiago Luis Núñez Fernández ha sido ordenado presbítero el 11 de julio en Santiago de CompostelaQuienes hemos caminado a su lado durante todos estos años, bendecimos a Dios por su fidelidad. Santi participa asiduamente en los Encuentros de Familias Invencibles de Galicia y es miembro del Grupo de Oración RCCE Familia de Nazaret, además de colaborar con Comunidade Caná.   
       El viernes 10 de julio hemos tenido  la dicha de compartir con él un tiempo de oración comunitaria. Ha sido un acto abierto en la Rectoral de Tirán (Moaña) a las 19:30, en el que alabamos al Padre y clamamos al Espíritu Santo en el nombre de Jesús el Señor. Ha celebrado su Primera Misa el Domingo 19 de julio en Santa María del Puerto de Marín (templo nuevo).


"Porque los dones y la llamada de Dios son irrevocables” (Rom 11, 29)

           Me llamo Santiago y nací en el seno de una familia católica. Desde pequeño me educaron (con la mejor de la intenciones y fruto de la fe heredada) en una fe en la que había que ser bueno y rezar mucho para agradar a un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos.
            A los catorce años ingresé en el Seminario porque desde pequeño sentía deseos de ser sacerdote. Allí esa forma de ver la fe y mi relación con Dios estaba orientada hacia una vida sacerdotal que buscaba sacerdotes santos (como tienen que ser). Rezábamos, estudiábamos, asistíamos a retiros mensuales, ejercicios espirituales, hacíamos deporte, teníamos ratos de ocio y diversión… Pero en el fondo yo estaba actuando movido por mis propios esfuerzos más que apoyándome en la Gracia de Dios; ésto hizo que poco a poco me fuera cansando y perdiendo aquella ilusión que tenía desde pequeño en ser sacerdote…
            Acabé yéndome del Seminario, mintiéndome con muchas excusas para justificar mi dejadez y abandono. Una de ellas fue que me iba al servicio militar para hacer un paréntesis y tomar fuerzas de cara a volver al Seminario. Allí estuve destinado como monaguillo en la iglesia castrense. Se me hizo dura la estancia allí, la soledad (a pesar de estar rodeado de compañeros). Identifiqué aquello con la idea que eso sería lo que me esperaba en el futuro si me hacía sacerdote… Un día me puse delante del sagrario y, muy enfadado, le dije al Señor: ¡Pasa de mí! Y me fui muy enfadado y triste… Era un figurante en las eucaristías… asistía, ayudaba en las celebraciones, respondía –que no rezaba-, no comulgaba, la verdad es que me daba igual, sólo cumplía con mi destino militar de monaguillo… Estaba deseando que terminase mi cautiverio e irme a mi casa.
   Finalizada la mili empecé a llevar una vida en la que Dios no tenía sitio. Durante unos dieciséis años busqué llenar mi corazón con todo tipo de cosas que cualquier joven tenía a su alcance, excepto las drogas –gracias a Dios-, y no porque no hubiera ocasiones para ello. Dios era irrelevante, incluso me había vuelto en contra de Él. En el fondo, ese resentimiento hacia el Señor era la manera que tenía yo de desplazar mis frustración porque no tenía fuerzas para haber respondido a su llamada, me revelaba, no quería ser sacerdote así, me horrorizaba la soledad, en vez de pedir su gracia me dejaba llevar por la comodidad y la pereza.
  Alguna vez asistía a misa algún domingo, sentía necesidad de Dios, pero mi pecado y mis heridas me impedían acercarme más a Dios… “¿cómo me va a perdonar Dios con todo esto que llevo a mis espaldas? ¿cómo me voy a salvar si es para mi imposible ser fiel al Señor? No hay esperanza posible para mi, soy un caso perdido…” Todo ésto me desanimaba todavía más.


            Sentía que mi vida no encajaba en medio del mundo, había tenido un par de novietas pero no acaba de sentirme lleno, no tenía sentido, me faltaba algo. Empecé a buscar y esa búsqueda me llevó a reencontrarme con un sacerdote que me conocía y empezamos a quedar y hablar. En una de esas conversaciones recuerdo que le dije si a lo mejor no debería retomar el tema sacerdotal que era algo que me ilusionaba de pequeño y que aún estaba ahí, que a veces me lo planteaba. Su respuesta fue que lo primero que tenía que hacer era tener relación con el Señor, eso era lo más importante, que no corriera, que a lo mejor no era lo mío porque estando alejado de Dios era difícil poder pensar que Dios me llamase al sacerdocio…
   Empezamos a vernos con más frecuencia para charlar, me habló de la Renovación (ya conocía por un grupo de Coruña, cuyo nombre no recuerdo, al que había conocido por una convivencia que habíamos organizado en su parroquia y habíamos coincidido con ellos… si recuerdo que me habían parecido una “panda de chiflados” –fruto de la soberbia espiritual que yo padecía- en otra ocasión haciendo un vía crucis al Monte Xestoso, en Moaña, los del Grupo de Oración de San Martiño habían llegado antes que nosotros y cuando nosotros estábamos llegando a la cruz nos aplaudían y estaban cantando con guitarras y pensé para mi: ¿pero ésta gente tiene idea de lo que significa un vía crucis? ¿porqué narices nos aplauden?... Vamos que mi concepto de la Renovación no era muy positivo que digamos… Me creía superior y hasta me reía de sus miembros, ¡pobrecitos, están chiflados!
 
        Intentaba llevar una vida cristiana pero no acaba de arrancar, hablaba con este sacerdote él me escuchaba todas mis tribulaciones, me animaba a confesarme y acercarme a Dios, pero en el fondo yo no me dejaba ayudar del todo, quería pero no podía, había heridas internas que necesitaban ser curadas pero yo me resistía a ser ayudado, esas heridas eran más fuertes que yo y no me dejaban acercarme a Dios y pedir que me sanase y me perdonase. El no aceptarme tal y como yo era, mi concepto de Dios exigente y justo hacían que me entristeciera y no acabara de dejarme sanar.
            Un día me invitó a que asistiese a una Asamblea de la Renovación, hasta el sábado no nos acercamos al parque de atracciones a coger las acreditaciones (a todo esto no habíamos reservado nada con lo que podría ser que no tuviéramos ninguna posibilidad de entrar, pero sí, sí había acreditaciones)… Entramos, la verdad es que estaba cortado ¿qué hacía yo allí en medio? Intentaba rezar, hacerme pasar por uno más… Menudo rollo que estaba soltando un fraile todo vestido de blanco, que decía que era del Real Madrid, a mi que soy culé, ya me empezaba a brotar la soberbia que llevo dentro, que si niveles de evangelización que no recuerdo cuáles eran… después eucaristía… recuerdo que me daba mucha vergüenza el hecho de que no podía comulgar porque no estaba en gracia de Dios, y para no pasar vergüenza en el momento de la comunión me fui a esconder en el cuarto de baño… Más enseñanzas, yo allí cansado, aburrido… Por la tarde lo de la Alabanza con cantos y bailes de aquí para allá me cabreó sobremanera, recuerdo una canción sobre un tren… y yo perplejo me decía: ¡pero si ya lo sabía, si estos tíos están chiflados!¡si es que soy tonto!... Creo que la cara de mala leche que le ponía al que esta mi lado (cuando estaban cantando lo de  Resucitó yendo y viniendo de derecha a izquierda) no se le pudo olvidar en la vida, esa cara en plan si te acercas a mi te la cargas… de hecho el pobre solo podía alabar al Señor hacia su izquierda, pues hacia su derecha me tenía a mi cabreado y con ganas de largarme de allí y de que no me tocaran las narices.
            Acabada la Alabanza vino la Adoración... Tras el numerito anterior, mi sentimiento era, bueno a ver si pasa y  nos vamos por donde hemos venido que ya he tenido bastante. Pero, al final, acabé la Adoración postrado ante Jesús, dándole gracias por ese día.

       Después de aquella experiencia, empecé a asistir a misa los domingos, un tanto a escondidas; me daba vergüenza en casa que supieran que iba a misa, procuraba quedar más con mi amigo sacerdote para charlar… pero todavía quedaban cosas en mi interior que sanar, cosas que me impedían acercarme del todo al Señor y sobre todo recibirle… , lo mío era como el Guadiana, que aparece y desaparece, mi trato con el señor estaba marcado por mi falta de esperanza y de fe. Pasó un tiempo y el Señor me dio la Gracia de la valentía para confesarme, reconocerme pecador y reconciliarme con él…
        Fue un momento de una gran alegría, a partir de ahí pude recibir al Señor con más frecuencia, y empezar a tratar de discernir mi futuro como sacerdote arropado por un grupo de sacerdotes, con una dirección espiritual frecuente, y por la oración de mucha gente querida que sabía que estaba en este proceso de discernimiento.
        En todo este tiempo estaba pidiéndole al Señor fuerzas para caminar, que yo no podía, le decía que me sanase de todo aquello que me apartaba de Él… tenía miedo a la soledad, en la oración fui descubriendo que no tenía que tener miedo… y me empecé a sentir lleno de paz.
          Con la oración y el acompañamiento espiritual fui teniendo más claro cada día estas palabras:  “No temas, el Señor es el dueño de tu soledad y tu vida, Él toma tu Soledad por ti”, en ese momento descubrí que aquello era así, no estaba solo, el Señor me hizo ver que él tomaba mi soledad por mi, ahora SÉ que está vivo y resucitado y que ha actuado en mi vida que es mi Señor y mi Salvador, y que con la ayuda de su Gracia todo lo puedo, que Dios tiene sus tiempos. Al final de este proceso he tomado la decisión de volver al Seminario, muy contento  y por ello  puedo decir: ¡¡¡GLORIA A DIOS!!!