Comunidade Caná

Comunidad Católica de Alianza integrada por familias en el seno de la Renovación Carismática

     Rasgos distintivos de la primera evangelización que emprendieron Pablo y sus compañeros (Bernabé, Silas, Timoteo…)

Los Hechos de los Apóstoles -cap. 13 al 19- narran los dos primeros viajes misioneros de Pablo y sus compañeros

1. Son enviados a la misión por una comunidad que ora y se abre a la acción del Espíritu Santo.

2. La dignidad de la persona humana es el centro de esta primera evangelización (14,8; 16,16…). En medio de un mundo cruel y despiadado, Pablo y sus compañeros son testigos del amor de Dios con sus gestos y sus palabras, con su trato amable, con su humildad, con su alegría, con su paz… 

3. La fe que predican es Jesucristo mismo; no simplemente una doctrina que se contrapone a otras religiones o doctrinas. A Jesús lo hacen presente a través del Espíritu que se manifiesta en las comunidades que se van creando. Comunidades vivas que perseveraban en la fe. Pablo les recordaba que tenían que atravesar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios (leer 15,22-23).

4. La Iglesia va creciendo como familia porque la familia se convierte en una Iglesia doméstica. La escena de Pablo y Silas con la familia del carcelero nos lo deja bien claro (Hech 16). Tenemos que tener en cuenta que Jesús no dice nada nuevo sobre el matrimonio y la familia, dice que es algo que viene del Dios de la vida, y por eso nos remite al principio de la creación. Y esto es así en esta cultura romana tan violenta e inmisericorde. Para los pobres la familia era su mayor riqueza, y la gente de buena voluntad buscaba refugio en la familia.

 'El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga' (Mt 16, 24)



     No se trata de una cruz ornamental, o ideológica, sino es la cruz de la vida, es la cruz del propio deber, la cruz del sacrificarse por los demás con amor, por los padres, por los hijos, por la familia, por los amigos, también por los enemigos; la cruz de la disponibilidad a ser solidario con los pobres, a comprometerse por la justicia y la paz. 

    En el asumir esta actitud, estas cruces, siempre se pierde algo. No debemos olvidar jamás que ‘el que pierda su vida -por Cristo- la salvará’. Es perder... para ganar. Y recordemos a todos nuestros hermanos que todavía hoy ponen en práctica estas palabras de Jesús, ofreciendo su tiempo, su trabajo, sus fatigas e incluso su propia vida para no negar su fe a Cristo.

Comunidade Caná

    Jesús, mediante su Santo Espíritu, nos dará la fuerza de ir adelante en el camino de la fe y del testimonio: hacer aquello en lo cual creemos; no decir una cosa y hacer otra. Y en este camino siempre está cerca de nosotros y nos precede la Virgen: dejémonos tomar de la mano por ella, cuando atravesamos los momentos más oscuros y difíciles.

     El Evangelio nos llama a confrontarnos, por así decir, ‘cara a cara’ con Jesús.

Papa Francisco, 19-6-2016

... y vuestros ancianos sueños

       “Cuando el Señor hizo volver a los cautivos de Sion, nos parecía soñar; la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. Hasta los gentiles decían: “El Señor ha estado grande con ellos (Sal 125).

 

      Este salmo nos cuenta la alegría del regreso. Los cautivos vuelven a Sion, sus lágrimas se transforman en cantares; dejan atrás años de destierro y vuelven a su patria. Al leer este salmo desde el Nuevo Testamento, reconocemos en él la criatura nueva. Ya no soy esclavo del temor: soy hijo de Dios. Antes vivía para las vanidades y cosas del mundo; ahora soy de Dios. Antes estaba triste; ahora canto y alabo al Dios que me sacó de las tinieblas y me hace vivir en Su luz. Y hasta los amigos ateos, los que no reconocen a Dios, se admiran de lo que ven en mi vida, en mi casa. Incluso nosotros mismos nos admiramos… “Nos parecía soñar”. Como los ciegos, leprosos, endemoniados, paralíticos del Evangelio, nos llenamos de asombro ante la novedad que ha transformado nuestras vidas: “Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares”. Es verdad: al pueblo de los redimidos, el Señor no nos deja en la muerte, en el abandono, en las lágrimas. ¡Hay una esperanza!  No moriremos hundidos en la soledad. Dios nos visita, nos levanta con su diestra poderosa y nos saca a un lugar habitable.
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        Escuchemos las primeras palabras del Resucitado: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Jesús se fija en las lágrimas de María Magdalena. En este rostro ve las lágrimas del mundo. Por esas lágrimas ha venido Él. Por eso nos detenemos en las lágrimas, sin querer pasar rápidamente a los cantares. Porque podemos vivir en un llanto continuo, en la queja, sin encontrarnos con el Rostro del Resucitado. Y ahí no hay esperanza. El Señor recoge nuestras lágrimas; para ello debemos alzar la cabeza y mirarlo a Él, resucitado. Su primera mirada se posa sobre las lágrimas, no sobre nuestros pecados. El mundo sigue siendo un inmenso llanto; pero con nosotros está el Señor. Por Él recuperamos los cantares, en medio de la lucha y la reconstrucción.

 

     Querida Renovación Carismática, queridas familias: las lágrimas, la enfermedad, la soledad, el abandono, la incertidumbre, la muerte… no tienen la última palabra. Con Cristo en medio de nosotros, son motivo de lucha, del combate de la Fe; nunca de abatimiento o desánimo. Y terminan siempre en cantos de victoria. El Señor nos invita a levantarnos y avanzar. “Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados”. Así debemos contemplar las lágrimas de nuestras familias y de las familias que nos rodean; porque así recorrería Jesús nuestras calles y ciudades, dando una respuesta al sufrimiento y al dolor. La familia cristiana tiene en su interior la semilla de Vida que, al morir, da vida, cosechando frutos de bondad, de paz, de esperanza.

        Resuena en nuestros corazones la profecía de Joel a la que se nos remite en los Hechos de los Apóstoles el día de Pentecostés: “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones” (Jl 3, 1). El Espíritu Santo se derramó abundantemente en Pentecostés y cumplió esta profecía. Ha bajado sobre nosotros en nuestro bautismo y nos ha marcado a cada uno con Su sello… ¡Ahora ya todos somos profetas! El profeta habla de parte de Dios; no trae mensajes del mundo, sino de Dios-Padre, que nos creó y nos recrea.

 

   

       Ante esta nueva situación, Cristo nos invita a ser centinelas, enviados. Y pone visiones en los jóvenes. Ver: es la palabra en la que ahora nos detenemos. Para este tiempo nuevo necesitamos una mirada nueva, de misericordia y compasión, como la del buen samaritano. Es la mirada que no se queda en una contemplación desoladora, sino que pasa a la acción por el dinamismo del amor. El Espíritu Santo pone en nosotros esta visión que pasa de vera tocar, a sanar, a implicarse. Nos reta proféticamente a salir de las rutinas acomodadas dentro de nuestras familias y poner en juego toda nuestra creatividad, con ese Dios que tiene poder para hacer en nosotros mucho más de lo pensamos y calculamos. 

 

         "Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida." («Gaudete et exsultate» nº 15). La mejor Iglesia es la que arde… en el Fuego del Espíritu Santo. Mantengamos los ojos abiertos, las lámparas encendidas y la esperanza firme. Dios está pasando y he de estar preparado para abrirle las puertas de mi casa.

 

         En el seno de la familia están nuestros jóvenes con sus visiones. Y estamos nosotros, Javier y Montse, ancianos llenos de sueños. En nuestro caminar con el Señor hacemos memoria de los primeros pasos en la Renovación, cuando comenzó el Grupo de Oración de A Coruña en 1976. Todo era nuevo entonces. Ahora, el Señor -por medio del Papa Francisco- nos sigue invitando al asombro. Jesús continúa despertando en nosotros los sueños de la Fe. Porque, en la barca agitada por tormentas, parece dormir; pero, en realidad, trabaja unido a su Padre Dios y al Espíritu Santo para avivar nuestra Fe. 

       La barca es una imagen preciosa para nuestra familia, nuestra Comunidad, Grupo de Oración, camino de santidad. Si Jesús va en la barca, ¿por qué tener miedo? Él nos invita a la confianza; “pero que vuestra confianza -dice Charles de Foucauld- no nazca de la dejadez o de la ignorancia de los peligros. La tempestad es casi constante. Más no olvidéis: estoy ahí, con vosotros, con vuestra familia. ¡Esta barca es insumergible! Desconfiad de vosotros mismos, pero tened confianza total en Mí.

 

         Escucha en tu interior esa llamada. Es la voz de Jesús que increpa al viento y al mar, que abre caminos. Ahora no duerme; está en pie sobre la barca y te llama a no desfallecer en la lucha por sacar adelante a tu familia, por mantener la oración familiar, por educar a tus hijos, por elegir amar, por no quedarte solo/a, por apoyarte en Él y no simplemente en tus razonamientos.

 

         En el “pico” de la pandemia, el Señor dio esta Palabra profética a Comunidade Caná: “¡Creed! ¡Creed sin ver! Yo veo en vosotros. ¡Avanzad!”. Estamos aquí para este tiempo, para esta hora. Veámonos como Él nos ve, en sus propósitos eternos. Creamos, avancemos, echemos de nuevo las redes en nombre de Jesús el Señor. Volvamos al Principio: al Padre que nos ha creado y recreado. Dejémonos abrazar una y otra vez por Jesús: elegidos, llamados, amados hasta el extremo por Él. Y enviados en el Poder del Espíritu… ¡abracemos la misión!

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Montse y Javier  ·  Comunidade Caná

Todos nosotros nos sentimos, habitualmente, no escuchados; sin embargo, nos creemos buenos escuchadores. Salir al encuentro del otro no se realiza con la palabra, con el discurso... Lo primero es acoger, es aceptar, es escuchar.

 

 

Con esta publicación de hoy cerramos una primera parte de las Armas para la batalla de la vida familiar. Hasta hoy os hemos propuesto: La Bondad; el Perdón; la Alegría; la Palabra y hoy os hablamos de la Escucha. La segunda parte la podéis comenzar vosotros, porque sois vosotros los que conocéis qué batallas os presenta vuestra vida familiar y que otras armas vais a necesitar utilizar, y entrenaros en su uso. Cada arma utilizada nos facilita avanzar y crecer, nos consigue victorias necesarias para salir de la mediocridad y del aburguesamiento, dos cosas muy peligrosas porque no sacan lo mejor de nosotros mismos, más bien nos aplanan, nos menguan.

Ser familia no es algo casual, algo que te acontece en la vida sin más. Somos familia porque vosotros, matrimonios, habéis iniciado un proyecto, os habéis comprometido, siendo dos, a dejar una huella en el mundo, generando vida a través de vuestro amor. Y, al llegar los hijos, estos se convierten en sobrinos, nietos, primos de una familia más extensa… Todo lo que nos acontece en la vida tiene como punto central: la familia, ¡nuestra familia! La pequeña comunidad del hogar, más la familia extensa que une su presencia, su personalidad, su camino, al nuestro.

¡No me escuchas!

Avanzamos cuando somos capaces de superar muros. Y la intimidad y la cotidianidad de la casa nos pueden jugar una mala pasada si no estamos atentos y saltamos los muros que nos impiden seguir asombrándonos del impresionante misterio que somos cada uno y nos quitan la esperanza de llegar a ser lo que estamos llamados a ser.

Todos nosotros nos sentimos, habitualmente, no escuchados, sin embargo nos creemos buenos escuchadores. Salir al encuentro del otro no se realiza con la palabra, con el discurso, lo primero es acoger, es aceptar, es escuchar. Tenemos que dedicar tiempo a la escucha y ser humildes para conocer nuestras faltas a la hora de escuchar. Creemos que escuchamos bien a nuestro marido, a nuestra mujer, a nuestros hijos, a nuestros padres, sin embargo puede ser habitual que nos digan: ¡No me escuchas!

Derrumbando muros

Y es que hay muros que tenemos que derribar como: el juicio; el prejuicio; la suposición; la duda; la desconfianza… Todo ello actúa en nosotros cuando estamos escuchando. Y es porque cada uno tiene cosas sin resolver en su interior y el trabajo principal lo tenemos que realizar primero en nosotros para que cuando acogemos y escuchamos al otro en casa, vayamos más descargados de cargas, esas que construyen los muros.

Escribe Henry J.M. Nouwen, en uno de sus libros: «He tenido momentos en mi vida en los cuales me he sentido libre de juicios sobre los demás. Me sentía como si me hubieran quitado de encima un fardo pesado. En esos momentos experimentaba un inmenso amor por todo el que me encontraba, por aquel de quien oía hablar, o acerca del cual leía. Una profunda solidaridad con todos y un hondo deseo de amarlos, derrumbaban mis muros interiores y hacían mi corazón tan ancho como el universo. […] Imagínate… ¿No sería esto la verdadera libertad interior?»

Entrenar con el arma de la escucha, nos permite crecer personalmente en humildad, honrar a la otra persona y, mi marido, mi mujer, mis hijos, mis cuñados… avanzarán porque saberse escuchado nos descubre la dignidad que tenemos como personas: somos queridos, amados, aceptados, escuchados.

Entrenamiento y camino de libertad

El trabajo que os proponemos para comenzar a entrenaros en la escucha, es que estéis atentos a los muros que interiormente ponéis cuando escucháis, que los reconozcáis y que los desterréis de vosotros. Es todo un proceso, no lo vamos a conseguir enseguida, pero iremos bien orientados para conseguirlo. Y así, sin darnos cuenta, sin discursos y sin teorías, inspiraremos a los demás a seguir este camino de libertad interior.

Y en el matrimonio, esta puede ser una buena conversación: ayudarnos a descubrir nuestros muros, reconocerlos juntos y ser ayuda adecuada el uno para el otro, para crecer y ser mejores personas.

· ITINERARIO VIRTUAL ·

    Como un  peregrino más,  S.  Juan  Pablo  II  realizó  a  pie, en 1989,  los  últimos cien metros del Camino. Era su segunda visita a Santiago. Siete años antes, el martes 9 de noviembre de 1982, se había convertido en el primer Papa en peregrinar a Compostela en un Año Santo.

    Decía este caminante polaco: “Siendo aún un joven sacerdote, aprendí a amar el amor humano y dedicar todas las fuerzas a la búsqueda de un «amor hermoso». Porque el amor es hermoso. Hombres y mujeres, en el fondo, buscan siempre la belleza del amor, quieren que su amor sea bello".

CAMINO de SANTIAGO virtual 2021




Julio del 2 al 4 en Benicasim (Castellón)
Agosto del 27 al 29 en la zona centro
Aforo limitado a 80 personas - Protocolo Covid

Porque el Señor ama a su pueblo (Sal 149)

¿Qué es un Encuentro de Familias Invencibles?

Los Encuentros de Familias Invencibles son para todo tipo de familias: con hijos adolescentes; esperando el primer hijo; cuidando a los abuelos; padres de un hijo especial; de todas las edades; familias numerosas… Nos reunimos toda la familia, compartimos nuestras experiencias de vida familiar y vida de oración, todo ello en respuesta a la insistente llamada de S. Juan Pablo II en favor de la evangelización de las familias y desde las familias.

Las familias descubrimos en estos Encuentros como el Espíritu Santo alienta la vida familiar y la riqueza que tiene la oración, la convivencia, compartir las experiencias y la vida con otras familias y entre ellas mismas. Es una gracia espiritual que no hay que dejar pasar. Oramos, dialogamos, compartimos, celebramos, jugamos… recibimos formación los adultos, los niños, los jóvenes.  Así, los Encuentros se convierten en un Retiro + unas vacaciones, momento donde respirar, descansar y fortalecerse.

¿Por qué Invencibles?

Porque la familia tiene dentro de sí fuerzas inagotables para vencer todas las dificultades y caminar de victoria en victoria. La acción del Espíritu en nuestras familias va marcando caminos y regalando sus dones. Surgen así frutos como:

  • La oración familiar diaria y la creación de un lugar de oración en cada casa. 
  • La constitución de fraternidades o grupos de familias. 
  • La hospitalidad entre familias. 
  • La activación de la gracia matrimonial. 
  • La evangelización y el servicio a la Iglesia.

Información e Inscripciones

  • info@familiasinvencibles-rcc.org
  • Tfno y WhatsApp 636 086 986


 El Espíritu es el que nos revela la persona de Jesús.

Cristo sucede en mí cuando me va habitando 

Para que el encuentro con Cristo en los diversos acontecimientos se transforme en suceso se requiere un paso más. En efecto, Cristo sucede en mí cuando me va habitando y transformando mi personalidad pecadora en otra semejante a la suya. El que mejores formulaciones tiene en este sentido es San Pablo: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20). Para mí la vida es Cristo y morir una ganancia (Flp 1, 21). Cristo habita en mí, o mora en mí. Estas expresiones tradicionales dejan mucho que desear. Es evidente que yo no soy una habitación o un receptáculo sino que mi relación con Cristo y con cualquier otra persona se da en un tú a tú.

Para que todo este proceso llegue al suceder se requiere el diálogo 

Una persona se te da siempre en las vivencias que provoca en ti, como pueden ser el amor, la ternura, la compañía y también el rechazo y el odio. El suceder presupone el encuentro y el acontecimiento, pero es mucho más interior porque es la otra persona la que está entrando en ti y te va cambiando. Si Cristo sucede en mí, mi personalidad se trasmuta. No se trata, claro está, de un cambio ontológico sino vivencial. Estamos en lenguaje fenómeno-lógico. Por eso, para que todo este proceso llegue al suceder se requiere el diálogo. Éste es esencial en las relaciones interpersonales. No es necesario que sea siempre un diálogo de palabras; muchas veces basta la mirada, la presencia, la amenaza. La percepción de otra persona origina sucesos que ocurren en ti y que no te dejan indiferente. Esos sucesos interiores se llaman vivencias. Si una persona te deja indiferente no existe para ti. Cuando los sucesos o vivencias son positivos, el diálogo interpersonal se intensifica fructíferamente hasta alcanzar altas cotas de amor e identificación.

No basta con tener pensamientos, conocimientos, imágenes o sentimientos de Jesucristo

Para que se dé este diálogo las personas se tienen que abrir. Tú no puedes hacer nada si la otra persona no se te abre o, como dicen los fenomenólogos, no se te revela. No te provocará vivencias, por lo que no sucederá en ti. Si la otra persona se te revela y se entrega a ti en el amor o comparte contigo sus valores más preciados, entonces sucede en ti. Si tengo una vivencia personal de Jesucristo, éste ocurre o sucede dentro de mí. No basta con tener, como hemos dicho, pensamientos, conocimientos, imágenes o sentimientos de Jesucristo. Estas cosas no son vivencias personales o de la persona, son más bien objetivaciones que no ocurren en la corriente del yo al tú.

El Espíritu es el que nos revela la persona de Jesús. Él nos la presenta e ilumina. Una vez conocido Jesús en el Espíritu, no sólo en la mente o en el sentimiento, percibimos que vive, que no muere ya nunca más, que es el Señor, que tiene todo poder en el cielo y en la tierra. Entonces, si tú te dejas, se entabla un diálogo fructífero entre los dos, y Cristo empieza a suceder en ti porque te provoca toda clase de vivencias. Tantas vivencias le provocó a Pablo que tuvo que decir: «Para mí la vida es Cristo».

Cristo no es ni siquiera objeto de amor sino que se nos da en el amor

Es importante darse cuenta de que a Cristo no le estoy presentando ni como objeto de culto, ni de adoración, ni de imitación, ni de ejemplaridad. Si lo consideras así, no sucede en ti, porque el suceso sólo se da en las relaciones vivas interpersonales de un tú con un yo o de un yo con un tú. Cristo no es ni siquiera objeto de amor sino que se nos da en el amor. Cristo no es mi justicia como objeto, sino como vivencia que él provoca en mí. Una vez que el Espíritu nos ha revelado la persona del Señor, nos damos cuenta de que el Espíritu le pertenece a Jesucristo y obra por medio de él, es decir, sucede en nosotros con toda clase de vivencias.

Él se te revela como a él le place y como tú necesitas

Ahora bien, estas vivencias no son mundanas, como las que te puede provocar cualquier otra persona, son vivencias de fe y por lo tanto regaladas. Tu abrirte al Señor no es para darle, como con otras personas, sino para recibir de él gratuitamente todo su ser. Él se te revela como a él le place y como tú necesitas. En cada momento de tu vida puede suceder Cristo en ti de distinta forma.

Chus Villarroel, O.P.
Cristo, mi justicia. En Cristo estamos salvados.
Editorial Edibesa
Colección Vida y Misión
ISBN 84-8407-707-1

A Jesucristo no lo encontramos en un razonamiento, idea, imagen o sentimiento ni en ninguna cosa que lo limite o esté muerta. 

Sin el Espíritu no se ve nada

Es fascinante descubrir cómo, según va emergiendo la figura de Cristo, la experiencia del Espíritu se va ocultando en un segundo plano. Te das cuenta de que el Espíritu actúa como los focos que iluminan de noche la torre de la catedral. Lo que se trata de ver no son los focos sino la catedral, que es sacada de la oscuridad por la luz de los reflectores. Se te muestra que todo es por él, con él y en él, aunque sin el Espíritu no se vea nada. Va tomando protagonismo la humanidad de Jesucristo, una humanidad unida en su subsistencia personal con la divinidad, pero totalmente humana en su naturaleza. Gracias a que tu salvación viene por la humanidad de Cristo, no te aliena el amar a Dios ni te saca de la encarnación, ya que la realidad se hace realísima en el cuerpo de carne de Jesús. El Espíritu te da como una especie de querencia y dilección por esta santa humanidad en la que te encuentras tú como hombre.

A Jesucristo no le encontramos en un razonamiento

Para adentrarse cada vez más y más en la humanidad de Cristo el encuentro tiene que convertirse en un acontecimiento vivencial. A Jesucristo no lo encontramos en un razonamiento, idea, imagen o sentimiento ni en ninguna cosa que lo limite o esté muerta sino en una cosa viva que percibimos en nuestro interior como acontecimiento o evento. El acontecimiento añade algo al encuentro. Teóricamente, yo podría encontrarme con una persona, incluso con Cristo, sin que ocurriera nada. Por eso, el acontecimiento añade al encuentro el cambio, la novedad, la alegría. Debido a ese encuentro han pasado cosas en mí que han cambiado mi vida. Lo que ocurre en mi interior viene de fuera pero me afecta interiormente.

El acontecimiento de Cristo siempre genera gozo, es festivo

Además de lo dicho el acontecimiento añade al encuentro puntos reales y fijos de contacto. Jesucristo tiene que acontecer en nosotros en una relación viva y personal generada por un evento externo. El acontecimiento de Cristo con cualquiera de nosotros, provocado por el Espíritu, aunque sea doloroso siempre genera gozo y es festivo porque la muerte ya ha sido vencida.

Para mí Jesucristo acontece en mi pecado e impotencia

Nos imaginamos que el mejor acontecimiento con Cristo sería mediante una aparición como a la Magdalena. Sí, pero se trata de acontecimientos de fe. Para Teresa de Calcuta, Jesucristo acontecía en el moribundo que recogía por las calles. Para mí Jesucristo acontece en mi pecado e impotencia. Ahí le experimento como mi justicia y mi salvación. Se me hace real por medio de los dones con los que el Espíritu me revela la entrega de Cristo por mí. Otra de las ocasiones donde más acontece Cristo para mí es en el momento de la epíclesis. Como sacerdote, cuando impongo las manos sobre la oblata, es decir, sobre el pan y el vino, y digo: Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad. Santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu para que sean cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, siento la presencia real de Jesucristo en el altar. Finalmente, el acontecimiento de la comunidad, donde se comparten fuertes experiencias del Espíritu, engendra en mí una cercanía especial del Señor.

Era forastero y me acogisteis

San Mateo, en su capítulo 25, 31ss, nos relata una serie de casos en los que Cristo acontece de una manera muy especial: Tuve hambre y me disteis de comer; sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; en la cárcel y vinisteis a verme. Éstas son grandes ocasiones en las que acontece Cristo. No se trata de que todos hagamos todo, pero sí de que tengamos preparada el alma para que Cristo acontezca en nosotros donde el Espíritu Santo quiera.

Chus Villarroel, O.P.
Cristo, mi justicia. En Cristo estamos salvados.
Editorial Edibesa
Colección Vida y Misión
ISBN 84-8407-707-1

El descubrimiento del Espíritu como algo real y vivo en tu alma es alucinante y, en muchos, genera efectos parecidos a los de una embriaguez o enamoramiento que puede durar meses o años. Sin embargo, el Espíritu no nos permite instalarnos en ese gozo.

Nada nos separará del amor que se nos ha manifestado en Cristo Jesús

Hablando en términos de filosofía fenomenológica, para llegar al convencimiento de que nada nos separará del amor que se nos ha manifestado en Cristo Jesús se requieren tres momentos. El primero de ellos es el encuentro con Cristo. Pablo lo tuvo en el camino de Damasco. Cada uno sabe dónde lo ha tenido. Lo importante es ser consciente de esto, de que Jesucristo te ha sido dado. No es necesario que sea un toque puntual, puede ser un proceso. Dice Pablo: ...Cuando Dios se dignó revelar en mí a su Hijo... Pablo lo tuvo muy claro. En la Renovación, mucha gente menciona el momento de la efusión del Espíritu como su punto de arranque. A mí, personalmente, se me ha ido revelando a través de un largo proceso, vivido especialmente en la Renovación.

El Espírirtu te revela tu pecado y te encara con tu realidad

Como he dicho ya, la experiencia inicial a nivel de vivencia que se da en los carismáticos es referida sobre todo al Espíritu Santo. El descubrimiento del Espíritu como algo real y vivo en tu alma es alucinante y, en muchos, genera efectos parecidos a los de una embriaguez o enamoramiento que puede durar meses o años. Sin embargo, el Espíritu no nos permite instalarnos en ese gozo. Poco a poco, a través de mil vericuetos, pones pie en la encarnación, es decir, en la vida con toda su crudeza, ahora mucho más iluminada, dejando que te duelan las cosas y enfrentándote a ellas, no camuflándolas como antes. El Espíritu te revela tu pecado y te encara con tu realidad liberándote de tapujos, apariencias, fachadas y de todas las trampas que no te han permitido verte y aceptarte como eres, es decir, radicalmente pobre. Cuando asumes esa pobreza y ya no esperas salvación alguna que venga de ti mismo, el Espíritu va haciendo emerger la figura de Jesús, como Señor y Salvador, descubriéndotelo cada vez más en su humanidad, lugar en el que se realiza tu regeneración.

No te puedes inventar a Jesucristo, te tiene que ser revelado

Yo no sé si lo dicho se puede generalizar, lo que sé es que en mí ha sucedido así. Mi encuentro con Cristo ha sucedido en su humanidad, a la que he empezado a amar con todas mis posibilidades, que son nulas. No depende del ser humano este amor, ya que el más mínimo progreso o experiencia nueva te tiene que ser dada. No te puedes inventar a Jesucristo, te tiene que ser revelado. Ni el estudio ni el concepto ni los conocimientos tienen capacidad para acrecentar un gramo de vivencia. Lo que sí puedes, empujado por el deseo, es pedirlo, orarlo y dejarte configurar con él, pero siempre por obra del Espíritu Santo. Si te sucede así, este encuentro con Cristo, se hace central en tu vida y te das cuenta de que nada te podrá separar de él.

Chus Villarroel, O.P.
Cristo, mi justicia. En Cristo estamos salvados.
Editorial Edibesa
Colección Vida y Misión
ISBN 84-8407-707-1

 


       Vamos a contemplar a Pablo y Silas en Filipos. Esta es la historia narrada en los Hechos de los Apóstoles:


      "La gente se amotinó contra ellos; los pretores les hicieron arrancar los vestidos y mandaron azotarles con varas. Después de haberles dado muchos azotes, los echaron a la cárcel y mandaron al carcelero que los guardase con todo cuidado. Este, al recibir tal orden, los metió en el calabozo interior y sujetó sus pies en el cepo. Hacia la media noche Pablo y Silas estaban en oración cantando himnos a Dios; los presos les escuchaban. De repente se produjo un terremoto tan fuerte que los mismos cimientos de la cárcel se conmovieron. Al momento quedaron abiertas todas las puertas y se soltaron las cadenas de todos. Despertó el carcelero y al ver las puertas de la cárcel abiertas, sacó la espada e iba a matarse, creyendo que los presos habían huido. Pero Pablo le gritó: «No te hagas ningún mal, que estamos todos aquí.» El carcelero pidió luz, entró de un salto y tembloroso se arrojó a los pies de Pablo y Silas, los sacó fuera y les dijo: «Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?» Le respondieron: «Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa.» Y le anunciaron la Palabra del Señor a él y a todos los de su casa. En aquella misma hora de la noche el carcelero los tomó consigo y les lavó las heridas; inmediatamente recibió el bautismo él y todos los suyos. Les hizo entonces subir a su casa, les preparó la mesa y se alegró con toda su familia por haber creído en Dios." (Hch 16, 22-34)


      Dos hombres encarcelados injustamente, sometidos a cadena, en lo profundo de un socavón en lo profundo de la noche... ¡Es una suma de desgracias! Lo natural sería maldecir, prometer venganza, manifestar ira; pero este par de locos por Cristo lo que están haciendo es alabar, cantar... En medio de la noche, en medio de su desgracia, cantan la gloria de Dios, proclaman la gracia. Y la proclamación de la gracia... ¡supera la desgracia!

      La desgracia es como una losa, como una roca fría e indiferente a nuestro dolor. La desgracia nos aplasta y, con ello, quiere aplastar nuestra voz. Pablo y Silas no dejan que se aplaste su corazón, que se ahogue su voz. En lo profundo de la mazmorra, mantienen viva su alabanza, su voz para proclamar la gracia... ¡Y la gracia resulta más fuerte que la desgracia!

     Cuando las cosas salen al revés, cuando tenemos encima la losa de la indiferencia... nos dejamos encerrar. Le hacemos el juego al mundo, al Enemigo que lo que quieren es que se calle nuestra voz. La manera de vencerles es no callarse, es seguir proclamando aún en la peor, en la más injusta de las situaciones... seguir proclamando quién es el Señor. “¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!” (Ap 7, 10)

 

     María es nuestro modelo de discípula misionera. Ella nos enseña a no estorbar la acción del Espíritu, no atascar el canal, agrandar el sí... para reventar prisiones, para que la gracia supere a la desgracia, para dejar a Dios ser Dios.

     La música y el canto son un camino privilegiado para llevar a las personas a encontrarse con Jesús. Son instrumentos que, usados por el Espíritu, tienen un gran poder evangelizador: hacen presente a Jesús en el corazón de quien escucha.

    No ha habido -quizá- en la historia de la Iglesia un servicio musical más pobre y, al mismo tiempo, con mayor poder evangelizador que el de aquella prisión. A la luz de esta Palabra, reflexionemos sobre el fruto que producen nuestras ejecuciones musicales (incluso las más esmeradas). El Espíritu Santo es la clave: "Recibiréis la fuerza del Espíritu y seréis mis testigos... hasta los confines de la Tierra" (Hch 1, 8).

     La música es un excelente medio para comunicar lo más precioso que tenemos: Jesucristo. Es la forma de expresión que se cuela más fácilmente en cualquier ambiente o lugar; los discursos cansan, pero la música conserva esa capacidad de "enganchar" a personas de todas las edades y condiciones.

      Nuestra música, nuestros cantos -como los de Pablo y Silas- han de transmitir quién es Dios para nosotros y qué ha hecho por nosotros. Deben reflejar una vida transformada por el poder de Dios, de un Dios vivo y verdadero; y suscitar sed de vida, de verdad.

      La música y la experiencia de Dios viven juntas, porque la música es lenguaje de Dios. Los cantos tienen la propiedad de la perennidad; son profecías vivas que no mueren. La música permite la evocación de la acción de Dios en todo momento y circunstancia. La revelación de Dios, su palabra, su acción... llega mucho más lejos en el tiempo y el espacio cuando viene cantada, “musicada”; en cualquier momento o lugar podemos ponernos a cantar y tocar, a evocar la gracia vivida o abrirnos a la gracia nueva que Dios nos quiere dar. La música se pone al Servicio de la Palabra para regar la tierra y hacerla germinar.

 

     A través de la música “tocada” (ungida) por Dios cayeron las murallas de Jericó, fueron libres de la cárcel Pablo y Silas, se convirtieron el carcelero y su familia; a través de la música que el Espíritu Santo componga, cante o interprete por medio de ti, muchos creerán en su Palabra y alcanzados por Jesucristo, el único Salvador.


Javier de Montse - Comunidade Caná

MAESTRO: Nos comunica las verdades de la fe. Nos da formación, doctrina sana, ilumina nuestro camino.

La Unción de maestro

"En tercer lugar, maestros" (1Cor 12, 28)

En Benedicto XVI tenemos un claro ejemplo. Ya era maestro antes de ser Papa. Lo ha sido toda su vida. Llegado un momento de su papado, no tuvo fuerzas para liderar a la Iglesia con toda su problemática. Se sentía fundamentalmente maestro; de ahí su decisión. Veía claro que el líder espiritual tenía que ser otro.

Los maestros tienen una dificultad: se convierten fácilmente en teólogos, estudian a Dios y aprenden a argumentar y a desarrollar teorías que no responden a las carencias de fe de los creyentes. Se pueden convertir en teóricos, que enseñan sin alma, sin Espíritu Santo.  Esto ocurre -y ocurre muchas veces- cuando la unción del maestro se desvincula de la de apóstol y de profeta, que son las primeras. El maestro sigue su camino de autocomplacencia... Le encanta aprender y enseñar, y pierde la unción espiritual. Su vocación es enseñar con unción profética para despertar la Fe. Para que exista esta vinculación al apóstol y profeta, tiene que formar parte de una comunidad, ha de tener un pueblo.

¿Qué le pasa al maestro sin un profeta?

Y es que los cinco ministerios, ejercicios, operaciones… son imprescindibles. ¿Qué hace el profeta, sin un pastor? Predicar en un desierto. ¿Qué le pasa al apóstol sin el pastor? Distanciarse del pueblo. ¿Qué le pasa al evangelizador sin el pastor? Vive frustrado, ¿Qué le pasa al maestro sin un profeta? Acaba enseñando, moralizando, pierde la unción en su enseñanza.

No se trata de que cada uno de nosotros se relegue solo a un ministerio, sino que cada uno de nosotros debe verse en uno de ellos e identificar dónde está situado y desde dónde sirve al Señor. Esto nos ayudará mucho a mejorar nuestras relaciones fraternas sin juzgar de una manera que nos hace daño a nosotros mismos y al hermano. Entender que el pastor -de manera natural- quiere que los hermanos se sientan bien, se sientan amados, queridos, trata de empatizar o proteger o escuchar… Es su modo natural; pero necesita del profeta, del maestro, del evangelizador, del apóstol, para trascender esa manera natural y pasar a una acción sobrenatural.

Veámoslo desde otro punto de vista... Supongamos el don de predicación, anunciar el Evangelio, catequesis, enseñar. Pero ahora analicemos ¿desde dónde lo ejerce cada uno? Si vemos nuestra manera, estilo, palabras que utilizamos… cada uno de nosotros los ejerce desde una de estas unciones: apóstol, profeta, maestro, pastor, evangelizador. Esto es lo que está en nuestras entrañas, en nuestra identidad de Hijos de Dios.

Evangelizar con el poder del Espíritu Santo

El descubrimiento de estos dones que se complementan, nos dará el Poder que viene del Espíritu Santo. Nos dará unas relaciones más espirituales. Estamos ahora en un tiempo de Dios, para armarnos con las armas de Dios para la misión. Crecer nosotros y no agotarnos y frustrarnos porque sentimos que avanzamos muy lentamente, que nada cambia. Estas nuevas relaciones fraternas exigen que vivamos con paz lo que llamamos confrontación. El ejercicio de confrontar es fundamental para crecer en la fe. De hecho, a nivel personal, es una actividad que debemos aprender a hacer. La Comunidad tiene que hacer esta función que nos sirve para hacernos santos.

MINISTERIO QUÍNTUPLE