Comunidade Caná

Comunidad Católica de Alianza integrada por familias en el seno de la Renovación Carismática


     “Vosotros, Renovación Carismática, habéis recibido un gran don del Señor. Habéis nacido de una voluntad del Espíritu Santo como una corriente de gracia en la Iglesia y para la Iglesia.” 
(Papa Francisco en el Olímpico de Roma. 1-6-14)

Nos enamoramos en la primavera del 75. Fue en una pascua juvenil, en un suburbio de A Coruña. Al poco, fuimos a Taizè y, a la vuelta, llegó a nosotros la Renovación Carismática, que daba sus primeros pasos en España.
Nos encontramos con Jesús el Señor: un Dios vivo, cotidiano, invencible, lleno de Amor… ¡El Amor de nuestra vida en común! Y, desde la fragilidad y el atrevimiento, comenzamos esta maravillosa aventura de vivir en el Poder de su Espíritu: elegidos, bendecidos y enviados por Él. Una llamada radical -de toda la vida y para toda la vida- a ser discípulos. Y misioneros. En comunidad.
Nuestro primer contacto fue a través de los cantos de dos monjas en la catequesis de niños. Después  formamos parte del primer Grupo de Oración que empezó a reunirse en A Coruña. Experimentamos la autenticidad de la oración y la presencia del Resucitado en medio de personas tan distintas. En el Grupo había curas, monjas, consagradas, viudas, matrimonios, jóvenes…Verdaderamente, Dios actuaba y cada semana acontecía un milagro de oración, de fraternidad y de misión.
Permanecimos 7 años en “nuestro” Grupo Shalom; después hemos ido llevando la espiritualidad de la Renovación por los distintos destinos que hemos tenido como maestros, desde la Costa da Morte hasta la Ría de Vigo. Hoy pertenecemos al Grupo “Familia de Nazaret” de Moaña (Pontevedra). Dios nos ha regalado un don que no está de moda: permanecer en la llamada -irrevocable- que Él nos hizo.
       Ésta es nuestra 1ª invitación: ¡Perseverad! Como los primeros cristianos, de los que se dice: “Perseveraban…” (Hech 1, 14). No siempre sentiréis al Señor, no siempre tendréis experiencias estupendas… pero Él, que os ha llamado, es fiel y permanece a vuestro lado.


El Grupo significó nuestra confirmación en la fe. Aprendimos a orar, empezamos a conocer la Palabra de Dios y a sentir deseos de formarnos. Enseguida nos eligieron servidores y, muy pronto, miembros de la Coordinadora Regional; muchas responsabilidades… que nos venían muy grandes. Por ejemplo, la palabra “discernir”. Nos preguntábamos: ¿Quién nos ayudará a discernir la voluntad de Dios? ¿Cómo vamos a saber nosotros lo que el Señor quiere para el grupo? Desde el principio había en nosotros una llamada a la Comunidad. El Grupo de Oración fue nuestra primera comunidad. Después formamos parte del Grupo de Profundización -núcleo más comprometido dentro del grupo grande-. Y, más tarde, de una Comunidad Carismática que empezó a caminar en Galicia por el año 85. 

Paso a paso -siempre más adelante-, aprendemos que este “caminar en el Espíritu” es siempre caminar con hermanos y ello trae consigo cruz y gloria. Y vivimos la manifestación de dones y carismas: la intercesión, la alabanza, la música, el testimonio, la predicación, la profecía… todo por Él y para Él.
Cuarenta y dos años después, “os anunciamos que la promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido a los hijos resucitando a Jesús” (Hech 13, 32-33). Por su gracia, vivimos la victoria de la Cruz: el gozo de una vida lograda, entregada día a día por su misericordia y su fidelidad: su vida abundante que “cubre una multitud de pecados” (1Pe 4, 8).

       He aquí nuestra 2ª invitación: No te quedes solo o sola. Si has conocido un Grupo de Oración, si has vivido un Retiro, si han orado por ti, si has tenido un primer encuentro con Dios… no te dejes llevar por la tentación del aislamiento, del individualismo o de la comodidad. Dios se manifiesta en la Comunidad. Busca la compañía de otros jóvenes, ve a lugares de oración, escucha el testimonio de los amigos de Dios. Los hermanos despiertan los sueños de la fe y nos ayudan a crecer.


Medio siglo cumple esta corriente de gracia suscitada por el Espíritu Santo tras el Vaticano II en las diferentes confesiones cristianas, cristalizada en múltiples expresiones -como multiforme es el Espíritu-: grupos de oración, comunidades de alianza y de vida, escuelas de evangelización, asociaciones caritativas y de diversa índole... No hablamos de un movimiento, sino, más bien, de “la Iglesia en movimiento”. Por tanto, no se trata de si yo simpatizo, participo o “soy de la Reno”. La verdadera cuestión es: ¿Se mueve mi vida por AMOR (nombre propio de la tercera persona de la Trinidad)? ¿Sigo escuchando en mi corazón la voz del Espíritu que me llama a la conversión? No basta solo con cantar; ¡es necesario morir!       
El Papa Francisco nos ha pedido que no perdamos la libertad del Espíritu, que no nos apoyemos demasiado en la organización, que no seamos controladores de la Gracia… Y que compartamos con toda la Iglesia el don que hemos recibido: “Espero de vosotros una evangelización con la Palabra de Dios que anuncia que Jesús está vivo y ama a todos los hombres”.

La Efusión del Espíritu genera un proceso de discipulado que se plasma en una vida con propósito; en sucesivas elecciones sobre el estado de vida, el trabajo, la economía, las relaciones… una vida entera entregada a cumplir los sueños de Dios para mí. Vivir, desde la debilidad, en el señorío de Cristo. O santos, o… ¡nada! ¡Este es el quid! Aquí se juega el futuro de la Renovación: “Una vida cristiana enteramente consagrada a Dios, sin fundador, sin regla, sin congregación. No preocuparse por el mañana, no pretender levantar organismos reconocidos que se perpetúen con sucesores… Jesús es un Fundador que no muere nunca; por eso no necesita sucesores. Hay que dejarle hacer siempre cosas nuevas, también mañana. ¡El Espíritu Santo estará en la Iglesia mañana también!” (Raniero Cantalamessa - "La sobria embriaguez del Espíritu").

       Nuestra 3ª invitación: Estás llamado a construir el futuro. Jesús dice: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5). Para ello te necesita a ti. Es verdad que encontrarás dificultades y pruebas. Pero… “¡Ánimo! Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).


       S. Juan Pablo II empezó a hablar de Nueva Evangelización y… estamos aún en los inicios. Igual que nosotros, tú estás llamado a meterte en este “lío”. La Renovación es un medio fantástico para decir al mundo, en nombre del Señor: “Mirad que voy a hacer algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?” (Is 43, 19).
        A los cincuenta años, el reto sigue siendo: dejarnos guiar por el Espíritu, ser dóciles a su acción. Y el precio: morir a nosotros mismos, no acomodar ni domesticar al Espíritu. Porque el Espíritu Santo es viento recio, fuego abrasador; nunca aire acondicionado (Hechos de los Apóstoles, cap. 29 y ss.).

    La Renovación Carismática es una corriente de gracia suscitada por el Espíritu Santo tras el Concilio Vaticano II en las diferentes confesiones cristianas. Se calcula que hay actualmente en el mundo más de 500 millones de cristianos carismáticos o pentecostales; de ellos, unos 80 millones serían católicos. En palabras del Papa Francisco, "una gran fuerza al servicio del Evangelio en la alegría del Espíritu Santo" (Estadio Olímpico de Roma, 2014). “Ustedes, Renovación Carismática -decía entonces el Santo Padre-, han recibido un gran don del Señor, han nacido del Espíritu Santo como una corriente de gracia en la Iglesia y para la Iglesia”.
   La Renovación cree y vive la experiencia del poder del Espíritu que sigue, a través de sus carismas, santificando y capacitando para vivir el Evangelio en plenitud, para evangelizar con poder, como testigos de Cristo resucitado, y renovar todas las formas de presencia (oración, vida sacramental, amor fraterno, ejercicio de los diversos ministerios y virtudes cristianas) de Cristo en la Iglesia y de servicio a las personas.
   No se trata propiamente de un “movimiento” de la Iglesia, sino más bien de la Iglesia en movimiento. Un dinamismo renovador que ha ido surgiendo por todo el mundo con distintas expresiones: Grupos de Oración, Comunidades de Alianza, Ministerios y Escuelas de evangelización, etc.

   Este soplo renovador del Espíritu llegó a Galicia hace cuarenta años. El día de San José de 1975 tuvo lugar el primer Retiro en el Colegio A Salle de Santiago. Asistieron hermanos de Santiago, Boiro y A Coruña. Había muchos religiosos (franciscanos, jesuitinas, oblatas, pasionistas, somascos, maristas, hermanos de A Salle…) y bastantes jóvenes. De aquel Retiro surgió en Compostela el primer Grupo de Oración de Galicia: Siquén. Al año siguiente comienzan otros dos: el Grupo Shalom (A Coruña), con varias religiosas (esclavas, oblatas, Grande Obra de Atocha), un sacerdote pasionista (Xesús Prieto) y tres jóvenes (Montse, Javier y Mª Carmen); y el Grupo Esperanza (Vigo), con una jesuitina (Henar) y un estudiante del Colegio A Salle de Santiago residente en la ciudad olívica (Javier). 
   En 1977 se celebra la primera Asamblea de Galicia, que sirve para impulsar el nacimiento de nuevos Grupos y elegir una Coordinadora de Galicia, formada por Antonio Peteiro (sacerdote franciscano de Santiago que, en 1983, fue hecho Arzobispo de Tánger), Henar Martín (jesuitina de Vigo) y Javier y Montse (matrimonio de A Coruña). Al año siguiente se añade Jesús Sánchez (sacerdote jesuita de A Coruña). Comienzan a multiplicarse los Grupos: Ourense, A Guarda, Lugo, Pontevedra… Una buena parte de los responsables son religiosos; hay algunos sacerdotes y una proporción significativa de jóvenes.
   En 1980 tiene lugar ya una actividad viva y significativa de la Renovación Carismática en Galicia. Se desarrollan los Ministerios y aparecen Grupos de Profundización en Vigo y A Coruña. Aumenta la implicación de los seglares. Es importante la Semana de Oración que se desarrolla durante esa época, cada verano, en la Casa de Ejercicios de Bastiagueiro.  

    En 1985, los servidores de los Grupos comparten una visión común: la necesidad de obediencia y sometimiento para que haya verdadero crecimiento en la Vida en el Espíritu. Se decide unánimemente que Jesús Sánchez sea el Coordinador de la RCC de Galicia. Gravemente enfermo, forma un equipo de cinco colaboradores, a los que exhorta a comenzar una Comunidad de Alianza que tenga como objetivo primordial el servicio a la Renovación Carismática. A los pocos meses, el 29 de junio, "Jesusón" pasa a la Casa del Padre. Hay un crecimiento apreciable de los ministerios de música, jóvenes y matrimonios, con actividades y Retiros específicos. Se avanza también en el camino de la formación, con iniciativas como el Curso de Formación de Servidores (CFS).  
   En 2004 fueron aprobados, por la Conferencia Episcopal Española, los Estatutos de la Renovación Carismática Católica en España (RCCE), erigida a nivel nacional como Asociación Privada de Fieles. De Galicia surgen iniciativas y responsables que han tenido trascendencia a nivel nacional: Manuel Carracedo, coordinador nacional; Rosa Cruz, responsable nacional del ministerio de alabanza; Martiño Rodríguez, responsable nacional del ministerio de jóvenes, y otros en el ámbito de los profesionales de la salud.

    Cada año, coincidiendo con la Solemnidad de la Santísima Trinidad, la RCCE celebra su Asamblea de Galicia. El lema de este 2016 ha sido “Revestíos de entrañas de misericordia” (Col 3, 12), desarrollado por Eduardo Toraño, sacerdote de la Archidiócesis de Madrid y profesor de la Universidad San Dámaso.
    Existen actualmente en Galicia unos veinte Grupos de Oración, doce de ellos en nuestra Archidiócesis. Se reúnen semanalmente para alabar a Dios, escuchar la Palabra, abrirse al Espíritu Santo, interceder y caminar al estilo de las primeras comunidades. Algo propio del itinerario formativo de la Renovación es el Seminario de Vida en el Espíritu (SVE): en siete temas se proclama el kerigma, hasta llegar a un momento muy especial de oración: la efusión del Espíritu Santo. Se trata de la renovación del propio bautismo; la persona entra en una relación personal con Cristo vivo, experimenta un nuevo amor y una nueva libertad para servirle.  
     En este tiempo de gracia, la Renovación Carismática está llamada a impulsar la misión y la evangelización, servir a la Iglesia, promover la cultura de Pentecostés y transformar la sociedad. Y, así, extender la llama, el empuje renovador del Espíritu Santo, haciendo presente hoy en el mundo la experiencia de Pentecostés.


ORAR EN LENGUAS: UN MODO DE AMAR A DIOS
El don de lenguas es una oración del corazón
Robert Faricy S.J. y Milette Estrada


    Actualmente, millones de personas han recibido el don de lenguas. Es el elemento más distintivo de la corriente carismática-pentecostal que se ha extendido por todo el mundo y ha alcanzado a cristianos de prácticamente todas las denominaciones.
   Las lenguas han estado presentes en nosotros desde la bajada del Espíritu Santo sobre los discípulos en Pentecostés, y han estado siempre presentes en la vida de la Iglesia. Pero las lenguas son un don que muchas personas prefieren no recibir. Parece extraño, innecesario. A los que oran en lenguas les preguntan muchas veces: "¿Qué es eso? ¿Cómo se puede explicar?' ¿De qué me serviría el orar en lenguas?"
   Aunque le llamamos un "lenguaje" de oración, no es un idioma real, ordinario. Expertos lingüistas han analizado miles de cintas grabadas de personas orando en lenguas y no han encontrado una estructura lingüística en lo que estaban diciendo o cantando. Les falta la estructura de un idioma, aún cuando suena como un idioma. Hay excepciones en esto; lo que está diciendo una persona orando en lenguas puede ser reconocible como un idioma, diferente de cualquiera de los que conoce esa persona. Pero como ella no sabe lo que está diciendo, el efecto es el mismo: las lenguas son un don de oración.
    Encontramos útil el comparar las lenguas con la oración contemplativa, otra forma de oración no conceptual. Contemplación significa unión con Dios no conceptual, sin palabras. Es una unión a través del amor, una unión en la que adoramos, alabamos, amamos, o vamos a Dios sin palabras, ni pensamientos o ideas específicas.
   Podemos contemplar silenciosamente mirando al Señor, sabiendo que Él nos mira a nosotros con amor, misericordia y comprensión. Podemos decir el nombre de Jesús despacio en nuestros corazones, o podemos repetir algunas veces una frase como "Te amo, Jesús". Muchas personas contemplan silenciosamente en la misa, durante la elevacióndel cuerpo y sangre del Señor. También se quedan con el Señor después de la comunión, sin decir oraciones ni hacer peticiones, sino en un silencio interior profundo. Esto es contemplación silenciosa. Del mismo modo, el don de lenguas, aunque es ruidoso, puede considerarse contemplativo. Cuando hablamos o cantamos en lenguas, las sílabas con las que oramos no forman palabras que representan pensamientos o ideas como sucede en los idiomas humanos. No representan un concepto determinado; no tienen un contenido específico que podamos comprender. Conocemos a Dios más con nuestros corazones que con nuestras cabezas. Nuestro conocimiento trasciende pensamientos y palabras.
   Orar en lenguas nos ayuda a conocer al Señor de un modo que es distinto de simplemente conocer algo sobre Él. Puedo conocer sobre el Señor leyendo o estudiando, pero conocerle a Él es mucho más importante. Esta "contemplación ruidosa" extiende y profundiza nuestra capacidad de conocer y amar a Dios. Porque el don de lenguas es una forma de contemplación, sana nuestros espíritus como toda oración contemplativa. La contemplación nos permite entrar directamente a Dios. Es un conocimiento a través del amor. Este conocimiento del corazón alcanza y toca al Señor, como la mujer que alcanzó y tocó el borde de la túnica del Señor. Nos trae el poder curativo del Señor.
   Cuando yo (Robert Farici) recibí el don de lenguas, comencé a practicar la oración en lenguas un poco cada día. Después del primer año, me di cuenta de que se habían dado algunas curaciones importantes, no sólo en mi vida espiritual, sino también en mi psicología. Me encontré con que no sólo pecaba menos, también era tentado menos. El Señor ha entretejido algunos aspectos de mi personalidad que estaban deshechos y me ha reunificado.
   El uso del don de lenguas requiere de nosotros que abramos la boca y hablemos, pero nos quita el peso de tener que saber exactamente cómo orar en cada situación. Como escribe Pablo en Romanos 8, 26-27: "El Espíritu también viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos orar como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. El que sondea nuestros corazones sabe lo que dice el Espíritu, porque el Espíritu intercede por los santos según el deseo de Dios".
   Usamos las lenguas no sólo en el ministerio de intercesión, sino también cuando oramos con alguien para pedir su sanación, por las intenciones de esa persona o para su liberación. Maridos y mujeres pueden orar en lenguas uno por el otro, como uno de los medios de unir y fortalecer su matrimonio. Los padres pueden orar suavemente en lenguas sobre sus hijos mientras están dormidos, o también cuando están despiertos. Las mujeres embarazadas pueden orar así por sus hijos dentro de ellas. Tú puedes orar en lenguas silenciosamente mientras conduces o caminas.
   Algunas veces podemos creer que hemos sobrepasado determinados dones espirituales. El don de lenguas es un buen ejemplo. Según maduramos en el Señor, notamos con frecuencia un cambio gradual en nuestra vida de oración, alejándose de la oración expresiva vocal hacia alguna forma de oración mental. Sin embargo, el don de lenguas no puede ser sobrepasado; es un don que crece con nosotros. No hay ninguna razón por la que los cristianos en cualquier etapa de crecimiento espiritual, no puedan orar y cantar al Señor en lenguas. Orar en lenguas es un don que es accesible a todos. Es dado por el Señor.
   Los que tienen el don de lenguas deberían usarlo diariamente para crecer en su relación con el Señor. Aquellos que no tienen el don de lenguas deberían buscarlo a través de la oración de los hermanos o pidiéndolo al Señor ellos mismos. Pidamos no rehusar nunca los regalos de amor que el Señor nos ofrece, para llevarnos a nosotros y a los demás más cerca de Él. 


El día de Pentecostés se cumplió la promesa de Jesús: fue derramado el Espíritu Santo sobre los discípulos que, en compañía de María, la Madre de Jesús, estaban reunidos en oración.
Desde el comienzo, es el Espíritu la fuerza que la mueve la Iglesia y que le da poder de hacer las cosas que Jesús hizo en su Nombre y es quien la capacita para realizar su misión. A lo largo de toda la historia de la Iglesia, el Espíritu Santo ha dirigido su desarrollo y su caminar, renovándola y reavivando en distintos momentos el espíritu de aquella primera Iglesia nacida el día de Pentecostés.
En este momento de la historia, Dios está derramando el Espíritu Santo de una manera nueva. Estamos experimentando una actualización del fuego de Pentecostés:
"Para un mundo así, cada vez más secularizado, no hay nada más necesario que el testimonio de esta renovación espiritual que el Espíritu suscita hoy visiblemente en las regiones y ambientes más diversos" (Pablo VI, 19 de mayo de 1975).
"El vigor y la fecundidad de la Renovación atestiguan ciertamente la poderosa presencia del Espíritu Santo que actúa en la Iglesia... la Renovación Carismática es una elocuente manifestación de esta vitalidad hoy" (Juan Pablo II, mayo de 1987).
La Renovación Carismática es una acción del Espíritu Santo hoy renovando a toda la Iglesia. Suscitada por el Espíritu tras el Concilio Vaticano II en las diferentes confesiones cristianas, cumple 50 años y llegó a España hace más de 40. Es una corriente de gracia que agrupa diferentes expresiones y variados énfasis, pero con una experiencia espiritual común: Grupos de Oración, Asociaciones de Acción Social, Comunidades de Alianza,  Ministerios, Fraternidades, Comunidades de Vida, etc.
-18 de febrero de 2017-
50 años de Renovación Carismática


     Hay antecedentes de la Renovación Carismática al final del siglo XIX y principios del XX cuando el Papa León XIII consagró ese siglo al Espíritu Santo. Con estos antecedentes, el Concilio Vaticano II  y las manifestaciones que el Espíritu Santo empezó a hacer en las iglesias cristianas con un resurgir de carismas en los Pentecostales, comenzó esta corriente de gracia que el Espíritu Santo ha ido derramando gratuitamente en estos cincuenta años.

  El 18 de febrero de 1967, treinta estudiantes y profesores de la universidad de Duquesne (Pensylvania), hacían un retiro espiritual para profundizar en la fuerza del Espíritu, dentro de la iglesia primitiva, ausente en el cristianismo que ellos veían languidecer. Lo que sucedió en aquel retiro fue una capacidad nueva para estar a la escucha… La experiencia de la efusión del Espíritu de aquél retiro, se repitió en las universidades de Notre Dame, en South Bend, Indiana y en Michigan.
   Grupos que nadie planeaba, ni convocaba, se multiplicaron como pequeñas luces en un estadio. Era la libertad de Espíritu que estallaba en todas partes, suscitando lluvias de carismas en toda persona bautizada que recibía la Efusión del Espíritu Santo. Era la libertad de los hijos de Dios.

   Este fue el comienzo de la Renovación Carismática Católica, que se fue extendiendo por todas partes del mundo, en las diferentes iglesias cristianas que acogen a Jesucristo como único Salvador.
    La Renovación cree y vive la experiencia del poder del Espíritu que sigue, a través de sus carismas, santificando y capacitando para vivir el Evangelio en plenitud, para evangelizar con poder, como testigos de Cristo resucitado, y renovar todas las formas de presencia (oración, vida sacramental, amor fraterno, ejercicio de los diversos ministerios y virtudes cristianas) de Cristo en la Iglesia y de servicio a las personas.
    No se trata propiamente de un “movimiento” de la Iglesia, sino más bien de la Iglesia en movimiento. Un dinamismo renovador que ha ido surgiendo por todo el mundo con distintas expresiones: Grupos de Oración, Comunidades de Alianza (como Comunidade Caná), Ministerios y Escuelas de evangelización, etc.



La Renovación Carismática Católica es una realidad eclesial reconocida por la Santa Sede que nace en 1967 en Duquesne (Pittsburgh-Estados Unidos), a raíz de lo acontecido a unos estudiantes universitarios que se reunieron para orar sobre la experiencia de Pentecostés. Su deseo era vivir lo mismo que se relata en los Hechos de los Apóstoles… Y experimentaron la efusión del Espíritu y la manifestación de dones carismáticos. La experiencia se extendió rápidamente por todo el mundo y ha alcanzado hasta el momento a más de 120 millones de católicos. Dieciséis años después nací yo, en España, en el seno de una familia que vivía ya esta espiritualidad. Mis padres fueron de los que recibieron esta “novedad del Espíritu”. Enriquecidos por ella, vieron transformada su vida… y todavía hoy participan comprometidamente de esta corriente de gracia. Así, desde pequeño, la forma de oración propia de la Renovación estuvo presente en mi día a día: la espontaneidad de una oración inspirada en cada momento, la alabanza a Dios por lo que Él es en nuestra vida, la frescura de vivir abiertos a las inspiraciones del Espíritu Santo, la alegría y la fuerza de los cantos como parte de la oración, la expresión también con el cuerpo de lo que vivimos en el corazón… Todas ellas, características de un modo de orar que hoy forma parte de mi vida y mi relación con Cristo. La alabanza -a la que acabo de referirme- es una de las formas más características de la oración carismática: expresión del encuentro entre el espíritu del hombre y el Espíritu de Dios que nos lleva al encuentro con Jesús. A través de la alabanza dejamos de mirarnos a nosotros mismos y comenzamos a mirar a Dios: su amor por nosotros, su misericordia, su grandeza… Y en este volver la mirada a Dios, nos vamos encontrando con Él, casi sin darnos cuenta. Alabo al Señor simplemente por quién es y por cómo me ama. Y es el Espíritu quien mueve mi corazón, quien me lleva a esta alabanza para mi propia salvación. La oración de alabanza tiene el poder de Dios, porque es también un don de Dios: solo quien conoce a Dios puede alabarle de corazón. En mí ha hecho muchas maravillas. Recuerdo ir agotado al grupo de oración, y sentir nuevas fuerzas y nuevo gozo; otras veces, llegar cargado por luchas internas o externas, y salir realmente descansado; no tener palabras qué decir y, al escuchar las palabras de un hermano alabando al Señor, llenarme de gozo. ¡La alabanza rompe cadenas! La oración carismática ha sido el medio privilegiado mediante el cual yo he experimentado a Cristo. En la oración he visto al Señor actuando hoy como la hacía en el Evangelio: he visto sanado mi propio corazón y renovada mi vida de una forma humanamente imposible. “Hemos sido creados para alabanza de su Gloria” (Ef 1, 12). Cuando la alabanza es sincera y auténtica (“El Señor habita en la alabanza de su pueblo”) nos lleva a la adoración, a esa presencia majestuosa y sobrecogedora de Dios, al lugar donde las palabras no llegan y nos encontramos con Él cara a cara. Reconociendo quién es Él y quién soy yo, solo puedo, en la alabanza profunda del corazón, esperar en su misericordia y en su gracia. Esta adoración, precedida por la alabanza, no se da solamente en la adoración eucarística, sino que es el estado de nuestro ser ante Dios, en cualquier lugar o situación, estando solo o en comunidad. Espiritualmente, puedo adorar al Señor allí donde estoy: en mi habitación, en mi lugar de trabajo… En la alabanza, corro hacia el trono de la Gracia, me preparo para entrar en su presencia; y, en la adoración, las puertas de la sala del trono se abren y no puedo hacer otra cosa que postrarme ante el Rey. Es el lugar donde ocurren los milagros, donde somos transformados y restaurados; como si el tiempo se detuviese, y Dios y yo, a solas, entablamos un diálogo sin palabras. Yo he visto transformarse mi vida en este espacio de adoración en el que vuelvo a mi origen y a mi fin: el mismo Dios vivo y presente. Un momento de eternidad, la eternidad que anhela el corazón humano. Estas dos formas de oración, la alabanza y la adoración, entrelazadas entre sí y únicas en sí mismas, que siempre han estado en la Iglesia, han sido redescubiertas en la Renovación Carismática… y, con la ayuda de la música y los cantos, son instrumento para que la vida de miles y miles de personas cambie. Nosotros vamos a Dios en nuestra oración y Él se abaja hasta tocarnos y transformarlo todo con su presencia. Martiño Rodríguez / Misión Joven nº 383 - 2008


Desperta !
     É tempo de se deixar facer por Deus, de que o noso ser máis fondo sexa tocado polo Lume Santo. Liberados, restaurados, espelidos por Aquel que continúa a baixar aos infernos da humanidade na nosa procura, na procura dos seus amados e amadas. .
     El vén por ti. Déixate derribar ! . . .
Cómpre que, no corazón da Igrexa, avivemos a forza do Espírito.


   El faino todo novo. PASCUA: novas marabillas inesperadas, desconcertantes, desestabilizadoras… A impresionante marabilla de deixar a Deus ser Deus !
     Este é tempo de crise. Aleluia! Tempo de soños, de visións… e de cumprimento das Súas promesas. El sigue traballando ao seu xeito e precisa de nós.
Así que... veña,
botémoslle leña ao Lume do Espírito !!!