Comunidade Caná

Comunidad Católica de Alianza integrada por familias en el seno de la Renovación Carismática

FORMACIÓN para discípulos misioneros en la música y el canto



  1. La música en el Antiguo Testamento
  2. La música en el Nuevo Testamento
  3. El DON de la MÚSICA
  4. Los INSTRUMENTOS MUSICALES en el Antiguo Testamento
  5. El lugar de la MÚSICA en tu VIDA
  6. El poder de la música
  7. Cantar VICTORIA
  8. Canto y comunión 
  9. Strépito Interpósito
  10. Cantos en 3D
  11. El don del canto y la música… desde pequeños
  12. La música, sierva de la Palabra
  13. Palabra, silencio y música 
  14. Eres lo que cantas 
  15. Que toda la asamblea cante
  16. Dios es gratis
  17. En la Tierra como en el Cielo
  18. Música y profecía
  19. ¡Halelu-Yah:  alabad a Yahvé!
  20. Valores humanos del canto y la música
  21. La invitación a cantar en el Nuevo Testamento
  22. María, música de Dios
  23. Un coro al servicio de la Asamblea
  24. Sin sed no podemos cantar a Dios
  25. Cantar en espíritu y verdad
  26. Criterios de discernimiento de cantos: la Asamblea
  27. Menos es más:  los medios pobres en la música
  28. La Iglesia canta desde sus orígenes
  29. Proclamar las maravillas de Dios cantando
  30. La música como instrumento de sanación 
  31. La música en la oración personal 
  32. El Cántico de la Carta a los Efesios
  33. El canto silencioso de José
  34. El Cántico de Moisés
  35. Claves para una música ungida por el Espíritu 
  36. Nuestro servicio debe favorecer el canto de la Asamblea 
  37. El Cántico de Zacarías
  38. El discernimiento de cantos
  39. El discernimiento de cantos   en la oración comunitaria
  40. El discernimiento de cantos en la Eucaristía
  41. ¿Cualquier letra con cualquier música?
  42. Cantos centrados en mí y cantos centrados en Dios
  43. Cantad al Señor un cántico nuevo
  44. Perseverar en nuestro servicio en la música
  45. Llegar a Dios a través de la música
  46. La música, servidora de comunión
  47. Cantar en familia
  48. Cantar en comunidad
  49. Cantar en el Espíritu
  50. Servir a Dios a través de la música



1.             La música en el Antiguo Testamento


¿Tiene la Biblia algo que decir sobre la música y el canto como ministerios en la Iglesia? ¿Puede la Palabra de Dios iluminar de un modo nuevo y "renovador" el ejercicio estos dones al servicio de la Comunidad? La perspectiva de Dios, manifestada en la Biblia, ¿debe cambiar nuestras actitudes e impresiones personales acerca del tema?

¡¡¡Sí, por supuesto!!!

La música ocupa un lugar importante en la Palabra de Dios. Más de 40 libros de la Biblia nos hablan directamente de ella, sumando casi 600 pasajes. ¡Casi nada! Esto sin contar las numerosísimas referencias indirectas. Por tanto, haremos bien en leerlos y aprender. Todos los aspectos actuales de la música y el canto son abordados por la Palabra de Dios.

La música aparece en 563 citas del Antiguo Testamento. Y lo hace ya desde las primeras páginas del Génesis. En Gen.4, 20-22 se nos describe la primera especialización de las actividades humanas. Tres hijos tuvo Lamek: Yabal, Yubal   y Túbal Caín. Yabal "vino a ser el padre de los que habitan tiendas y crían ganado". Túbal Caín "padre de todos los forjadores de cobre y de hierro". El segundo de los hermanos, Yubal, fue "padre de cuantos tocan la cítara y la flauta". La palabra de Dios nos da a entender que los alimentos y los productos manufacturados no sacian las necesidades del hombre. Junto a estas actividades, la Biblia pone la música. Dios nos revela que no es suficiente atender las necesidades materiales del hombre. Él nos ha creado con ciertas necesidades "estéticas"" y ha creado la música para satisfacer esas necesidades.

Desde siempre, la música ha servido para expresar la alegría y la alabanza a Dios. El Señor le preguntaba a Job: "¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra, alababan las estrellas del alba y se regocijaban todos los hijos de Dios?" (Job 38,7).

Si leemos el Antiguo Testamento desde la perspectiva de la música, nos impresiona la importancia que tenía en la vida del pueblo de Dios. Estaba asociada a todos los aspectos de su existencia personal y colectiva. La música está presente siempre, en todos los lugares, tanto en la vida cotidiana como en la religiosa. Todas las épocas del año están marcadas por cantos aprendidos o improvisados. Se cantaba en:

·       las siegas y en las vendimias (Esd 9,2; 16,10. Jer 31, 4-5)

·       al momento de partir (Gen 31,27)

·       y en los reencuentros (Jc 11, 34-35; cf. Lc 15, 25).

·       a la llegada de la primavera (Cant 2, 12)

·       y al descubrir el manantial (Num 21, 17)

El novio cantaba al presentarse a la amada (1Mac 9, 3). Había cantores y cantoras en la corte del Rey (2Sam. 19, 35).

En los libros del Antiguo Testamento aparecen toda clase de cantos:

·       Cantos de marcha (Nm 10, 35-36. 2Cro 20, 21)

·       Cantos de peregrinación a Jerusalén (Sal 121 a 134)

·       Cantos laborales (Num 21, 16-18; Jc 9, 27; Is 5, 1; Is 27, 2; Is 65, 8; Jer 25,

30; Jer 48, 33; Os 2, 17; Zac 4, 7; Job 38,7)

·       Cantos de amor (Sal 45; Cant 2, 14; Cant 5, 16; Ez 33, 32)

Hay cantos de júbilo tanto en la salida de Babilonia (Is 48, 20; Sal 126, 5) como en la liberación definitiva de los redimidos (Is 35, 10). En los entierros, se cantaban elegías fúnebres (2 Sam 1, 18-27; 3, 33 y ss; 2Cro 35, 25). Aún el más pobre de los israelitas debía hacer venir como mínimo a dos músicos que tocaran la flauta para el entierro de alguno de su familia.

La música acompaña el ejercicio del ministerio profético. En tiempos de Samuel, había grupos de profetas que tocaban salterios, arpas, panderos, y flautas (1Sam 10, 5; 16, 16 y ss ; 19, 20-24).Eliseo pidió a un músico que tocara el arpa para poder expresar lo que Dios le inspiraba. La música era utilizada también para echar los malos espíritus (1Sam 16, 16; 18, 10).

La música se utilizaba regularmente en el culto del templo, tal como había ordenado el Señor: "En el día de vuestra fiesta y en las solemnidades, tocaréis las trompetas durante vuestros holocaustos y sacrificios de comunión. Así haréis que vuestro Dios se acuerde de vosotros” (Num 10, 10).

Cuando transportaron el arca a Jerusalén, "David y toda la casa de Israel bailaban delante del Señor con todas sus fuerzas, cantando con citaras, arpas, panderos, flautas y címbalos" (2Sam 6, 5). Los especialistas en el tema han clasificado hasta treinta instrumentos musicales utilizados por los hebreos. No todos eran utilizados por el pueblo; David hizo que el uso de alguno de ellos se limitase exclusivamente al culto del tabernáculo.

Los cantos y la música resonaban sobre todo durante los sábados y las fiestas. Desde por la mañana se cantaba un salmo que variaba según el día de la semana. La mañana del sábado, los levitas cantaban los primeros versículos del Salmo 105. La jornada estaba dividida en seis períodos. Cada uno de ellos se introducía con el canto de algunos versículos del Cántico de Moisés (Sal 90, 1-6; 7; 13; 14-18...) Por la noche, los levitas clausuraban la jornada cantando el Salmo 96.

Cada fiesta era celebrada por uno de los salmos en particular. En la fiesta de los Tabernáculos, la asamblea entonaba el Salmo 118 caminando alrededor del altar. El último día, "el más grande de las fiestas", un sacerdote iba al estanque de Siloé para sacar agua con un cántaro de oro. Cuando volvía, el pueblo lo recibía a la puerta de la ciudad cantando: "sacaréis con gozo de las fuentes de la salvación" (Is 12, 3). Mientras el sacerdote derramaba solemnemente el agua sobre el altar, los otros sacerdotes tocaban las trompetas y los levitas cantaban, acompañados por los flautistas. En este marco, podemos entender mejor las palabras de Jesús en (Jn 7, 37). Esa noche, la fiesta se prolongaba hasta el primer canto del gallo. Hombres y mujeres se reunían en el atrio del templo a danzar y cantar al ritmo de los instrumentos de los levitas.


David fue el primer responsable de un ministerio de música carismático. En 1Cro 15, 16-22 se nos explica como lo organizó. Inventó instrumentos para acompañar los "cantos en honor a Dios" (1Cro 16, 42). Recibían 10 años de formación para poder ejercer este servicio y no podían empezar su ministerio antes de los 30 años (1Cro 23, 3). Los maestros de música y canto estaban divididos en 24 grupos de 12 hombres; un total de 288 levitas "expertos en todo lo referente al canto al Señor, instruidos y aptos" (1Cro 25, 7). Estos enseñaban la música a sus hermanos. Asaf, Jedutún y Hemán dirigían este gigantesco ministerio de música. Daban la señal de empezar con sus címbalos. Otros ocho músicos guiaban la melodía con el arpa.

Salomón continuó con este ministerio de música carismático. Para la inauguración del templo, 120 sacerdotes tocaban trompetas al mismo tiempo que un gran coro cantaba a una sola voz: "porque es bueno, porque es grande su Amor"(2Cro 5, 13). Y Dios manifestó su aprobación "llenando el templo de su Gloria".

Con el exilio (S.VI a. de Cristo) el canto pasó del templo a las sinagogas, no sólo se continuó cantando los salmos, sino que toda la escritura era leída cantando. De los ocho grupos de instrumentos mencionados en el Antiguo Testamento, solamente la mitad tenía acceso al templo. Sólo los descendientes de Leví podían tocar en el Santuario y debían hacerlo de una determinada manera, apropiada para el culto. Esto nos enseña que había unos criterios establecidos en lo referente a la utilización de instrumentos musicales, y que no estaba permitido que cada uno hiciera lo que mejor le pareciese para alabar a Dios.

Las mujeres también participaban en el coro del Templo. Esdras habla de "doscientos cantores y cantoras " (Esd 2, 65). En 1Cro 25, 5 y ss. se nos habla de tres hermanas instruidas para el canto en la casa de Dios. Los cantores recibieron del rey Agripa el privilegio de llevar una túnica blanca, distintivo de los sacerdotes. La "orquesta" del templo estaba compuesta, sobre todo, por instrumentos de cuerda con sonidos suaves (arpas y salterios). Podemos decir que, a pesar de haber muchos instrumentos, las voces no tenían ninguna dificultad para sobresalir y así ser escuchadas. En el culto, había lugar para el canto de los solistas, el coro y las distintas clases de instrumentos.

El Antiguo Testamento nos presenta también ejemplos del mal uso de la música. En Ex. 32, 17 se menciona la música que hicieron los israelitas después de haber levantado el becerro de oro. En el libro de Daniel, se nos cuentas como el rey Nabucodonosor utilizaba la música al servicio de la idolatría y la glorificación del hombre (Dn 3, 5). Amos (Am 6, 5) habla de la música religiosa que no es agradable a Dios. Y en el capítulo anterior (Am 5, 23), el Señor reprende a los que hacen música religiosa sin que su corazón esté consagrado a Él: "Quita de mi lado la multitud de tus canciones, no quiero oír la salmodia de tus arpas".


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2.             La música en el Nuevo Testamento

 

El Nuevo Testamento contiene únicamente 12 pasajes con indicaciones relativas a la música. Sin embargo, sabemos que la Iglesia primitiva tiene muchos puntos de continuidad con el pueblo de la antigua alianza y, al principio, sus celebraciones fueron similares a las de la sinagoga. Si los hebreos tenían razones para cantar y alabar a Dios, los cristianos tenían aún muchas más.

El Nuevo Testamento comienza con un canto profético de María: "El Magnificat" (Lc 1, 45-55). Según las costumbres del pueblo hebreo, un poema de este tipo debía recitarse cantando.

El nacimiento de Jesús fue anunciado por el más fantástico ministerio de música que jamás se haya oído sobre la tierra: miles de ángeles entonando el Gloria, que después sería cantado por millones de cristianos (Lc 2, 14). Algunos días más tarde, Ana y Simeón desbordaron de alegría cuando vieron a Aquel que el pueblo esperaba desde hacía muchos siglos, y lo saludaron con un himno de alabanza al Salvador (Lc 2, 22- 38).

Estos poemas fueron, con toda seguridad, cantados, como lo serán después durante siglos y siglos por los cristianos.

Jesús participó - como cualquier otro israelita en el canto de los salmos de alabanza y penitencia, tanto en la sinagoga como en el Templo. Hay un momento muy especial, tras la Última Cena, narrado en (Mc 14, 26): "Cuando hubieron cantado el salmo, salieron al Monte de los Olivos".

Los primeros cristianos mantuvieron la tradición judía de cantar los salmos. Participaban en el culto del Templo y los cantaban también entre ellos en las casas. El hábito de cantar y el sentido espiritual del canto debía ser algo verdaderamente arraigado en ellos, cuando en una situación tan apurada como la que vivieron Pablo y Silas en la prisión de Filipos, los cánticos brotaban espontáneamente de su corazón.

La orden de cantar es menos frecuente en el Nuevo Testamento que en el Antiguo Testamento, pero la encontramos en las cartas de San Pablo a los Colosenses (3, 16) y a los Efesios. Esta última carta constituye una especie de testamento espiritual de Pablo a las Iglesias de Asia Menor. La segunda parte del capítulo 5 se podría titular: Carta del Apóstol S. Pablo a los Ministerios de Música Cristianos.

Pablo hace una exhortación fundamental: ¡Llenaos del Espíritu Santo!, seguida de cinco acciones:

  1.  "Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados". 
  2.   "Cantad para el Señor desde lo hondo del corazón".
  3.  "Tocad para el Señor desde lo hondo del corazón".
  4.  "Dando gracias siempre y por todo al Dios Padre en el nombre de Jesús". 
  5.  "Sometidos los unos a los otros en el amor de Cristo".

Esto quiere decir que la plenitud del Espíritu tiene como consecuencias el canto, la alabanza, la acción de gracias y el sometimiento mutuo. Pero, por otra parte, quiere hacernos comprender que cuando cantamos unidos unos a otros, alabando al Señor y dándole gracias por todo, estamos más abiertos a la acción del Espíritu y lo experimentamos en mayor plenitud. O sea que el canto es, a la vez, una característica de la Plenitud del Espíritu y un medio de lograrla. Es como un canal de doble dirección: Por Él recibimos la vida de Dios y por Él expresamos esta vida que está en nuestro interior. Este texto de Efesios es, pues, clave para captar la importancia de la música y el canto en nuestra vida espiritual, especialmente en su aspecto comunitario.

Pablo nos habla de cantar salmos, himnos y cánticos inspirados. Destaca el valor de la diversidad. La Biblia nos transmite ciento cincuenta salmos muy diferentes que se cantaban siguiendo variadas melodías. Durante mucho tiempo, sólo se cantaban estos poemas inspirados por el Espíritu Santo. Pablo, pide que se canten también himnos y cánticos espirituales. Dios no actúa por patrones estereotipados. Toda la creación refleja su amor por la diversidad. Según los tiempos y las circunstancias, tenemos necesidad de diferentes tipos de cantos y de música. Debemos tener esto muy en cuenta en el canto colectivo. La gran ventaja de los salmos es que nos ofrecen un texto del que podemos estar seguros que gusta a Dios, ya que Él mismo lo ha inspirado. A los salmos podemos unir los himnos que aparecen en los libros históricos, en Isaías y Jeremías, en las cartas de San Pablo y en el Apocalipsis. A ellos podríamos añadir todos los cánticos compuestos en el transcurso de los siglos y que constituyen uno de los tesoros más preciosos de la Iglesia.

Los "cánticos inspirados" debían ser improvisaciones espontáneas en base a textos bíblicos o experiencias interiores surgidas en la oración. Si se improvisan las oraciones y los testimonios ¿por qué no permitir la improvisación de los cantos?. Naturalmente procurando integrar a toda la asamblea en esta clase de cantos, evitando todo protagonismo o deseo de lucirse e intentando que la letra esté lo más cercana posible al texto bíblico.

"Cantad a Dios con todo el corazón" (Col 3, 16): Dios es el destinatario de nuestros cantos. Poco importa si son cantados en nuestro interior o en voz alta, que gusten o no a los estudiosos de la música. Si alguien canta con todo el corazón sus alabanzas a Dios, está cumpliendo su Palabra.


        Y... ¿qué nos dice sobre la música el último libro de la Biblia, el Apocalipsis?   En la eternidad, al final de la historia de la humanidad, el canto permanecerá como una de las ocupaciones de los huéspedes del cielo:

  • >>> Los 24 ancianos cantan un canto nuevo en honor del Cordero: "Tú eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos..." (Ap 5, 9-10)
  • >>> Una multitud que nadie podría contar, adora a Dios por medio del canto: "La victoria es de nuestro Dios que está sentado en el Trono y del Cordero"(Ap 7, 10).
  • >>> Y todos los ángeles cantan a Dios: "La Alabanza, la Gloria, la Sabiduría, la Acción de Gracias, el Honor, el Poder y la Fuerza..." (Ap 7, 12).
  • >>> Cuando el séptimo ángel toca la trompeta, unas voces poderosas entonan el himno de victoria (Ap 11, 15).
  • >>> Los que habían vencido a la bestia estaban "en pie, sobre el mar de cristal, con las arpas de Dios. Y cantaban el Cántico de Moisés, el siervo de Dios, y el cántico del Cordero" (Ap 15, 2-3).

Parafraseando a S. Pablo (1Cor 13, 8), podemos decir: la predicación y la evangelización cesarán en el Cielo, pero la música y la adoración... ¡continuarán!

 

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3.             El DON de la MÚSICA

El Señor dijo a Josué: "Mira he puesto en tus manos a Jericó, a su rey a todos sus guerreros. Marchad vosotros alrededor de la ciudad dando una vuelta en torno a ella. Así haréis por seis días: siete sacerdotes llevarán delante del Arca siete trompetas resonantes. Al séptimo día daréis siete vueltas. Los sacerdotes irán tocando las trompetas. Cuando ellos toquen repetidamente el cuerno potente y oigáis el sonar de las trompetas, todo el pueblo se pondrá a gritar fuertemente y las murallas de la ciudad se derrumbarán". (Jo 6, 2-5).

 El Señor había hablado a su siervo y Josué obedeció. Durante seis días consecutivos, sus hombres habían paseado el Arca en torno a las murallas de la ciudad de Jericó. Al séptimo día emprendieron las siete vueltas finales, tal como les había sido ordenado. Al ser informado de estas maniobras, el rey de Jericó se echó a reír con buen humor y mando un mensaje a Josué en el que se decía: " ¿Crees que vas a derribar mi ciudad con el viento de tus trompetas? "Los hebreos continuaron caminando alrededor de las murallas. Delante iban los sacerdotes abriendo camino; después seguía el Arca y más atrás iba el ejército hebreo. Mientras, en la ciudad de Jericó los niños se asomaban a las almenas y se divertían escupiendo sobre el Arca e imitando el sonar de las trompetas. Cuando los hebreos comenzaron la cuarta vuelta, las mujeres de Jericó acudieron a sentarse entre las almenas para ver el espectáculo. Tiraban piedras a los hebreos, se mofaban de ellos y los insultaban. Al iniciar los hebreos la quinta vuelta, los viejos y los tullidos de Jericó acudieron a verlos y a abuchearlos, mientras dirigían los puños hacia ellos, más burlones que amenazadores. Sus gritos se mezclaban con el claro sonido de las trompetas. A la sexta vuelta, el rey en persona subió a una torre de granito tan alta que las águilas construían en ella sus nidos, y tan dura que los rayos no podían hacer mella en sus piedras. El rey, divertido, reía a mandíbula batiente y entre lágrimas de regocijo, gritó: ¡Que buenos músicos son estos hebreos! A su alrededor reían los Ancianos del Consejo y los oficiales y los nobles... A la séptima vuelta, las murallas se derrumbaron.

La música ha tenido - y tiene - un papel importante en toda civilización. Es una de las grandes actividades humanas; para muchos, la más bella. Pero, ante todo y sobre todo la música es un don de Dios. Porque "Todo don perfecto viene de  lo alto, del Padre de las luces" (Sant 1, 17). Es Dios quien "da cánticos en la noche" (Job 8, 21).

Fue el Señor quien ordenó a Moisés escribir un cántico y enseñárselo a todo el pueblo de Israel (Dt 31, 19 y ss.), quien puso en la boca de David un cántico nuevo (Sal 40, 2) y quien inspiró a los salmistas la orden "Cantad al Señor!" que nos repiten en casi 30 ocasiones. En la lista de los dones del Espíritu que edifican la Comunidad (1Cor 14, 26), el primero tiene mucho que ver con la música: "cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene un salmo...".

Muchos cristianos nunca han sido conscientes de esto: la música es un precioso don de Dios. Otros no se han atrevido a abrir el regalo, examinarlo y ver para qué lo podían utilizar. Hay algunos que sí valoran este don, pero lo utilizan únicamente para su satisfacción personal... ¿Cómo descubrir el verdadero sentido que Dios quiere dar a la música en nuestra vida y en nuestra fe, tanto en el plano personal como en el comunitario?

El Señor nos regala el don de la música y el canto como un precioso carisma de oración y evangelización, que construye la comunidad siendo cauce del Amor de Dios y de la alabanza de su Gloria. La música es un gran tesoro que el mismo Dios pone en nuestras manos y que se hace canal; canal maravilloso por donde corre su agua viva. No es una evasión ni una distracción. Y tampoco se puede reducir a una cuestión de gusto, técnica o talento natural. En los grupos carismáticos de oración, el canto nace del Espíritu, manifiesta la gloria de Dios y coopera en la salvación de los hombres.

Cantar en el Espíritu es cantar más con el corazón que con la voz. Es expresar el amor de Dios que "ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado". Es un canto nuevo que surge de hombres y mujeres nuevas, renovados y renovadas por el poder de la Sangre de Jesús, por el poder de su muerte y resurrección. Cantar y tocar para el Señor de este modo supone ser dóciles al Espíritu Santo, entregando a Dios todo el corazón, aceptando vivir y actuar en el Señorío de Cristo.

Cantar a Dios no es ofrecerle nuestro canto, sino ofrecerle nuestro corazón. En el canto Dios manifiesta su poder, y nosotros nos entregamos a Él. El canto es así un signo, un puente, una señal de amor entre Dios y nosotros. Dios nos une a Él, nos da su Espíritu de Amor, y en El podemos amarnos los unos a los otros. Cantamos en la presencia de Dios, ungidos por esta presencia.

Cuando se canta en el Espíritu, Dios se entrega en el canto. Dios actúa con poder, transformándonos. Manifiesta su voluntad, su corrección, su ternura, su consuelo... su Gloria. La música es oración, ése es su sentido primordial: Don maravilloso de nuestro Dios que primero construye el acueducto y, luego, hace correr por él - hasta los confines de la Tierra- su Agua Viva.

El carisma de la música y el canto es un don - entre los múltiples y variados que el Señor nos regala- para enriquecer y construir la comunidad. La música tiene pues su papel importante en toda celebración litúrgica o en cualquier reunión de oración. Pero no debemos olvidar qué es lo esencial en una reunión de cristianos: "la enseñanza de los apóstoles, la comunión fraterna, la fracción del pan y las oraciones" (Hch 2, 42). La música es servidora, no dueña; servidora de la Palabra, de la oración, de la comunión... no la dejemos usurpar un lugar que no le corresponde. Estemos atentos para rechazar toda idolatría: la música es canal, no fuente.

Dice Teilhard de Chardin que la música nos aporta "el sentimiento de un gran presencia". Podríamos señalar cuatro aspectos en los que este carisma construye, ayuda, sirve a una comunidad orante:

·  Nos une en la alabanza y la adoración.

·  Nos abre y nos predispone a la escucha.

·  Nos facilita a todos la posibilidad de expresar actitudes interiores, experiencias espirituales (a veces mucho mejor que con palabras).

·    Nos enseña verdades espirituales y las graba en nuestra mente y nuestro corazón.

Si la música es un don de Dios, ningún cristiano puede despreciarla o desinteresarse de ella. Puesto que este don se compone de distintos elementos, valoremos cada uno de ellos como regalo de nuestro Padre. Los estudiosos señalan hasta diez elementos en la música; nos conformaremos - por ahora- con pararnos en tres de ellos: ritmo, melodía y armonía.

1.  Ritmo

Aceptar el ritmo como un regalo de Dios quiere decir, en primer lugar, aceptar cantos con toda clase de ritmos. Incluso si son nuevos para nosotros. En la creación de Dios no hay uniformidad. Si todos nuestros cantos tienen un ritmo parecido o - lo que es peor- nosotros los cantamos con un ritmo parecido, no estamos reflejando la infinita riqueza de nuestro creador y la variedad de todo lo que sale de su mano.

Una de las dificultades de las personas mayores con los cantos "modernos" es su ritmo. Los cantos "de antes" se componían, en su inmensa mayoría, con blancas, negras y alguna corchea con puntillo. Actualmente se emplean muchos ritmos sincopados, se acentúan los tiempos débiles... y muchos hermanos y hermanas se "despistan" o se cierran considerándose incapaces de aprender y cantar estas "novedades". Sin embargo, son una riqueza dada por el mismo Dios que inspiró otros cantos más tradicionales; si Él nos da una mente abierta y un poco de paciencia podemos aprenderlos correctamente y compartir esta riqueza. En el tiempo dedicado a ensayo de cantos, que debe haber antes de una celebración y oración común, acostumbrarnos al ritmo del canto debe ser lo primero, puesto que normalmente es lo más difícil. Para ello, antes de cantar la melodía, podemos marcar el ritmo al mismo tiempo que decimos la letra.

2.  Melodía

La inmensa mayoría de nuestras melodías están formadas por solo diez notas. Es Dios quien nos ha dado esta riqueza impresionante de cantos, resultando de las casi infinitas combinaciones hechas con esas diez notas las experiencias, vivencias, intuiciones, profecías, palabras inspiradas de hermanos y hermanas de todo el mundo y de todas las épocas, expresadas a través de la música son un tesoro inmenso que todos podemos compartir.

Para ello es clave entrar en la intimidad de una melodía para poder comprender y, si es posible, vivir lo que el compositor o la compositora querían expresar. Captar el sentimiento o intuición fundamentales de un canto y sus matices, a través de su melodía.

3.  Armonía

Ha sido Dios quien ha creado la diversidad de voces: voces masculinas o femeninas, tenores o bajos, sopranos o contraltos. El canto a varias voces es un reflejo del misterio de Dios y de su plan para nosotros como Iglesia: unidad en la diversidad. Si cada uno y cada una contribuimos al canto colectivo según las características de la voz que el Señor nos ha dado, cantaremos mejor, armoniosamente, sin dañar ni cansar innecesariamente nuestra garganta, y el resultado reflejará mucho mejor la multiforme sabiduría de Dios.

John Wesley resumía así sus indicaciones en relación a este don del canto: “Cantad espiritualmente. Dirigid vuestra mirada a Dios en cada una de las palabras que cantéis. Procurad agradar a Dios más que a vosotros mismos o que a cualquier otra criatura. Para ello, centraos sólo en lo que estáis cantando y velad para que vuestros corazones no se aparten de El a causa de la música, sino que a través de ella sean constantemente ofrecidos a Dios. ¡Éste es el canto que el Señor aprueba!”

Para San Agustín, "si queremos dar Gloria a Dios, necesitamos ser nosotros mismos los que cantamos, no sea que nuestra vida tenga que atestiguar contra nuestra lengua. Sólo se puede cantar a Dios con el corazón cuando nos hemos rendido a Él, esto es, que hemos aceptado su plan de salvación y buscamos su voluntad, tomando en serio su Palabra, cuando lo amamos. Bien se dice que el cantar es propio del que ama; pues la voz del que canta no ha de ser otra que el fervor de Amor".

Por eso agrega San Juan Crisóstomo: "A Dios se le ha de cantar, más que con la voz, con el Espíritu resonando hacia adentro. Así cantamos no a los hombres sino a Dios, que puede oír nuestros corazones y penetrar en los silencios de nuestro espíritu". En expresión de San Jerónimo "el siervo de Cristo cante de tal forma que no se goce en la voz sino en las palabras que canta". Para ello, dice San Basilio, "que la mente conozca y comprenda el sentido de las palabras cantadas, para que cantes con la lengua y cantes también con tu espíritu".

Y San Ambrosio de Milán entiende que "el canto de la comunidad cristiana es accesible para ser entonado por todos, es la voz del pueblo, himno de todas las edades, de todos los sexos, de todas la clases y estados de vida. El canto que los cristiano elevan para expresar su fe en el Señor, todos han de comprenderlo, sentirlo e identificarse con Él".

Así pensaban y sentían nuestros hermanos y hermanas de los siglos IV y V... ¿Y tú?

Nos dice la Palabra "cada uno, según el don que ha recibido, póngalo al servicio de los otros" (1Pe 4,10). Si has recibido el don del Señor para la música y el canto, es un talento que Dios te pide que pongas al servicio de tus hermanos y hermanas. Él te pedirá cuentas de como los has usado. Si guardas su don, si lo entierras en lugar de hacerlo fructificar, sufrirás los reproches que el Señor dirige al siervo infiel. Y, para utilizar correctamente este don que me ha sido confiado, no debo subestimarlo ni sobreestimarlo, sino aceptarlo, conocerlo, valorarlo y dejar que el Señor lo haga crecer. He de acoger con humildad su don: "Que nadie se tenga por más de lo que conviene, sino que cada uno se tenga por lo que se debe tener, conforme a la medida de la fe que Dios otorgó a cada uno" (Rom 12, 3).


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4.                    Los INSTRUMENTOS MUSICALES

en el Antiguo Testamento

 

“Alabadlo tocando trompetas, alabadlo con arpas y cítaras, alabadlo con tambores y danzas, alabadlo con trompas y flautas, alabadlo con címbalos sonoros, alabadlo con címbalos vibrantes” (Sal 150, 3-5)

Hay un pasaje en el Libro del Éxodo que nos muestra la importancia que la música, los músicos y los instrumentos musicales tenían en el pueblo de Israel.

Ex 15, 19-20 dice: “Cuando los caballos de Faraón con sus carros y sus jinetes entraron en el mar, el Señor volcó sobre ellos las aguas del mar; en cambio los hijos de Israel anduvieron por en medio del mar sobre tierra seca. María, la profetisa, hermana de Aarón, tomó en su mano el pandero, y todas las mujeres salieron tras ella con panderos y danzas.”

¡Así de valiosa era la música para los israelitas! Aunque acababan de escapar de una batalla, de una situación tan extrema y apurada… había un grupo de mujeres que tenían sus instrumentos a mano y preparados.

Posteriormente, el rey David dispuso que miles de músicos tocaran en el tabernáculo. Y lo mismo se hizo en el templo construido por su hijo Salomón (1Cro 23, 5).

La Biblia menciona instrumentos hechos de madera noble, piel de animal tensada, metal, cuerno y hueso, e incluso con incrustaciones de marfil. Las cuerdas eran de fibra vegetal o de tripa animal. Y aunque casi ninguno ha perdurado hasta nuestros días, hay dibujos que muestran cómo eran.

Los instrumentos que aparecen en el A. T. son de las tres categorías que hoy seguimos considerando básicas: de cuerda, como el arpa, la lira y el laúd; de viento, como el cuerno (o sofar), la trompeta, la flauta; y de percusión, como la pandereta, el sistro, los címbalos y las campanillas. Los músicos los tocaban para acompañar canciones, versos y alegres danzas (1Sam 18, 6-7). Y lo que es más importante: los usaban para alabar y adorar al Dios que les había bendecido con el don de la música (1Cro 15, 16).

 

Veamos algo más de cada grupo:

Instrumentos de cuerda

El arpa y la lira eran ligeras y portátiles, y sus cuerdas se tensaban sobre un marco de madera. David tocaba el arpa para calmar al atormentado rey Saúl (1Sam 16, 23). También se utilizaron instrumentos de este tipo en la dedicación del templo de Salomón y en otras ocasiones festivas (2Cro 5, 12; 9, 11)

   El laúd y el arpa tenían formas distintas. Generalmente, el laúd tenía pocas cuerdas, y estas se tensaban sobre un mástil que sostenía una caja de resonancia. Puede que la vibración de las cuerdas produjera tonos melodiosos bastante similares a los de la actual guitarra clásica. Las cuerdas eran de fibra vegetal retorcida o de tripa animal.

Instrumentos de viento

Estos instrumentos se mencionan a menudo en la Biblia. Entre los más antiguos está el cuerno judío, o sofar. Era un cuerno de carnero vaciado que producía un sonido fuerte y penetrante. En Israel se utilizaba para convocar al ejército y dirigirlo en las batallas (Jue 3, 27; 7, 22).

También estaba la trompeta de tubo metálico. Un documento encontrado entre los famosos rollos del mar Muerto indica que producía una asombrosa variedad de tonos. El Señor le dijo a Moisés que hiciera dos trompetas de plata para ser utilizadas en el tabernáculo (Num 10, 2-7). Siglos después, en la inauguración del templo de Salomón, 120 trompetas sumaron su poderoso sonido a la celebración (2Cro 5, 12-13). Los artesanos fabricaban trompetas de diferentes longitudes. Algunas superaban los 90 centímetros (unos 3 pies) desde la boquilla hasta la parte delantera, que tenía forma de campana.

Uno de los instrumentos de viento favoritos en Israel era la flauta. Su sonido alegre y melodioso animaba a quienes asistían a reuniones familiares, fiestas y bodas (1Re 1, 40; Is 30, 29). La suave melodía de la flauta también podía escucharse en los funerales, pues la música formaba parte de los ritos fúnebres (Mt 9, 23).

Instrumentos de percusión

Los israelitas utilizaban varios de ellos en sus celebraciones. Sus sonidos rítmicos ayudaban a despertar emociones intensas. La pandereta estaba hecha con piel de animal tensada sobre un aro de madera. Cuando el músico o el danzante la golpeaba con la mano, sonaba como un tambor. Y cuando se agitaba el aro, rodeado de sonajas o cascabeles, producía un tintineo armonioso.

Otro instrumento de percusión era el sistro. Constaba de un óvalo de metal con mango y atravesado por varillas con discos metálicos sueltos. Al agitarlo rápidamente de un lado a otro, producía un tintineo agudo y resonante.

Los címbalos de bronce generaban un sonido aún más agudo. Estaban formados por dos discos iguales. Había címbalos de dos tamaños: los grandes y estruendosos, que se hacían chocar con fuerza, y los pequeños y más melodiosos, que se tocaban juntando dos dedos. Ambos producían un sonido parecido, pero de diferente intensidad (Sal 150, 5).

 

«¡Proclama mi alma la grandeza de Dios, se alegra mi espíritu en Dios, mi  Salvador!» (Lc 1, 46-47)

 

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5.                    El lugar de la MÚSICA en tu VIDA

 

«Quien ha aprendido a amar la Vida Nueva sabe cantar el cántico nuevo. De manera que el cántico nuevo nos hace pensar en la Vida Nueva. Hombre nuevo, cántico nuevo, testamento nuevo... todo pertenece al mismo y único Reino» (San Agustín).

 

El cristiano que busca sinceramente conocer el lugar que la música debe ocupar en su propia vida, tiene en la Palabra de Dios una norma general que se puede aplicar a cualquier ámbito de su existencia- "Hacedlo todo para la Gloria de Dios" (1Cor 10, 31) Quien haya aceptado a Jesús como su Señor y Salvador ya no es autónomo o autónoma para fijarse su propia ley, ya que ahora está "bajo la ley de Cristo Jesús" (1Cor 9, 21). Y Jesús buscaba siempre lo que era agradable a Dios y servía para darle mayor Gloria (Jn 7, 18; 8, 29; 8, 49; 17, 4).

"Porque ninguno de nosotros vive para mismo y ninguno muere para mismo" (Rom 14, 7). "Cristo murió para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos" (2Cor 5, 15) "para que en todo sea glorificado Dios por medio de Jesucristo" (1Pe 4, 11). Si hemos nacido de nuevo, del agua y del Espíritu, desearemos hacer todas las cosas - también la música - para la Gloria de Dios. Todas mis cosas están bajo la mirada de mi Padre.

La música que componemos, la que cantamos o tocamos - solos o con otras personas - debe contribuir a glorificar a Dios.

Hacer algo para la Gloria de Dios significa que deseamos que El reciba todo el Honor y la Alabanza de nuestra acción y que sea mejor conocido, amado y servido. Por tanto, renunciamos a nuestra propia gloria personal. El mundo de la música como toda actividad artística, ha sido desviado hacia la glorificación de hombre. Una de las metas - reconocida o no - de los artistas es la de hacerse un nombre. Y Jesús dice, con respecto a esto: "mas, entre vosotros, no será así" (Mat 20, 26). En una oración común o en cualquier celebración litúrgica es inconcebible que músicos o cantores sean protagonistas. La música es ofrecida a     Dios igual que las oraciones. No nos reunimos en el nombre del Señor para disfrutar de la música o para apreciar su calidad.

"Todas las cosas me están permitidas, pero no me dejaré dominar por ninguna". Incluso las mejores cosas pueden convertirse en un peligro para mi libertad si se convierten en imprescindibles para mi bienestar, si no puede vivir sin ellas. Hoy en día, la música se ha convertido para muchos en una droga de la que les sería muy difícil prescindir. La música es un medio maravilloso por el cual Dios puede darnos Paz, Alegría, Fuerzas... pero siempre seguirá siendo un medio - como los alimentos o las medicinas - en las manos de Dios. No es de la música por sí misma de quien espero estos beneficios, sino de mi Padre que me ama. Debo evitar, por tanto, dedicarle más tiempo, fuerzas o receptividad de lo que el Señor me muestra como conveniente para no depender de ella. Para muchos "melómanos" la música se ha convertido en un sucedáneo de la religión. Tienen necesidad de ella para tranquilizarse o animarse. Esperan de ella lo que nosotros esperamos de Dios: consuelo, transformación interior, comunión con los otros... La música es una sierva de Dios; si no ocupa su lugar, se hace un ídolo, un falso Dios.

Hacer música para la Gloria de Dios es contribuir a que Dios sea conocido, tal como verdaderamente es, por el mayor número de personas. Glorificar "el Nombre de Dios" (Jn 17, 18). Es manifestar y hacer reconocer sus cualidades: Su Majestad, Su Gracia, Su Ternura, Su Belleza. La música glorifica a Dios cuando refleja estas cualidades y las evoca en el interior de los oyentes. "Una música para la Gloria de Dios -dice Küen- es una música de Paz, en el sentido de Shalom: plenitud, realización, felicidad".

Pablo, justo después de haber hablado del canto, dice: "y todo lo que hagáis, sea de palabra o de obra, hacedlo en el Nombre del Señor Jesús" (Col 3, 17). Hacer una cosa en el nombre de alguien, es hacerlo tal como él lo habría hecho, representando su personalidad, su naturaleza, hacerlo con su amor y su autoridad. Una música hecha en el Nombre del Señor Jesús debe reflejar su persona - su Fuerza y su Dulzura, su Verdad y su Pureza, su Amor y su Poder, y también su Celo, su Pasión por el Padre, su Indignación ante el mal. Una música de esta clase podrá tener, según los momentos, fuertes sonoridades, acentos peculiares, diferentes estilos, pero no se complacerá en excitar ni en condicionar. No será de carácter caótico o exagerado, sino que transmitirá la serenidad y el equilibrio que nacen del triunfo de Dios sobre toda división o destrucción.

En el Antiguo Testamento, los músicos del templo eran levitas sometidos a las mismas obligaciones que sus hermanos. No tenían ningún privilegio ni patrimonio; Dios mismo era su heredad (Num 18, 20 - Dt 10, 9). Algo semejante ha de suceder con quienes son llamados a servir al Señor a través de la música y el canto. Un ministerio de música es como un ministerio de intercesión o de predicación: un servicio al Señor en la Comunidad. Significa, de algún modo, una consagración a Dios. La Comunidad -a través de sus responsables- tiene que mantener una exigencia espiritual y de coherencia de vida para todos los que forman parte de un ministerio de música. "Solamente los músicos que viven de una manera ejemplar deberían ser utilizados en la Iglesia", me dijo una vez alguien con mucha experiencia en el asunto.

Quienes sirven al Señor en este ministerio han de amar más a Dios y a su Palabra que a la música. Deben tener una visión de la música y el canto desde la Palabra de Dios y la Tradición de la Iglesia. Han de tener paciencia, equilibrio emocional, capacidad de sometimiento y de trabajo en equipo; entusiasmo y celo, compensados con sensatez y buen humor. En la base de todo esto humildad. Sólo con una vida de oración diaria y de entrega real se puede servir al Señor.

El guitarrista Lucien Battaglia, uno de los más destacados discípulos de Andrés Segovia, resume así las exigencias de un ministerio musical: "Mantenerse en la humildad, para un artista cristiano, no es más que expresar con sencillez la verdad". ¿Qué tienes que no haya s recibido?, preguntaba el apóstol Pablo; si lo recibiste, ¿por qué te glorias como si no lo hubieras recibido?

Me esfuerzo en dar el debido valor al trabajo musical: una preparación lo más completa posible en el marco de mis obligaciones. Habiendo hecho todo lo posible, encomiendo a Dios este trabajo inevitablemente imperfecto, para que Él se digne bendecirlo y hacerlo fructificar De igual manera, me esfuerzo en superar el miedo y permanecer en paz, orando antes de cada espectáculo, hasta que tengo la certeza de haber obedecido al precepto evangélico: Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios... echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.

Para un artista cristiano nos es correcto desear ser exaltado. Guardándonos de todo deseo de vanagloria, nos deshacemos de la principal fuente de temor.

Finalmente, me parece esencial ser transparente delante de Dios, confesando todo pecado que entristezca al Espíritu Santo, y orar para que cada persona del público perciba a través de mí música algo de la belleza, del amor o de la paz del Señor.

Por ello, debo orar para no ser un obstáculo, ya que la vanidad, el orgullo pretendidamente legítimo del artista, es como una mala hierba siempre dispuesta a rebrotar...

La expresión musical no puede estar disociada de su "vector" humano. Tocamos tal como somos, lo que somos; no se pueden hacer trampas. El músico cristiano será, pues, percibido según la verdad de su estado espiritual real.

Esto no implica a priori un elevado nivel técnico: los músicos que empiezan, pueden hacer sentir la riqueza de su vida interior, mientras que los grandes virtuosos pueden ofrecer espléndidas conchas nacaradas pero vacías de toda riqueza espiritual e -incluso- humana.

¿Somos siempre conscientes de la majestad de Aquel que nos llama?   

El testimonio de Marta resulta esclarecedor:

"Hace muchos años que estoy en la Renovación y creo que desde siempre me he sentido llamada a servir en la música. Siempre he sido mimada a nivel de grupo y a nivel nacional. Lo que pasa es que los hermanos me hicieron un pedestal y yo gustosa me subí en él. Era Marta, "superestrella".

Estuve varios años sirviendo en el Ministerio de las Asambleas Nacionales y Regionales; pero, de pronto, un año dejaron de llamarme a grabar la cinta y a la Asamblea Nacional. En mi corazón se abrió una gran herida que tardó mucho tiempo en sanar. No llegaba a entender el porqué de lo que me estaba ocurriendo.

El caso es que esto sólo era el principio de un camino que duraría unos seis años. A pesar de lo que se dice a los demás, es muy fácil apegarse al poder... De la noche a la mañana, el Señor permitió que nadie se acordara de mí; era como si no existiera. Me sentí como un pañuelo de usar y tirar, y le dije al Señor como el fariseo: "¡Tanto tiempo sirviéndote, tantos años de retiro en retiro, de seminario en seminario, de asamblea en asamblea y ahora me pagas así!"

Es más, en el grupo había 3 seminarios al año y a pesar de seguir en Música ni mis propios hermanos de Ministerio habían contado conmigo para servir en un solo seminario. Una noche me llamaron por teléfono para decirme que un hermano de música había fallado para estar en el último seminario del curso y que si podía ir yo.

¡Menuda humillación! Yo era el último clavo ardiendo al que se habían agarrado, el último recurso. No sé si me dolió más que no hubiesen contado conmigo.

En el seminario me encontraba perdida. Sentía que el Señor me había dejado desnuda del todo; que no tenía el don de música. Al llegar el retiro sólo dije al Señor que era Él el que tenía que servir, que yo no era capaz. El día de la Efusión, el Señor me decía: "Los dones son míos y tú has querido apropiarte de mi Gloria con el don de la música. Yo te devuelvo el don no para tu gloria sino para que edifiques mi Iglesia". Y así fue. Sentí que una música nueva nacía de mi corazón y agradecí al Señor que volviera a elegirme para ser su instrumento.

Pero aquí no acabó la historia. Unos meses más tarde, en la Asamblea Nacional, iba yo comentando a una hermana que no entendía todavía mi soledad y lo que el Señor se proponía hacer conmigo. En esto, una hermana a la que hacía tiempo no veía se me acercó y dijo: "Estamos llamados a desaparecer". Fue como si se hiciera la luz en y de pronto las piezas del puzzle se juntaron y vi el camino por el que el Señor me conducía. La clave estaba en desaparecer para que Él creciera en mí. A partir de entonces el Señor me reveló muchas más cosas y sentí que tenía que ser pueblo en el pueblo.

A veces, las personas que estamos en música somos inalcanzables subidos en un pedestal. Nuestro don es precioso, pero peligroso si el Señor no es el que conduce nuestra vida. Entonces es cuando surgen los celos, las envidias, la falta de unidad, las indiferencias, la vanidad, las estrellas...

Alguien me dijo una vez que nuestro don es para el que lo necesite. Los ricos rechazan el don de apariencia pobre, los pobres acogen el don porque lo necesitan. Que el Señor nos dé mucha humildad para acoger nuestro don y el de los demás.

El Señor hoy nos invita a confiar en Él. ¡La música es un instrumento tan fuerte, sobre todo para los jóvenes en esta sociedad! Y nada menos que el Señor nos regala su música para cambiar corazones, para reconocerle como Señor, para sanar, para reconciliar, para alabar en acción de gracias, para adorar su Nombre...

¡Qué hermoso es que el Señor ponga en nuestras manos este don! Es necesario aceptar retos. Dios nos reta a soñar, a levantarnos de nuestra comodidad y a comenzar un camino nuevo. Es necesario que el Señor nos renueve el don. Es necesario que nuestros responsables conozcan qué es este don.

¡Que el Señor nos envíe su Espíritu como en un nuevo Pentecostés!

 

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6.                    El poder de la música

Los neurólogos destacan el poder de la música para desbloquear recuerdos y otras capacidades cognitivas en la enfermedad de Alzhéimer y otras demencias. La memoria musical es sorprendentemente robusta en estas enfermedades y desbloquea recuerdos.

En el año 2015, investigadores del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas y del Cerebro Humano, explicaron por qué los recuerdos musicales pueden sobrevivir a las depredaciones de la demencia. La razón de ello, explica el estudio, es que la música se guarda en áreas cerebrales diferentes de las del resto de los recuerdos.

La música parece tener un poder especial para penetrar las profundidades de la persona en cualquier situación, aún en las más extremas…

Dice S. Agustín: "La Palabra hecha canto nos da la capacidad de retener las verdades santas". Toda la inspiración melódica cristiana -inspiración del Espíritu Santo- se pone al servicio de la Palabra. Y cantando con la unción del Espíritu un texto del Evangelio, un himno de San Pablo, un salmo o un cántico de Isaías, el Señor actúa con poder y su Palabra hace lo que dice: convierte, libera, transforma, sana. La música pone alas a la Palabra y se convierte en un arma de luz y verdad que vence toda tiniebla.

Mediante la Palabra hecha canto, el poder del Espíritu Santo se abre camino para actuar en el corazón que le necesita y le busca. Así se refuerza el poder evangelizador de la palabra. Y el canto, como dice S. Agustín "se vuelve instrumento de justicia, vínculo de corazones, reunión de almas divididas, reconciliación de discordias, calma de los resentimientos e himno de la concordia".

La música y el canto actúan como lo que podríamos llamar un catalizador espiritual. En química, un catalizador es una sustancia en presencia de la cual otras reaccionan, es decir, se combinan con mayor facilidad y rapidez. De modo semejante, la música ungida por el Espíritu potencia otras manifestaciones del mismo y único Espíritu, como la profecía, la palabra inspirada, la sanación o la curación interior. Unas veces, el canto prepara, limpia, crea un silencio profundo en la asamblea para que el Señor pueda ser escuchado. Otras, es el mismo canto el que contiene el mensaje profético, la Palabra del Señor. El canto es usado por el Señor para tocar nuestros corazones, para derramar su amor en heridas que, a veces, ni siquiera conocemos pero que nos atenazan interiormente. Y así, el Espíritu entra en lo más profundo de nosotros y nos sana interiormente, utilizando la música para llevarnos a la conversión, a la reconciliación, a la paz.

Quien no haya vivido todo esto no podrá apreciar como es debido los dones y carismas del Espíritu. Sólo cuando se tiene experiencia del modo como el Espíritu Santo actúa en muchas ocasiones, se puede empezar a reconocerlo y apreciarlo. Domingo Bertrand, jesuita francés, dice: "El Espíritu Santo es desconcertante. Tan desconcertante que quien no se haya desconcertado frente a su acción, es porque no lo conoce".

Y es que la música no ocupa el lugar que le corresponde ni en las celebraciones ni en la vida de la Iglesia fundamentalmente por una razón: falta verdadero discernimiento espiritual. Todas las personas que han sido puestas por el Señor para pastorear en su nombre, tienen una misión muy concreta: conocer los caminos del Espíritu, en cada momento y situación, y guiarnos por ellos. A esto se le llama visión. Los obispos, los párrocos, los superiores, los dirigentes de un grupo o comunidad, los miembros de cualquier equipo coordinador, han de ser - ante todo- hombres y mujeres de visión: han de conocer y discernir la acción del Espíritu y de todas sus manifestaciones, de modo que en la comunidad "cada cual ponga al servicio de los demás el carisma que ha recibido" (1Pe 4, 1).

A ellos, antes que a nadie, les dice S. Pablo: "No quiero, hermanos, que ignoréis lo tocante a los dones espirituales" (1Cor 12, 1). Refiriéndonos a la música y el canto, podemos decir que la variedad de dones y la abundancia con que el Espíritu Santo los está comunicando en todas partes, nos muestra que son importantes para el crecimiento de la Iglesia y que no podemos mirarlos con indiferencia. Necesitamos conocer su significado y sus fines, para no caer en exageraciones y saber usarlos y discernir su autenticidad.

El canto y la música no son tapagujeros ni elementos de animación. Son oración, puente entre Dios y su pueblo. No deberían ser el rótulo luminoso de una oración o el fuego de artificio de una liturgia, sino el abono que poco a poco va aumentando el fruto de la comunidad. Igual que todo don o carisma, no es plenamente verdadero hasta que no es humillado y purificado.

Dice Monseñor Marco Frisina, alma del último Encuentro Mundial de Coros, celebrado en noviembre de 2018 en el Vaticano (Mio canto è il Signore, una conversazione con Antonio Carriero - Elledici): "¿Qué haces cuando estás enamorado? Cantas una serenata. Así, la Iglesia que ama a su Señor canta alabanzas al Altísimo. Una música que abre el misterio. Toca el corazón, acerca a los distantes, no necesita traducciones. Une y eleva: aquí está su extraordinario poder.

 

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7.                     Cantar VICTORIA

 

Vamos a contemplar a Pablo y Silas en Filipos. Esta es la historia narrada en los Hechos de los Apóstoles:

"La gente se amotinó contra ellos; los pretores les hicieron arrancar los vestidos y mandaron azotarles con varas. Después de haberles dado muchos azotes, los echaron a la cárcel y mandaron al carcelero que los guardase con todo cuidado. Este, al recibir tal orden, los metió en el calabozo interior y sujetó sus pies en el cepo. Hacia la media noche Pablo y Silas estaban en oración cantando himnos a Dios; los presos les escuchaban. De repente se produjo un terremoto tan fuerte que los mismos cimientos de la cárcel se conmovieron. Al momento quedaron abiertas todas las puertas y se soltaron las cadenas de todos. Despertó el carcelero y al ver las puertas de la cárcel abiertas, sacó la espada e iba a matarse, creyendo que los presos habían huido. Pero Pablo le gritó: «No te hagas ningún mal, que estamos todos aquí.» El carcelero pidió luz, entró de un salto y tembloroso se arrojó a los pies de Pablo y Silas, los sacó fuera y les dijo: «Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?» Le respondieron: «Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás y tu casa.» Y le anunciaron la Palabra del Señor a él y a todos los de su casa. En aquella misma hora de la noche el carcelero los tomó consigo y les lavó las heridas; inmediatamente recibió el bautismo él y todos los suyos. Les hizo entonces subir a su casa, les preparó la mesa y se alegró con toda su familia por haber creído en Dios." (Hch 16, 22-34)

 

Dos hombres encarcelados injustamente, sometidos a cadena, en lo profundo de un socavón en lo profundo de la noche... ¡Es una suma de desgracias! Lo natural sería maldecir, prometer venganza, manifestar ira; pero este par de locos por Cristo lo que están haciendo es alabar, cantar... En medio de la noche, en medio de su desgracia, cantan la gloria de Dios, proclaman la gracia. Y la proclamación de la gracia… ¡supera la desgracia!

La desgracia es como una losa, como una roca fría e indiferente a nuestro dolor. La desgracia nos aplasta y, con ello, quiere aplastar nuestra voz. Pablo y Silas no dejan que se aplaste su corazón, que se ahogue su voz. En lo profundo de la mazmorra, mantienen viva su alabanza, su voz para proclamar la gracia... ¡Y la gracia resulta más fuerte que la desgracia!

Cuando las cosas salen al revés, cuando tenemos encima la losa de la indiferencia... nos dejamos encerrar. Le hacemos el juego al mundo, al Enemigo que lo que quieren es que se calle nuestra voz. La manera de vencerles es no callarse, es seguir proclamando aún en la peor, en la más injusta de las situaciones... seguir proclamando quién es el Señor.

 

“¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!” (Ap 7, 10)

María es nuestro modelo de discípula misionera. Ella nos enseña a no estorbar la acción del Espíritu, no atascar el canal, agrandar el sí… para reventar prisiones, para que la gracia supere a la desgracia, para dejar a Dios ser Dios.

La música y el canto son un camino privilegiado para llevar a las personas a encontrarse con Jesús. Son instrumentos que, usados por el Espíritu, tienen un gran poder evangelizador: hacen presente a Jesús en el corazón de quien escucha.

No ha habido -quizá- en la historia de la Iglesia un servicio musical más pobre y, al mismo tiempo, con mayor poder evangelizador que el de aquella prisión. A la luz de esta Palabra, reflexionemos sobre el fruto que producen nuestras ejecuciones musicales (incluso las más esmeradas). El Espíritu Santo es la clave: "Recibiréis la fuerza del Espíritu y seréis mis testigos... hasta los confines de la Tierra" (Hch 1, 8).

La música es un excelente medio para comunicar lo más precioso que tenemos: Jesucristo. Es la forma de expresión que se cuela más fácilmente en cualquier ambiente o lugar; los discursos cansan, pero la música conserva esa capacidad de "enganchar" a personas de todas las edades y condiciones.

Nuestra música, nuestros cantos -como los de Pablo y Silas- han de transmitir quién es Dios para nosotros y qué ha hecho por nosotros. Deben reflejar una vida transformada por el poder de Dios, de un Dios vivo y verdadero; y suscitar sed de vida, de verdad.

La música y la experiencia de Dios viven juntas, porque la música es lenguaje de Dios. Los cantos tienen la propiedad de la perennidad; son profecías vivas que no mueren. La música permite la evocación de la acción de Dios en todo momento y circunstancia. La revelación de Dios, su palabra, su acción… llega mucho más lejos en el tiempo y el espacio cuando viene cantada, “musicada”; en cualquier momento o lugar podemos ponernos a cantar y tocar, a evocar la gracia vivida o abrirnos a la gracia nueva que Dios nos quiere dar. La música se pone al Servicio de la Palabra para regar la tierra y hacerla germinar.

A través de la música “tocada” (ungida) por Dios cayeron las murallas de Jericó, fueron libres de la cárcel Pablo y Silas, se convirtieron el carcelero y su familia; a través de la música que el Espíritu Santo componga, cante o interprete por medio de ti, muchos creerán en su Palabra y alcanzados por Jesucristo, el único Salvador.

 

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8.                   Canto y comunión 


El canto del pueblo reunido es fundamental e insustituible. Es al pueblo a quien corresponde expresar su fe y responder a la Palabra anunciada con "himnos, salmos y cánticos inspirados" (Col 3, 16). El papel musical de animadores, cantores, instrumentistas, coro... es importante; pero siempre como parte integrante de la asamblea que celebra y canta.

"Nada más festivo y más grato que una asamblea que, toda entera, expresa su fe por el canto. Por ello, se promoverá diligentemente la participación activa de todo el pueblo por medio del mismo" (Musicam Sacram 16).

La Iglesia da la primacía a las celebraciones comunitarias y en ellas el canto unánime es una necesidad vital de la asamblea reunida. El canto es expresión de la comunidad, pues "pone de manifiesto de un modo pleno y perfecto la índole comunitaria del culto cristiano" (Ordenación General de la Liturgia de las Horas 270). "El misterio de la Sagrada Liturgia y su carácter comunitario se manifiestan mediante la unión de las voces que debe expresar una profunda unión de corazones" (Musicam Sacram 5). En el momento cumbre de la actividad eclesial -la Liturgia- el canto aparece para glorificar a Dios, pues, antes que nada, la primera tarea de los cristianos reunidos es la alabanza. El gozo y el entusiasmo que la música proporciona al culto son expresión de la riqueza vital de una comunidad.


Cantar lo que vivimos... y vivir lo que cantamos

La fe no es sólo un asunto personal. Somos comunidad y el canto es uno de los mejores signos de nuestro sentir común. Y ello sin perder nada de la profundidad personal de cada una/o. La educación individualista explica las reticencias que algunos/as sienten todavía por el canto, precisamente porque el cantar con otros nos hace salir de nosotros mismos y sumarnos a la celebración comunitaria. La Iglesia es una comunidad de sentimientos que, a través del canto común, se manifiesta en una única voz.

 

Ya desde las primeras comunidades cristianas es todo el pueblo el que canta a una voz las aclamaciones de los salmos y de los himnos. El canto contribuye poderosamente a crear comunidad, uniendo e igualando a los miembros que cantan. Y las diferencias de edad, cultura, condición social, etc., quedan rebasadas. Lo explica S. Juan Crisóstomo: "Habla el profeta y todos respondemos, todos mezclamos nuestra voz a la suya. Aquí no hay esclavo, ni libre, ni rico, ni pobre, ni príncipe, ni súbdito. Lejos de nosotros estas desigualdades sociales, formamos un solo coro. Todos formamos parte igualmente en los santos cánticos, y la tierra imita al cielo. Tal es la nobleza de la Iglesia. . Y no se dirá que el dueño canta con seguridad y que el siervo tiene la boca cerrada; que el rico hace uso de su lengua y que el pobre no; que el hombre tiene derecho a cantar y la mujer debe permanecer en absoluto silencio. Investidos de un mismo honor, ofrecemos todos un común sacrificio, una común oblación... una sola voz de distintas lenguas se eleva al Creador del universo" (Homilía 5, 2).


Nadie debe quedarse sin cantar. El abstenerse del canto equivale a marginarse de la asamblea y romper su unidad. Al cantar, la voz de cada uno/a debe tender a formar un solo sonido coral con el resto de la asamblea. Si alguien posee una voz difícilmente armonizable con el coro común, ha de esforzarse por cantar moderadamente, sin molestar a la piedad de los demás; pero no callar. En este mismo sentido, el micrófono no debe ser protagonista. La mejor megafonía es la que menos se nota. A esta modestia se refiere el Misal Romano cuando dice: "El micrófono, por su dimensión y colocación, no ha de restar valor a los demás utensilios y símbolos litúrgicos". A veces se ve más el micro que el cáliz.

Este canto de todo el pueblo es signo de comunión. El cantar a una voz está reclamándonos la fraternidad y la unidad; del canto común el Espíritu hace brotar una poderosa fuerza de unión y reconciliación. "El canto rehace las amistades, reúne a los que estaban separados entre sí, convierte en amigos a los que estaban mutuamente enemistados. Pues, ¿quién es capaz de considerar todavía como enemigo a aquel con quien ha elevado una misma voz hacia Dios? Por tanto, el canto de salmos y cánticos inspirados nos procura el mayor de los bienes: la caridad. El canto encuentra el vínculo para realizar la concordia y reúne al pueblo en la sinfonía de un mismo coro" (San Basilio).

Por la acción del Espíritu Santo, el canto nos hace sintonizar -primero- con nuestro yo más profundo. Luego entre nosotros, todos los participantes en la asamblea. Y así, constituidos en un único coro de hijos e hijas de Dios santificados/as, nos abrimos al misterio de la catolicidad de la Iglesia, sacramento universal de salvación y germen de unidad en el mundo. La comunión entre cristianos y cristianas de distintos movimientos, lenguas, culturas y confesiones ha de expresarse a través de signos comunes entre los que la música tiene especial importancia. El canto nuevo no estará completo hasta que los hombres y mujeres de toda raza, pueblo, edad y condición hayan unido a él sus voces.

 


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9.                    Strépito Interpósito

 

"El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos orar como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. El que sondea nuestros corazones sabe lo que dice el Espíritu, porque el Espíritu intercede por los santos según el deseo de Dios." (Rom 8, 26-27)

 

El don de lenguas "es un don de oración que nos capacita para orar a un nivel más profundo" (K. Macdonnell). El P. Sullivan, jesuita de la Universidad Gregoriana de Roma, después de un minucioso estudio de este don, concluye: "La oración en lenguas de la comunidad de Corinto, igual que la de hoy, es un hablar y cantar de modo ininteligible, que no se produce por un éxtasis religioso. Aquellos que la practican la consideran bienhechora en cuanto forma de orar. Estamos, pues, fundamentados cuando afirmamos que este fenómeno religioso, del que constatamos hoy día una reminiscencia, es el mismo del que nos habla Pablo en 1Cor 12, 14. En virtud de esta conclusión, nos hallamos ahora mejor capacitados para comprender por qué Pablo da gracias a Dios por este don y por qué expresa su deseo de que todos pudieran recibirlo. Hoy, en efecto, millares de cristianos pueden dar testimonio de los frutos que esta extraña manera de orar y cantar produce en sus vidas. Para un gran número de personas ha sido la llave que ha abierto la puerta de una nueva experiencia de Dios".

"El que habla en lenguas no habla a los hombres sino a Dios" (1Cor 14, 2). Cantar en lenguas es un vehículo para hablar a Dios, un medio para que el Espíritu ore en nosotros. El canto en lenguas expresa sentimientos y pensamientos, pero en un sentido global como las lágrimas o la risa. El Espíritu Santo se une a nuestro espíritu, no lo sustituye. Se sirve de todos los recursos de nuestra naturaleza. No es que, de repente, seamos dotados de una capacidad milagrosa. El don consiste en “dejarse” interior y exteriormente con sencillez, para que pueda brotar este lenguaje de niño. El canto en lenguas se convierte así en el lenguaje de la alabanza, de una alabanza integral, de todo el ser, en la presencia de Dios.


El dominico Vicente Rubio lo describe muy detalladamente al darnos su testimonio:

"Hace ya mucho tiempo, cierta tarde participaba yo, más como observador y crítico que como orante, en una asamblea de oración, impropiamente llamada "carismática". Había más de trescientas personas. De pronto me di cuenta de una cosa: nadie de los que estaban cerca de mí se expresaba en nuestro idioma castellano; ni siquiera oraban en voz alta, según costumbre, alabando intensamente a Dios... ¡Cantaban! Cantaban sin ser cantores y con palabras desconocidas. Fue una música sublime, pura, espiritual. Sólo Dios se dejaba sentir en ella.

Todo semejó a un orfeón gigantesco que, sin perder su elevación divina, comenzó suave, siguió creciendo, hasta alcanzar un clímax rotundo; al llegar a ese punto, era como una nota o un acorde inmenso, poderoso y fuerte. Cielos y tierra, la Iglesia y la creación entera cantaban al Dios infinitamente santo. O como si Dios se cantara a sí mismo, humildemente, en su inmensa gloria y nos dejara escuchar un rato aquí en este mundo la hermosura de su canción eterna. Luego las voces fueron disminuyendo poco a poco hasta que, como un invisible director de coro hubiese dado la señal de terminar, la asamblea íntegra cesó de golpe en aquel maravilloso canto.

Me quedé perplejo. Porque los numerosos integrantes de la reunión no eran cantantes profesionales ni aficionados. Tampoco se trataba de ninguna canción conocida. Mucho menos de una entonación más o menos identificable. Era una melodía nueva, espontánea. La armonía misma, juzgada desde el punto de vista musical, resultaba rica, por no decir riquísima. Recordaba de lejos las composiciones sagradas alemanas, más armónicas que melódicas, llenas, intensas. No pregunté nada. Dirigí discretamente mi vista a la asamblea entera. Vi como toda ella se hallaba sumida en un recogimiento profundo. ¡Imposible poner a tanta gente de acuerdo para canturrear tan bien! Además..., en su mayoría, aquellas personas ignoraban la música. Tampoco había cancioneros ni partituras. Nada de estudio previo... ni ensayos. Únicamente allí se percibía a Dios en su imponente grandeza y en esa tremenda cercanía que Él tiene para con nosotros, rebosante de amor.

Cuando regresé a casa, abrí la Biblia para ilustrarme sobre lo que acababa de percibir. Leí el texto del evangelio de San Mateo 26,30, único sitio donde expresamente se dice que Jesús cantó: "Después de cantar el himno, se fueron (Jesús y los apóstoles) al monte de los olivos". ¿Sería el canto que yo había escuchado aquella tarde una participación del canto que Jesús entonó en la tierra y sigue entonando en el cielo para alabanza y gloria del Padre por el poder de Espíritu Santo? Podía ser, pero aquel pasaje bíblico de San Mateo no me ilustró demasiado acerca de lo que tanto me inquietaba. Leí Hechos de los Apóstoles 16,25. Allí se relataba que estando Pablo y Silas presos en la cárcel "a media noche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios". Quizás lo que Pablo y Silas cantaban a Dios se pudiera parecer a lo que yo había oído en la asamblea aquella tarde, pero el texto sagrado tampoco me aclaraba mayormente lo que anhelaba saber. ¿Qué hacer? Tratar de esperar con paciencia, a ver si se presentaba una nueva oportunidad.

Y pronto se presentó... Esta vez estaban a mi lado personas conocidas. Su voz y su gusto para cantar no rebasaban los límites de lo común y ordinario. De repente, cuando estábamos en oración intensa, sin nadie dar un aviso o una orden, comenzó el canto con palabras desconocidas. Todo el mundo participaba en él. A mi entender, resultó mucho más fino que en la otra ocasión. Un juego de melodías y armonías tan extraordinarias se cruzaban por aquí y por allá arrebatando el corazón y envolviéndolo en una atmósfera densa de presencia de Dios, de calma del cielo y serena alegría de la tierra.

Aquello era verdaderamente una sinfonía de voces que sólo podría estar inspirada y conducida por el mismo Espíritu Santo. Al acabar el canto, indagué. La persona que a mi izquierda se hallaba me dijo: "Sí, esto ha sido un canto en lenguas". Di gracias a Dios, porque de nuevo yo había sido testigo del paso del Señor por aquel lugar. Por suerte, un amigo acababa de llegar al sitio de la asamblea buscándome, porque necesitaba comunicarme una noticia. Cuando salí a la puerta del local, él se adelantó y me preguntó qué coro era aquél, y cómo cantaba tan bien, quién los ensayaba, etc., etc. Se había quedado impresionado igualmente por el orfeón improvisado e inesperado.

Aprovechando el paso por esta ciudad de Santo Domingo de un notable biblista, graduado en la célebre Escuela Bíblica de Jerusalén, quise consultarle sobre el fenómeno. Entonces me explicó que el canto en lenguas era una modalidad de la glosolalia u oración en lenguas. La única diferencia con orar en lenguas consistía, según él, que en el canto en lenguas el Espíritu Santo no sólo ponía las palabras en boca de los fieles sino también la música.

Cuando alguien sienta que el Espíritu Santo le impulsa a glorificar a Dios Padre por Jesús, el Señor, con un canto en lenguas, si es en una asamblea, hágalo cuando el momento sea oportuno para ello; si está a solas, hágalo siempre con toda la unción que sea posible como si estuviera cara a cara en la Presencia de Dios. Porque es un canto de Dios para Dios. A su vez notará que su fe se acrecienta, su caridad se intensifica, su esperanza de poseer a Dios vibra con fuerza, su humildad aumenta. Al mismo tiempo, el gozo, la paz y el poder - sobre todo el poder- para hacer lo que por nosotros mismos nunca seríamos capaces de hacer: se aguantan las burlas, se olvidan las distancias, las durezas se suavizan y prodigamos el bien calladamente y con sencillez.

En mi criterio, el canto en lenguas tiene un inmenso poder. El poder del Divino Espíritu tal como puede ser canalizado a través de una criatura humana. He ahí un canto nuevo para Dios. ¡El único nuevo!"

(Vicente Rubio O. P. Relatado en la revista Alabanza)

 

Actualmente, millones de personas han recibido el don de lenguas. Es, quizá, el elemento más distintivo de la Renovación Carismática, corriente de gracia que se ha extendido por todo el mundo y ha alcanzado a cristianos de prácticamente todas las denominaciones.

Las lenguas han estado siempre presentes en la vida de la Iglesia desde el primer Pentecostés. Son un don que muchas personas prefieren no recibir. Parece extraño, innecesario. A los que oran en lenguas les preguntan muchas veces: "¿Qué es eso? ¿Cómo se puede explicar?' ¿De qué me serviría el orar en lenguas?"

Aunque le llamamos un "lenguaje" de oración, no es un idioma real, ordinario. Expertos lingüistas han analizado miles de cintas grabadas de personas orando en lenguas y no han encontrado una estructura lingüística en lo que estaban diciendo o cantando. Les falta la estructura de un idioma, aun cuando suena como un idioma. Hay excepciones en esto; lo que está diciendo una persona orando en lenguas puede ser reconocible como un idioma, diferente de cualquiera de los que conoce esa persona. Pero como ella no sabe lo que está diciendo, el efecto es el mismo: las lenguas son un don de oración.

En este sentido, compararíamos a las lenguas con la oración contemplativa, otra forma de oración no conceptual. Contemplación significa unión con Dios no conceptual, sin palabras. Es una unión a través del amor, una unión en la que adoramos, alabamos, amamos, o vamos a Dios sin palabras, ni pensamientos o ideas específicas.

Podemos contemplar silenciosamente mirando al Señor, sabiendo que Él nos mira a nosotros con amor y misericordia. Podemos decir el nombre de Jesús despacio en nuestros corazones, o podemos repetir algunas veces una frase como "Te amo, Jesús". Muchas personas contemplan silenciosamente en la misa, durante la elevación del cuerpo y sangre del Señor. También se quedan con el Señor después de la comunión, sin decir oraciones ni hacer peticiones, sino en un silencio interior profundo. Esto es contemplación silenciosa. Del mismo modo, el don de lenguas, aunque es ruidoso, puede considerarse contemplativo. Cuando hablamos o cantamos en lenguas, las sílabas con las que oramos no forman palabras que representan pensamientos o ideas como sucede en los idiomas humanos. No representan un concepto determinado; no tienen un contenido específico que podamos comprender. Conocemos a Dios más con nuestros corazones que con nuestras cabezas. Nuestro conocimiento trasciende pensamientos y palabras.

El canto en lenguas no es una sucesión de notas ensayadas o una melodía compuesta. Se trata de una irrupción espontánea que, dejando a la persona libertad para cantar o callarse, impulsa directamente a alabar al Señor. Cada persona canta con su voz, bonita o no, con su propio timbre y su estilo particular. Sin embargo, el conjunto muestra una impresionante acción del Espíritu, que va constituyendo una unidad en la variedad de voces y melodías. El efecto es una música más allá de lo medible o expresable y una paz interior suave y fuerte a la vez. Solamente si se ha experimentado se puede comprender esta realidad.

El canto en lenguas es expresión de amor y de adoración. Nace del profundo deseo de alabar al Padre y manifestarle con especial amor el deseo que hay en nosotros de Él. Es el Espíritu quien nos impulsa a una alabanza más plena, de manera que hasta el último rincón de nuestro ser se pone en actividad. Procede de una capacidad propia de toda persona: en todos hay semillas y nostalgias hondas del bien y de la felicidad. En algún sentido, todos oramos en lenguas, ya que todos gemimos y deseamos desde lo más profundo. Nos ha enseñado a hablar con Dios, a pedirle, a contarle cosas, a hacer de él un interlocutor tratable... La oración en lenguas pertenece más bien al orden de los gemidos, del llanto, del balbuceo infantil, del clamor de un campo de fútbol. En estos casos no se usan palabras, pero algo del alma se manifiesta con fuerza: hay una comunicación con un tú inexpresable, inefable. No sabes cómo hablarle, pero te inunda con su presencia.

En este sentido, la oración en lenguas respeta la inefabilidad de Dios, su transcendencia. Dice Chus Villarroel: “Una de las genialidades de Santo Tomás de Aquino es haber colocado la esperanza en la voluntad. No la colocó ni en la inteligencia ni en la memoria ni en la imaginación sino en la voluntad, sede del deseo y del querer. Lo suyo es desear el bien, la felicidad, todo lo que es amable y nos da alegría. La voluntad, como potencia humana, es redimida y sanada en sus quereres por la esperanza teologal que la conduce hacia Dios, hacia la vida eterna. La voluntad, rescatada y ungida por la esperanza, quiere amar y desear sin retorno; desea alimentarse de vida eterna. Ella es la que nos da ganas de Dios. La oración en lenguas pertenece a la dimensión de la voluntad y de la esperanza; en ella no funciona la lógica del conocimiento sino la del deseo. Cuando oramos en lenguas no nos interesa conocer más sobre los atributos de Dios sino unirnos más a Él, experimentarle como nuestro amor más hondo”.

El canto en lenguas pertenece al nivel del don. Es una oración de descanso. El hecho de no componer frases razonables ni pedir algo concreto, hace la oración muy descansada. Tu corazón puede funcionar sin tu mente. Por eso, en momentos en que estés cansado y agobiado, y no seas capaz de orar, piensa que la oración es el corazón. Tu corazón es tu deseo, tu esperanza, tu anhelo más profundo... aunque no puedas formularlo en frases hechas. El Espíritu Santo alienta tu corazón sin cansarte, sin obligarte: lo tienes ahí dentro... ¡te basta un gemido en lenguas!

Generalmente, el canto en lenguas se hace presente en determinados momentos más propicios, de mayor profundidad de oración. Es frecuente que el canto en lenguas surja al celebrar la Eucaristía, particularmente en la Consagración y después de la Comunión. En ambos casos es expresión de adoración, de encuentro pleno con Jesús. Cuando termina el canto en lenguas sentimos la necesidad de un silencio más o menos largo. En él adoramos al Señor, su Santa presencia viva y vivificadora, y nos abrimos a sus mensajes.

 

El Ministerio de Música deberá estar atento a la inspiración del Espíritu para llevar a toda la asamblea a este encuentro completo con el Señor. Si comienza de una forma suave la alabanza en lenguas, el ministerio de música puede empezar a sostener el canto con un acorde y -quizá- después con una serie de acordes que inviten a todos a continuar, intensificar y armonizar la alabanza. Ordinariamente, el canto en lenguas no tiene ritmo (es melodía sin compás); pero, en ocasiones, surge un canto en lenguas rítmico, como si el Señor nos diese a todos una medida, la misma: la medida de la unidad en el Amor.

Diego Jaramillo, en relación con esto, dice: "Los instrumentos evocan, ayudan y expresan en un canto en lenguas. Por ello, mientras alguien toca su instrumento también está orando, la música es su oración. Las cuerdas vocales y las cuerdas de su guitarra pueden vibrar al unísono para el Señor. Esto se hunde en la más genuina tradición cristiana."

La primitiva Iglesia cantaba en lenguas. San Jerónimo llama al canto en lenguas "Jubilación". Lo define como "aquello que ni en palabras, sílabas o letras pueda expresar o comprender la forma como el hombre debería alabar a Dios".

San Juan Crisóstomo dice: "Se permite cantar salmos sin palabras, siempre que la mente resuene en su interior. Porque no cantamos para los hombres, sino para Dios, que puede escuchar aún a nuestros corazones y penetrar en los secretos de nuestra alma".

Y es, sobre todo, San Agustín quien escribe maravillosamente sobre el tema en sus "Narraciones sobre los salmos":

·   "Sacrificamos víctima de regocijo, sacrificamos víctima de alegría, víctima de congratulación, víctima de acción de gracias, víctima que no puede expresarse con palabras. Sacrificamos, pero ¿en dónde? En su mismo tabernáculo, en la Santa Iglesia. ¿Qué sacrificamos? El copiosísimo e inenarrable gozo, que no se expresa con palabras sino con voz inefable” (Sal 26).

·   "He aquí que te da como el módulo para cantar: no busques las palabras como si pudieras explicar de qué modo se deleita a Dios. Canta con regocijo, pues cantar bien a Dios es cantar con regocijo. ¿Qué significa cantar con regocijo? Entender por qué no puede explicarse con palabras lo que se canta en el corazón. Así pues, los que cantan, ya en la siega, o en la vendimia, o en algún trabajo activo o agitado, cuando comienzan a alborozarse de alegría por las palabras de los cánticos, estando ya como llenos de tanta alegría, no pudiendo ya explicarla con palabras, se comen las sílabas de las palabras y se entregan al canto del regocijo. El júbilo es cierto cántico o sonido con el cual se significa que da a luz el corazón lo que no puede decir o expresar. ¿Y a quién conviene esta alegría, sino al Dios inefable? Es inefable aquel a quien no puedes dar a conocer, y si no puedes darle a conocer y no debes callar ¿qué resta, sino que te regocijes, para que se alegre el corazón sin palabras? ¿Qué significa aclamación? Admiración de alegría que no puede explicarse con palabras. Cuando los discípulos vieron subir a los Cielos a quien lloraron muerto, se maravillaron de gozo; sin duda a este gozo le faltaban palabras, pero quedaba el regocijo, que nadie podía explicar. No vayamos sólo en busca del sonido del oído, sino de la iluminación del corazón" (Sal 46).

·   "Prorrumpid en gritos de alegría, si es que no podéis hacerlo de palabra. Pues no se aclama sólo de palabra; también aclama el sonido sólo de los gritos de los que se gozan, como si fuese la voz de la cosa concebida, del corazón que concibe y pare la alegría que no puede expresarse con palabras" (Sal 65).

·   "Cuando no podáis expresamos con palabras, no ceséis de regocijaros. Cuando podáis hablar, clamad; cuando no podáis, alegraos. Aquel a quien no le son suficientes las palabras, suele por la exuberancia del gozo prorrumpir en gritos de alegría" (Sal 80).

·   "¿Son suficientes las palabras para nuestra alegría? ¿Será la lengua capaz de explicar nuestro gozo? Si pues las palabras no bastan, ¡bienaventurado el pueblo que sabe alborozarse! ¡Oh pueblo feliz! ¿Crees que entiendes el regocijo? Que sepas por qué te alegras de aquello que no puede expresarse con palabras. El motivo no debe dimanar de ti, para que quien se gloríe, se gloríe en el Señor. No te alboroces en tu soberbia, sino en la gracia de Dios. Comprende que es tanta la gracia, que la lengua no es capaz de explicarla, y habrás entendido qué es alborozo o regocijo" (Sal 88).

·   "¿Qué significa "jubilare"? Dar gritos de alegría o regocijarse. El júbilo que no puede explicarse con palabras y que, sin embargo, se testimonia con el grito de la voz, se denomina regocijo. Pensad en aquellos que se regocijan, en cualquier clase de canto y como en cierta lid de alegría mundana, y veréis de qué modo, entre los cánticos modulados con la voz, se regocijan rebosantes de alegría cuando no pueden declararlo todo con la lengua, a fin de que por aquellos gritos inarticulados a conocer la afección del alma, lo que se concibió en el corazón y no es capaz de expresarlo con palabras. Luego, si estos se regocijan por el gozo terreno ¿nosotros no debemos dar gritos de alegría, regocijarnos por el gozo celestial, que ciertamente no podemos expresar mediante palabras?" (Sal 94).

·   "Ya sabéis qué es regocijarse. Gozaos y hablad. Si al gozaros no podéis hablar, regocijaos. Vuestro gozo dé a conocer el regocijo si no puede la palabra. Que no quede mudo vuestro gozo. Que no calle el corazón a su Dios; que no calle sus dones. Si hablas para ti, para ti te sanas; pero si te sanó su diestra para Él, habla para quien fuiste sanado" (Sal 97).

Grandes santos/as -en la historia de la Iglesia- han orado y cantado en lenguas:

  •           Se dice de San Francisco de Asís que “muchas veces, cuando oraba, hacía un arrullo semejante, en la forma y el sonido, al de la paloma, repitiendo: uh, uh, uh... y con cara alegre y corazón gozoso se estaba así en la contemplación".
  •              Y de Santo Domingo de Guzmán: "En cierta ocasión recordaban haberlo oído hablar en lenguas, cuando lo oyeron rezar en voz alta y todos vieron en qué forma oraba... aunque, curiosamente, nadie pudo recordar qué fue lo que rezaba".
  •           En el diario espiritual de San Ignacio de Loyola, en los escritos del mes de mayo de 1544, aparece con frecuencia la palabra "locuela", que el santo califica de admirable, dada por Dios, y que le producía consuelo y armonía interior; "son palabras misteriosas que suenan a música del Cielo. Duda uno de, si estas armonías, no son el objeto mismo de las gracias".
  •            Santa Teresa de Jesús se expresa así en "Las Moradas": "Entre estas cosas penosas y sabrosas juntamente, da Nuestro Señor al alma algunas veces unos júbilos y oración extraña que no sabe entender qué es. Porque si os hiciere esta merced, le alabáis mucho y sepas que es cosa que pasa, la pongo aquí. Es a mi parecer, una unión grande de las potencias, que las da Nuestro Señor con Libertad para que gocen de este gozo, y a los sentidos lo mismo, sin entender qué es lo que gozan y cómo lo gozan. Parece esto algarabía, y cierto pasa así, que es un gozo tan excesivo del alma, que no querría gozarse a solas, sino decirlo a todos, para que le ayudasen a alabar a Nuestro Señor, que aquí va todo su movimiento. Oh, qué fiestas haría y qué de muestras, si pudiese, para que todos entendiesen su gozo. Parece que se ha hallado a sí, y que, como el padre del hijo pródigo, querría convidar a todos y hacer grandes fiestas, por ver su alma en puesto que no puede dudar que está en seguridad, al menos por entonces. Y tengo para mí, que es con razón porque tanto gozo interior de lo muy íntimo del alma, y con tanta paz, que todo su contento provoca alabanzas de Dios que no es posible darle al Demonio".

Hoy, al comienzo del tercer milenio, Dios nos está invitando a aceptar en el don de lenguas su iniciativa. La novedad de que Él mismo nos dé un lenguaje para la oración, en un tiempo en el que las palabras -aún para expresar la Fe- parecen haber perdido autenticidad y son -en muchas ocasiones- rutinarias, vacías o equivocas. Un lenguaje nuevo, mediante el cual Él puede ser intensamente alabado por sus hijos de una manera más pura.

Orar y cantar en lenguas es renovar aquella experiencia de Jeremías: ¡Señor, sabes que no se hablar"' (Jer 1, 6). O la experiencia del tartamudo de Moisés (Ex. 4, 10) Es un modo de cumplir la Palabra de Jesús: "si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos" (Mt 18, 3). Como cualquier otro don del Espíritu, debe ser discernido en su autenticidad y conveniencia. El criterio de discernimiento es "por los frutos se conoce la calidad del árbol".

"Orar en lenguas es sinónimo de orar en el lenguaje de los ángeles" (Jonas Abib). En la Efusión del Espíritu Santo recibimos también la gracia de orar en un lenguaje nuevo. Es el propio Espíritu Santo orando en nosotros. Es más: Él ora y canta en el lenguaje de los ángeles. Los ángeles oran y cantan con nosotros, refuerzan nuestra oración, combaten a nuestro favor. Ellos tienen una visión del mundo espiritual que nosotros no tenemos. Necesitamos orar y cantar en ese lenguaje para que los ángeles vengan y se pongan a combatir a nuestro favor. Créelo: la victoria sobre esas situaciones viene con la batalla que los ángeles combaten junto a nosotros.

“Orar en lenguas es, pues, un orar que pertenece a la otra orilla. En el Apocalipsis, se compara la alabanza eterna al estruendo de muchas aguas, al fragor de un gran trueno: cantaban un canto nuevo que nadie podía aprender, fuera de los recatados (Ap 14, 2-4). Sin oración en lenguas, la esperanza queda muda. Desea pero no grita. Quienes hemos experimentado los gemidos más nobles que puede emitir el alma de quien es gratuitamente amado… ¡sigamos clamando, esperando el día en que reviente una nueva primavera de oración en la Iglesia!” (Chus Villarroel).

El canto en lenguas no es una tontería para Dios, aunque así se lo parezca a muchos hombres. Es un arma de guerra contra Satanás y contra nuestro propio orgullo. Es un grito de victoria: Cristo ha triunfado y nuestra fe hace real este triunfo en cada circunstancia particular. Es una oración de Paz: la Paz del Señor ya está establecida, y en el canto en lenguas la hacemos actuar frente a todo lo que no es paz. Cantar en lenguas es un acto de Fe; es clamar al Padre poderosamente, desde el Espíritu Santo, para proclamar y establecer-en cada situación- el Señorío de Jesucristo.

 

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10.             Cantos en 3D

Vamos a reflexionar sobre la música y el canto -en particular sobre los cantos que utilizamos en nuestras celebraciones litúrgicas y en nuestras oraciones comunitarias- desde un punto de vista muy concreto: desde la perspectiva de su dirección (de dónde salen y a dónde van). Partimos de que un canto es canal que -en nuestra relación personal y comunitaria con Dios- puede tener diferentes direcciones. Nos planteamos cantos en tres direcciones:

 

1.    El primer tipo serían los cantos que muestran la dirección de la persona -del creyente- hacia Dios. Sería el tipo uno y lo significaríamos con una flecha hacia arriba.

2.    El segundo tipo, serían los cantos que expresan la dirección contraria: Dios hacia el creyente, hacia su hijo, su hija. Dios hacia nosotros. Sería una flecha hacia abajo.

3.    El tercer tipo de cantos, la tercera dirección, sería yo con mis hermanos, mis hermanos conmigo, unos con otros. Relación fraterna, horizontal. Son cantos que expresan algo en relación a mis hermanos; de mis hermanos hacia mí, de mí hacia mis hermanos. Sería una flecha hacia los lados, una flecha horizontal con una punta hacia un lado y otra hacia el otro lado.

 

·         Tipo uno: el canto va dirigido hacia Dios, parte de mí, de nosotros, del pueblo creyente, de la asamblea reunida… y va dirigido a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

·         Tipo dos: sentido contrario, de Dios hacia su pueblo, hacia su hijo, su hija, hacia mí, hacia nosotros.

·         Tipo tres: entre hermanos; de a mis hermanos, de mis hermanos hacia mí.

 


Cantos TIPO 1

La mayoría de los cantos que cantamos en nuestras oraciones comunitarias, asambleas litúrgicas, oración personal… son del tipo uno. Parten de mí, parten de la asamblea reunida; parten de nosotros y se dirigen a Dios. Pueden ser de muy diferente tipo porque expresan también muy diferentes situaciones; pueden ser cantos de adoración, adoración eucarística, de alabanza, de acción de gracias, de ofrecimiento, de petición de perdón, de súplica, de clamor. Todos tienen en común que establecen un dialogo, una comunicación que parte de mí y se dirige a Dios. Por lo tanto -aunque parezca obvio decirlo-, son cantos para ser cantados, no para ser escuchados, porque lo que hacen es permitirme que yo le diga cosas a Dios, le exprese a Dios lo que hay en mi interior. Están hechos para ser cantados a Dios, no para ser cantados a mis hermanos. Con mis hermanos, sí, pero me dirijo a ellos; se los estoy cantando a Dios. Mi corazón tiene que estar en Dios. Mi imaginación, cuando lo canto, también tiene que ayudar a esto: le estoy expresando algo a Dios. El canto es una oración a Dios: una oración de súplica, una oración de alabanza, una oración de perdón, una oración de acción de gracias, una oración de adoración. Los cantos del tipo uno van de mí hacia Dios: los canto con el corazón dirigido hacia Dios.

 


Cantos TIPO 2

Quien canta, quien expresa… es Dios. Dios se comunica conmigo. Dios me dice algo. Dios, a través del canto, me habla, me muestra su corazón, su voluntad, lo que quiere de mí… Algunos cantos son de este tipo; a veces, nos cuesta identificarlos. No todos los cantos son “tipo uno”; ¡hay cantos “tipo dos”!

Todos los cantos, en general, han de tener una base bíblica; pero estos cantos, en concreto, muchísimo más, porque son cantos donde Dios mismo es el que habla, y Dios no se puede contradecir así mismo. Todos los cantos que son un texto bíblico cantado (todos los cantos que son un texto del Evangelio, que son un texto de un profeta…) son de este tipo. No así, por ejemplo, un texto de un salmo o un texto de una carta de san Pablo.

Todos los textos bíblicos que están en boca de Dios, pertenecen -cuando se cantan- a este segundo tipo. Por tanto. son unos cantos más bien para ser escuchados que para ser cantados por la asamblea; porque Dios me los está cantando. Cuando escuchamos “Como el Padre me amo, yo os he amado”, Jesús es el que me lo está cantando a mí. Claro que puedo cantar; pero este canto es, sobre todo, para que yo escuche a Dios que me lo dice, a Jesús, al Padre, al Espíritu Santo que me hablan al corazón.

Es importante diferenciar el tipo uno del tipo, dos porque en el canto del tipo dos, Dios me canta a mí. Mi corazón tiene que estar abierto a lo que Dios me está diciendo a través del canto; no a lo que yo le voy a decir, a lo que yo estoy pensando para Él, sino lo que Él me está diciendo a mí. Por eso, estos cantos han de ser muy fieles a la Palabra de Dios, porque están poniéndole voz y música a Dios mismo.

 


Cantos TIPO 3

Cantos que yo le canto a mi hermano, que mi hermano me canta a mí, que nos cantamos unos a otros… No van dirigidos a Dios, ni de Dios hacia nosotros, sino de nosotros hacia nosotros. Son cantos –digamos- de estímulo mutuo, cantos fraternos. Hay un buen número da cantos que cantamos que son así: son para cantárnoslos los unos a los otros. Así como en el tipo uno había que tener el corazón en Dios, porque a Él le estábamos cantando el canto, y en el tipo dos habría que abrir el corazón para que Dios me pudiese decir, me pudiese hablar, me pudiese tocar, me pudiese alcanzar… en estos cantos “tipo tres” es importante estar abiertos a los hermanos y, por tanto, dirigirse hacia ellos. Son cantos que, incluso en el gesto, en la postura física, en la manera de cantarlos, en la mirada, van dirigidos de unos a otros; en presencia de Dios, desde luego, pero dirigidos hacia la propia asamblea para reforzarnos unos a otros en la fe, la esperanza, el amor.

Y hay muchos cantos, la mayoría -es verdad-, que son del tipo uno; pero hay un buen numero que son de este tipo, el tipo tres. Por ejemplo, cantos muy comunes, algunos cantos de entrada: Juntos, como hermanos, miembros de una Iglesia, vamos caminando, al encuentro del Señor”. ¿A quién dirigimos este canto? Pues a nosotros mismos: estamos proclamándonos -proclamando juntos- nuestra fe, lo que estamos haciendo, nuestra intención, nuestra determinación, nuestra convicción. No estamos reflexionando simplemente, no estamos diciéndole algo a Dios; nos lo estamos diciendo a la propia asamblea, los unos a los otros.

Estos serían los cantos en tres direcciones… ¿Por qué es interesante esta clasificación? Porque cada uno de estos tres tipos de cantos tiene sus particularidades; es bueno conocerlas y respetarlas para emplearlos mejor, con más profundidad y armonía, de modo que este canal de gracia -que es el canto en la oración y en la celebración- sirva al fin para el que ha sido creado.



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11.             El don del canto y la música... desde pequeños

En general, los niños y niñas que entran en contacto con el Evangelio, a los que se les anuncia la Buena Nueva de Jesús, la aceptan con alegría y corazón sincero, porque el Evangelio es para los niños igual que para los adultos. Es cierto que, cuando crezcan y se hagan mayores, se han de cuestionar esta opción; pero mientras tanto, su opción es tan verdadera y tan real como la nuestra y, por lo tanto, hemos de tomárnosla con la misma seriedad, proporcionando a los niños medios adecuados para que puedan expresar y vivir su fe. Uno de estos medios es, indudablemente, el canto y la música.

Todas las exhortaciones que aparecen en la Palabra de Dios (especialmente en los Salmos): “Cantad a Dios, tocad a Dios con instrumentos”, son dirigidas por igual a adultos y a niños, porque los niños pueden alabar a Dios -con sus voces y con sus instrumentos- igual que nosotros. Jesús mismo rebatió a los escribas y fariseos cuando se escandalizaban porque los niños le aclamaban. «Jesús les dijo: “Sí, ¿no habéis leído nunca: ‘de la boca de los pequeños y de los niños de pecho sacaré una alabanza’”?» (Mt 21, 16).

 

Lo que aprendemos de pequeños se nos queda grabado para siempre. Cuántas veces Dios utiliza un canto grabado por la memoria infantil para hacer que un adulto, vuelva a aquella primera experiencia de fe. Por otra parte, a los niños y niñas les gusta cantar por naturaleza, porque el canto crea una atmósfera de alegría que necesitamos para crecer de una manera armoniosa; el sentimiento de unidad que proporciona cantar juntos es importante ya desde la primera infancia.

Una palabra clave, tanto para la música como para la fe de nuestros niños, es impregnación. Solo arraigará en nuestros niños profundamente, aquello en lo que están inmersos, en lo que viven día a día; por decirlo así, aquello que han mamado. La música y el canto, bien utilizados, pueden verdaderamente impregnarlos de fe, esperanza y amor; son un buen aceite para que el Espíritu Santo los vaya impregnando.

Estoy seguro de que la Iglesia del mañana va a valorar la música aún más de lo que la valora la Iglesia de hoy. Va necesitar hombres y mujeres con dones musicales y con una adecuada formación: nuestros niños de hoy. Hemos de cuidar, por tanto, los dones que el Señor regala a nuestras comunidades ya desde la infancia, valorándolos de manera más integrada y profunda.

 

Es bueno que nuestros niños crezcan en un hogar donde la música y la fe estén asociadas; eso evitará que más tarde se vean en el dilema (con el que se encuentran muchos músicos) de tener que elegir entre Dios y la música, convertida en un ídolo, en un semidiós. El niño es más accesible que el adulto a los diversos estilos de música, a ritmos e intervalos distintos. Si queremos renovar y ampliar los estilos musicales en nuestra Iglesia, debemos empezar por nuestros niños y niñas. Ellos saben reconocer de manera natural lo que es bonito o atractivo, lo que es especial; hemos de cultivar su sensibilidad a través de la música y el canto. Por todo ello, es importante elegir cuidadosamente las canciones a través de cuales nuestros niños y niñas van a conocer y expresar su fe. 

Podríamos señalar cuatro criterios:

-          En primer lugar, una melodía sencilla, que no cueste retener, que no tenga intervalos difíciles ni pausas inesperadas.

-          Segundo, un ritmo dinámico, no excesivamente complicado y que, a veces, acompañaremos con percusiones o percusión corporal simplemente.

-          Tercero, una armonía poco sofisticada, que no confunda a los niños.

-          Y, por último, un texto claro y preciso, adaptado a la experiencia infantil y fundamentado en la Palabra de Dios, de manera que música y Palabra se refuercen mutuamente. Cada canto ha de estar adaptado a la edad y madurez espiritual, y a lo que queremos contemplar, transmitir o expresar.

 

Quienes enseñemos cantos a los niños y niñas, debemos hacerlo con convicción, entusiasmo y seguridad. Conviene cantar primero la canción, para que la escuchen, hacérsela, digamos, bonita, interesante. Después dividirla en frases cortas, que les haremos repetir. A veces está bien disociar el ritmo de la melodía, y aprender primero el ritmo con percusión corporal. También, se pueden escribir algunas palabras clave para facilitar la memorización del texto. Podemos hacerlos cantar de dos en dos, de tres en tres, reforzar aquellas partes más complicadas, añadir gestos que faciliten la expresividad y la memorización, alternar chicos y chicas, un solista y el grupo, voces con acompañamiento y sin acompañamiento de instrumentos...

Es importante no cansar a los niños y tampoco pretender que el canto se aprenda inmediatamente. El amor y la paciencia son fundamentales. Y la alegría, por supuesto.

 

¡Que la música y el canto que el Señor nos da ya desde pequeños -y para los pequeños que Él nos los regala- den siempre toda la gloria a nuestro Dios!

 

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12.              La música, sierva de la Palabra

María música de Dios, es la música de Dios… Lo hemos explicado, hemos profundizado en ello. Si continuamos con esta analogía, podemos decir que, del mismo modo que María es la sierva de Dios, la música ha de ser la sierva de la Palabra.

Quiero compartir con vosotros una historia de la que yo fui testigo: la historia de Fernando. Fernando era un apasionado de la música, y había ido aquel Retiro precisamente por eso; porque lo que le atraía era la música, los cantos. Lo que no estaba dispuesto era a tragarse también las oraciones, las predicaciones, las charlas, las reflexiones. Por eso, cada vez que cantaban y tocaban, él, estaba encantado; pero cuando empezaban el bla, bla, bla, empezaba la reflexión, la predicación… él se tapaba los oídos con las dos manos. “¡No soporto tanto sermón!”, decía.

Sucedió que, en un momento dado, una mosca se le poso en la nariz. Fernando empezó a pestañear, a mover la cabeza; pero la mosca seguía allí, impasible. Hasta que el picor se le hizo insoportable y Fernando no pudo seguir con los oídos tapados, tuvo que empezar a espantar la mosca con las manos. Sonaba una canción: «Nadie te quiere como Él. Jesús te quiere como eres; solo Él conoce tu verdad. Siempre, a pesar de los pesares, con Jesús, puedes contar» y, en seguida, se proclamó aquella Palabra, que fue la que toco el corazón de Fernando: «Porque eres precioso ante mí, de gran precio y yo te amo» (Is 33, 4). Esta Palabra tocó el corazón de Fernando: no volvió a taparse los oídos, empezó a experimentar aquella presencia de Jesús con todo su amor y todo su poder.

Aquel día, Fernando se encontró con Jesús, le abrió su corazón y empezó una vida distinta, una vida nueva. ¿Fue la música, la predicación o fue quizá la mosca? Solo Dios es Dios y Él usa a quien quiere, como quiere y cuando quiere… incluso a una mosca. Hay una experiencia de la que yo soy testigo, que se ha repetido una y otra vez: la música prepara el camino de Aquel que siempre viene. La música prepara el camino de la Palabra; de la Palabra viva que es Jesús. Por eso, si has recibido el don del canto y de la música para servir al Señor, tienes que amar más a Dios y a su Palabra que a la propia música, tienes que amar más a Dios en su Palabra, que a la propia música. La música tiene que ser servidora, no señora. La música sierva de la Palabra.

 

La música servidora y la Palabra señora. Imaginemos una señora, una reina. Imaginamos su ropaje, sus vestidos; imaginamos su presencia, su gloria… Y vamos con nuestra imaginación a lo que es la Palabra, como reina y como señora, como creadora: Palabra de Dios. A la música la vamos a imaginar como una sirvienta.

¿Cómo va vestida la sirvienta? Con un delantal, con una ropa adecuada para servir, con una actitud: “Nuestros ojos están puestos en el Señor que hizo el cielo y la tierra”. Para que la música haga bien su trabajo ha de mirar a la Palabra. Ha de escuchar, asimilar en su vida: «El Señor es mi Pastor, nada me falta. El Señor sana a los oprimidos. El Señor perdona». Esta es la fuente de donde tiene que beber la música. Porque si no, ¿qué cantará? ¿qué gritará? ¿qué proclamará? Se proclamará así misma. La música, al servicio de la Palabra de Dios. El músico tiene que sentir en su corazón esto: «Quiero amarte, oh Dios. Quiero servirte con todo mi corazón, con toda mi mente, con todas mis fuerzas. Con toda la melodía que sale de mi corazón.

¡Quiero amarte!».

Porque ningún siervo puede servir a dos señores: no podemos servir a Dios y a la música. Pero sí, podemos servir a Dios y a su Palabra a través de la música. Podemos servir a la Palabra -servir a Jesucristo el Señor- con la música, que es un gran don que Él mismo nos ha dado. Por ello, es crucial que los músicos cristianos conozcamos y amemos a Dios por encima de la música. Para que, así, nuestra música esté verdaderamente a su servicio, al servicio de su Palabra.


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 13.            Palabra, silencio y música

Palabra, silencio y música: estos son los tres elementos de cualquier reunión de oración, de cualquier oración comunitaria, de cualquier celebración o asamblea litúrgica. Palabra, en primer lugar; la Palabra de Dios y la palabra humana. Silencio, en segundo lugar; escucha. En tercer lugar, la música, el canto. Ha de existir un equilibrio entre estos tres elementos: palabra, silencio y música.

 

Del silencio dice un gran pedagogo musical, Fernando Palacios: “En la música, el silencio es el rey: todos acatan su ley”. Es verdad, el silencio da sentido y valor al canto y a la palabra. El silencio es, obviamente, un momento específico en cualquier oración o celebración; pero, por otro lado, es también una cualidad, una realidad espiritual donde la Palabra y la música encuentran un ambiente propicio y eficaz. Dice Deis: “El silencio no hace ni crea una celebración litúrgica. Los cristianos no nos reunimos para saborear juntos un silencio comunitario logrado a la perfección… Sin embargo, toda celebración debe dar lugar al silencio. Es un elemento de primera importancia”.

Es verdad que del mismo modo que el silencio marca el ritmo de la música, da sentido a las notas que vienen después, hace brotar un nuevo movimiento… también, en la oración comunitaria, el silencio es como una especie de regulador que aparece como fruto de la Palabra y del canto. Por eso, el silencio no debe ser valorado por su duración, sino por su intensidad, por su oportunidad. En este sentido, no podemos utilizar el canto como una especie de llenasilencios, un modo de respiración asistida para la oración. No tiene sentido, a base de canto, a base de música, mantener una oración cuando el Señor llama a la escucha. Hay momentos en los que el canto levanta la asamblea, mueve, propicia la oración, favorece la alabanza; hay momentos de exultación, de aclamación… ¡Ahí está la música! Pero hay momentos en que los instrumentos y la voz humana deben callar. Y la música, entonces, prepara el silencio en el que Dios habla, en el que Dios actúa. En estos momentos en los que toca escuchar, la música ha de imitar a Aquella que guardaba todas las cosas y las meditaba en su corazón.

 

Desde la resurrección de Jesús, los cristianos “perseveraban unánimes en la oración, con algunas mujeres, con María la madre de Jesús…” (Hch 1, 14). Cuando los cristianos nos reunimos para orar, se manifiesta la fuerza de Dios a través del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones, y se hacen visibles sus frutos. La oración comunitaria nos edifica y crea relaciones fraternas más sólidas, porque compartimos una misma fe. Estamos hablando de tres elementos, tres pilares sobre los que construimos la oración comunitaria: Palabra, silencio y música. En nuestras parroquias o grupos tenemos, a menudo, celebraciones comunitarias: una vigilia, un acto penitencial, una adoración, un vía crucis, un acto mariano, un tiempo de oración con jóvenes, una oración con catequistas al principio de curso… Todos estos momentos son de oración comunitaria. En algunos de ellos, la estructura ya está fijada (Rosario, Vía crucis) y solo tenemos que darle unción, avivar el don de piedad y que no sea una oración rutinaria o simplemente leída. Pero en otros actos debemos crear una estructura. El objetivo siempre es buscar que no sea una oración personal, vivida en un templo al lado de otros, estando juntos corporalmente pero lejos espiritualmente; lo que buscamos es que sea una verdadera oración de la comunidad creyente.

Nos detenemos ahora en la importancia de la Palabra. La oración debe empezar con una motivación, una exhortación, unas palabras del animador o del guía de la oración que nos ayuden a todos a situarnos en lo que vamos a vivir. Son importantes estas palabras, porque ayudan a que nos sintamos todos incluidos y que nadie se sienta excluido. A veces, llegamos a una oración e inmediatamente pensamos: Ah, esto es de este grupo, de este movimiento… O lo que queremos es saber cómo va esto, cómo funciona, cuál es la dinámica o el estilo de la oración. En un acto comunitario, todos los que estamos allí debemos de sentirnos acogidos, sentir que todos vamos a ser participantes y no espectadores. Estas palabras iníciales deben transmitir que vamos a vivir un encuentro con Dios y que todos estamos convocados.

La Palabra de Dios debe ser el centro de la oración. Ella es la fuente, el Agua Viva; de ella vamos a beber. Es importante elegir bien esta Palabra; incluso pueden ser varias… Esta Palabra no será leída, sino proclamada: que sea semilla que cae sobre el grupo y da fruto. Y después necesita un silencio en el corazón y un eco; volver a leer algunos versículos para que vayan calando en nosotros. Es Palabra viva, espada que entra en nuestra alma. Para discernir esta Palabra se tendrá en cuenta el tiempo litúrgico y el sentido de la oración que estamos haciendo: si es una oración celebrativa, penitencial; si es una oración de principio de curso; si es una oración para profundizar en algún sacramento que se va recibir.

Otro momento que debe quedar claro es la participación espontánea de los asistentes al Encuentro de Oración. Quien anima o dirige la oración debe dar paso, impulsar, motivar este momento de alabanza, de eco sobre el salmo, de peticiones, de acción de gracias. Así vemos que hay una relación íntima entre la Palabra de Dios y nuestras palabras. Nuestras palabras –pobres- deben ayudar a entenderle a Él, a mirarle a Él, a acogerle en nuestro corazón y hacernos experimentar que somos su pueblo unido, que reza como un solo cuerpo. No se trata de oraciones personales, sino que somos su pueblo. El que dirige o anima la oración debe estar, por tanto, atento para ver si son necesarias otras indicaciones breves y precisas que no rompen en ningún momento el ambiente de oración sino que son ayuda para todos. Estamos haciendo la función de los perrillos que ayudan al pastor a recoger a las ovejas y que no se desvíen; pero las ovejas no se quedan mirando al perro, miran al pastor. Nunca hacernos nosotros protagonistas. Debemos evitar también meditaciones largas o teóricas.

Cuatro momentos, pues, en los que la Palabra es importante: uno el inicio de la oración, el saludo motivación o instrucciones concretas; dos, la proclamación de la Palabra de Dios como centro del acto comunitario; tres, momentos de participación espontanea; cuatro, otras indicaciones que puedan ser necesarias para promover signos y posturas corporales, así como para dar más cohesión a la oración comunitaria.

 

El Espíritu Santo se derrama en la oración del pueblo y se manifiesta en sus frutos: unidad, armonía, amor fraterno, paz, unidad, alegría. «Porque donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20).


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14.             Eres lo que cantas

El maestro Reichel dirigía el ensayo de su grupo vocal, preparando el Mesías de Händel. El coro acababa de llegar aquel lugar donde la soprano entona: «Yo que mi Redentor vive». Cuando la soprano hubo terminado, las miradas se dirigieron hacia Reichel, esperando que expresara su satisfacción… En lugar de ello, Reichel se acercó a la cantante y le dijo: “Hija mía, ¿verdaderamente sabe usted que su Redentor vive?». Sí, contesto ella. Entonces, ¡cántelo! Dígalo de tal manera que todos aquellos que la oigan comprendan que usted conoce el gozo y la fuerza de la Resurrección de Jesucristo”. El maestro, ordenó a la orquesta que volviese a empezar. La solista, cantó como si fuese la primera vez que hubiera experimentado el poder de la Resurrección. A todos los que la oyeron les costaba contener la emoción. El maestro, con los ojos llenos de lágrimas, se acercó a ella y le dijo:

"Ahora estoy seguro de que usted sabe que su Redentor vive. Su canto, me lo ha dicho".

 

Es tremendo el impacto que tiene la música sobre nuestra persona. Mucho más que otras manifestaciones artísticas, la música influye en todo nuestro ser. Espíritu, alma y cuerpo son permeables al ritmo a los sonidos. En algunos grupos de población, llega a haber una verdadera dependencia física y psicológica con respecto a la música, semejante a la que existe con cualquier otra droga. Nuestro mundo se encuentra envuelto en una atmósfera musical que, para algunos, se ha convertido en algo tan necesario como el aire que respiran. En 1Cor 10, 31, nos dice la Palabra de Dios:

«Hacedlo todo para gloria de Dios». Aquel que haya aceptado a Jesús como su Señor y Salvador, ya no es autónomo para fijarse su propia ley, porque ahora está -como dice 1Cor 9, 21-, «bajo la ley de Cristo Jesús». Y Jesús buscaba siempre lo que era agradable a Dios, aquello que le daba mayor gloria. Podemos leer los capítulos 7 y 8 de Juan, donde todo esto se repite varias veces. «Porque ninguno de nosotros, -dice la carta a los Romanos- vive para sí mismo, ninguno muere para sí mismo». «Cristo murió para que los que viven, ya no vivan para sí. Sino para aquel que murió y resucitó por ellos, para que en todo sea glorificado Dios, por medio de Jesucristo» (1P 4, 11). Si hemos nacido del agua y del Espíritu, si hemos nacido de nuevo, desearemos hacer todo -también la música- para la gloria de Dios. Todo está bajo la mirada de mi Padre Dios. Quiero agradarle a Él antes que a nadie. Quiero hacer Su voluntad por encima de todo.

 

Hacer algo para la gloria de Dios significa que deseemos que Él reciba todo el honor y la alabanza de nuestra acción, y que Él sea mejor conocido, amado y servido a través de nuestras acciones; por ello, renunciamos a nuestra propia gloria personal. “Todas las cosas me están permitidas, pero no me dejaré dominar por ninguna”, dice Pablo. Incluso las mejores cosas pueden convertirse en un peligro si se convierten en imprescindibles para mi bienestar, si llega un momento que no puedo vivir sin ellas. Hoy en día, la música se ha convertido para muchos en una verdadera droga de la que les sería muy difícil prescindir. Es cierto que la música es un medio maravilloso por el cual Dios nos da paz, alegría, fuerza; pero no deja de ser un medio -igual que los alimentos o las medicinas-, un medio en manos de Dios. No es de la música, en sí misma, de quien espero los beneficios, sino del Autor de la música, de mi Padre que me ama. Debo evitar, por lo tanto, dedicarle más tiempo, fuerzas o receptividad de lo que el Señor me muestra como conveniente. Para muchos melómanos, la música se ha convertido en un sucedáneo de su relación con Dios. Tienen necesidad de ella para tranquilizarse o animarse; esperan de ella lo único que podemos esperar de Dios. La música es una sierva de Dios. Si no ocupa su lugar, se convierte en un ídolo, en un falso Dios. Por eso, la música que cantamos, la música que componemos, la


que elegimos escuchar y disfrutar, la música que proponemos o que llevamos a otros, ha de ser música para la gloria de Dios, ha de contribuir a que Dios sea conocido -tal y como verdaderamente es- por el mayor número de personas. Ha de glorificar «el Nombre de Dios», dice Jn 17, 18. Manifestar el Nombre de Dios es hacer reconocer sus cualidades. La música glorifica a Dios cuando refleja estas cualidades y las evoca en el interior de los oyentes. Para San Agustín, si queremos dar gloria a Dios necesitamos ser nosotros mismos lo que cantamos. Dice él: “No sea que nuestra vida tenga que atestiguar contra nuestra lengua. Quien ha aprendido a amar la vida nueva, sabe cantar el cantico nuevo. De manera que el cantico nuevo, nos hace pensar, en la vida nueva. Hombre nuevo, cántico nuevo, testamento nuevo. Todo pertenece al mismo y único Rey.”

 

Sí, la música, nuestra música, ha de ser para la gloria de Dios. Nosotros, somos reflejo de la gloria de Dios, pero somos pequeños e imperfectos. ¿Cómo dar gloria a Dios? ¿Cómo caminar en ese camino de no darse gloria a uno mismo sino a Dios, solo a Dios? Tenemos que descubrir nuestro don, el don que Dios mismo ha puesto en nosotros, para devolverle a Dios la gloria. Nos dice Jean Vanier, fundador de las comunidades del Arca y uno de nuestros inspiradores en este tema de descubrir el propio don: “Hay quien tiene el don de sentir inmediatamente y vivir el sufrimiento del otro: es el don de la compasión. Otros tienen el don de notar cuando algo va mal y pueden poner en seguida el dedo en la llaga: es el don de discernimiento. Otros tienen el don de la luz y ven claro en todo lo que atañe a las opciones fundamentales de la comunidad. Otros tienen el don de animar y crear una atmósfera propicia a la alegría. Otros tienen el don de cuidar el bien de las personas y de sostenerlas. Otros, el don de acogida. Cada uno tiene su don; y debe poder ejercerlo para bien y crecimiento de todos.” Y vosotros, que tenéis el don de la música, pues exactamente igual. Usadlo para el bien y el crecimiento de todos, que es lo mismo que decir para la gloria de Dios. Entra en tu aposento y descubre tu don: don de elegir un canto apropiado; don para ejecutar la música de modo que toque el corazón de quién la escucha; don para crear comunión a través de la música; don de alabanza; don de componer un texto que nos acerque a Dios…

 

Hay dos caminos. Uno, el del artista que quiere brillar: las miradas se dirigen a su persona, es él quien suscita admiración, pasión… Es su canto, su música. Y el otro camino es: menguar yo para que Él crezca. Es el camino del músico cristiano, del artista que le da el protagonismo a Cristo y se pone a servirle, para que las miradas se dirijan al Dios que hace todo en todos; al único al que merece la pena servir, cantar, adorar, aclamar.

Escuchamos un canto, vamos a un concierto, participamos en un acto litúrgico… y somos tocados por una música que da gloria a Dios. Algo nos acerca a Dios. Descubrimos que este cantautor nos hace presente la fuerza de Dios; otro músico brilla porque nos transmite la ternura de Dios… Y así, podríamos seguir añadiendo qué puede transmitir un canto: bondad, dulzura, alabanza, misericordia, presencia de Dios en medio de su pueblo.

 

Ser nosotros mismos el canto que cantamos. Transformarnos a la medida de Cristo. Mi voz, mis manos, mis pies, mi aliento, mis sentimientos y pensamientos, toda mi vida… todo tiene que ser de Dios para ser yo –como María- música de Dios.



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15.              Que toda la Asamblea cante

Así escribe un cristiano del siglo IV: «El canto que los cristianos elevan para expresar su fe en el Señor, todos han de comprenderlo, sentirlo y ser capaces de aprenderlo, identificándose con él. El canto se convierte en símbolo de la iglesia, porque todos participan en él y este símbolo de unidad debe cuidarse prioritariamente a otras cosas. Si se convierte en motivo de la más sutil división, puede perder su fuerza como testimonio de fe y de amor» (San Juan Crisóstomo).

 

Todo don en la Iglesia es para la edificación del cuerpo. La música y el canto han de ser servidores y constructores de unidad… o no serán nada. Los pastores, los que están al frente, han de velar para que todo sirva para la edificación. Los responsables de la música y el canto en las celebraciones: director de canto, salmista, coro, ministerio de música… están al servicio de la asamblea; guían a la asamblea con en el canto. Pero si la asamblea -en su conjunto- no canta, si no se mete en este río de la música y se empapa bien, será señal de que no están cumpliendo su misión. Como para todo servicio, la regla que vivió y enseño Jesús es “morir para dar vida”; es la regla de todo ministerio, de todo servicio en la Iglesia.

 

Este servicio a la asamblea a través del canto y la música podríamos compararlo con un puente. Un buen puente sería un medio de unión, acercamiento y comunicación de Dios al hombre, y del hombre a Dios. Cuando un puente funciona como debe, los pasos son más seguros; la asamblea camina con seguridad. Un mal puente sería el del hombre que construye su casa -su servicio- sobre arena. Nos lo cuenta el Evangelio en Lc 6, 48-49: «Se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca, vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no puedo derribarla, porque está sólidamente construida. El que escucha y no pone en práctica se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y enseguida se derrumbó desplomándose, y fue grande la ruina de aquella casa». Entonces, este servicio a través de la música y el canto se vuelve débil e incluso peligroso. Deja de proyectar a Dios para proyectarse a sí mismo. El pueblo no llega tan fácilmente a Dios; ni Dios al pueblo. Se queda en el puente, porque faltan piezas tan fundamentales como son la humildad, el trabajo, el discernimiento, la oración, la vida sacramental y eclesial.

 

Escuchemos ahora a un cristiano del S. XVIII, John Wesley, que formula cinco reglas en relación a este servicio a través del canto y de la música. Primera: que todos canten. Segunda: cantad alegremente y con ánimo. Tercero: cantad humildemente, para cantar unidos y en armonía. Cuarta: cantad al mismo ritmo. Quinta: cantad espiritualmente, dirigid vuestra mirada a Dios en cada una de las palabras que cantéis, procurad agradar Dios más que a vosotros mismos o a cualquier otra criatura; para ello, centraos solo en lo que estéis cantando. Y concluye Wesley: “Este es el canto que el Señor quiere, este es el canto que el Señor aprueba”.

 

Mi experiencia en parroquias de lo más diverso, en movimientos, con jóvenes y mayores, con sacerdotes, religiosos y religiosas, en grupos de oración, en encuentros ecuménicos, en asambleas de todo tipo… me lleva a hacer una sugerencia: evitemos dar exclusividad a un determinado estilo de música. Si somos capaces de alternar, de armonizar lo clásico con lo moderno, los distintos miembros de la asamblea podrán expresarse e integrarse mejor en el canto; sin que se den cuenta, irán ampliando sus horizontes, su senilidad musical; y empezarán a apreciar lo bueno, lo “tocado” por el Espíritu, independientemente de que sea antiguo o nuevo. En este sentido, el responsable de la música, se parece aquel padre de familia del cual nos habla Jesús en Mt 13, 52: «Un escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».

Quien guía o dirige, quien canta para servir a la asamblea, ha de tocar y cantar en todo momento a la escucha de la asamblea, a la escucha de Dios a través de la asamblea. Percibiendo, escuchando, el soplo, el aliento, el canto del Espíritu Santo. Muy atento a la respuesta de la asamblea, al movimiento interno del Espíritu, que se expresa a través del canto.

 

Volvamos al siglo IV y dejemos que un contemporáneo de San Juan Crisóstomo -en este caso, San Ambrosio de Milán- resuma todo lo que hemos venido explicando hasta aquí. Nos dice San Ambrosio: «El canto de la comunidad cristiana es accesible para ser entonado por todos, es la voz del pueblo, himno de todas las edades, de todos los sexos, de todas las clases y estados de vida. El canto que los cristianos elevan para expresar su fe en el Señor, todos han de comprenderlo, sentirlo, e identificarse con él».

 

El canto común de la asamblea es oración. No es un elemento de relleno, no es un “tapasilencios”, no es un elemento de animación; es verdaderamente oración, puente, vehículo de comunión con Dios. Podríamos señalar muchos aspectos en los que la música, el canto común, sirve a la asamblea, construye la asamblea. Elegiremos cuatro… El primero, es que nos une en la alabanza y la adoración. El segundo, nos abre y nos predispone a la escucha. El tercero, facilita a todos los que participan en la asamblea -independientemente de su condición- la posibilidad de expresar actitudes interiores, experiencias espirituales; a veces, mucho mejor que con las palabras. Y, por último, nos enseña las verdades de la fe y las graba en nuestra mente y corazón. A este respecto, dice San Agustín que “la Palabra hecha canto -la música al servicio de la Palabra- nos da la capacidad de retener las verdades eternas”. Por eso, el canto -el canto común- ha de ser algo consagrado a Dios.

Los cantos son oraciones cantadas, Palabra potenciada por la música… ¡Palabra de Dios! Por lo tanto, debemos de cuidar, interiorizar, escuchar, revivir el canto; no sea que, a fuerza de repetirlos, pierdan esta potencia, esta presencia. De esta manera, el canto común -y volvemos a tomar palabras de San Agustín- “se vuelve instrumento de justicia, vínculo de corazones, reunión de almas divididas, reconciliación de discordias, paz de los resentimientos e himno de la concordia”.



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16.             Dios es gratis

¡Para Ti toda mi música, Señor! ¡Para Ti toda mi música! Así oramos con el Salmo 100 en las Laudes del martes de la cuarta semana: “Voy a cantar la bondad y la justicia, para ti es mi música, Señor; no pondré mis ojos en intenciones viles”. Si has sido llamado/a a servir al Señor por medio de la música y el canto, lo primero y fundamental que precisas es un espíritu humilde, un corazón quebrantado y humillado. Abre tu corazón, escucha Su voz, la voz de Dios, y deja que tu vida sea una alabanza de su Gloria.

 

Lo sublime: la bondad, la verdad, la belleza… no es algo etéreo, indeterminado, difuso. No es una energía o como una síntesis de todo. ¡Es Él! ¡Tiene rostro! ¡Tiene vida… y vida humana: Jesucristo se ha acercado a nosotros y nos ha acercado a la vida de Dios! Amor es nombre de persona: la Tercera Persona Divina se llama Amor. Amor es el nombre propio del Espíritu Santo, Señor y Dador de vida. El Espíritu me descubre que mi vida espiritual no es una conquista que yo hago. El Espíritu Santo me revela a Cristo, Dios y hombre. Al hombre Cristo Jesús, mediador entre Dios y los hombres; camino, verdad y vida. Me revela que ese hombre, Jesús, elegido del Padre, ha muerto por mí, “me ha redimido en su cuerpo de carne”. Si crees esto y lo proclamas… ¡estás salvado! Por pura gracia estáis salvados (Ef 2, 5).

 

Quizás hasta ahora has hecho de la salvación una cuestión de obras, de ser bueno, de portarte bien… No, hermano, hermana: la obra que Dios quiere es que proclames a Jesucristo. Esto es lo que hace feliz a Dios. Actos buenos se hacen en todas las religiones. Lo específico de la nuestra es Jesucristo. Amarle, identificarse con Él y proclamarle a Él: esta es la esencia del cristianismo. Dice Rom 10, 17: «La fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la Palabra de Cristo».

 

Si con tu música, con tu canto, anuncias a Jesucristo y proclamas que ha muerto y resucitado, y que en Él se encuentra la explicación y la plenitud del universo entero, das la mayor gloria posible a Dios. Exulta, pues, con Francisco de Asís: ¡El sentido de mi vida es cantarle y alabarle! Dios me ama a cambio de nada, me ama sin más; me amará siempre a pesar de los pesares. “Si somos infieles, Él permanece fiel porque negarse a sí mismo no puede” (2Tim 2, 13). Con mi oración, con mi canto, no podré pagar siquiera un gramo de su amor, porque hasta el canto que llamo mío es, en realidad, un regalo suyo: Dios mismo es quien canta en mí. Todo es don suyo, porque de Él, y por Él, y para Él… son todas las cosas.




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17.               En la Tierra como en el Cielo

“La Tierra no tiene ninguna tristeza que el Cielo no pueda curar”. Eso dice Santo Tomás Moro. En la eternidad, al final de la historia de la Humanidad, el canto permanecerá como una de las ocupaciones de los huéspedes del cielo. Así lo describe Ap 5, 9-10. Los 24 ancianos cantan un canto nuevo en honor del Cordero: “Tú eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos”. Más adelante, nos cuenta como los 144.000 redimidos adoran a Dios por medio del canto: “La victoria es de nuestro Dios que está sentado en el trono y del Cordero”. Y todos los ángeles adoran a Dios cantando: “La alabanza, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fuerza son de nuestro Dios” (Ap 7, 10-12). En Ap 15, 2-3 se nos relata cómo los que habían vencido a la bestia estaban en pie sobre el mar de cristal con las arpas de Dios y cantaban el cántico de Moisés y el cántico del Cordero.

 

Nosotros cantamos aquí en la Tierra: cantamos en la liturgia, en la oración comunitaria, en nuestra oración personal. El canto es oración, es un medio de comunicación entre Dios y nosotros… ¡Miremos al canto del Cielo para que nuestro canto sea un canto mucho más grande, mucho más profundo, tenga un valor mucho mayor! Os invito a que siempre cantemos “desde” el Cielo; que nuestra mente se ponga allí, en la asamblea de los santos. No importa dónde cante, para quién cante, con quién cante; no importa que las cosas salgan mejor o peor… Nuestro canto, unido al canto del Cielo, es siempre un canto de victoria: unirme en espíritu al canto de victoria que entonan en el Cielo, con júbilo eterno, los ángeles y los santos mientras contemplan a Dios cara a cara. Porque el canto que cantamos aquí es solo un anticipo de lo que va a ser nuestra ocupación definitiva; por lo tanto, prefiguremos aquí lo que haremos allí por toda la eternidad: cantar a Dios.

 

Santa Faustina Kowalska nos dice: “Hoy fui al Cielo en el espíritu y vi cómo las criaturas dan sin cesar alabanza y gloria a Dios. Vi cuán grande es la felicidad en Dios que funde a todas las criaturas, haciéndolas felices… Y, así, toda la gloria y alabanza que brota de su felicidad vuelven a la fuente, entran en las profundidades de Dios contemplando la vida interior de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo a quien nunca podrán comprender o abarcar. Esta fuente de la felicidad es inmutable en su esencia, pero siempre es nueva brotando felicidad para todas sus criaturas.”

 

“Qué cosa más dulce y sencilla: estar allí para siempre cantando con los ángeles y los santos: Santo, Santo, Santo” (San Felipe Neri). Porque la predicación y la evangelización cesarán… pero la música, la adoración a Dios, ¡continuará!



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18.             Música y profecía

   ¿Será mucho decir que un músico o cantante cristiano ha de ser un profeta? Creo que a buena parte de los hermanos y hermanas que he conocido sirviendo a la Iglesia a través de la música y el canto -quizás a buena parte de los que estáis escuchando esto ahora- os parezca exagerado decir que un cantante, que un músico cristiano, ha de ser un profeta. Pero si lo vemos desde una perspectiva bíblica, si vemos esto a la luz de la Palabra de Dios, podemos contemplar cómo el Señor obra a través de la música y la usa como un medio poderoso para producir aquellas obras que Él desea. La música puede ser profecía… Yo diría más: la música, hoy, ¡debe ser profecía! Estoy convencido de que Dios quiere llevar el servicio de la música y el canto allí donde Él pueda hacer con este servicio obras poderosas en el Espíritu. Obras que nosotros no podemos realizar por nuestras propias fuerzas, ni con muchos estudios, ni con la máxima capacitación. ¡Solo Dios puede hacer estas obras! Porque Dios no ha creado la música simplemente para entretener a la gente, sino con propósitos mucho más poderosos.

Con frecuencia veo muy buenas interpretaciones vocales e instrumentales por parte de coros, salmistas, cantantes y músicos cristianos. Es posible que en una buena parte de ellos únicamente haya -en el mejor de los casos- una intención que podríamos llamar estética. No está mal para empezar; pero la pregunta es: ¿Hay frutos espirituales? ¿Es una música que edifica, que construye el Cuerpo de Cristo? Lo que constato a menudo -y he de decirlo honestamente y con pena-, es el florecimiento de eso que Pablo llama “frutos de la carne”, “obras de la carne”. En Gál 5, 20 enumera algunas de ellas: «Enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades y cosas por el estilo». A menudo, esto florece en medio de la música cristiana.

La música es profética cuando lleva Palabra de Dios, cuando habla de parte de Dios sobre lo que Él desea decirle a su Iglesia. En 2Re 3, 15-16 se cuenta cómo el profeta Eliseo, antes de profetizar, dice: «Traedme ahora un músico. Mientras el músico tañía, la mano del Señor vino sobre Eliseo, que profetizó». Vemos aquí cómo la música es un elemento que libera la Palabra de Dios y, por otro lado, abre el corazón de quien escucha esa Palabra. Por lo tanto, hemos de ser cada vez más sensibles a este poder que hay en la música cuando es una música ungida por el Espíritu Santo. Hemos de mantenernos atentos y sensibles a esto para no estropear la acción de Dios a través de Su música.

 

En Dt 31, 19 dice el Señor a Moisés: «Y ahora, escribid este cántico, enseñádselo a los hijos de Israel, haced que lo reciten, para que este cántico sea mi testigo contra los hijos de Israel». En el versículo 22 añade: «Aquel día Moisés escribió este cántico y lo enseñó a los hijos de Israel». O sea, que Dios dictó el canto y Moisés enseñó el canto que Dios le había dictado. ¡Dios sigue actuando así! Dios sigue utilizando la música para hablarle al corazón a su pueblo. Y Dios sigue teniendo músicos fieles, que utiliza como profetas para hablar a su pueblo; igual que utilizó a Moisés, como utilizó a Eliseo… Una música poderosa, llena del Espíritu Santo, que proclama la Palabra de Dios, que establece la verdad.

Busquemos que nuestra música esté en la presencia del Dios Todopoderoso. Es responsabilidad nuestra. Para ello, ha de ser nuestra prioridad acercarnos más a Él, estar delante de Él mucho tiempo; como David, que es un modelo para el músico cristiano, un hombre que conocía el corazón de Dios. Nosotros también hemos de desarrollar esta profunda relación con Él, hemos de dejar que el Espíritu Santo nos hable. Dios nos ha creado para que tengamos una profunda comunión con Él. Por eso, los dones que Él nos ha dado (la música y el canto) tienen una sola finalidad: su gloria. ¡La gloria de Dios! Solo si nuestro servicio está realmente consagrado al Señor, -y para eso nosotros tenemos que estar consagrados al Señor- solo así seremos instrumentos de bendición. Y el Señor nos ha colocado en un lugar importante, para construir o para destruir. Dice Sof 3, 17: «El Señor tu Dios está en medio de ti, valiente y salvador, se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo». Aceptemos este reto: comprometámonos a utilizar nuestra música, nuestros dones que son suyos, nuestra música –que, en realidad, es suya-, al servicio del Evangelio, para traer la libertad a los oprimidos, la vista a los ciegos, la vida a los muertos.

 

Señor, Dios todo poderoso, que has creado el Cielo y la Tierra, y el mar y todo cuanto en ellos hay: ¡alabanza, honor y gloria a tu Nombre por los siglos! En Ti residen para siempre, la verdad, la santidad, la gracia y la belleza, el esplendor y la majestad, la fuerza y la magnificencia. En tu Templo todo proclama: ¡Gloria!

has hecho todas las cosas bellas y ellas manifiestan el esplendor de tu grandeza; sus acentos armoniosos resuenan en todo el universo. A la voz de tu trueno, la Tierra se pone a temblar; pero cuando el viento murmura a través de las hojas, cuando el manantial balbucea, es como un reflejo de tu gracia, y cuando los pájaros hacen resonar sus cantos, tan variados y melodiosos, percibimos como un eco de la música de voz.

Tú has hecho nacer en nuestros corazones el deseo de celebrarte. Tú te complaces con nuestras alabanzas y aceptas nuestros cantos. Tú has creado la música como un medio privilegiado para expresar nuestros sentimientos. ¡Gracias por este regalo! Queremos utilizarlo para cantar tus alabanzas y para revelarte a los que viven sin esperanza. ¡Gracias por todos los salmos, los himnos y los cánticos compuestos por los que nos han precedido y por nuestros contemporáneos! ¡Gracias por los dones musicales que has dado a tu Iglesia! Concédenos, en tu amor, utilizarlos para tu Gloria.

Desde aquí abajo, Señor, queremos unir nuestras alabanzas a aquellas que hacen resonar el coro de miles de ángeles que te celebran en el Cielo, esperando el día glorioso en el que entonaremos un cántico nuevo, en compañía de los redimidos de todos los tiempos y lugares reunidos delante de Ti. ¡Amén!



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19.             ¡Halelu-Yah: alabad a Yahvé!

     Con la aclamación que llamamos el Aleluya se inicia el ritual de la proclamación del Evangelio en la Eucaristía. “Halelu-Yah” es una palabra hebrea que ha pasado sin traducir a todas las liturgias y significa “alabad a Yahvé”. Es una invitación a la alabanza y una expresión de júbilo. Con ella, la asamblea de los fieles recibe y saluda al Señor que va a hablarles; le glorifica y festeja en la Palabra que se dispone a escuchar, cuya acogida manifiesta de antemano con el saludo respetuoso y gozoso que dirige al Señor de esa Palabra, porque reconoce la presencia de Jesucristo en esa proclamación que va hacerse del Evangelio… Entonces, toda la asamblea se pone en pie y canta al Señor con esta aclamación de alegría y júbilo que es el Aleluya.

El Aleluya tiene un carácter marcadamente pascual, y está especialmente indicado para los domingos y festivos. Es la aclamación pascual por excelencia, la que oímos resonar con fuerza en la noche de Pascua, cuando el sacerdote, terminada la epístola, entona por tres veces Aleluya, elevando gradualmente la voz, y repitiéndolo a continuación la asamblea. Una vez entonado el Aleluya, ya no se volverá a omitir durante toda la cincuentena pascual y será uno de los distintivos de este tiempo litúrgico.

 

Vayámonos ahora al siglo IV y escuchemos a Agustín: “Alabemos al Señor, hermanos, con la vida y con la lengua, de corazón y de boca, con la voz y con las costumbres. Dios quiere que le cantemos el Aleluya de forma que no haya discordias en quien lo alaba. Comiencen, pues, por ir de acuerdo nuestra lengua y nuestra vida, nuestra boca y nuestra conciencia. Vayan de acuerdo, digo, las palabras y las costumbres, no sea que las buenas palabras, sean un testimonio contra las malas costumbres. ¡Oh feliz Aleluya del Cielo! Es suma la concordia de quienes lo alaban allí donde está asegurada la alegría de los cantantes, donde no existe la lucha promovida por la ambición que ponga en peligro la victoria de la caridad. Cantemos pues aquí, aún preocupados, el Aleluya, para poder cantarlo allí sin temor. Entonces se cumplirá lo que está escrito. Grito no ya de quien lucha, sino de quien ya ha triunfado. La muerte ha sido absorbida por la victoria… ¡entónese el Aleluya! ¿Dónde esta muerte tu aguijón?… ¡cántese el Aleluya! Cantemos el Aleluya aun aquí, en medio de peligros y tentaciones. Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas. Por tanto, cantemos también aquí el Aleluya. El hombre es todavía culpable, pero Dios es fiel”.

 

El Aleluya se canta en todos los tiempos litúrgicos, excepto en el tiempo de Cuaresma, en el que en lugar del Aleluya se canta el verso que presenta el leccionario antes del Evangelio y que llamamos tracto o aclamación. Al ser el Aleluya una aclamación jubilosa, su forma normal es el canto. El Aleluya debe ser cantado por toda la asamblea, no solo por el cantor o coro que lo empieza. No es una letra que se canta -una lectura cantada- como el Salmo Responsorial, sino una música con algo de letra -un canto aclamativo- en el que lo más importante es el hecho mismo del canto jubiloso. Por eso, al contrario del Salmo Responsorial que se canta o se recita, el Aleluya, si no se canta, puede omitirse; porque, si no se canta, pierde todo su sentido como aclamación. La función ministerial del Aleluya es acompañar la procesión del Evangeliario, por lo que -en cierto modo- es también un canto procesional. Existe procesión, movimiento procesional, desde que el diacono pide la bendición hasta que llega al ambón y proclama el Evangelio; pero no es esa su única función, la función de acompañar la procesión, porque no siempre hay procesión. El Aleluya (o, en el caso de Cuaresma, el canto del versículo antes del Evangelio) tiene


por sí mismo el valor de rito o acto. Tiene entidad propia, no es la conclusión de la segunda lectura, sino que inicia la proclamación del Evangelio y por eso la asamblea se pone de pie para cantarlo. Hay una práctica -una mala práctica cada vez más extendida- que es cantar en este momento cualquier canto que contenga la palabra “aleluya”. Y no es apropiado cualquier canto para este momento… Se trata de hacer la aclamación Aleluya, cantar el versículo, y volver hacer la aclamación Aleluya. Esta es la estructura que hay que seguir; no vale cualquier canto para este momento.

 

Dichoso Aleluya aquel, en paz y sin enemigo alguno. Allí no habrá enemigo ni perecerá el amigo. Se alaba a Dios allí y aquí; pero aquí lo alaban hombres llenos de preocupación, allí hombres con seguridad plena; aquí hombres que han de morir, allí hombres que vivirán por siempre; aquí en esperanza, allí en realidad; aquí de viaje, allí ya en la patria… Ahora, por tanto, hermanos míos, cantémoslo; pero como solaz en el trabajo, no como deleite en el descanso. Canta como suelen cantar los viandantes. Canta pero camina. Alivia con el canto tu trabajo. No ames la pereza. Canta y camina. ¿Qué significa camina? Avanza, avanza en el bien. Según el Apóstol, hay algunos que van a peor. Tú, avanza y camina; pero avanza en el bien, en la recta fe, en las buenas obras. Canta y camina: no te salgas del camino, no te vuelvas atrás, no te quedas parado. ¡Canta y camina!” (S. Agustín).


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20.           Valores humanos del canto y la música


Desde una perspectiva antropológica, buscando lo auténticamente humano, podemos decir que la música y el canto tienen una gran variedad y profundidad de valores específicamente humanos. El acto mismo de cantar es una experiencia universal común a todas las culturas, a todos los tiempos, a todas las civilizaciones... Y es una experiencia no solo individual; también una experiencia colectiva, comunitaria, social. Tiene valores reconocidos, aceptados por la generalidad de los humanos. Tiene propiedades concretas y funciones particulares. Por eso podemos decir que el canto y la música tienen valor por sí mismos; valor como algo estético, como algo artístico, como algo necesario y fundamental en la condición humana por encima de la utilidad y de otros aspectos pragmáticos ante todo.

Cantar, tocar... es un ejercicio que resulta altamente agradable y gratificante para la persona humana. Y, además, tiene el poder, la capacidad de conmover las zonas más íntimas de nuestro psiquismo. Cuando canta, es toda la persona quien lo hace. No es solamente su parte biológica; es toda la persona a la que canta. El canto y la música expresan ideas, sentimientos, actitudes, emociones, deseos interiores... Por lo tanto, son un lenguaje universal como el gesto, el movimiento, la danza.

 

La música y el canto son una expresión privilegiada de la alegría y del amor, pero también tienen una capacidad muy profunda para manifestar el dolor, la tristeza; para manifestar la aprobación y la desaprobación, la protesta y el triunfo. Toda la gama de sentimientos, emociones, incluso actitudes humanas, pueden ser expresadas a través de la música y el canto. Y por su valor expresivo, la música y el canto llegan donde las simples palabras no llegan.

Además, la música y el canto sirven para encarnar, para alimentar, para sustentar actitudes interiores. Podríamos decir que refuerzan y alargan la eficacia de la sola palabra con sus armónicos, con sus modulaciones, con sus diferentes tempos...

 

Es una maravilla todo esto. Es una maravilla la condición humana. Es una maravilla profundizar en cada uno de los resortes, en cada una de las capacidades que Dios ha puesto en lo profundo de la condición humana. Hay un texto de San Juan Pablo II que escribió con motivo del Año Europeo de la Música 1985, un texto muy inspirador al respecto de todo esto de lo que estamos hablando. Dice así: «Tanto si exalta la palabra del hombre, como si da forma melódica a la Palabra que Dios ha revelado a los hombres, como si se difunde sin palabras, la música es la voz del corazón. Suscita ideales de belleza, la aspiración a una perfecta armonía no turbada por las pasiones humanas y el sueño de una comunión universal. Por su trascendencia, la música es también expresión de libertad. Escapa a todo poder y puede convertirse en un refugio de extrema independencia del espíritu, donde ella canta mientras todo parece envilecer o coaccionar al hombre. Por tanto, la música tiene en sí misma valores esenciales que interesan y afectan a todo hombre. Por eso, también las obras maestras que la música ha producido en todo tiempo y lugar son un tesoro de toda la humanidad, expresión de los comunes sentimientos humanos, y no pueden reducirse a propiedad exclusiva de un individuo o de una nación».

 

El canto tiene una cualidad especial para significar y acrecentar la comunión entre los seres humanos. Cantar en común une, da cohesión a los miembros del grupo. Y evoca las raíces, las raíces entrañables, las raíces profundas. Cantar en común crea una atmósfera de sintonía, de concordia, de unidad de corazones. Ayuda a salir de uno mismo, superando perspectivas individualistas, egocéntricas, y nos incorpora una perspectiva comunitaria, nos abre a la comunión. Los cantos, en cualquier manifestación humana, son signo de solidaridad, de confraternización por encima de edades, razas, fronteras y culturas.

El canto y la música son también como el símbolo por antonomasia de la fiesta, su elemento más expresivo; se diría que sin música no hay fiesta. El canto y la música ayudan a traspasar la frontera de lo trivial, de lo vulgar, de lo anodino y nos ponen en la longitud de onda de lo trascendente, de lo extraordinario.

 

Dando un curso, no hace mucho, a maestros de Educación Primaria, les preguntaba: ¿Que valores humanos creéis que desarrolla la música? Y estos son los 12 valores sobre los que había consenso entre todos los participantes, maestros en activo:

  1. 1.    Capacidad de esfuerzo.
  2. 2.    Concentración.
  3. 3.    Perseverancia.
  4. 4.    Paciencia.
  5. 5.    Trabajo en equipo.
  6. 6.    Trabajo individual.
  7. 7.    Sacrificio.
  8. 8.    Desarrollo de capacidades motrices, cognitivas y sensitivas.
  9. 9.    Visión micro y macroscópica de los diversos elementos de la vida.
  10. 10. Percepción de los grados que hay en una gama decimoprimero.
  11. 11. Respeto sin complejos por las jerarquías establecidas con un objetivo.
  12. 12. Asunción de la importancia de cada uno dentro de un engranaje de un conjunto.

Podemos decir que los beneficios del canto y de la música son innumerables: mejoran la atención y el aprendizaje, incrementan la capacidad para memorizar, mejoran la coordinación, alivian el estrés, facilitan la conciliación del sueño, elevan el ánimo.

 

A través de la música y del canto, se desarrolla la inteligencia emocional, se fomenta la sociabilidad, la tolerancia y la empatía. Aristóteles atribuye a la música un papel determinante en la formación del carácter de una persona. Decía él, que puede fortalecer o debilitar su voluntad, estimular y condicionar sus acciones o conductas.

 

La música y el canto son un gran regalo de Dios para hombres y mujeres de todo tiempo, edad y condición, diseñado y creado por Él antes de crearnos a nosotros. La música está patente en la dinámica misma de su creación, a través de una enorme multitud de sonidos, tanto en el mundo orgánico como en el orgánico. Parece como si fuese la obertura de aquella maravillosa sinfonía que había de venir después: la creación de la persona humana.



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21. La invitación a cantar en el Nuevo Testamento

 

Los libros del Nuevo Testamento nacen en el seno de la primera comunidad cristiana y atestiguan la importancia que tenía, ya desde el principio, el canto y la música.

¿Cómo no iban a cantar los primeros cristianos? ¿Cómo no vamos a cantar nosotros en la Iglesia, si Cristo -el que San Agustín llama «admirable cantor de los salmos»- nos ha dado ejemplo con toda su vida? Especialmente en el Evangelio de Lucas, vemos en los relatos de la infancia de Jesús los cánticos evangélicos por excelencia: el Magníficat, el Benedictus y el Nunc Dimittis. El nacimiento de Jesús lo anuncia el ángel a los pastores como una gran noticia. Una gran alegría para todo el pueblo. Y ahí se inicia el cántico más impresionante quizá de los himnos antiguos del cristianismo: el Gloria in Excelsis Deo, este cántico que sirvió de oración matinal en la Iglesia de Oriente y que llega más tarde a formar parte de la celebración universal de la Eucaristía: «Al instante se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor».

 Las oraciones de Jesús en casa y en la sinagoga de Nazaret fueron sin duda, los salmos de Israel, que después se repetirá. Respiraba con ellos cada vez que predicaba, que anunciaba la Buena Noticia del Reino. Al subir al templo, con doce años, cantaría los salmos de subida a Jerusalén. Las Bienaventuranzas, el Padrenuestro... todo está transido de esta experiencia de Jesús como cantor de salmos.

 Jesús alude al canto y a la danza con cierta ironía cuando mira a los niños en la plaza y pronuncia esas palabras: «Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado; hemos entonado endechas y no habéis llorado». También recordamos esa escena evangélica en la que Jesús manda a retirar a los flautistas y a las plañideras cuando va a resucitar a aquella niña. En la parábola del Padre Misericordioso, Jesús vuelve a colocar el canto como inseparable de la fiesta: «El hijo mayor se hallaba en el campo y cuando dé vuelta se acercaba a la casa, oyó la música y los cantos». A la entrada de Jesús en Jerusalén se produce esa aclamación de la muchedumbre: «Hosanna, bendito el que viene en nombre del señor el rey de Israel»; aclamación que sigue resonando en nuestras eucaristías.

 Por supuesto que Jesús cantó los salmos del Hallel, según la costumbre de los hebreos, así como la bendición y acción de gracias de la cena pascual, en cuyo ambiente se instituyó nuestra eucaristía. Por eso, la Plegaria Eucarística, cumbre de la celebración de la misa, es normalmente cantada en las liturgias orientales. Basta leer atentamente el canon para advertir su carácter lírico ya desde el inicio en el prefacio...

 El canto desde Jesús está injertado en el corazón mismo de la Iglesia. Cuando Pablo exhorta a las comunidades cristianas a expresar con el canto la plenitud del Espíritu, la plenitud de la Palabra, lo que hace es reflejar lo que ya se vivía en la primitiva Iglesia: «La Palabra de Cristo habite entre vosotros con toda su riqueza. Enseñaos y amonestaos con toda sabiduría. Cantad agradecidos a Dios en vuestros corazones con salmos, himnos y cánticos inspirados. Salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre en nombre de nuestro Señor Jesucristo». Y aquella maravillosa escena de los Hechos de los Apóstoles, cuando Pablo y Silas, presos en Filipos, hacia la medianoche, estaban en oración cantando himnos a Dios... Pablo, cuando habla de los carismas, exhorta a que el canto sea expresión lúcida y consciente, unida a las demás expresiones de la comunidad. Dice: «Cantaré salmos con el espíritu, pero también los cantaré con la mente». Junto a los salmos aparecen

nuevas creaciones propiamente cristianas, que podemos encontrar en diversos lugares del Nuevo Testamento podemos encontrar... La primera carta de Pedro nos transmite cuatro himnos bautismales, y de la abundancia de estos himnos que brotaron en la Iglesia primitiva quedan muchas huellas en las cartas de San Pablo.

 Entre todos los libros del Nuevo Testamento, en cuanto al canto y la música, el Apocalipsis tiene un lugar único. Nos presenta el canto y la liturgia del Cielo; el canto centrado en la alabanza. Los himnos y las aclamaciones como la esencia del culto que se tributará en el Cielo. Muchos de estos fragmentos del Apocalipsis se han integrado en la Liturgia de las Horas.

El Santo, cantado por los cuatro vivientes, responde al himno de adoración y alabanza de los 24 ancianos que arrojan sus coronas delante del trono de Dios: «Eres digno, señor Dios nuestro de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo porque por tu voluntad lo que no existía fue creado».

La visión del Cordero y la apertura del Libro de los 7 sellos culminan el cántico nuevo, entonado por los cuatro vivientes y los 24 ancianos, los ángeles y la creación entera:

«Eres digno, Señor Dios nuestro, de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación, y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra. Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, las riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza».

Una muchedumbre inmensa, de toda raza y lengua, vestidos de blanco y con palmas en la mano, cantan ante el trono de Dios y del Cordero. Los ángeles responden con un himno de adoración y alabanza: «La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos».

El número simbólico de los 144.000 reunidos con el Cordero sobre el Monte Sión como templo, cantan el cántico nuevo acompañándose de sus cítaras. Es lo que se anunciaba en el capítulo 5: el nuevo pueblo sacerdotal, con su cabeza Cristo, en la alabanza final por toda la eternidad. Los vencedores cantan el cántico de Moisés y el del Cordero sobre el mar de cristal (que alude al Mar Rojo): «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente».

Y, al fin, se canta el Aleluya, cántico nupcial que celebra las bodas del Cordero:

«¡Aleluya, la salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios, Aleluya, llegó la boda del Cordero, su esposa se ha embellecido, Aleluya!

 En todos estos himnos y escritos escatológicos resuena el cántico nuevo como anuncio y anticipo de la victoria definitiva de Dios de la salvación de su pueblo. Cántico nuevo el que se crea, se compone, se estrena para proclamar la victoria de Dios. En el Apocalipsis, el cántico nuevo es la realización de este anuncio: «He aquí que yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5).

El cántico nuevo -dice San Agustín- se une al hombre nuevo, al mandamiento nuevo, a la alianza nueva, al nuevo universo, al mundo nuevo. Los Santos Padres ven en el cántico nuevo el símbolo del hombre nuevo regenerado por Cristo. El canto que solo puede ser cantado por aquel que ama. El canto del peregrino hacia la Patria.

 

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22. María, música de Dios

 

"¡Proclama mi alma la grandeza de Dios, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador!" (Lc 1. 46-47)

 María es música de Dios. Es la música de Dios por excelencia. Nadie ha cantado ni cantará nunca la Gloria de Dios como ella. En María se han derramado en plenitud todos los dones para la oración, la alabanza y la adoración.

 Nuestra Madre es, además, la compositora del mejor himno del mundo: El Magnificat. Según las costumbres del pueblo hebreo, un poema así debía cantarse. María canta, con palabras bíblicas, su agradecimiento gozoso a Dios al visitar a su pariente Isabel. Dice Juan Pablo II en su Encíclica "Redemptoris Mater": "El canto del Magnificat expresa la experiencia personal de María. En él resplandece el misterio de Dios, la gloria de su inefable santidad".

 Las raíces del canto de María están en el cántico de Ana (1Sam 2, 1-10) y en multitud de salmos:

 · Mi alma se alegrará en Yahvéh y se gozará en su salvación... que libra al desvalido del poderoso, al pobre y al afligido del que lo despoja: 35, 9.

· Magnifica conmigo a Yahvéh, ensalcemos a una su nombre: 34, 4.

· Vuelva su rostro a la oración del despojado, y no rechace su plegaria. Se escribirá todo esto para la edad venidera, y un pueblo nuevo a Dios alabará: que Yahvéh se inclinó desde lo alto de su Santuario, desde los cielos a la tierra miró para oír el gemido de los cautivos: 102, 18-20.

· Yahvéh atiende al humilde: 138, 6.

· Bendice, alma mía, a Yahvéh. Eterno es su amor para los que le temen: 103,1.17

· Alabad a Yahvéh, que es bueno , cantadle a nuestro Dios, que dulce su alabanza. Yahvéh levanta a los humildes y humilla a los impíos: 147.

· Los ricos quedan pobres y con hambre, mas quienes buscan a Yahvéh de ningún bien carecen: 34.

· Cantad a Yahvéh un cantar nuevo, porque ha hecho maravillas; la victoria se la ha dado su diestra y su santo brazo. Yahvéh ha hecho brillar su salvación- a la vista de las gentes ha revelado su justicia. Recordando su amor y su fidelidad para con la casa de Israel. Todos los confines de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios: 98.

 Hay también reminiscencias en otros salmos y libros sagrados (Is 61; Hab 3, 18; 1Sam 1-11; Mal 3, 12; Jos 8, 29; Job 22, 9; Sal 71, 19; 111 ,9; 118, 15-16; 89, 11; 107, 9 ; 18, 51).

 Un canto compuesto enteramente de textos bíblicos, porque María guardaba la Palabra de Dios en su corazón y vivía todo lo que proclamaba. Por eso el Magnificat es un canto ungido. Nace de la Palabra que se hace vida justo allí donde actúa el Espíritu Santo: en el interior de María.

 Para un ministerio de música, María es modelo a seguir. En nuestro servicio musical María nos enseña a actuar con valentía, en humildad y en unidad. Hemos de actuar con la valentía de María para proclamar la grandeza y la santidad de nuestro Dios; pero en nuestra entrega y nuestra pasión por el Señor y sus cosas, debemos mantenernos en humildad. Sentirnos como lo que somos: un vaso de barro lleno de sus tesoros (2Cor 4, 7). María nos muestra en qué debemos convertirnos cada uno de nosotros si queremos trabajar para el Reino desde la música: una humilde esclava, un humilde esclavo. Sólo desde nuestra conciencia de "incapacidad" , de nuestra "pobreza radical" -como María- podemos vivir, actuar, cantar en unidad. Dios es el único artista. Y Él recibirá mayor gloria cuanto más frágil es la materia con la que hace su obra de arte. De este modo, como en María, nuestra pequeñez engrandece la obra de Dios. Porque el Señor ha elegido lo débil del mundo, lo imperfecto, lo que no cuenta (1Cor 1, 27-31). Ha elegido a María. Nos ha elegido a nosotros.

 Por otro lado, cada vez que un ministerio de música se reúne, actúa y sirve en el nombre de Jesús, allí esta María. Para defendernos del enemigo. Para mantenernos en humildad, entrega y unidad. Para hacernos dóciles, como ella, al soplo del Espíritu. Es Ella, nuestra Madre, la Madre de Dios, quien nos sostiene e intercede. Y consigue lo imposible: transformar el agua (simples notas y palabras) en vino (mensajes de santidad y bendición).

 El mismo Dios que miró y escogió a María, te ha mirado a ti. Su fuerza se mostrará en tu impotencia (2Cor 12, 9). El quiere que seas, como María, música de Dios. Dile, como ella : ¡Heme aquí, Señor! ¡Hágase vida en tu canto nuevo! Entonces iré, y cantaré y tocaré tu Gloria a las naciones.

 

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23. Un coro al servicio de la Asamblea


Es bueno que una Comunidad cuente con un coro: un equipo de personas que, con sus voces e instrumentos, acompañan a la Asamblea en su oración hecha música. El coro ayuda a que el canto y la música tengan en la celebración de esa Comunidad el valor que le corresponde.

 Nuestro hermano Guillermo Rosas, en su formación a coros, habla de 3 cualidades: calidad, pertinencia y belleza de la música y el canto litúrgico. Calidad -dice él- es no contentarse con el mínimo; aspirar a un canto que sea lo mejor. Pertinencia -señala- es buscar el canto apropiado, el mejor canto para cada Asamblea, para cada ocasión, para cada momento de la liturgia. Y, en tercer lugar, belleza. Dice Guillermo: no acostumbrarnos a lo feo, a lo superficial; aspirar a un canto litúrgico que nos lleve a alabar a Dios, que es belleza suma, por medio de creaciones humanas hermosas.

 Señalaremos, en esta misma línea, varios criterios para que un coro sirva verdaderamente a su misión, esto es, servir a la Asamblea, ser puente entre Dios y su pueblo:

 1) Servir, no suplantar el canto de la Asamblea. En la liturgia, el sujeto que canta es la Asamblea entera. El coro tiene la función de acompañar, conducir y realizar el canto de todos. Y tiene que evitar transformarse en el centro de atención. No puede ser un coro espectáculo. Es verdad que puede haber algún momento en el que el coro -o un miembro del coro- intérprete en solitario un canto; pero, en general, el coro lo que hace es servir, guiar el canto de la Asamblea. En este sentido, es muy útil que alguien dirija el canto del coro y de la Asamblea.

 2) Cuidar el repertorio y la lección de los cantos. En cada celebración, el canto tiene un sentido y un lugar. No se puede cantar cualquier canto en cualquier momento -por ejemplo- de la Misa; ni cualquier canto en cualquier tiempo del año, pues la liturgia pasa por momentos muy diversos y característicos propios a lo largo del Año Litúrgico; ni tampoco en cualquier asamblea, porque cada comunidad tiene su edad, su cultura, su sensibilidad musical, sus características propias.

 3) Elegir y preparar los cantos anticipadamente. Debemos prepararnos y preparar cada celebración. Tener en cuenta el sentido propio de cada parte de la celebración para elegir el canto correspondiente. Y, también, considerar las preferencias y características de la Asamblea, no solo y no primordialmente el gusto de los miembros del coro.

 4) Formarse en liturgia y conocer el año litúrgico. Para los miembros de un coro es importante tener nociones básicas de liturgia, ya que su servicio se realiza precisamente en este ámbito de la vida de la Iglesia. Conocer por tanto, la liturgia de la eucaristía, del bautismo, del matrimonio, de las exequias, etc. Especialmente para quienes escogen los cantos, es importante conocer el sentido de los diversos tiempos del año Litúrgico de la Iglesia. Conforme a eso, a este criterio, han de elegir los cantos más adecuados a cada momento.

 5) Formarse en música y en repertorios de canto litúrgico. La formación permanente es muy importante. Es bueno que haya algún miembro del coro que tenga unos ciertos conocimientos de teoría musical y también estar atento a todo lo que va apareciendo nuevo para que haya un equilibrio entre lo de siempre y lo nuevo. Todo, con una función: activar a la Asamblea, conseguir que la Asamblea cante.

 6) Enseñar cantos nuevos... y también crearlos, si hay alguien con ese don. Todos los coros deberían, de una manera regular, enseñar nuevos cantos. Eso significa enseñarlos de manera explícita; no esperar solo que la Asamblea los aprenda a base de repetirlos. De esta manera se aprenden, a veces, mal y muy lentamente. en el coro hay personas que tengan el don de crear música, es bueno que este talento enriquezca también a su propia Comunidad. Es interesante y conveniente ensayar los cantos, preparar los cantos con la Asamblea.

 7) Estar atentos a la duración de los cantos. Hay acciones litúrgicas, por ejemplo en la Misa, que van acompañadas de un canto. El canto debe durar solo el tiempo que dure esa acción. La que manda es la acción, no el canto. Por lo tanto, no se puede prolongar un canto, prolongar sus estrofas, acabar el canto... más allá de cuando acabe la acción litúrgica. Por ejemplo, el canto de entrada (que acompaña la procesión hasta que el sacerdote besa el altar), el canto de presentación de las ofrendas, el cordero de Dios... Debemos de ser especialmente cuidadosos en todo esto. Los cantos de Comunión son para esa acción y han de acompañar el tiempo en el que la Asamblea comulga. Por lo tanto, unidad entre el canto y la acción litúrgica.

 8) Equilibrar la repetición y el cambio. Hay coros que repiten siempre unos poquitos cantos; otros, cada domingo estrenan cantos nuevos. Pues ni lo uno ni lo otro. No importa repetir el mismo canto varias veces o cantarlo con cierta frecuencia, pero también hay que mantener la enseñanza de cantos nuevos, enriqueciendo poco a poco el repertorio. A veces, por la inercia de no repetir, podemos cantar cantos inadecuados y, en el mejor de los casos, cantos desconocidos que hacen que la Asamblea no pueda unirse al canto. Equilibrio, por lo tanto, entre conservar e innovar.

 9) Enriquecer el canto con diversos recursos. Ayuda mucho a la Asamblea el uso de diversas alternancias en el canto, como, por ejemplo: coro/Asamblea, solista/Asamblea, varones/mujeres, una mitad de la Asamblea/otra mitad. Lo mismo con el uso de los instrumentos: no usar siempre, en todos los cantos, todos los instrumentos. En esto, también es bueno variar, ser sensibles a cada tiempo litúrgico, equilibrar.

 10) Hacerlo todo para gloria de Dios. Es el último criterio, el más importante. La gloria de Dios es la comunión, la unidad de la Asamblea. El coro, en su misión de servicio, debe dar frutos espirituales, frutos de comunión. Este será el termómetro, el signo, la verificación de que su servicio es agradable a Dios. Si ayuda a la gloria de Dios y a la santificación de los hombres, si da frutos carnales o da frutos espirituales... Ahí veremos realmente por dónde va el coro. Si la actuación del coro, su servicio, lo que provoca es envidias, divisiones, rivalidades, celos... o provoca amor, paz, alegría, esperanza, comunion. El criterio final es el amor. He aquí la gloria de Dios.

 

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24. Sin sed no podemos cantar a Dios

 

«De noche, iremos de noche, que, para encontrar la fuente, solo la sed nos alumbra».

¡Cuántas veces hemos cantado en oración comunitaria así, con estos versos de Luis Rosales, de su Retablo de Navidad. Pues vamos a ahondar en ello...

 «Cristo, en el último día de las fiestas de los tabernáculos, dijo a voz en grito: quien tenga sed que venga a y beba» (Jn 7, 37). Los tabernáculos son las cabañas del desierto que el pueblo de Israel construía en su peregrinar. Y... ¿cuántas cabañas hemos construido en nuestro transitar de nómadas, en los desiertos de nuestra vida? Hoy, a través de esta Palabra, me vienen al recuerdo mis desiertos, mis tiendas temporales en las qe me refugiaba... Desiertos donde era azotado por distintos vientos... Desiertos en los que sufría el asfixiante calor del día y el frío helador de la soledad nocturna.

 Hoy Cristo nos habla a los que hemos estado en el desierto. A los que estáis en el desierto en vuestras cabañas. Y nos dice: «El que tenga sed que venga a Mí y beba». Buscamos, siempre estamos buscando; anhelamos, siempre hay anhelo de algo diferente, de algo más... Necesitamos. Somos personas necesitadas, aunque tengamos muchos bienes materiales y mucha compañía humana, familiar.

Y Jesús nos dice que nuestra sed les de Él. No de otras cosas, ni siquiera de otras personas. Ir a beber de Cristo es ir a su casa, su templo, su cuerpo, sus llagas. Esto nos puede resultar un lenguaje distante, que no nos aclara cómo encontrar lo que estamos buscando. ¿Cómo alcanzar lo que anhelamos cuando ni siquiera sabemos ponerle palabras? ¿Cómo experimentar el amor, ese amor más grande que seguimos necesitando?

 Aunque tengamos en nuestra vida muchas personas que nos amen, nos vaya bien o mal en la vida, tengamos bienestar o dificultades, dolor, calma, sufrimiento, alegría... o todo a la vez, el profeta Isaías nos anticipa: «Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación». ¿Y qué fuentes de la salvación? ¿Hay salvación? Y Cristo nos resuelve las dudas y nos dice: «El que tenga sed que venga a y beba». Estoy aquí, en tu vida, en tu casa, en tu soledad.

Jesús ha entrado en mi vida, en mi casa, en mi soledad. Y me mostrado que sus palabras tienen poder. Y desde entonces que su muerte, sus llagas, su sufrimiento en la Cruz han traído a todo hombre la salvación completa. Ya no hay muerte que pueda con nosotros. Mis búsquedas equivocadas, mis tristezas y soledades, mis odios y frustraciones... ya no tienen poder sobre mí. Jesús entregó su vida por mí.

 Y yo ahora puedo encontrar en el la fuente de una vida que me lleva a otros lugares, a otra forma de afrontar mi vida, porque que estoy salvado. La fuente de la salvación la encuentro en la Eucaristía, en la oración, donde Jesús sigue revelándome su Palabra con poder y va respondiendo poco a poco a mis anhelos, a mis insatisfacciones.

Yo sé que la fuente es Él. Créelo y haz la prueba. Lee el Evangelios cada día: «El que tenga sed que venga a Mí y beba». Invoca al Espíritu Santo, Espíritu de la Verdad, que irá iluminando todo lo que está oscuro en tu vida. Vive sabiendo que Él te ha salvado, que todo lo puedes poner a tu lado. Cristo resucitado nos muestran las fuentes de la salvación. Sus llagas, sus llagas abiertas. Ellas son testimonio perenne de lo que sucedió y de lo que supune para nuestras vidas.

 Hoy quiero darle gracias al Señor porque tuve y tengo sed. Bebí... y necesito seguir bebiendo de sus fuentes. Necesito de su agua, de su Espíritu. Necesito seguir en las fuentes de la salvación. Necesito seguir recordando mis tabernáculos, cabañas en las que fui descansando en mi caminar por mis desiertos, para darle las gracias a Él que me sacó de esas cabañas y me metió en su templo, en su vida.

 Hoy vivo en Él, con Él y para Él. Y mi ser bebe en sus fuentes. Esté donde esté, tengo el manantial inagotable de su corazón. Y hoy, el recuerdo de aquellas cabañas en el desierto, es para un canto de alegría y de júbilo. Porque escuché el grito de Jesús: «El que tenga sed que venga a y beba». Y puedo decir: Tuve sed y bebí. Tengo sed y sigo bebiendo. Y las aguas de la fuente no se agotan. Vivo de su agua viva. Y en mi corazón hay júbilo y en mi boca un canto: ¡Sacaré aguas con gozo de las fuentes de la salvación!

 

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25. Cantar en espíritu y verdad

 

Nos dice San Agustín: «Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar». En nuestras asambleas cristianas, el canto -tan lleno de riqueza- no tendría valor y consistencia si no estuviese animado por un canto interior. Un cántico del corazón. El canto exterior es expresión de este canto interior, esa es la fuente verdadera de nuestro canto. El culto agradable a Dios brota del corazón: el canto en espíritu y verdad, que enlaza la oración con la vida. Nuestra música, nuestro canto, es para expresar el Amor -el Amor con mayúsculas- y expresarlo con todo el corazón y con toda el alma.

 Además del canto que expresan nuestros labios, existe este cántico interior que resuena en lo profundo del corazón del hombre. San Juan Crisóstomo escribe: «Sin voz también es posible cantar. Con tal de que resuene interiormente el Espíritu. Pues cantamos no para los hombres, sino para Dios, que puede escuchar nuestros corazones y penetrar en la intimidad de nuestra alma. Este cántico interior no está en oposición con el canto vocal; al contrario, es el alma, el verdadero contenido de este».

 En palabras de Agustín: «Alabemos al Señor nuestro Dios no solamente con la voz, sino también con el corazón. La voz que va dirigida a los hombres es el sonido. La voz para Dios es el afecto. En la liturgia, el canto exterior calla a menudo para la proclamación de la Palabra, para las oraciones, para el silencio sagrado... pero el cántico interior no debe cesar nunca. Si nos fijamos en el salmo responsorial, vemos como el salmista nos pone la Palabra de Dios en los oídos y en los labios. La escuchamos y participamos. Respondemos con la antífona. Mientras el oído escucha al salmista, nuestro corazón ha de cantar internamente, ha de continuar este canto interior. La terminación de la asamblea litúrgica y de sus cantos no debe hacer callar este cántico interior. Porque no basta cantar las alabanzas a Dios; hace falta la vida, alabar a Dios con nuestra vida».

 Por eso hemos de ser vosotros mismos el canto que cantamos, hemos de alabar con todo lo que somos. Dice Agustín: «Que no solo alabe a Dios vuestra lengua y vuestra voz, sino también vuestra conciencia, vuestra vida, vuestras obras. Por tanto, hermanos, no os preocupéis simplemente de la voz cuando alabáis a Dios. Alabadle totalmente: que cante la voz, que cante la vida, que canten las obras. Los que alabáis, vivid bien. Él se fija más en tu vida que en el sonido de tu voz».

 El canto de la vida ha de unirse, pues, al canto de los labios, para que, de ese modo, sea la alabanza de toda la persona y para que podamos experimentar, en primera persona, aquello que estamos diciendo en el canto. De nuevo nos enseña Agustín: «No podéis experimentar qué verdadero es lo que cantáis si no empezáis a obrar lo qué cantáis. Empezad a obrar y veréis lo que estoy diciendo. Entonces fluyen las lágrimas a cada palabra. Entonces se canta el salmo y el corazón hace lo que canta el salmo. Porque los oídos de Dios atienden al corazón del hombre. Muchos son atendidos estando sus bocas en silencio. Y otros muchos no son escuchados a pesar de sus grandes clamores».

 La Palabra de Dios cantada continúa presente en la vida del Cristiano. Si nuestro cántico interior no se apaga, los cantos seguirán resonando fuera de los muros de las iglesias, como una prolongación espiritual de la oración en nuestra vida cotidiana, en la vida de cada día en medio del mundo.

 

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26. Criterios de discernimiento de cantos: la Asamblea

 

Escribe San Basilio: «Que la mente conozca y comprenda el sentido de las palabras cantadas, para que cantes con la lengua y cantes, también, con tu espíritu». Y San Ambrosio de Milán nos dice: «El canto de la comunidad cristiana debe ser accesible para ser entonado por todos. Es la voz del pueblo, himno de todas las edades, de todos los sexos, clases y estados de vida. El canto que los cristianos elevan para expresar su fe en el Señor, todos han de comprenderlo, sentirlo e identificarse con él».

 La música no ocupa el lugar que le corresponde en las celebraciones, en las oraciones, en la liturgia, en la vida de la Iglesia, fundamentalmente por una razón: falta verdadero discernimiento espiritual. Aquellas personas que han sido puestas por el Señor para pastorear en su nombre, tienen una misión muy concreta: conocer los caminos del Espíritu en cada momento y situación, y guiarnos por ellos. Esto es el discernimiento espiritual. Discernir significa distinguir; y también, elegir. Distinguir - fundamentalmente- lo que es de Dios de lo que no es de Dios. Decía San Ignacio, lo que viene del espíritu malo, lo que viene del espíritu del hombre y lo que viene del Espíritu de Dios.

 El discernimiento es fundamental en todo ámbito de la Iglesia, también en la música y el canto. Se trata de distinguir, de elegir, de decidir qué cantar, por qué, para quién, quiénes tocan y cantan, en qué momento... Se trata de tener una visión realmente espiritual, donde el criterio fundamental es que el canto sea aquello para lo que Dios lo ha creado: un puente, un vínculo entre Dios y su pueblo, entre su pueblo y Dios. Este es el criterio fundamental de discernimiento.

 Por eso, el primer criterio a tener en cuenta para discernir es la Asamblea, el pueblo, la comunidad a la que se dirige el canto; la comunidad que canta, la comunidad que escucha. Cuando, ante una eucaristía, una oración comunitaria, una celebración de cualquier tipo, un acto litúrgico o no litúrgico en el que empleamos el canto y la música, cuando nos ponemos a discernir, a elegir qué vamos a cantar, qué cantos emplear, en qué momentos, cómo cantarlos, si los canta solo el coro, un solista o si queremos que los cante toda la Asamblea... cuando nos ponemos a discernir todas estas cosas, lo primero que tenemos que ver es la Asamblea, el grupo, la comunidad en la que estamos. No podemos discernir un repertorio, no podemos discernir una estructura, un tipo de coro o de Ministerio de música, independientemente de la Asamblea; porque, al final, lo que estamos haciendo, el sentido de nuestro servicio, es un servicio al Pueblo de Dios, a una Asamblea, a una comunidad concreta del Pueblo de Dios. Y, en relación a esa Asamblea concreta, organizamos todo lo demás.

 Este criterio es fundamental, porque si no estaremos errando en nuestro servicio y daremos frutos carnales, no espirituales. La visión nos vendrá, fundamentalmente, a través del pueblo al que tenemos que servir por medio de la música. Cada comunidad de creyentes tiene su idiosincrasia, sus peculiaridades. Es una comunidad viva con sus experiencias de fe propias. El canto es parte importante de esta expresión y manifestación de fe. Algún ejemplo... El himno del Apóstol Santiago, cantado en la Catedral de Santiago, tiene una potencia y connotación propia que no tiene cantado en otro lugar. Hace años, participé en una Asamblea de la Renovación Carismática en Fátima. Y viví un momento inolvidable. Un grupo de niños salía de la parte superior del anfiteatro llevando a la Virgen de Fátima en unas andas. Entonces, todo el pueblo se levantó para cantar un canto a María. Fue impresionante. No era un canto cualquiera. No necesitaba entender la letra. Me quedó profundamente grabado, el eco de toda la Asamblea. «¡Hosana, Raíña de Portugal!». El Ministerio de música menguó. Se diluyó en toda la Asamblea y el protagonismo lo tomó el pueblo, que cantaba con fuerza y con devoción. Yo fui arrastrado por la fe de este pueblo de creyentes. Pude participar del canto porque mi corazón fue tocado por las almas de estos creyentes. Y fui tocado a través de la música, a través del canto. Hablando con propiedad, deberíamos decir que fui... evangelizado. ¡Es un aspecto importante! Hoy, hay muchas personas alejadas de la fe o simplemente tibias que siguen siendo tocadas por la liturgia, por una Asamblea que canta y en la que se respira el Don de Piedad. El trabajo profundo del músico, de un coro, de un Ministerio de música, debería ser este: salir de sí mismo, salir del ensimismamiento, salir de la autoreferencialidad, de la sensibilidad propia... y captar la idiosincrasia de la Asamblea a la que va a animar. La Asamblea tiene un alma, un espíritu. Es importante llegar a descubrirla, percibir cómo afinar voces e instrumentos con la Asamblea. En esta «afinación» común hay muchos matices: el ritmo que le damos al canto, la letra, el momento, la motivación o ensayo antes de empezar la celebración. Todo ello para un fin: que el pueblo cante con un solo corazón.

 Esta debería ser la evaluación de un músico o un coro. Al terminar un servicio a una asamblea, preguntarse: ¿Hemos llegado al corazón? ¿Ha habido un eco? ¿Hemos facilitado la comunión con Dios y de unos con otros? ¿Hemos ido cauces o hemos sido diques? ¿Hemos sido capaces de mitigar las deficiencias y de sacar lo mejor de nosotros mismos y de la Asamblea que canta?

 Nunca lo mejor es un bonito coro y una asamblea que escucha lo que el coro canta.

«Todos los creyentes cantaban con un solo corazón». ¡Ven, Espíritu Santo, infunde en nosotros este don de discernimiento! ¡Ven, ven, Espíritu Santo! ¡Ven, Espíritu Santo, haz crecer este don en todos los que hemos sido llamados a servirte, a servir a la Iglesia, servir al pueblo de Dios como discípulos misioneros en este campo de la música!

¡Haz crecer en nosotros el don de discernimiento, el don de servir desde tu corazón!

¡Ven, Espíritu Santo, llénanos de Ti! ¡Ven, Espíritu Santo, despierta en nosotros esta escucha a Ti! Queremos escuchar... siembra el escucharte a Ti para poder después cantar. ¡Ven, Espíritu Santo, ven ahora, Espíritu Santo, ven, llena nuestros corazones, infunde en ellos este don... y todo lo que tu quieras darnos. ¡Ven por María, Espíritu Santo, ven por María! ¡Ven, Espíritu Santo!

 Vamos a dejar que sea San Juan Crisóstomo quien cierre esta reflexión sobre la Asamblea, la comunidad cristiana concreta como criterio capital de discernimiento en la música y el canto. Nos dice este Padre de la Iglesia: «El canto se convierte en símbolo de la Iglesia porque todos participan en él. Este símbolo de unidad debe cuidarse prioritariamente a otras cosas. Si se convierte en motivo de la más útil división, puede perder su fuerza como testimonio de fe y de amor. El don supremo es el amor. Y todo es para la edificación de la unidad del cuerpo de Cristo. La música y el canto o son servidores de la unidad o no son nada».

 

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27. Menos es más: los medios pobres en la música

 

En parroquias, movimientos y asociaciones cristianas, me encuentro cada vez más con coros, grupos musicales, ministerios de música que van avanzando y progresando en medios técnicos, organización, número y variedad de instrumentos, etc. Todo aparentemente bueno, en principio; pero si queremos profundizar un poco, hemos de preguntarnos la riqueza de medios ayuda a que el servicio musical realice mejor su misión. Y os comparto, a este respecto, una pequeña historia que descubrí hace años en un libro ya agotado, «Historia de la música sacra»:

«El maestro Rachel dirigía el ensayo de su conjunto vocal preparando la ejecución de El Mesías de Handel. El coro acababa de llegar al lugar donde la soprano entona: Yo que mi redentor vive. Cuando ella hubo terminado, las miradas se dirigieron hacia Rachel esperando que expresara su satisfacción. En lugar de ello, se acercó a la cantante y le dijo: Hija mía, ¿verdaderamente sabe usted que su redentor vive? Sí, contestó ella. Entonces, cántelo, dígalo de tal manera que todos los que la oigan comprendan que usted conoce el gozo y la fuerza de la resurrección de Cristo. Entonces, Rachel ordenó la orquesta que volviese a empezar... La solista cantó como si fuese la primera vez que hubiese experimentado el poder de la resurrección. A todos los que la oyeron les costaba contener la emoción. El maestro, con los ojos llenos de lágrimas, se acercó a ella y le dijo: Ahora estoy seguro de que usted sabe que su Redentor vive. Su canto me lo ha dicho.

 Es el Espíritu Santo, el mismo y único espíritu, dice 1Cor 12, 11, el que da algunos el don de servir a la comunidad a través de la música y el canto. Para ello, el Espíritu tiene en cuenta más aún que el buen oído, la voz sonora o la formación musical, la docilidad, nuestra docilidad. Más que la destreza técnica, la humildad, la unción. Y nuestra entrega sincera y plena al Señor. Por eso, quienes servimos al Señor por medio de la música y el canto hemos de ser personas que nos hemos encontrado con Cristo, que nos hemos convertido a él y vivimos una vida sacramental frecuente; que leemos, escuchamos e intentamos vivir la Palabra de Dios; que damos testimonio con nuestra vida de nuestra relación con Dios y también, en nuestras relaciones fraternas, damos ese testimonio de vida cristiana. Personas que nos sentimos y somos Iglesia, unidos a nuestros pastores y en conformidad con la doctrina de la Iglesia.

 Somos personas que hemos recibido una llamada. Este es el fundamento: la llamada personal de Dios. Y estas son las condiciones realmente necesarias para servir al Señor a través de la música y el canto, de modo que el servicio musical realice verdaderamente su misión. Algunas parece que no tienen nada que ver con la música; pero tienen que ver con un discípulo misionero, una persona que se ha encontrado con Cristo y que, desde el encuentro con Cristo, vive para anunciarlo y para servirlo a los hermanos. Hay otras condiciones, en cambio, que no son necesarias. Ser joven y tener una gran voz, saber tocar un instrumento son cosas buenas, pero en sí mismas no nos cualifican para servir a Dios con la música. Lo fundamental, como en toda vocación, en todo servicio al Señor, es Su llamada y mi respuesta.

 Me gustaría proponeros una imagen que ilumine todo esto: es la imagen de un puente. Imaginémonos un puente. Un puente une dos orillas. En una orilla estamos nosotros, está la Iglesia, está el Pueblo de Dios. Y, en la otra orilla, está Dios, el Señor del Pueblo, a quien queremos alabar, servir. Dios nos escucha, nosotros lo escuchamos. Dios nos habla, nosotros le hablamos. El puente comunica a Dios con su pueblo. Y a su pueblo con Dios. Este es el servicio de la música. El puente puede ser más modesto, puede ser más adornado, más brillante, más solemne... pero al final, lo fundamental para el puente es qué comunique, que sea canal de comunión entre Dios y su pueblo, entre el pueblo y su Dios. ¿Que me dirías de un puente de oro que está roto por la mitad, que no une las dos orillas? Así puede ser mucha técnica, mucha preparación, muchos instrumentistas, muy buenos cantantes. ¿Entramos en comunión con Dios, ayudamos al pueblo a entrar en comunión con Dios? La clave del puente es que una las dos orillas.

 Y una Palabra que arroja luz sobre esta cuestión. Pablo, en el capítulo 5 de la epístola a los Gálatas, a partir del versículo 19, nos habla de las obras de la carne y las obras del espíritu, los frutos de la carne y los frutos del espíritu. ¿Cuáles son los frutos de nuestro servicio musical, de nuestro coro, de nuestro Ministerio de música? «Los frutos del espíritu son amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí». En el versículo anterior decía «los frutos de la carne son conocidos: impureza, libertinaje, idolatría, enemistades, discordias, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades». Veamos nuestro árbol por sus frutos. Veámoslo de manera veraz y honesta.

 Hace más de 10 años, Monseñor Munilla, en su programa diario El Catecismo de la Iglesia católica, en Radio María España, decía que en Estados Unidos la Conferencia Episcopal había decidido iniciar un potente plan de la Iglesia en los medios de comunicación: en la radio, en la televisión. Era para algo bueno, para anunciar el Evangelio. A esto dedicó un presupuesto importante. Pero este proyecto fracasó estrepitosamente. Y sin embargo, decía él, aquí está Radio María, saliendo de la nada, con medios pobres... ¿Por qué? Y su respuesta era: porque Radio María es un proyecto de Dios. Un carisma. Un sueño de Dios. Y nosotros nos ponemos a su disposición. Nos ponemos a colaborar. Y esto va adelante porque es de Dios.

 Vemos que esto ocurre continuamente con las cosas de Dios. David vence a Goliat. El pequeño Gedeón vence a un ejército mucho más numeroso. Y Jesús les dice a los apóstoles: Dadles vosotros de comer. Ellos contestan: No tenemos medios, no tenemos suficiente, no podemos darles de comer. Buscan una solución humana razonable. Y Jesús realiza el milagro: el milagro de la multiplicación. El hombre solo puede sumar: cinco panes y dos peces. Poca cosa. Nos diría el obispo Van Thuan: Dios no sabe de matemáticas, solo sabe multiplicar.

 Así también pasa ahora con nuestros proyectos humanos. Nos ponemos a contar... ¿Qué tenemos, con qué contamos para realizar este proyecto tan grande. Y puede ser que digamos. Necesitamos más instrumentos, más micrófonos, soportes, ordenador. pantalla, cantorales. Estos son lo que llamamos los medios ricos. Aquellos que se pueden contar, que se miden, se compran. Son los medios visibles y palpables.

En cambio, los medios pobres son aquellos que no se ven. Son invisibles. No se pueden cuantificar. Un corazón entregado. Una persona al servicio de la parroquia. La oración. El estudio. El deseo de servicio a través de la música. La humildad. El sacrificio. El silencio. Todos ellos están marcados por la señal de la Cruz. Si el grano de trigo no muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. Aquí observamos la paradoja del Evangelio.

Jesús, en su actuación salvadora, elige los medios pobres y humildes. Para mostrar su sello, su marca, su victoria? Esto no significa despreciar los medios y recursos que estamos llamando ricos. Pero hay que tener claro que ellos, por solos, no garantizan la acción de Dios. Y tienen el peligro de llevarnos al orgullo, a la satisfacción personal, a la rivalidad, al apego... y no a Dios.

La utilización de los medios ricos será eficaz únicamente cuando esté asentada en los medios espirituales: vida interior, sacramentos, entrega. San Maximiliano María Kolbe soñaba con tener una emisora de radio y con que aviones y barcos estuvieran al servicio de la Inmaculada... La realización de sus sueños y la eficacia en el apostolado vino cuando enfermó gravemente. Sus superiores llegaron a la conclusión de que no podía seguir trabajando, de que ya no servía para nada. Y él, como el grano de trigo que muere, comenzó a ser instrumento en manos de Dios. Consiguió que un millón de ejemplares del Caballero de la Inmaculada se propagaran cada mes. A través de María, entrego su corazón. Y fue en el abandono y no teniendo seguridades humanas como llegó esta victoria de la fe. María, Madre de los medios pobres, ¡ruega por nosotros!

 

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28. La Iglesia canta desde sus orígenes

 

La vivencia del canto en las primitivas comunidades cristianas aparece reflejada no solo en los escritos del Nuevo Testamento, sino también en otros textos de lo que llamamos la tradición cristiana primitiva: los Santos Padres, tanto de Oriente como de Occidente. También hay alusiones a esta vivencia del canto en las primitivas comunidades en textos seculares o paganos de la misma época. Sabemos, por ejemplo, que a finales del siglo primero se cantaba ya el Santo en la liturgia.

 A comienzos del siglo segundo, San Ignacio de Antioquía utiliza unas preciosas imágenes de la música para hablar y exhortar sobre la unidad y la comunión:

"Conviene -escribe a los cristianos de Éfeso- que tengáis un mismo sentir con vuestro obispo, que es justamente cosa que ya hacéis. En efecto, vuestro colegio de presbíteros, digno del nombre que lleva, digno de Dios, está tan armoniosamente concertado con su obispo como las cuerdas con la lira. (...) Por eso, con vuestra concordia y con vuestro amor sinfónico, cantáis a Jesucristo. Así, vosotros, cantáis a una en coro, para que en la sinfonía de la concordia, después de haber cogido el tono de Dios en la unidad, cantéis con una sola voz".

Y en su Carta a los Romanos, cuando San Ignacio de Antioquía viaja ya camino del martirio, es de los primeros en utilizar la imagen del coro: «A fin de que, formando un coro por la caridad, cantéis al Padre por medio de Jesucristo». Se refiere a todo el pueblo cristiano reunido para cantar salmos e himnos. Después, otros Santos Padres también utilizarán esta imagen...

 También en el siglo segundo, Plinio el joven, en su famosa Carta al emperador Trajano, da testimonio sobre el canto de los primeros cristianos que, dice él, se reúnen antes del amanecer y cantan a Cristo, al que consideran como Dios.

Unos años después, San Justino, en su apología dirigida al Emperador Antonio Pío, subraya el valor de la alabanza y el canto cristiano, contraponiéndolo a los sacrificios materiales: «Porque solo honor digno de Él, que hemos aprendido, es no consumir por el fuego lo que por Él fue creado para nuestro alimento, sino ofrecerlo por nosotros mismos y para los necesitados, mostrándonos a Él agradecidos, enviándole por nuestra palabra oraciones e himnos de alabanza».

En este mismo siglo, S. Ireneo explica cómo el Espíritu Santo en Pentecostés, actúa en la diversidad de gentes y lenguas, y las aúna en un himno, ofreciéndole así al Padre las primicias de todas las naciones.

 Si seguimos avanzando, a partir del siglo tercero ya hay una gran abundancia de textos -a cada cual más expresivo- sobre el canto y la música.

Eusebio de Cesarea escribe: «A través del universo, en todas las Iglesias de Dios, tanto en medio de las ciudades como en los pueblos y en los campos, reunidas todas las gentes en honor de Cristo, cantan himnos y salmos dirigidos al único Dios anunciado por los profetas en altavoz, de tal forma que el sonido del canto puede ser escuchado hasta por aquellos que están fuera del templo».

 Son muy numerosas las citas de Padres de la Iglesia (Clemente de Alejandría, Tertuliano, Ambrosio, Agustín, Jerónimo, Orígenes, Gregorio Nacianceno, Juan Crisóstomo, Isidoro de Sevilla...) en relación al canto cristiano como una gozosa realidad, constante y natural, a la que el pueblo se entrega con fervor, con entusiasmo. Veamos solo un texto precioso de San Juan Crisóstomo: «Habla el profeta y todos nosotros respondemos, todos mezclamos nuestra voz a la suya; aquí no hay esclavo, ni libre, ni rico, ni pobre, ni príncipe, ni súbdito. Lejos de nosotros estas desigualdades sociales. Formamos todos un solo coro. Todos tomamos parte igualmente en los santos cánticos. Y la Tierra imita al Cielo. Tal es la nobleza de la Iglesia. Y no se dirá que el dueño canta con seguridad y que el siervo tiene la boca cerrada; que el rico hace uso de su lengua y que el pobre no; que por fin el hombre tiene derecho a cantar y que la mujer debe permanecer en completo silencio. Investidos de un mismo honor, ofrecemos todos un como un sacrificio, una común oblación. Una sola voz se eleva, en distintas lenguas, al Creador del universo».

 El canto y la música, en la Iglesia primitiva, se van desarrollando bajo dos influencias fundamentales. La primera es la civilización grecorromana, con la música doméstica de los patricios, intermedia entre la más sofisticada del teatro y la música popular. Y el segundo elemento básico es la tradición bíblica judía, con referencias a las culturas egipcia, siria y hebrea. La liturgia sinagogal han dejado una honda huella.

 Las grandes vigilias cristianas fueron tiempos privilegiados para el desarrollo de distintas formas musicales, en especial para los salmos, que eran coreados por todo el pueblo. Se utilizó primero el modo responsorial, con estribillos de la Asamblea que se repiten en cada estrofa. Más tarde, a través de San Ambrosio de Milán, se introdujo el modo antifonal: dos coros que alternan estrofas o versículos.

 La actitud práctica de la Iglesia primitiva para con el canto y la música es de una originalidad, apertura y prudencia admirables, que resultan hoy de lo más actual. Si los griegos distinguían entre la buena música que eleva y la mala que corrompe, la Iglesia, siempre sobre la base del culto en espíritu y en verdad, aplica su discernimiento pastoral buscando no la música por la música, sino una música para el culto, un canto sencillo que todo el pueblo pueda cantar. Por eso no, no tiene nada de extraño que el Concilio Vaticano II, siguiendo esta tradición originaria, volviendo a las fuentes, nos diga que «el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte esencial e integral de la liturgia solemne». Hoy, la Iglesia nos vuelve a repetir una vez más esta invitación a cantar, a darle al canto de la Asamblea el relieve y la importancia primordial, a devolver al pueblo cristiano el protagonismo que tenía en la primitiva Iglesia.

 

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29. Proclamar las maravillas de Dios cantando


Francisco de Asís dice «que toda nuestra vida sea siempre una canción...» Y canta y salta y baila para Dios, proclamando «el sentido de mi vida es cantarle y alabarle». Lo mismo Ignacio de Loyola; para él, el principio y fundamento de toda acción de un cristiano, de cualquier actividad espiritual, de todo discernimiento, es «alabar, bendecir y rendir homenaje al Señor».

 La música cristiana tiene un único sentido: ser alabanza de la gloria de Dios. El libro de Judit, capítulo 16, versículo 2, dice: «Aclamad a Dios con tambores, elevad cantos al Señor, con cítaras ofrecedle los acordes de un salmo de alabanza». El Señor nos dice, una y otra vez, por medio de su Palabra, que hemos sido creados para su alabanza y que «el pueblo que ha formado proclamará sus alabanzas» (Is 43, 21). En Ap 5, 9-13 vemos cómo alabar será la actividad que hagamos durante toda la eternidad.

 Dice el teólogo dominico español Vicente Borragán: «La música es el arte que se practicará en el Cielo. Pero no tenemos necesidad de esperar al más allá, aquí y ahora. La Iglesia anticipa su vocación futura cantando alabanzas a Dios. ¡Que el Señor nos enseñe a cantar sus alabanzas sobre la Tierra hasta que las cantemos en el Cielo». El canto implica todo nuestro ser, cuerpo y alma, en la alabanza. Es, por tanto, un medio excepcional para desconectarnos de nuestro propio mundo, nuestros pensamientos y preocupaciones, y centrarnos solo en el Señor. Con frecuencia somos egocéntricos y autorreferenciales, incluso en nuestras oraciones. Volvemos a lo nuestro una y otra vez... El verdadero canto de alabanza dirige nuestra atención solo hacia Dios. Para ello hemos de vivir el canto con toda la mente y todo el corazón, como María.

 En Pentecostés, los que salieron del Cenáculo -dice Hch 2, 11- «proclamaban las maravillas de Dios», magnificaban a Dios, hacían grande su nombre. Como María, llena del Espíritu Santo, la Iglesia primitiva prorrumpía en himnos y cánticos inspirados. Escribe Fray Luis de Granada: «Fue tan grande la caridad y el amor, la suavidad y el conocimiento que allí recibieron de Dios que no se pudieron contener sin decir a