Comunidade Caná acoge la singularidad de cada familia, creando unas relaciones fraternas, aprendiendo unos de otros en la oración y el compartir humano, espiritual y material, en la línea de las primeras comunidades cristianas. Cada familia de la Comunidad camina como Iglesia doméstica. Nuestro modelo es la Familia de Nazaret.
Comunidade Caná acoge la singularidad de cada familia, creando unas relaciones fraternas, aprendiendo unos de otros en la oración y el compartir humano, espiritual y material, en la línea de las primeras comunidades cristianas. Cada familia de la Comunidad camina como Iglesia doméstica. Nuestro modelo es la Familia de Nazaret.
Tras recibir el Espíritu, “los apóstoles daban testimonio con gran poder” (Hch 4, 33). La Iglesia primitiva había sido evangelizada con la fuerza del Espíritu Santo; es decir, fue en aquel Pentecostés cuando el mismo grupo de cobardes que había estado escondido por miedo a los judíos, recibió la fuerza y el poder de lo alto que les transformó en valientes misioneros y los hizo llegar hasta los confines de la tierra para predicar a Jesucristo y anunciar el Reino de Dios. Lo que sucedió en aquella escena nos lo relata el segundo capítulo del libro de los Hechos: Pedro ha recibido la fuerza del Espíritu Santo que le empuja a hacer aquella primera proclamación pública a todos los presentes en la plaza de Jerusalén. Resulta curioso comprobar cómo una sola predicación dio un fruto de tres mil conversiones (cf. Hch 2, 41), mientras que hoy ni siquiera tres mil predicaciones consiguen apenas una sola conversión…¿Dónde está la diferencia? Los apóstoles daban testimonio con gran poder, con la fuerza del Espíritu Santo; para evangelizar con gran poder hay que ser evangelizado con gran poder. Por eso es imprescindible hablar hoy de un nuevo Pentecostés que haga posible una actual y nueva evangelización. Si hoy queremos vivir la experiencia evangelizadora de la primitiva Iglesia, antes necesitamos haber sido evangelizados con la fuerza del Espíritu. “El Evangelio es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rom 1, 16). Solo una Iglesia evangelizada puede convertirse en una Iglesia evangelizadora; solo una Iglesia que vuelve una y otra vez al Cenáculo para recibir la fuerza del Espíritu Santo en un nuevo Pentecostés, puede convertirse en una Iglesia que evangeliza con gran poder, como la Iglesia primitiva. Sin nuevos evangelizadores no puede haber nueva evangelización; sin nuevo Pentecostés ni Espíritu Santo no hay nuevos evangelizadores ni nueva evangelización.
La Efusión del Espíritu genera un proceso de discipulado que se plasma en una vida con propósito; en sucesivas elecciones sobre el estado de vida, el trabajo, la economía, las relaciones… una vida entera entregada a cumplir los sueños de Dios para mí. Vivir, desde la debilidad, en el Señorío de Cristo.
“El Pueblo de Dios, por la constante acción del Espíritu en él, se evangeliza continuamente a sí mismo” (Evangelii gaudium, 139). “En cualquier forma de evangelización, la iniciativa es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu. La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras” (Evangelii gaudium, 12). El capítulo quinto de esta Exhortación Apostólica del papa Francisco está dedicado íntegramente a la primacía que el Espíritu Santo tiene hoy para nosotros. Se titula “Evangelizadores con Espíritu”. Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. En Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios […]. Ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu […]. Él es el alma de la Iglesia evangelizadora […]. Invoco una vez más al Espíritu Santo; le ruego que venga a renovar, a sacudir, a impulsar a la Iglesia en una audaz salida fuera de sí para evangelizar a todos los pueblos […]. Para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él «viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rom 8, 26) […]. No hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento. ¡Esto se llama ser misteriosamente fecundos! (Evangelii gaudium, 259; 261; 280).
Jesús no escribió nada ni mandó a los suyos a
escribir, sino a predicar y anunciar el Reino de Dios. En el Nuevo Testamento,
después de los cuatro Evangelios, está el Libro de los Hechos (no de las Palabras
o los Dichos) de los Apóstoles. Este libro de la Biblia coloca el acento en los
hechos y no en las palabras, y pone el fundamento principal de la Iglesia en el
mandato de continuar la misión de Jesucristo a través de su Espíritu. Si nos
acercamos a los primeros capítulos de los Hechos, descubrimos que, después de la
Ascensión del Señor al Cielo, se cumplió aquello que Él ya había anunciado y prometido
a los discípulos: la venida del Espíritu Santo, el primer Pentecostés
cristiano. ¿Y qué sucedió como consecuencia de esto? Dos cosas muy importantes
y estrechamente unidas entre sí: surge la Iglesia en todo su esplendor, la
primera comunidad cristiana, y contemplamos la primera evangelización de esa
Iglesia que llega hasta los confines de la Tierra. De esto trata todo el libro
de los Hechos de los Apóstoles: Espíritu Santo, Iglesia y evangelización.
Hemos de familiarizarnos más con este libro de la
Biblia, que resulta apasionante, nos inspira, nos levanta y nos pone en
pie, nos interpela y debe provocar hoy en nosotros una respuesta, porque
tenemos la misma identidad y la misma llamada que aquella primera comunidad de
discípulos misioneros. Y lo mejor de todo: tenemos al mismo Espíritu
Santo que hace posible lo que ahí leemos.
El sentido de Pentecostés, dice Raniero Cantalamessa,
se contiene en una frase de los Hechos de los Apóstoles: «Quedaron todos llenos
del Espíritu Santo». ¿Qué quiere decir que «quedaron llenos del Espíritu Santo»
y qué experimentaron en aquel momento los apóstoles? Tuvieron una experiencia
arrolladora del amor de Dios; se sintieron inundados de amor, como por un
océano. Lo asegura San Pablo cuando dice que «el amor de Dios ha sido derramado
en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).
Todos los que hemos tenido una experiencia fuerte del Espíritu Santo confirmamos esto. El primer efecto que el Espíritu Santo produce cuando llega
a una persona es hacer que se sienta amada por Dios por un amor infinito y tierno.
Tras recibir el Espíritu, “los apóstoles daban testimonio con gran poder” (Hch 4, 33).
La Iglesia primitiva había sido evangelizada con la fuerza del Espíritu Santo;
es decir, fue en aquel Pentecostés cuando el mismo grupo de cobardes que había
estado escondido por miedo a los judíos, recibió la fuerza y el poder de lo
alto que les transformó en valientes misioneros y los hizo llegar hasta los confines
de la tierra para predicar a Jesucristo y anunciar el Reino de Dios. Lo que
sucedió en aquella escena nos lo relata el segundo capítulo del libro de los
Hechos: Pedro ha recibido la fuerza del Espíritu Santo que le empuja a hacer
aquella primera proclamación pública a todos los presentes en la plaza de
Jerusalén. Resulta curioso comprobar cómo una sola predicación dio un fruto de
tres mil conversiones (cf. Hch 2, 41), mientras que hoy ni siquiera tres mil
predicaciones consiguen apenas una sola conversión…¿Dónde está la diferencia?
Los apóstoles daban testimonio con gran poder, con la fuerza del Espíritu
Santo; para evangelizar con gran poder hay que ser evangelizado con gran poder.
Por eso es imprescindible hablar hoy de un nuevo Pentecostés que haga
posible una actual y nueva evangelización. Si hoy queremos vivir la experiencia
evangelizadora de la primitiva Iglesia, antes necesitamos haber sido
evangelizados con la fuerza del Espíritu. “El Evangelio es fuerza de Dios para
la salvación de todo el que cree” (Rom 1,16). Solo una Iglesia evangelizada
puede convertirse en una Iglesia evangelizadora; solo una Iglesia que vuelve
una y otra vez al Cenáculo para recibir la fuerza del Espíritu Santo en un
nuevo Pentecostés, puede convertirse en una Iglesia que evangeliza con gran
poder, como la Iglesia primitiva. Sin nuevos evangelizadores no puede haber
nueva evangelización; sin nuevo Pentecostés ni Espíritu Santo no hay nuevos
evangelizadores ni nueva evangelización.
Dice el Cardenal Cantalamessa que "en Babel todos
hablan la misma lengua y, en cierto momento, nadie entiende ya al otro, nace la
confusión de las lenguas; en Pentecostés, cada uno habla una lengua distinta y
todos se entienden. Los primeros se dicen entre sí: «Vamos a edificarnos una
ciudad y una torre con la cúspide en el cielo, y hagámonos famosos, para no
desperdigarnos por toda la faz de la tierra» (Gn 11, 4). Están animados por una
voluntad de poder, quieren «hacerse famosos», buscan su gloria. En Pentecostés, en cambio, los apóstoles proclaman «las grandes obras de Dios». No piensan en
hacerse un nombre, sino en hacérselo a Dios; no buscan su afirmación personal,
sino la de Dios. Por eso todos los comprenden. Dios ha vuelto a estar en el
centro; la voluntad de poder se ha sustituido por la voluntad de servicio, la
ley del egoísmo por la del amor."
Cada uno de los bautizados necesitamos un Pentecostés
personal que nos haga experimentar el poder del Espíritu Santo que da testimonio
de Jesucristo resucitado. Cuando presentamos la moral cristiana sin Cristo,
caemos en el moralismo; cuando celebramos la liturgia antes de haber
experimentado lo que conmemoramos, se transforma en ritualismo; cuando
presentamos la doctrina de la fe a quienes no han nacido de nuevo, del agua y
del Espíritu (Jn 3, 5), se produce con facilidad lavado de cerebro o
dogmatismo. Solo quien haya experimentado antes en carne propia que el kerygma,
la Buena Noticia de Jesucristo, es “fuerza de Dios para la salvación de todo el
que cree”, puede evangelizar. Porque únicamente los testigos anuncian y
convencen.
“El Pueblo de Dios, por la constante acción del
Espíritu en él, se evangeliza continuamente a sí mismo” (Evangelii gaudium,
139). “En cualquier forma de evangelización, la iniciativa es siempre de Dios,
que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su
Espíritu. La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere
producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de
mil maneras” (Evangelii gaudium, 12).
El capítulo quinto de esta Exhortación Apostólica del papa Francisco está dedicado íntegramente a la primacía que el Espíritu Santo tiene hoy para nosotros. Se titula “Evangelizadores con Espíritu”. Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. En Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios […]. Ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu […]. Él es el alma de la Iglesia evangelizadora […]. Invoco una vez más al Espíritu Santo; le ruego que venga a renovar, a sacudir, a impulsar a la Iglesia en una audaz salida fuera de sí para evangelizar a todos los pueblos […]. Para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él «viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rom 8, 26) […]. No hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento. ¡Esto se llama ser misteriosamente fecundos! (Evangelii gaudium, 259; 261; 280).
Es preciso volver a las fuentes y crear en nuestras realidades eclesiales la cultura de Pentecostés, porque una Iglesia que profundiza en su naturaleza pentecostal será una Iglesia esencialmente misionera y en salida permanente. Hagamos subir a la Iglesia al aposento alto para recibir la fuerza del Espíritu Santo una y otra vez. A menudo convertimos el viento huracanado de Pentecostés en aire acondicionado, al tratar de domesticar la fuerza del Espíritu. El viento huracanado siempre nos sorprende, rompiendo esquemas y seguridades propias; nos mueve a ser fieles al Señor y no buscar tanto agradar a los hombres, descubriendo una variedad de carismas que no debemos despreciar aunque nos incomoden o comprometan. La fuerza impetuosa del Espíritu siempre sopla como quiere y no la podemos dominar; es el poder del Espíritu quien nos hace vivir en la libertad de los hijos de Dios. Si la primera
evangelización en Jerusalén fue fruto de la irrupción impetuosa del Espíritu
Santo en aquel primer Pentecostés cristiano, la nueva evangelización hoy no
puede ser sino consecuencia de un nuevo Pentecostés que nos haga salir de
nosotros mismos para ir a las periferias del mundo y anunciar la Buena
Noticia a toda la creación.
Vamos a contemplar a Pablo y Silas en Filipos. Esta es la historia narrada en los Hechos de los Apóstoles:
"La gente se amotinó contra ellos; los pretores les hicieron arrancar los vestidos y mandaron azotarles con varas. Después de haberles dado muchos azotes, los echaron a la cárcel y mandaron al carcelero que los guardase con todo cuidado. Este, al recibir tal orden, los metió en el calabozo interior y sujetó sus pies en el cepo. Hacia la media noche Pablo y Silas estaban en oración cantando himnos a Dios; los presos les escuchaban. De repente se produjo un terremoto tan fuerte que los mismos cimientos de la cárcel se conmovieron. Al momento quedaron abiertas todas las puertas y se soltaron las cadenas de todos. Despertó el carcelero y al ver las puertas de la cárcel abiertas, sacó la espada e iba a matarse, creyendo que los presos habían huido. Pero Pablo le gritó: «No te hagas ningún mal, que estamos todos aquí.» El carcelero pidió luz, entró de un salto y tembloroso se arrojó a los pies de Pablo y Silas, los sacó fuera y les dijo: «Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?» Le respondieron: «Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa.» Y le anunciaron la Palabra del Señor a él y a todos los de su casa. En aquella misma hora de la noche el carcelero los tomó consigo y les lavó las heridas; inmediatamente recibió el bautismo él y todos los suyos. Les hizo entonces subir a su casa, les preparó la mesa y se alegró con toda su familia por haber creído en Dios." (Hch 16, 22-34)
Dos
hombres encarcelados injustamente, sometidos a cadena, en lo profundo de un
socavón en lo profundo de la noche... ¡Es una suma de desgracias! Lo natural sería
maldecir, prometer venganza, manifestar ira; pero este par de locos por Cristo
lo que están haciendo es alabar, cantar... En medio de la noche, en medio de su
desgracia, cantan la gloria de Dios, proclaman la gracia. Y la proclamación de
la gracia... ¡supera la desgracia!
La
desgracia es como una losa, como una roca fría e indiferente a nuestro dolor. La
desgracia nos aplasta y, con ello, quiere aplastar nuestra voz. Pablo y Silas
no dejan que se aplaste su corazón, que se ahogue su voz. En lo profundo de la mazmorra,
mantienen viva su alabanza, su voz para proclamar la gracia... ¡Y la gracia
resulta más fuerte que la desgracia!
Cuando
las cosas salen al revés, cuando tenemos encima la losa de la indiferencia...
nos dejamos encerrar. Le hacemos el juego al mundo, al Enemigo que lo que
quieren es que se calle nuestra voz. La manera de vencerles es no callarse, es
seguir proclamando aún en la peor, en la más injusta de las situaciones... seguir
proclamando quién es el Señor. “¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado
en el trono, y del Cordero!” (Ap 7, 10)
María es
nuestro modelo de discípula misionera. Ella nos enseña a no estorbar la acción
del Espíritu, no atascar el canal, agrandar el sí... para reventar prisiones,
para que la gracia supere a la desgracia, para dejar a Dios ser Dios.
La
música y el canto son un camino privilegiado para llevar a las personas a encontrarse
con Jesús. Son instrumentos que, usados por el Espíritu, tienen un gran poder
evangelizador: hacen presente a Jesús en el corazón de quien escucha.
No ha
habido -quizá- en la historia de la Iglesia un servicio musical más pobre y, al
mismo tiempo, con mayor poder evangelizador que el de aquella prisión. A la luz
de esta Palabra, reflexionemos sobre el fruto que producen nuestras ejecuciones
musicales (incluso las más esmeradas). El Espíritu Santo es la clave:
"Recibiréis la fuerza del Espíritu y seréis mis testigos... hasta los
confines de la Tierra" (Hch 1, 8).
La
música es un excelente medio para comunicar lo más precioso que tenemos: Jesucristo.
Es la forma de expresión que se cuela más fácilmente en cualquier ambiente o
lugar; los discursos cansan, pero la música conserva esa capacidad de
"enganchar" a personas de todas las edades y condiciones.
Nuestra
música, nuestros cantos -como los de Pablo y Silas- han de transmitir quién es
Dios para nosotros y qué ha hecho por nosotros. Deben reflejar una vida
transformada por el poder de Dios, de un Dios vivo y verdadero; y suscitar sed
de vida, de verdad.
La
música y la experiencia de Dios viven juntas, porque la música es lenguaje de Dios.
Los cantos tienen la propiedad de la perennidad; son profecías vivas que no
mueren. La música permite la evocación de la acción de Dios en todo momento y
circunstancia. La revelación de Dios, su palabra, su acción... llega mucho más
lejos en el tiempo y el espacio cuando viene cantada, “musicada”; en cualquier
momento o lugar podemos ponernos a cantar y tocar, a evocar la gracia vivida o
abrirnos a la gracia nueva que Dios nos quiere dar. La música se pone al
Servicio de la Palabra para regar la tierra y hacerla germinar.
A través de la música “tocada” (ungida) por
Dios cayeron las murallas de Jericó, fueron libres de la cárcel Pablo y Silas,
se convirtieron el carcelero y su familia; a través de la música que el
Espíritu Santo componga, cante o interprete por medio de ti, muchos creerán en
su Palabra y serán alcanzados por Jesucristo, el único Salvador.
¿Quiénes habéis peregrinado a Jerusalén? ¿Y a Roma? ¿Y a Compostela?
Veamos cuál es el MONTE del s. XXI, teniendo en cuenta la razón de ser de la Iglesia (Evangelii Nuntiandi / 8-12-75 / Pablo VI): «Ella vive para evangelizar».
Salgamos de lo habitual, de lo conocido, de lo previsible... Como Moisés, que siempre había llevado el rebaño de Jetró -durante 40 años- «más acá» del desierto; arriesguémonos a ir más allá... Y quizá, lleguemos al Pozo de Sicar, entre los montes Gerizim y Ebal, en Cisjordania, muy cerca de Nablus. Allí, en el Pozo de Jacob, tiene lugar un impresionante ENCUENTRO entre Jesús y una mujer idólatra (Jn 4, 20-26). Abiertos al Espíritu, dejemos que este diálogo prenda fuego en nuestro corazón:
Jn 4, 20 Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. 21 Jesús le dijo: Mujer, créeme, llega la hora que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. 23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. 24 Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. 25 Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos enseñará todas las cosas. 26 Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.
Jn 4, 21 «Jesús le dijo: Mujer, créeme, que llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre» > > > Mc 16, 15 «Id al mundo entero y anunciad el evangelio a toda la creación».
- El mundo entero viene a Compostela. Y vienen con sed, buscando la verdad. Vienen quebrantados, en crisis, en duelo... en una situación propicia para el ENCUENTRO con Cristo.
- El Camino de Santiago es un lugar superpropicio para el ANUNCIO del EVANGELIO: los eunucos y etíopes de este siglo van antes a Santiago que a Roma o a Jerusalén.
- Si se trata de que la Buena Nueva sea -cada vez más- BUENA BUENA y NUEVA NUEVA... ¡¡¡Hay un NUEVO MONTE!!! Pocos caminan ya hacia el Monte Sion, al Garizim, al Monte Palatino o a las siete colinas romanas...
Un ENCUENTRO de liderazgo y renovación eclesial, concebido para equipos de sacerdotes, laicos y religiosos dispuestos a dejarse sorprender e interpelar.
Un ESPACIO innovador fruto de una red de iniciativas movidas por el amor a la Iglesia y la pasión por la misión de Jesucristo.
Crear redes de innovación en la Iglesia, conectar evangelizadores y anticipar tendencias pastorales que concreten lo que Dios pide a través del Magisterio actual, abriendo caminos de nueva evangelización para las parroquias y las comunidades.
Más de treinta años celebrando
en COMUNIDAD el Triduo Pascual…

“Al rayar el alba, antes de salir el sol, María Magdalena fue al sepulcro... Y vio la piedra quitada” (Jn 20, 1-2)
María se encuentra aquella mañana ante un acontecimiento inesperado; algo que lo cambia todo. Ella siente que se han llevado a su Señor y empieza una carrera frenética para avisar a los amigos de Jesús. “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto” (Jn 20, 13). Lo ha perdido dos veces; en vida y ahora muerto.
Para encontrar verdaderamente a Dios… quizás haga falta perderlo. Dejemos que nos arrebaten a ese Dios triste y aburrido. Abrámonos hoy a la sorpresa del Resucitado. María no lo reconoció por la vista, sino por el oído; por su voz. Lo escucha y lo reconoce como el Pastor que pronuncia su nombre.
- María, ¿qué te hizo sentir Jesús?
- Él tocó mi vida como un rayo de luz que llegase al fondo más oscuro del pozo, a aquel punto que me producía horror y asco, incluso de mí.
- Jesús te admitió en su séquito, junto a otras mujeres (Jn 8, 1-3).
- Él tomo posesión del lugar antes ocupado por demonios. Todos los que lo seguíamos fuimos sanados.
- ¿Por qué te eligió el Señor para dar la noticia?
- Aquella mañana, al acercarme al sepulcro, aunque diera la apariencia de que me interesaba por un muerto, atendía a la llamada de la luz de la vida sin darme cuenta de ello… El amor era más fuerte que la resignación.
- Tú, María, en esa mañana, ¿qué sentiste?
- Lo único que sé es que Él, el gran jardinero, me ha llamado por mi nombre. Al instante reconocí su voz. Me dio un vuelco el corazón y tuve la certeza de que estaba vivo.
- Formula un deseo…
- Mi deseo es que todos aquellos que creen en Jesús sean ministros de la misericordia que, con el poder del Resucitado, puedan resucitar a personas como era yo. Para ello es necesario que hombres y mujeres vean en nuestros ojos mirada de enamorados, que a través de nuestros ojos y nuestro corazón puedan sospechar Su Presencia en medio de nuestro mundo. Él vive para sacarnos del barro y convertirnos en perlas de inmenso valor.
“María Magdalena fue a decir a los discípulos que había visto al Señor y a anunciarles lo que Él le había dicho” (Jn 20, 18).
Y tú, ¿a quién se lo vas a contar...?
Montse de Javier - Comunidade Caná
¡Forma parte de los SUEÑOS de Dios para Santiago de Compostela!
- Desde hace cuatro años, cristianos de distintas denominaciones, comunidades y movimientos nos reunimos para alabar, proclamar la Palabra e interceder por nuestra sociedad, juntos. Y aprovechamos para hacer fiesta, compartir, charlar y conocernos cada vez más.
- Como HERMANOS UNIDOS en un MUNDO DIVIDIDO, cristianos orientales (ortodoxos griegos, sirios, armenios o coptos, y católicos de rito oriental) u occidentales (católicos de rito latino, anglicanos, luteranos, reformados y de las iglesias evangélicas independientes) compartimos una identidad común: ¡somos testigos de la Resurrección de Cristo!
- María Magdalena es llamada «Apóstol de los Apóstoles» porque llevó la Buena Nueva a un grupo dividido y temeroso. Nuestra llamada es la misma: permanecer unidos ante la «tumba vacía» de un mundo moderno, para proclamar con una sola voz que Jesús está vivo. Señor, concédenos la constancia de María Magdalena: permanecer juntos al pie de la Cruz y correr juntos hacia la misión; que nuestra herencia diversa sea una fuerza que demuestre al mundo que somos uno en Ti.
- Ven a conocer a otros cristianos de diferentes Iglesias y realidades que aman a Cristo. Aprenderás a valorar la riqueza de la diversidad y celebrar lo que tenemos en común como un solo Pueblo de Dios...
El Aleluya tiene un carácter marcadamente pascual, y está especialmente indicado para los domingos y festivos. Es la aclamación pascual por excelencia, la que oímos resonar con fuerza en la noche de Pascua, cuando el sacerdote, terminada la epístola, entona por tres veces Aleluya, elevando gradualmente la voz, y repitiéndolo a continuación la asamblea. Una vez entonado el Aleluya, ya no se volverá a omitir durante toda la cincuentena pascual y será uno de los distintivos de este tiempo litúrgico.
Toda la asamblea se pone en pie y canta al Señor con esta aclamación de alegría y júbilo que es el Aleluya.
Vayámonos ahora al siglo IV y escuchemos a Agustín: “Alabemos al Señor, hermanos, con la vida y con la lengua, de corazón y de boca, con la voz y con las costumbres. Dios quiere que le cantemos el Aleluya de forma que no haya discordias en quien lo alaba. Comiencen, pues, por ir de acuerdo nuestra lengua y nuestra vida, nuestra boca y nuestra conciencia. Vayan de acuerdo, digo, las palabras y las costumbres, no sea que las buenas palabras, sean un testimonio contra las malas costumbres. ¡Oh feliz Aleluya del Cielo! Es suma la concordia de quienes lo alaban allí donde está asegurada la alegría de los cantantes, donde no existe la lucha promovida por la ambición que ponga en peligro la victoria de la caridad. Cantemos pues aquí, aún preocupados, el Aleluya, para poder cantarlo allí sin temor. Entonces se cumplirá lo que está escrito. Grito no ya de quien lucha, sino de quien ya ha triunfado. La muerte ha sido absorbida por la victoria… ¡entónese el Aleluya! ¿Dónde está muerte tu aguijón?… ¡cántese el Aleluya! Cantemos el Aleluya aun aquí, en medio de peligros y tentaciones. Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas. Por tanto, cantemos también aquí el Aleluya. El hombre es todavía culpable, pero Dios es fiel”.
El Aleluya se canta en todos los tiempos litúrgicos, excepto en el tiempo de Cuaresma, en el que en lugar del Aleluya se canta el verso que presenta el leccionario antes del Evangelio y que llamamos tracto o aclamación. Al ser el Aleluya una aclamación jubilosa, su forma normal es el canto. El Aleluya debe ser cantado por toda la asamblea, no solo por el cantor o coro que lo empieza. No es una letra que se canta -una lectura cantada- como el Salmo Responsorial, sino una música con algo de letra -un canto aclamativo- en el que lo más importante es el hecho mismo del canto jubiloso. Por eso, al contrario del Salmo Responsorial que se canta o se recita, el Aleluya, si no se canta, puede omitirse; porque, si no se canta, pierde todo su sentido como aclamación. La función ministerial del Aleluya es acompañar la procesión del Evangeliario, por lo que -en cierto modo- es también un canto procesional. Existe procesión, movimiento procesional, desde que el diácono pide la bendición hasta que llega al ambón y proclama el Evangelio; pero no es esa su única función, la función de acompañar la procesión, porque no siempre hay procesión. El Aleluya (o, en el caso de Cuaresma, el canto del versículo antes del Evangelio) tiene por sí mismo el valor de rito o acto. Tiene entidad propia, no es la conclusión de la segunda lectura, sino que inicia la proclamación del Evangelio y por eso la asamblea se pone de pie para cantarlo. Hay una práctica -una mala práctica cada vez más extendida- que es cantar en este momento cualquier canto que contenga la palabra “aleluya”. Y no es apropiado cualquier canto para este momento… Se trata de hacer la aclamación Aleluya, cantar el versículo, y volver hacer la aclamación Aleluya. Esta es la estructura que hay que seguir; no vale cualquier canto para este momento.
El Aleluya (o, en el caso de Cuaresma, el canto del versículo antes del Evangelio) tiene por sí mismo el valor de rito o acto.
“Dichoso Aleluya aquel, en paz y sin enemigo alguno. Allí no habrá enemigo ni perecerá el amigo. Se alaba a Dios allí y aquí; pero aquí lo alaban hombres llenos de preocupación, allí hombres con seguridad plena; aquí hombres que han de morir, allí hombres que vivirán por siempre; aquí en esperanza, allí en realidad; aquí de viaje, allí ya en la patria… Ahora, por tanto, hermanos míos, cantémoslo; pero como solaz en el trabajo, no como deleite en el descanso. Canta como suelen cantar los viandantes. Canta pero camina. Alivia con el canto tu trabajo. No ames la pereza. Canta y camina. ¿Qué significa camina? Avanza, avanza en el bien. Según el Apóstol, hay algunos que van a peor. Tú, avanza y camina; pero avanza en el bien, en la recta fe, en las buenas obras. Canta y camina: no te salgas del camino, no te vuelvas atrás, no te quedas parado. ¡Canta y camina!” (S. Agustín).
Javier de Montse - Comunidade Caná
Escucha AQUÍ el tema completo
Desde esta perspectiva -apuntada por el Papa Francisco- hemos preparado 15 temas para ayudaros a verificar vuestro amor. Nuestra propuesta es acompañaros en este camino que tiene meta. La clave ha de ser el diálogo que estos temas, como etapas de un camino, susciten entre vosotros, los novios.
Rialdarca, itinerario para NOVIOS
Un sendero de poco más de un kilómetro, para personas de cualquier edad
Celebramos este primer ENCUENTRO de Comunidades Carismáticas CHARIS España del 20 al 22 de marzo en Madrid. Fuimos más de sesenta adultos y casi veinte niños.
Hemos recibido cuatro ENSEÑANZAS de Francisco (Pacho) Bermeo para profundizar en nuestra identidad y misión como DISCÍPULOS MISIONEROS en COMUNIDAD y para comprender mejor el ser "servidores de la comunión". Cimentadas en la Palabra de Dios, han interpelado nuestra vida personal y comunitaria.
Nos reunimos hermanos y hermanas de Comunidad Bernabé, Comunidad Veni Creator, Comunidad Notemo, Comunidade Caná, Comunidad Fe y vida, Comunidad Wellgate, Comunidad de Adoración y Alabanza "Cristo vive" Internacional, Grupo Elohim, Grupo Kairós, Comunidad Sagrada Familia, Colegio S. Ignacio, Ruah de Dios, Fraternidad de Familias Invencibles y Marcelo Olima, predicador y músico.
Damos gracias a Dios por este tiempo de FAMILIA y COMUNIÓN en el que las Comunidades Carismáticas estrechamos nuestra relación, construyendo vínculos que nos alientan y confirman en el camino de oración, fraternidad y misión propio de cada Comunidad. La corriente de gracia que es la Renovación Carismática se vuelve más GRACIA y más ABUNDANTE si estamos más unidos y nos conocemos mejor los unos a los otros. "Porque allí manda el Señor la bendición: la vida para siempre..." (Sal 132).
Enseñanzas, mesa redonda e imágenes del ENCUENTRO



























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