Comunidade Caná

Comunidad Católica de Alianza integrada por familias en el seno de la Renovación Carismática

 

¡Familia: Iglesia doméstica llena de vitalidad!


   Los días 4 y 5 de marzo el Colegio Reparadoras del Sagrado Corazón (Av. Guadarrama 38) de Majadahonda acogerá el XXII Encuentro de Invierno de Familias Invencibles. “Llenos de gozo y del Espíritu Santo” (​Hch 13, 52b​). ​​El Espíritu Santo será el gran protagonista ya que es Él, quien impulsa a las familias a tener vitalidad y fortaleza para vivir con gozo y esperanza nuestra vocación y así ser Luz en el mundo.​ ​¡Vamos a invocar una nueva efusión del Espíritu Santo para cada familia!

   En un ambiente de acogida y fraternidad compartiremos tiempo de oración, predicación, compartir,  testimonios, eucaristía y adoración.​ ​Habrá espacios para la familia, matrimonios y actividades para niños y adolescentes.​ ​El coste del Encuentro por FAMILIA es de 75€​; ​incluye comida, merienda y cena del sábado + comida del domingo.

   Los que venís de otras provincias, os alojamos en nuestras casas.​ ​El ​E​ncuentro termina el ​D​omingo después de la comida.

¡Difundid y animad a otras familias!​ ​¡Os esperamos!

F​ICHA de INSCRIPCIÓN: Ficha_Encuentro_de_invierno_2023

Comunidade Caná desarrolla esta Catequesis el 25 y 26 
de febrero de 2023 en la Parroquia de S. Martiño (Moaña)


Es precisa una adecuada preparación al SACRAMENTO del MATRIMONIO, dada la importancia de este sacramento que une para siempre a un hombre y una mujer sobre quienes se constituye la familia.

Benedicto XVI explica que "el derecho a casarse conlleva el derecho a celebrar un matrimonio auténtico. No se negaría por tanto un matrimonio allí donde evidentemente no existieran impedimentos para su ejercicio, es decir, se cumplieran la capacidad, la voluntad de los cónyuges y la realidad natural del matrimonio". Un serio discernimiento en este aspecto, dice, evitará que "impulsos emotivos o razones superficiales induzcan a los dos jóvenes a asumir responsabilidades que después no sabrían desempeñar". Por ello, "matrimonio y familia son instituciones que deben ser promovidas y defendidas de cualquier tipo de equívoco sobre su verdad".

En cuanto a la preparación para el sacramento del matrimonio, Benedicto XVI afirma que "el objetivo inmediato de tal preparación es el de promover la libre celebración de un verdadero matrimonio".

"El noviazgo tiene que ver con la confianza, la familiaridad, la confiabilidad. Confianza con la vocación que Dios dona, porque el matrimonio es, antes que nada, el descubrimiento de una llamada de Dios. Es algo bello que hoy los jóvenes puedan elegir casarse sobre la base de un amor recíproco. Pero la libertad del vínculo requiere una armonía consciente de la decisión, no sólo un simple entendimiento de la atracción o del sentimiento, de un momento, de un tiempo breve… requiere un camino.” (Papa Francisco)
.

Estamos a vuestra disposición para las explicaciones que necesitéis
986.313.795   canacomunidade@gmail.com    636.086.986 (WhatsApp)
   

    Ha llegado ya aquella luz verdadera que viendo a este mundo alumbra a todo hombre. Dejemos, hermanos, que esta luz nos penetre y nos transforme..
. . Del mismo modo que la Virgen Madre de Dios tomó en sus brazos la luz verdadera y la comunicó a los que yacían en tinieblas, así también nosotros, iluminados por él y llevando en nuestras manos una luz visible para todos, apresurémonos a salir al encuentro de Aquél que es la luz verdadera.
. . Ninguno de nosotros ponga obstáculos a esta luz y se resigne a permanecer en la noche; al contrario, avancemos todos llenos de resplandor; todos juntos, iluminados, salgamos a su encuentro y, con el anciano Simeón, acojamos aquella luz clara y eterna; imitemos la alegría de Simeón y, como él, cantemos un himno de acción de gracias al Engendrador y Padre de la luz, que ha arrojado de nosotros las tinieblas y nos ha hecho partícipes de la luz verdadera.
San Sofronio


"Ánimo y ¡a la tarea!, porque yo estoy con vosotros (Ag 2, 4)

     ¿Cuál es la tarea? Acoger e integrar en nuestra vida cotidiana de matrimonio y familia un (¡el!) acontecimiento: JESUCRISTO.
      Como en Emaús, Jesús el Señor sale a nuestro encuentro, comparte nuestro camino... y nos revela el proyecto del Padre Dios para el hombre y la mujer: "Dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne" (Gén 2, 24)". Es ÉL quien lo hace verdad, historia, proceso vital...
      El Eterno se hace carne para sanar toda carne y recapitular en Cristo todas las cosas. Esto es lo que anunciamos desde nuestra humanidad herida, desde nuestra fragilidad, desde nuestro imposible: ¡Su Misericordia es para SIEMPRE!
Nada imposible. Nadie perdido para siempre. ¡Esperanza eterna!
¡Aleluyaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!


       «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás a odiado a su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo». (Ef 5, 21-33)



 

Desde la resurrección de Jesús, los cristianos “perseveraban unánimes en la oración, con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús, y sus hermanos” (Hch 1, 14). Cuando los cristianos nos reunimos para orar, se manifiesta la fuerza de Dios a través del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones... y se hacen visibles sus frutos. La oración comunitaria nos edifica y crea relaciones fraternas más sólidas, porque compartimos una misma fe.

En toda asamblea litúrgica o reunión de oración ha de existir un equilibrio entre la palabra, el canto y el silencio. De este último, dice Fernando Palacios, un gran pedagogo musical: "En música, él es el rey; todos acatan su ley". Es verdad, el silencio da sentido y valor al canto y a la palabra. El silencio es, por un lado, un momento específico de la celebración; pero, por otro, es también una cualidad de la celebración, una realidad espiritual en donde la palabra y la música encuentran un ambiente propicio y eficaz. Dice L. Deiss: "El silencio no hace ni crea una celebración litúrgica. Los cristianos no nos reunimos para saborear juntos un silencio comunitario logrado a la perfección. Sin embargo, toda celebración debe dar lugar al silencio y se trata de un elemento de primera importancia".

A veces, nos piden preparar o animar alguna celebración comunitaria: Vigilia, Acto penitencial, Adoración, Vía Crucis, Acto mariano, un tiempo de oración con jóvenes, una oración con catequistas... Todos estos momentos son de oración comunitaria. En algunos de ellos, la estructura ya está fijada y solo tenemos que darle vida, unción, avivar el don de piedad y que no sea una oración leída. En otros actos, debemos crear una estructura. El objetivo siempre es buscar que no sea una oración personal vivida en un templo con otros, estando juntos corporalmente pero lejos espiritualmente, sino que sea una verdadera oración de la comunidad creyente.

Recordamos que hay 3 elementos -como tres pilares- sobre los que construimos la oración comunitaria: palabra, silencio, música. Vamos a detenernos en la importancia de la palabra... La oración debe empezar con una motivación o exhortación: unas palabras del animador que nos ayuden a situarnos en lo que vamos a vivir. Son importantes estas palabras, porque ayudan a que nos sintamos incluidos, y no excluidos: ¡Ah, esto es de este grupo, aquí todos saben de qué va esto! En un acto comunitario: todos tienen que sentirse ACOGIDOS, sentir que todos vamos a ser participantes y no espectadores. Y estas palabras deben transmitir que lo que vamos a vivir es un encuentro comunitario con Dios.

La Palabra de Dios debe ser el centro de la oración. Ella es la fuente. Es muy importante elegir bien esta Palabra; incluso pueden ser varias, para que pueda ser como semilla que cae sobre el grupo. Esta Palabra no es leída, sino proclamada, y después necesita un silencio en el corazón y un “eco”: volver a leer algunos versículos, para que vayan abriendo nuestros corazones. Es Palabra viva, espada que entra en nuestra alma y nos da vida. Para discernir esta Palabra se tendrá en cuenta el tiempo litúrgico y el sentido de la oración: celebrativa, penitencial, etc.

Otro momento que debe quedar claro es la participación espontánea de los asistentes al encuentro de oración. El que dirige  debe motivar este momento, dar paso, impulsar. Pueden sucederse momentos de alabanza, de eco sobre el salmo, de peticiones, de acción de gracias... Así, vemos que hay una relación íntima entre la PALABRA y nuestras palabras. Nuestras palabras pobres deben ayudar a entenderle a Él, a mirarle a Él, a acogerle a Él. Y hacernos sentir un pueblo unido que reza como un solo cuerpo. No son oraciones personales simplemente, sino que somos Su pueblo.

El que anima la oración debe estar atento para ver si son necesarias otras indicaciones breves y precisas, que no rompen en ningún momento el ambiente de oración sino que son ayuda para todos. Estamos haciendo la función que hacen los perrillos que ayudan al Pastor a recoger a las ovejas y que no se desvíen. Pero las ovejas no se quedan mirando al perrillo, miran al Pastor. Y nunca hacernos protagonistas. Debemos evitar meditaciones largas o teóricas.

Recapitulamos, pues, cuatro momentos en los que la palabra es importante:

  1. Inicio de la oración, saludo, motivación, instrucciones. 
  2. Palabra de Dios proclamada. 
  3. Momentos de participación espontánea.
  4.  Otras indicaciones que pueden ser necesarias para promover signos, posturas corporales y dar más cohesión a la oración comunitaria.

El Espíritu Santo se derrama en la oración del pueblo y se manifiesta en sus frutos: unidad, armonía, amor fraterno, paz, alegría... “Os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 19-20).

Javier de Montse - Comunidade Caná

Escucha AQUÍ el tema completo



"Haz el bien; busca la justicia" (Is 1, 17)

      Al menos una vez al año, se invita a los cristianos y cristianas a evocar la oración de Jesús para sus discípulos: «Que todos sean uno para que el mundo crea» (Jn 17, 21). Los corazones se conmueven y los cristianos se reúnen para orar por su unidad. Las congregaciones y parroquias de todo el mundo organizan intercambios de predicadores o celebraciones y cultos ecuménicos especiales.  El evento en el que tiene su origen esta experiencia única es la Semana de oración por la unidad cristiana que se celebra del 18 al 25 de enero, entre las festividades de la confesión de San Pedro y la de la conversión de San Pablo.  En el hemisferio sur, en el que el mes de enero es un mes de vacaciones, las iglesias encuentran en muchas ocasiones otros momentos para celebrarla, por ejemplo en torno a Pentecostés, que también es una fecha simbólica para la unidad.

    Para preparar esta celebración anual, los asociados ecuménicos de una región en particular son invitados cada año a elaborar un texto litúrgico de base sobre un tema bíblico. A continuación, un equipo internacional de editores formado por representantes del CMI y de la Iglesia católica romana pule el texto para asegurarse de que puede ser utilizado como oración en todo el mundo y de que está relacionado con la búsqueda de la unidad visible de la Iglesia.


     El texto es publicado conjuntamente por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y el CMI, a través de su Comisión de Fe y Constitución, que también acompaña todo el proceso de producción del texto. El resultado final se envía a las iglesias miembros del CMI y a las conferencias episcopales católicas romanas, a las que se invita a que traduzcan y contextualicen o adapten el texto para su propio uso.

      Deja que el Espíritu Santo te impulse a un Camino de oración, de crecimiento y de proclamación del Evangelio de Cristo a las multitudes que no le conocen en Santiago  y,  desde aquí al mundo, juntamente con otros.

     Todo empieza con un pequeño paso: un ENCUENTRO de ORACIÓN mensual, encontrándonos como hermanos unidos entre mundos divididos.

https://ruahcompostela.blogspot.com/

MATERIALES para el 2023: "Haz el bien; busca la justicia" (Is 1, 17)


    “En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?» Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos»” (Mt 18, 1-4).
 
     Esta vez, convertirse sí que significa volver atrás, ¡a cuándo eras un niño! El mismo verbo utilizado, strefo, indica invertir el sentido de la marcha. Esta es la conversión de quien ya ha entrado al Reino, ha creído en el Evangelio y lleva tiempo al servicio de Cristo. Es nuestra conversión, la de los que llevamos años, tal vez desde el principio, en la Renovación Carismática. ¿Qué sucedió a los apóstoles? ¿Qué es lo que supone la discusión sobre quién es el más grande? Que la preocupación mayor ya no es el reino, sino el propio puesto en él, el propio yo. Cada uno de ellos tenía algún derecho para aspirar a ser el más grande: Pedro había recibido la promesa del primado, Judas la bolsa del dinero, Mateo podía decir que él había renunciado a más que los otros, Andrés que había sido el primero en seguirlo, y Juan que habían estado con él en el Tabor… Los frutos de esta situación son evidentes: rivalidad, sospechas, enfrentamientos, frustración.

    Volverse niños, para los apóstoles, significaba volver a cómo eran en el momento de la llamada a la orilla del lago o en el mostrador de los impuestos: sin pretensiones, sin derechos, sin enfrentamientos entre ellos, sin envidias, sin rivalidad. Ricos sólo en una promesa (“Os haré pescadores de hombres”) y en una presencia, la de Jesús. Volver al tiempo en el que todavía eran compañeros de aventura, no competidores por el primer puesto. También para nosotros volverse niños significa regresar al momento en el que tuvimos por primera vez una experiencia personal del Espíritu Santo y descubrimos lo que significa vivir en el Señorío de Cristo. Cuando decíamos: “¡Jesús solo basta!” y lo creíamos.

    Me impresiona el ejemplo del apóstol Pablo descrito en Filipenses 3. Descubierto Jesús como su Señor, él considera todo su glorioso pasado una pérdida, una basura, a fin de ganar a Cristo y revestirse de la justicia que deriva de la fe en él. Pero un poco más adelante sale con esta afirmación: “Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante” (Fil 3, 13). ¿Qué pasado? Ya no el del fariseo, sino el del apóstol. Él ha intuido el peligro que corría de encontrarse con una nueva “ganancia”, una nueva “justicia” toda suya, derivada de lo que había hecho al servicio de Cristo. Él anula todo con esta decisión: “Me olvido del pasado me lanzo hacia el futuro”.

   ¿Cómo no ver en todo esto una lección preciosa para nosotros en la Renovación Carismática Católica? Uno de los muchos eslóganes que circulaban en los primeros años de la Renovación –una especie de grito de guerra– era: “¡Devolved el poder a Dios!”. Quizá se inspiraba en el versículo del salmo 68, 35 “Reconoced el poder de Dios” que en  la Vulgata se tradujo con “Restituid (reddite) el poder a Dios”. Durante mucho tiempo he considerado esas palabras como la mejor manera de describir la novedad de la Renovación Carismática. La diferencia es que por un tiempo pensé que el grito estaba dirigido al resto de la Iglesia y nosotros éramos los que estábamos encargados de hacerlo resonar; ahora pienso que está dirigido a nosotros que, quizás sin darnos cuenta, nos hemos apropiado en parte del poder que le pertenece a Dios.

      En vista de un nuevo comienzo de la corriente de gracia de la Renovación Carismática, es necesario “vaciar los bolsillos”, empezar de cero, repetir con una profunda convicción las palabras sugeridas por el mismo Jesús: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc 17, 10). Hacer nuestro el propósito del Apóstol: “olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante”. Imitemos a los “veinticuatro ancianos” del Apocalipsis que “arrojan sus coronas delante del trono diciendo: ‘Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder’” (Ap 4,10-11). Sigue siendo actual la palabra de Dios dirigida a Isaías: “Pues, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis?” (Is 43, 19). Bienaventurados nosotros si permitimos a Dios renovar lo que tiene en mente en este momento para nosotros y para la Iglesia.

     Mi sugerencia para la cadena de oración: repetir muchas veces durante el día una de las invocaciones dirigidas al Espíritu Santo en la secuencia de Pentecostés, aquella que cada uno siente que responde mejor a su necesidad:
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, 
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

P. Raniero Cantalamessa O.F.M Cap.
Asistente eclesiástico de CHARIS

El Padre eterno, por un ubérrimo y misterioso designio de su sabiduría y de su bondad, creó el mundo universo, decretó elevar a los hombres a la participación de la vida divina y, caídos por el pecado de Adán, no los abandonó, sino que les otorgó siempre los auxilios necesarios para la salvación, en atención a Cristo redentor, que es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura. El Padre, desde toda la eternidad, conoció a los que había escogido y los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. Determinó reunir a cuantos creen en Cristo en la santa Iglesia, la cual fue ya prefigurada desde el origen del mundo y preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en el antiguo Testamento, fue constituida en los últimos tiempos y manifestada por la efusión del Espíritu y se perfeccionará gloriosamente al fin de los tiempos. 

Entonces, como se lee en los santos Padres, todos los justos descendientes de Adán, desde Abel el justo hasta el último elegido, se congregarán delante del Padre en una Iglesia universal. Por su parte, todos aquellos que todavía no han recibido el Evangelio están ordenados al pueblo de Dios por varios motivos. Y, en primer lugar, aquel pueblo a quien se confiaron las alianzas y las promesas, y del que nació Cristo según la carne; pueblo, según la elección, amadísimo a causa de los padres: porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables. Pero el designio de salvación abarca también a todos los que reconocen al Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes, que, confesando profesar la fe de Abrahán, adoran con nosotros a un solo Dios, misericordioso, que ha de juzgar a los hombres en el último día. Este mismo Dios tampoco está lejos de aquellos otros que, entre sombras e imágenes, buscan al Dios desconocido, puesto que es el Señor quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas, y el Salvador quiere que todos los hombres se salven.

Pues los que inculpablemente desconocen el Evangelio y la Iglesia de Cristo, pero buscan con sinceridad a Dios y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con sus obras la voluntad divina, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. Y la divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a aquellos que, sin culpa por su parte, no han llegado todavía a un expreso conocimiento de Dios y se esfuerzan, con la gracia divina, en conseguir una vida recta.

La Iglesia considera que todo lo bueno y verdadero que se da entre estos hombres es como una preparación al Evangelio y que es dado por aquel que ilumina a todo hombre para que al fin tenga la vida.

De la Constitución Dogmática Lumen Gentium, sobre la Iglesia, 
del Concilio Vaticano II (Núms. 2, 16) 
Al Nombre de JESÚS, toda rodilla se doble
Enseñanza de Montse de Javier en la 1ª ASAMBLEA DIOCESANA de la Renovación Carismática de Compostela,
 en la Parroquia de S. Xoán Bautista de Carballo el 22 de septiembre de 2001

    Pablo, hacia el año 56, prisionero en Éfeso, escribe a la comunidad de Filipos una de sus cartas más familiares y cordiales. La parte central de la carta es este Himno a  Jesucristo. El objetivo de Pablo es urgir a los filipenses a que se comporten como Cristo.
“Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús.
Él, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor
para gloria de Dios Padre."
(Fil 2,5-11)  

Uno de los primeros cantos que yo oí en el año 76 en Santiago de Compostela, cuando conocí la R.C. y que me ayudó a entrar en este trato de amor con Jesús, nuestro Salvador, era: “El Señor, el Señor, resucitado de la muerte y es Señor... Mi Señor, mi Señor ... ”
Aquello -que era una primera experiencia de oración- fue afianzándose en estos años en la R.C.. Tuvo que llegar otro momento marcado por una mayor adhesión a Jesús y sus sentimientos; fue al año 93 :
  • Abril : lectura del libro “La vida en el Señorío de Cristo” (R. Cantalamesa)
  • Julio: enseñanzas de Cantalamesa sobre la humildad, la obediencia, la Iglesia.
  • Septiembre: Encuentro Internacional de Líderes en Asís.
Cristo se ha ido haciendo presente en nuestras vidas. Cristo es el fundamento de nuestra fe. ¡Su Persona! 
Así como, en esta carta, la parte central es el himno a Jesucristo, también en nuestra vida el centro es Cristo, el Dueño y Señor. Él quiere que nos tomemos en serio  nuestra relación con Él. Cada uno de nosotros tiene una historia con el Señor, historia de salvación...  ¡Debemos meditarla, escribirla, saberla de memoria, contarla!. ¡Es el mismo Cristo actuando en nuestras vidas!. Es el mismo Cristo que nos va llevando a través del Espíritu Santo a una intimidad (= mayor conocimiento) con Él.
En esta mañana, Cristo, nacido de una mujer, que vino al mundo para mi salvación y la tuya, quiere hablarnos. Que no nos pase como dice un himno de la hora intermedia:
“Perdóname Señor si no te tengo dentro,
si no sé amar nuestro mortal encuentro,
si no estoy preparado a tu llegada”.
Dios viene y nos llena en la medida de nuestro deseo.
        San Anselmo: “Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo; excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de Él. Di, pues, alma mía, di a Dios: “Busco tu rostro, Señor, anhelo ver tu rostro”.

1º) LA HUMILDAD DE DIOS
La humildad no está en ser pequeños. No está en sentirse pequeños. No está en decirse o proclamarse pequeños. Está en hacerse pequeños. Es la disposición de corazón de descender, de hacerse pequeño y de servir a los demás por amor, excluyendo otros motivos.
Dios le hace (a Jesús) “pecado” por nosotros. “Quien no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él”  (2Cor 5, 21).                        “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo al mundo, no para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por Él”. “El que me ama, se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él”.

Esta obra que Dios quiere hacer en nosotros se realiza a través de nuestra relación con Él : la oración. Nada hay sin vida de oración. Él trabaja en lo escondido de nuestro corazón. Él trabaja en lo secreto, en lo pequeño, en lo que no cuenta. Él modela nuestro corazón en la intimidad.
¿Tenemos intimidad con Jesús? ¿Lo buscamos?.¿Hay en nuestra oración un trato de enamorados? El trato que tenían los santos, que se iban transformando hasta tener los sentimientos de Jesús.

Todo nace de la oración, de la pobreza, del escondimiento, de la humildad, de la nada. Éste es el ejemplo de Jesús: pasó 30 años siendo uno de tantos. Es el ejemplo de los santos. Esto lo sabía muy bien la Madre Teresa y lo hizo suyo:
“ El fruto del silencio es la oración,
el fruto de la oración es la fe,
el fruto de la fe es el amor,
el fruto del amor es el servicio,
el fruto del servicio es la paz ”.

De la oración nos habla también el Papa en la última carta apostólica que nos ha escrito a todos nosotros, los fieles del tercer milenio y que se titula “EL NUEVO MILENIO”. El nos dice: “Sólo la experiencia del silencio y la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio, que tiene su expresión culminante en la solemne proclamación del evangelista Juan: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn, 1,14)” (Nº 20)

 Nuestra sociedad moderna está empeñada en que el hombre escape de sí mismo, huya, no entre en la intimidad de su corazón, no se conozca a sí mismo. Está empeñada en el camino de la superficialidad, la frivolidad, la ociosidad, la apariencia. Está ofuscada en dos caminos “el tener” y el “hacer”. Dios quiere trabajar  “el ser”. “Pero Dios mira el corazón”.

Jr 18,1-6. En casa del alfarero: “Bajé a casa del alfarero y lo encontré trabajando en el torno”. .. “Como está la arcilla en manos del alfarero, así estáis vosotros en mis manos...”. Si nuestro corazón no es manso y humilde como el de Jesús es por falta de conversión y oración: de ponernos de rodillas delante del que fue exaltado por ser humilde (Salvatore Martínez).
Y el Papa nos dice nuevamente, en el nº 33. “Sí, queridos hermanos y hermanas, nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas escuelas de oración  donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha ...”.

2º) LA CRUZ, VICTORIA DE DIOS
1Pe, 2,21-25
“Cristo sufrió por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado, ni se halló engaño en su boca; injuriado no devolvía la injurias; sufría sin amenazar, confiando en Dios, que juzga con justicia. El cargó con nuestros pecados, llevándolos en su cuerpo hasta el madero, para que, muertos al pecado, vivamos por la salvación. Habéis sanado a costa de sus heridas, pues erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al que es vuestro pastor y guardián”.

“Tengo vida, tengo dueño, soy querido”
Jesús, con su vida, que culminó en  su pasión y muerte, nos indicó  el camino para subir al Cielo: fue el primero en recorrer el camino del Calvario. No escogió otros caminos para llevar a cabo su obra. Nosotros también tenemos que llevar la cruz. La cruz tiene muchos nombres; la reconocemos en seguida en nuestras vidas: porque duele; porque queremos que pase; porque tendemos a huir de ella; porque nunca nos gusta la cruz que nos tocó vivir.
El sufrimiento humano sólo encuentra explicación en Cristo y respuesta en Cristo. Uno de los frutos de la cruz: VIVIR EL MOMENTO PRESENTE.

 Vino a la tierra, curó a los enfermos, predicó la Buena Nueva, fundó la Iglesia... pero sobre todo vivió para su “hora”, cuando, levantado en la cruz, atrajo a todos hacia él; en aquella “hora” realizó su obra.
También nosotros, como Jesús, debemos seguir sus huellas y vivir para nuestra “hora”. Debemos vivir esperándola, sabiendo que somos ciudadanos del cielo. Y ofrecer esa hora ya desde este momento por los fines que Dios nos ha confiado.
Ésta es la experiencia de los santos: desean llegar pronto al cielo. Lo dice S. Pablo en esta misma carta (Fil 1, 21) :  “Porque para mí la vida es Cristo y morir significa una ganancia. Pero si continuar viviendo en este mundo va a suponer un trabajo provechoso, no sabría que elegir. Por una parte, deseo la muerte para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; por otra, seguir viviendo en este mundo es más necesario para vosotros.”

3º) DIOS DA LA VICTORIA A LOS HUMILDES
Esta verdad se realiza de manera admirable en Cristo. “Dios lo exaltó”.
Pedro, el día de Pentecostés, es el primero en proclamarlo:
“Jesús de Nazaret realizó prodigios y señales en medio de vosotros, como bien sabéis. Dios lo entregó conforme al plan previsto y determinado, pero vosotros, lo crucificasteis. Sin embargo, Dios lo RESUCITÓ, rompiendo las ataduras de la muerte, pues era imposible que ésta lo retuviera en su poder.
Así pues, que todos tengan la certeza de que Dios ha constituido SEÑOR Y MESÍAS a este Jesús, a quien vosotros crucificasteis.
- ¿Qué tenemos que hacer?
- Arrepentíos y bautizaos.
 Y con otras muchas palabras los animaba y exhortaba, diciendo: “Poneos a salvo de esta generación perversa”.  

4º) QUE EL PECADO NO TENGA DOMINIO SOBRE VOSOTROS
Para esto es necesario seguir unos pasos que nos marcan los Santos Padres de la Iglesia:
  • Reconocer el pecado (adormecimiento de las conciencias y anestesia espiritual en nuestro mundo moderno)
  • Arrepentirse del pecado.
  • Determinación de romper con el pecado. 
  • Destruir el cuerpo del pecado (sacramento) La sangre de Jesús nos limpia de todo pecado. “Sólo Dios puede perdonar los pecados”.
  • Nosotros colaboramos en la destrucción del pecado de dos formas: el sufrimiento y la alabanza. “Por tanto, dado que el Mesías sufrió en su carne mortal, armaos también vosotros del mismo principio: que uno que ha sufrido en su carne ha roto con el pecado” (1 Pe, 4-1).
1.-  ALABANZA (don de la R.C.)
2.- SUFRIMIENTO “En tus manos encomiendo mi Espíritu”. 
Si unimos nuestro dolor al de Jesús,  entraremos en el misterio de la cruz, no huimos del dolor, sino que lo acogemos en nuestro corazón y nace en nosotros una nueva criatura, la que es capaz de olvidarse de si misma y darse a los demás.

“Acuérdate de Jesucristo, 
resucitado de entre los muertos,
nacido del linaje de David.
Es doctrina segura.
Si morimos con Él, viviremos con Él.
Si sufrimos con Él, reinaremos con Él.
Si lo negamos, también Él nos negará.
Si somos infieles, Él permanece fiel,
porque no puede negarse a sí mismo”.
2Tim 2, 8-13

5º)  DECLARAD MI NOMBRE ANTE LOS HOMBRES
Mt. 10, 26-32
"Así pues, no les tengáis miedo. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo a la luz; lo que escucháis al oído, proclamadlo desde las azoteas. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden quitar la vida; temed más bien al que puede destruir al hombre entero en el fuego eterno.
¿No se venden un par de pájaros por muy poco dinero? Y sin embargo ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre.
En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados. No temáis, vosotros valéis más que todos los pájaros.
Si alguno se declara a Mi favor delante de los hombres, Yo también me declararé a su favor delante de mi Padre celestial; pero a quien Me niegue delante de los hombres, Yo también lo negaré delante de mi Padre celestial."

Llegará un tiempo que el mundo solo leerá un Evangelio : La vida de los cristianos. Ésta es la manera en que Cristo quiere que lo declaremos ante el mundo: con el amor recíproco, con el amor que no excluye ni a los enemigos.
Montse de Javier - Comunidade Caná