Comunidade Caná

Comunidad Católica de Alianza integrada por familias en el seno de la Renovación Carismática

  
       El noviazgo es el tiempo en el cual los dos están llamados a realizar un trabajo compartido sobre el amor; un trabajo en profundidad. Se descubren poco a poco el uno al otro.  El hombre ‘aprende’ acerca de esta mujer, su novia; y la mujer ‘aprende’ acerca de este hombre, su novio.      
     Desde esta perspectiva -apuntada por el Papa Francisco- hemos preparado 15 temas para ayudaros a verificar vuestro amor. Nuestra propuesta es acompañaros en este camino que tiene meta. La clave ha de ser el diálogo que estos temas, como etapas de un camino, susciten entre vosotros, los novios.

El ITINERARIO se desarrolla en ENCUENTROS MENSUALES
Estamos a vuestra disposición...
986.313.795   canacomunidade@gmail.com    636.086.986 (WhatsApp)
   
 Más detalles en este vídeo
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"Aprender a amar a alguien no es algo que se improvisa 
ni puede ser el objetivo de un breve curso 
previo a la celebración del matrimonio
(Amoris laetitia 208)



Jesús no escribió nada ni mandó a los suyos a escribir, sino a predicar y anunciar el Reino de Dios. En el Nuevo Testamento, después de los cuatro Evangelios, está el libro de los Hechos (no de las Palabras o los Dichos) de los Apóstoles. Este libro de la Biblia coloca el acento en los hechos y no en las palabras, y pone el fundamento principal de la Iglesia en el mandato de continuar la misión de Jesucristo a través de su Espíritu. Si nos acercamos a los primeros capítulos de los Hechos, descubrimos que, después de la Ascensión del Señor al Cielo, se cumplió aquello que Él ya había anunciado y prometido a los discípulos: la venida del Espíritu Santo, el primer Pentecostés cristiano. ¿Y qué sucedió como consecuencia de esto? Dos cosas muy importantes y estrechamente unidas entre sí: surge la Iglesia en todo su esplendor, la primera comunidad cristiana, y contemplamos la primera evangelización de esa Iglesia que llega hasta los confines de la Tierra. De esto trata todo el libro de los Hechos de los Apóstoles: Espíritu Santo, Iglesia y evangelización.

Hemos de familiarizarnos más con este libro de la Biblia, que resulta apasionante, nos inspira, nos levanta y nos pone en pie, nos interpela y debe provocar hoy en nosotros una respuesta, porque tenemos la misma identidad y la misma llamada que aquella primera comunidad de discípulos misioneros. Y lo mejor de todo: tenemos al mismo Espíritu Santo que hace posible lo que ahí leemos.

El sentido de Pentecostés, dice Raniero Cantalamessa, se contiene en una frase de los Hechos de los Apóstoles: «Quedaron todos llenos del Espíritu Santo». ¿Qué quiere decir que «quedaron llenos del Espíritu Santo» y qué experimentaron en aquel momento los apóstoles? Tuvieron una experiencia arrolladora del amor de Dios; se sintieron inundados de amor, como por un océano. Lo asegura San Pablo cuando dice que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). Todos los que hemos tenido una experiencia fuerte del Espíritu Santo confirmamos esto. El primer efecto que el Espíritu Santo produce cuando llega a una persona es hacer que se sienta amada por Dios por un amor infinito y tierno.

Tras recibir el Espíritu, “los apóstoles daban testimonio con gran poder” (Hch 4, 33). La Iglesia primitiva había sido evangelizada con la fuerza del Espíritu Santo; es decir, fue en aquel Pentecostés cuando el mismo grupo de cobardes que había estado escondido por miedo a los judíos, recibió la fuerza y el poder de lo alto que les transformó en valientes misioneros y los hizo llegar hasta los confines de la tierra para predicar a Jesucristo y anunciar el Reino de Dios. Lo que sucedió en aquella escena nos lo relata el segundo capítulo del libro de los Hechos: Pedro ha recibido la fuerza del Espíritu Santo que le empuja a hacer aquella primera proclamación pública a todos los presentes en la plaza de Jerusalén. Resulta curioso comprobar cómo una sola predicación dio un fruto de tres mil conversiones (cf. Hch 2, 41), mientras que hoy ni siquiera tres mil predicaciones consiguen apenas una sola conversión…¿Dónde está la diferencia? Los apóstoles daban testimonio con gran poder, con la fuerza del Espíritu Santo; para evangelizar con gran poder hay que ser evangelizado con gran poder. Por eso es imprescindible hablar hoy de un nuevo Pentecostés que haga posible una actual y nueva evangelización. Si hoy queremos vivir la experiencia evangelizadora de la primitiva Iglesia, antes necesitamos haber sido evangelizados con la fuerza del Espíritu. “El Evangelio es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rom 1,16). Solo una Iglesia evangelizada puede convertirse en una Iglesia evangelizadora; solo una Iglesia que vuelve una y otra vez al Cenáculo para recibir la fuerza del Espíritu Santo en un nuevo Pentecostés, puede convertirse en una Iglesia que evangeliza con gran poder, como la Iglesia primitiva. Sin nuevos evangelizadores no puede haber nueva evangelización; sin nuevo Pentecostés ni Espíritu Santo no hay nuevos evangelizadores ni nueva evangelización.

Dice el Cardenal Cantalamessa que "en Babel todos hablan la misma lengua y, en cierto momento, nadie entiende ya al otro, nace la confusión de las lenguas; en Pentecostés, cada uno habla una lengua distinta y todos se entienden. Los primeros se dicen entre sí: «Vamos a edificarnos una ciudad y una torre con la cúspide en el cielo, y hagámonos famosos, para no desperdigarnos por toda la faz de la tierra» (Gn 11, 4). Están animados por una voluntad de poder, quieren «hacerse famosos», buscan su gloria. En Pentecostés, en cambio, los apóstoles proclaman «las grandes obras de Dios». No piensan en hacerse un nombre, sino en hacérselo a Dios; no buscan su afirmación personal, sino la de Dios. Por eso todos los comprenden. Dios ha vuelto a estar en el centro; la voluntad de poder se ha sustituido por la voluntad de servicio, la ley del egoísmo por la del amor."

Cada uno de los bautizados necesitamos un Pentecostés personal que nos haga experimentar el poder del Espíritu Santo que da testimonio de Jesucristo resucitado. Cuando presentamos la moral cristiana sin Cristo, caemos en el moralismo; cuando celebramos la liturgia antes de haber experimentado lo que conmemoramos, se transforma en ritualismo; cuando presentamos la doctrina de la fe a quienes no han nacido de nuevo, del agua y del Espíritu (Jn 3, 5), se produce con facilidad lavado de cerebro o dogmatismo. Solo quien haya experimentado antes en carne propia que el kerygma, la Buena Noticia de Jesucristo, es “fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree”, puede evangelizar. Porque únicamente los testigos anuncian y convencen.

“El Pueblo de Dios, por la constante acción del Espíritu en él, se evangeliza continuamente a sí mismo” (Evangelii gaudium, 139). “En cualquier forma de evangelización, la iniciativa es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu. La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras” (Evangelii gaudium, 12).

El capítulo quinto de esta Exhortación Apostólica del papa Francisco está dedicado íntegramente a la primacía que el Espíritu Santo tiene hoy para nosotros. Se titula “Evangelizadores con Espíritu”. Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. En Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios […]. Ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu […]. Él es el alma de la Iglesia evangelizadora […]. Invoco una vez más al Espíritu Santo; le ruego que venga a renovar, a sacudir, a impulsar a la Iglesia en una audaz salida fuera de sí para evangelizar a todos los pueblos […]. Para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él «viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rom 8, 26) […]. No hay mayor libertad que la de dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo, y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera. Él sabe bien lo que hace falta en cada época y en cada momento. ¡Esto se llama ser misteriosamente fecundos! (Evangelii gaudium, 259; 261; 280). 

Es preciso volver a las fuentes y crear en nuestras realidades eclesiales la cultura de Pentecostés, porque una Iglesia que profundiza en su naturaleza pentecostal será una Iglesia esencialmente misionera y en salida permanente. Hagamos subir a la Iglesia al aposento alto para recibir la fuerza del Espíritu Santo una y otra vez. A menudo convertimos el viento huracanado de Pentecostés en aire acondicionado, al tratar de domesticar la fuerza del Espíritu. El viento huracanado siempre nos sorprende, rompiendo esquemas y seguridades propias; nos mueve a ser fieles al Señor y no buscar tanto agradar a los hombres, descubriendo una variedad de carismas que no debemos despreciar aunque nos incomoden o comprometan. La fuerza impetuosa del Espíritu siempre sopla como quiere y no la podemos dominar; es el poder del Espíritu quien nos hace vivir en la libertad de los hijos de Dios. Si la primera evangelización en Jerusalén fue fruto de la irrupción impetuosa del Espíritu Santo en aquel primer Pentecostés cristiano, la nueva evangelización hoy no puede ser sino consecuencia de un nuevo Pentecostés que nos haga salir de nosotros mismos para ir a las periferias del mundo y anunciar la Buena Noticia a toda la creación.

Javier de Montse - Comunidade Caná 


Este NOME debe ser publicado para que brille, non pode quedar escondido. Pero non pode ser predicado cun corazón manchado ou unha boca impura, senón que debe ser colocado e amosado nun vaso escollido. Por isto di o Señor, referíndose ao Apóstolo: Este é un vaso que me escollín eu para que leve o meu nome aos xentiles, aos reis e aos fillos de Israel. Un vaso -di- que me escollín, como aqueles vasos escollidos en que se expón á venda unha bebida de agradable sabor, para que o brillo e esplendor do recipiente invite a beber dela; para que leve -di- o meu nome.

En efecto, do mesmo xeito que un campo, cando se acende lume nel, queda limpo de todas as silveiras e espiñas secas e inútiles, e así como, ao saír o sol e disiparse as tebras, se esconden os asaltantes, os delincuentes nocturnos e os que entran a roubar nas casas, así a predicación de Paulo aos pobos, semellante ao fragor dun gran trono ou a un lume que irrompe con forza ou á luz dun sol que nace esplendoroso, destruía a infidelidade, aniquilaba a falsidade, facía alumear a verdade, como cando a cera se derrete á calor dun lume ardente.


El levaba por todas as partes o Nome de Xesús, coas súas palabras, coas súas cartas, cos seus milagres e exemplos. Loaba sempre o Nome de Xesús, e chamábao na súa súplica. O Apóstolo levaba este nome como unha luz, aos xentiles, aos reis e aos fillos de Israel, e con el alumeaba ás nacións, proclamando por todas as partes aquelas palabras: A noite vai pasando, o día está enriba; deixemos, pois, as obras das tebras e vistámonos das armas da luz. Andemos como en pleno día, con dignidade. Mostraba a todos a lámpada que arde e que alumea sobre o candeeiro, anunciando en todo lugar a Xesucristo, e este crucificado. De aí que a Igrexa, esposa de Cristo, apoiada sempre no seu testemuño, se alegre, dicindo co salmista: Meu Deus, instruíchesme dende a miña xuventude, e ata hoxe relato as túas marabillas, é dicir, que as relataba sempre. A isto mesmo exhorta o salmista, cando di: Cantade ao Señor, bendicide o seu nome, proclamade día tras día a súa salvación, é dicir, proclamade a Xesús, o Salvador enviado por Deus.
San Bernardino de Siena, presbítero (Sermón 49, Sobre o glorioso Nome de Xesucristo)


    Tenemos un camino que recorrer hasta Pentecostés. es un camino que se recorre con la escucha, la súplica, la petición del Espíritu Santo y la Palabra que la Iglesia nos pone cada día. Una Palabra llena de promesas, alegría, paz, esperanza, fe, amor, confianza, morada, unión; promesas que encierran una gran Promesa: "Cuánto más vuestro Padre os dará el Espíritu Santo..." (Lc 1, 13). He aquí el paso sublime y arduo: pasar de pedir cosas, a pedir y desear el Espíritu Santo; pasar de algo, a Alguien que está deseando darnos su Vida, su Presencia. Pasar del afán por las muchas cosas ("Marta, Marta, tú te afanas..." Lc 10, 41), a la única necesaria. "Vuestro Padre ya sabe lo que necesitáis" (Mt 6, 32). 

    Entonces, simplemente, hagámonos presentes al Padre, aceptemos el encuentro. El está ya contando nuestros cabellos, nuestras lágrimas... Y nosotros, sus hijos, nos tenemos que alegrar con el Padre que nos lo ha dado todo en el Hijo. En este camino hacia la venida del Espíritu Santo es preciso hacernos niños contentos y confiados. ¡Ya basta de argumentos, de explicaciones, de intercambiar ideas! ¡Intercambiemos alegría: la sencillez y la alegría de los cristianos! La Iglesia necesita gente contenta. Se busca un hombre feliz, una mujer feliz con su boca llena de bendición, de acción de gracias, de alabanza como el Magníficat o el Benedictus

    La imagen de este camino a Pentecostés es la de un niño que corre con los brazos extendidos porque ha visto que su papá se acerca; corre alegre hasta él porque sabe que el papá lo cogerá en brazos y lo levantará; y, desde ese lugar, contemplará el mundo... ¡Sin miedo, en brazos de su Padre!

 

Mini Retiro para Matrimonios, organizado por Comunidade Caná junto al P. Abel Pino

El día de la boda prometemos algo que supera nuestras fuerzas humanas, por eso Dios hace una alianza perpetua con nosotros, y con la gracia del sacramento avanzamos y superamos crisis. 

El sábado 14 de mayo os invitamos a vivir un Retiro solo para vosotros:

  • 2 horas de respiro para reavivar vuestra esponsalidad, la gracia poderosa del Sacramento del Matrimonio: Adoración Eucarística - Reconciliación - Intercesión. 
  • De 16:30 a 18:30h., con la posibilidad de unirse a la Eucaristía Dominical (19:00h.).
  • Parroquia del Corazón de María (Vigo). Cuidaremos con esmero a vuestros hijos (de 0 a 10 años).
  •  Aclaramos vuestras dudas por Tf o whatsapp 636 086 986 (Montse y Javier). 
 
· ITINERARIO VIRTUAL ·

    Como un  peregrino más,  S.  Juan  Pablo  II  realizó  a  pie, en 1989,  los  últimos cien metros del Camino. Era su segunda visita a Santiago. Siete años antes, el martes 9 de noviembre de 1982, se había convertido en el primer Papa en peregrinar a Compostela en un Año Santo.

    Decía este caminante polaco: “Siendo aún un joven sacerdote, aprendí a amar el amor humano y dedicar todas las fuerzas a la búsqueda de un «amor hermoso». Porque el amor es hermoso. Hombres y mujeres, en el fondo, buscan siempre la belleza del amor, quieren que su amor sea bello".

CAMINO de SANTIAGO virtual 2021





El canto nuevo 
 "¡Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar!" (S. Agustín)

El canto en nuestras asambleas cristianas, tan lleno de riquezas, carecería de valor y de consistencia si no estuviese animado por el cántico interior del corazón del cual es expresión y donde tiene su fuente. El culto agradable a Dios brota del corazón. El canto en espíritu y en verdad enlaza la oración con la vida. Nuestra música es para expresar el Amor con todo el corazón y con toda el alma.

Además del canto expresado por nuestros labios, existe un cántico interior que resuena en lo profundo del corazón humano. "Sin voz también es posible cantar, con tal de que resuene interiormente el espíritu. Pues cantamos no para los hombres sino para Dios, que puede escuchar nuestros corazones y penetrar en la intimidad de nuestra alma" (S. Juan Crisóstomo). El cántico interior no está en oposición con el canto vocal; al contrario, es el alma y el verdadero contenido de éste. "¡ Alabemos al Señor nuestro Dios no solamente con la voz, sino también con el corazón... La voz que va dirigida a los hombres es el sonido; la voz para Dios es el afecto" (S. Agustín).

En la liturgia, el canto exterior calla a menudo para la proclamación de la Palabra, para las oraciones y para el silencio sagrado; pero el cántico interior no debe cesar jamás. En concreto, en el salmo responsorial el/la salmista nos pone la Palabra de Dios en los oídos y en los labios; la escuchamos y participamos con la antífona. Mientras el oído escucha al salmista, el corazón debe continuar cantando internamente.



La terminación de la asamblea y de sus cantos no debe hacer callar ese cántico interior. Pues no basta con cantar las alabanzas de Dios; hace falta la vida. San Agustín nos dice: "Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar". "Os exhorto, hermanos, a alabar a Dios. Pero alabad con todo lo que sois, es decir, que no sólo alabe a Dios vuestra lengua y vuestra voz, sino también vuestra conciencia, vuestra vida, vuestras obras... Por tanto, hermanos, no os preocupéis simplemente de la voz cuando alabáis a Dios; alabadle totalmente: que cante la voz, que cante la vida, que canten las obras". "¿Quieres que la alabanza resulte agradable a tu Dios? No juntes al buen canto la estridencia de tus malas costumbres. Los que alabáis, ¡vivid bien!. La alabanza de los impíos ofende a Dios. El se fija más en tu vida que en el sonido de tu voz".

El canto de la vida ha de unirse al canto de los labios. No sólo para que de ese modo sea la alabanza de toda la persona, sino para que se pueda experimentar verdaderamente aquello que se dice en el canto. De nuevo nos enseña Agustín : "No podréis experimentar qué verdadero es lo que cantáis si no empezáis a obrar lo que cantáis. Empezad a obrar y veréis lo que estoy diciendo. Entonces fluyen las lágrimas a cada palabra. Entonces se canta el salmo y el corazón hace lo que se canta en el salmo. . Porque los oídos de Dios atienden al corazón del hombre. Muchos son atendidos estando sus bocas en silencio y otros muchos no son escuchados a pesar de sus grandes clamores".

La Palabra de Dios cantada continúa presente en la vida del cristiano. Si el cántico interior no se apaga, los cantos seguirán resonando fuera de los muros de las iglesias como un eco vivo y una prolongación espiritual de nuestra oración en nuestras vidas.

Más enseñanzas para el Ministerio de Música en el libro "El Espíritu Santo en clave de sol"


 
Con la aclamación que llamamos el Aleluya se inicia el ritual de la proclamación del Evangelio en la Eucaristía. “Halelu-Yah” es una palabra hebrea que ha pasado sin traducir a todas las liturgias y significa “alabad a Yahvé”. Es una invitación a la alabanza y una expresión de júbilo. Con ella, la asamblea de los fieles recibe y saluda al Señor que va a hablarles; le glorifica y festeja en la Palabra que se dispone a escuchar, cuya acogida manifiesta de antemano con el saludo respetuoso y gozoso que dirige al Señor de esa Palabra, porque reconoce la presencia de Jesucristo en esa proclamación que va hacerse del Evangelio… Entonces, toda la asamblea se pone en pie y canta al Señor con esta aclamación de alegría y júbilo que es el Aleluya.

El Aleluya tiene un carácter marcadamente pascual, y está especialmente indicado para los domingos y festivos. Es la aclamación pascual por excelencia, la que oímos resonar con fuerza en la noche de Pascua, cuando el sacerdote, terminada la epístola, entona por tres veces Aleluya, elevando gradualmente la voz, y repitiéndolo a continuación la asamblea. Una vez entonado el Aleluya, ya no se volverá a omitir durante toda la cincuentena pascual y será uno de los distintivos de este tiempo litúrgico.

Toda la asamblea se pone en pie y canta al Señor con esta aclamación de alegría y júbilo que es el Aleluya.

Vayámonos ahora al siglo IV y escuchemos a Agustín: “Alabemos al Señor, hermanos, con la vida y con la lengua, de corazón y de boca, con la voz y con las costumbres. Dios quiere que le cantemos el Aleluya de forma que no haya discordias en quien lo alaba. Comiencen, pues, por ir de acuerdo nuestra lengua y nuestra vida, nuestra boca y nuestra conciencia. Vayan de acuerdo, digo, las palabras y las costumbres, no sea que las buenas palabras, sean un testimonio contra las malas costumbres. ¡Oh feliz Aleluya del Cielo! Es suma la concordia de quienes lo alaban allí donde está asegurada la alegría de los cantantes, donde no existe la lucha promovida por la ambición que ponga en peligro la victoria de la caridad. Cantemos pues aquí, aún preocupados, el Aleluya, para poder cantarlo allí sin temor. Entonces se cumplirá lo que está escrito. Grito no ya de quien lucha, sino de quien ya ha triunfado. La muerte ha sido absorbida por la victoria… ¡entónese el Aleluya! ¿Dónde está muerte tu aguijón?… ¡cántese el Aleluya! Cantemos el Aleluya aun aquí, en medio de peligros y tentaciones. Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas. Por tanto, cantemos también aquí el Aleluya. El hombre es todavía culpable, pero Dios es fiel”.

El Aleluya se canta en todos los tiempos litúrgicos, excepto en el tiempo de Cuaresma, en el que en lugar del Aleluya se canta el verso que presenta el leccionario antes del Evangelio y que llamamos tracto o aclamación. Al ser el Aleluya una aclamación jubilosa, su forma normal es el canto. El Aleluya debe ser cantado por toda la asamblea, no solo por el cantor o coro que lo empieza. No es una letra que se canta -una lectura cantada- como el Salmo Responsorial, sino una música con algo de letra -un canto aclamativo- en el que lo más importante es el hecho mismo del canto jubiloso. Por eso, al contrario del Salmo Responsorial que se canta o se recita, el Aleluya, si no se canta, puede omitirse; porque, si no se canta, pierde todo su sentido como aclamación. La función ministerial del Aleluya es acompañar la procesión del Evangeliario, por lo que -en cierto modo- es también un canto procesional. Existe procesión, movimiento procesional, desde que el diácono pide la bendición hasta que llega al ambón y proclama el Evangelio; pero no es esa su única función, la función de acompañar la procesión, porque no siempre hay procesión. El Aleluya (o, en el caso de Cuaresma, el canto del versículo antes del Evangelio) tiene por sí mismo el valor de rito o acto. Tiene entidad propia, no es la conclusión de la segunda lectura, sino que inicia la proclamación del Evangelio y por eso la asamblea se pone de pie para cantarlo. Hay una práctica -una mala práctica cada vez más extendida- que es cantar en este momento cualquier canto que contenga la palabra “aleluya”. Y no es apropiado cualquier canto para este momento… Se trata de hacer la aclamación Aleluya, cantar el versículo, y volver hacer la aclamación Aleluya. Esta es la estructura que hay que seguir; no vale cualquier canto para este momento.

El Aleluya (o, en el caso de Cuaresma, el canto del versículo antes del Evangelio) tiene por sí mismo el valor de rito o acto.

“Dichoso Aleluya aquel, en paz y sin enemigo alguno. Allí no habrá enemigo ni perecerá el amigo. Se alaba a Dios allí y aquí; pero aquí lo alaban hombres llenos de preocupación, allí hombres con seguridad plena; aquí hombres que han de morir, allí hombres que vivirán por siempre; aquí en esperanza, allí en realidad; aquí de viaje, allí ya en la patria… Ahora, por tanto, hermanos míos, cantémoslo; pero como solaz en el trabajo, no como deleite en el descanso. Canta como suelen cantar los viandantes. Canta pero camina. Alivia con el canto tu trabajo. No ames la pereza. Canta y camina. ¿Qué significa camina? Avanza, avanza en el bien. Según el Apóstol, hay algunos que van a peor. Tú, avanza y camina;  pero avanza en el bien, en la recta fe, en las buenas obras. Canta y camina: no te salgas del camino, no te vuelvas atrás, no te quedas parado. ¡Canta y camina!” (S. Agustín).

Javier de Montse - Comunidade Caná

Escucha AQUÍ el tema completo



Jesús​ el Señor nos pasa con Él a un nuevo modo de vida:

cada pequeño detalle cotidiano tiene repercusiones eternas.

Todo, en esta vida, va... de la Otra.




“Al rayar el alba, antes de salir el sol, María Magdalena fue al sepulcro. Y vio la piedra quitada” (Jn 20, 1-2)

María se encuentra aquella mañana ante un acontecimiento inesperado; algo que lo cambia todo. Ella siente que se han llevado a su Señor y empieza una carrera frenética para avisar a los amigos de Jesús. “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto” (Jn 20, 13). Lo ha perdido dos veces; en vida y ahora muerto.

Para encontrar verdaderamente a Dios… quizás haga falta perderlo. Dejemos, queridos amigos, que nos arrebaten a ese Dios triste y aburrido. Abrámonos hoy a la sorpresa del Resucitado. María no lo reconoció por la vista, sino por el oído; por su voz. Lo escucha y lo reconoce como el Pastor que pronuncia su nombre.



Permitidme una audacia del Espíritu… Preguntémosle a María Magdalena:

- María, ¿qué te hizo sentir Jesús?

- Él tocó mi vida como un rayo de luz que llegase al fondo más oscuro del pozo, a aquel punto que me producía horror y asco, incluso de mí.

- Jesús te admitió en su séquito, junto a otras mujeres (Jn 8, 1-3).

- Él tomo posesión del lugar antes ocupado por demonios. Todos los que lo seguíamos fuimos sanados.

- ¿Por qué te eligió el Señor para dar la noticia?

- Aquella mañana, al acercarme al sepulcro, aunque diera la apariencia de que me interesaba por un muerto, atendía a la llamada de la luz de la vida sin darme cuenta de ello… El amor era más fuerte que la resignación.

- Tú, María, en esa mañana, ¿qué sentiste?

- Lo único que sé es que Él, el gran jardinero, me ha llamado por mi nombre. Al instante reconocí su voz. Me dio un vuelco el corazón y tuve la certeza de que estaba vivo.

- Formula un deseo…

- Mi deseo es que todos aquellos que creen en Jesús sean ministros de la misericordia que, con el poder del Resucitado, puedan resucitar a personas como era yo. Para ello es necesario que hombres y mujeres vean en nuestros ojos mirada de enamorados, que a través de nuestros ojos y nuestro corazón puedan sospechar Su Presencia en medio de nuestro mundo. Él vive para sacarnos del barro y convertirnos en perlas de inmenso valor.

“María Magdalena fue a decir a los discípulos que había visto al Señor y a anunciarles lo que Él le había dicho” (Jn 20, 18).

Y tú, ¿a quién se lo vas a contar...?

Montse de Javier - Comunidade Caná

"Me amó y se entregó por mí " (Gal 2, 20)

     Celebraremos nuestro Encuentro de Comunidad del 14 al 17 de abril. Comenzaremos el Jueves Santo por la mañana y terminaremos el Domingo de Resurrección con la comida. Acompañaremos al P. Santi Núñez, sirviendo en las parroquias pontevedresas de  Raxó, Samieira y Combarro
   Una vez más, viviremos en comunidad la muerte y resurrección de Cristo. Una experiencia que muchos anhelan... y que te cambia la vida. Una nueva oportunidad de encontrarnos con Jesús el Señor, igual que le sucedió a Saulo y pasó a llamarse Pablo. Después de estrenar esta nueva vida, pudo decir: "Con su muerte venció el pecado, con su muerte venció la muerte. Feliz culpa la tuya, Adán, que nos mereció tal Redentor. Feliz tú, Abraham, que creíste. Ahora adoramos al Hijo que Dios nos prometió".

¡Oramos pidiéndole a Dios un deseo ardiente de vivir en Pascua!
14-17 abril 2022  ·  Comunidade Caná


JUEVES 14   Cena del Señor y Hora Santa   
                           Raxó 17:00    Samieira 18:30    Combarro 20:00                              
S. Roque abierto, como espacio de primera evangelización, de 17:00 a 21:30

VIERNES 15   Viacrucis     
Raxó 10:30   Samieira 10:30   A Renda 10:30    S. Roque 12.00 
S. Roque abierto de 11:00 a 13:30

VIERNES 15   Santos Oficios   
Raxó 17:00   Samieira 17:00   Combarro 18:30 
S. Roque abierto de 17:00 a 20:00  

SÁBADO 16   Vigilia Pascual 
                                    Samieira 20:00    Combarro 21:30                                      
S. Roque abierto de 17:00 a 20:00
 
DOMINGO 17   Eucaristía
Combarro 12:15 



 'El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga' (Mt 16, 24)



     No se trata de una cruz ornamental, o ideológica, sino es la cruz de la vida, es la cruz del propio deber, la cruz del sacrificarse por los demás con amor, por los padres, por los hijos, por la familia, por los amigos, también por los enemigos; la cruz de la disponibilidad a ser solidario con los pobres, a comprometerse por la justicia y la paz. 

    En el asumir esta actitud, estas cruces, siempre se pierde algo. No debemos olvidar jamás que ‘el que pierda su vida -por Cristo- la salvará’. Es perder... para ganar. Y recordemos a todos nuestros hermanos que todavía hoy ponen en práctica estas palabras de Jesús, ofreciendo su tiempo, su trabajo, sus fatigas e incluso su propia vida para no negar su fe a Cristo.

Comunidade Caná

    Jesús, mediante su Santo Espíritu, nos dará la fuerza de ir adelante en el camino de la fe y del testimonio: hacer aquello en lo cual creemos; no decir una cosa y hacer otra. Y en este camino siempre está cerca de nosotros y nos precede la Virgen: dejémonos tomar de la mano por ella, cuando atravesamos los momentos más oscuros y difíciles.

     El Evangelio nos llama a confrontarnos, por así decir, ‘cara a cara’ con Jesús.

Papa Francisco, 19-6-2016

   
       Comunidade Caná está formada por familias de distintos lugares de España. Contamos también con familias y personas colaboradoras que nos ayudan en los proyectos comunitarios.
        Somos una comunidad de familias. El objetivo no es vivir bajo el mismo techo, sino crecer en familia: que cada familia se sienta fortalecida en su vida de fe, apoyada en las decisiones humanas que debe tomar e impulsada a caminar como familia cristiana en medio del mundo. Cada familia vive de su trabajo diario y está enraizada en un lugar determinado, integrándose en la vida parroquial y construyendo una vida humana y espiritual estable y equilibrada; tiene, por otro lado, plena autonomía para tomar las decisiones que exige su vida familiar, como comunidad que es -“Iglesia doméstica”- dentro de una comunidad mayor.

 
         Nuestro gran reto no consiste en resolver los incontables problemas que surgen en las familias, sino en reconocer el Don que Dios regala y hacerlo fructificar. Es un reto de dimensión divina pero que está a nuestro alcance, porque Dios mismo lo acompaña y lo hace madurar.
      La ideología de la postmodernidad niega la verdad en lo concreto de la vida de las personas: el cuerpo pierde su lenguaje y el tiempo queda fragmentado en instantes; el resultado son personas desintegradas, debilitadas y manipulables. 


     Caná acoge la singularidad de cada familia, creando unas relaciones fraternas, aprendiendo unos de otros en la oración y el compartir humano, espiritual y material, en la línea de las primeras comunidades cristianas. Cada familia de la Comunidad camina como Iglesia doméstica. Nuestro modelo es la Familia de Nazaret. 
      Cada familia se compromete a rezar por las otras familias de la Comunidad y a mantener una comunicación cercana, a visitarnos unos a otros y compartir de cerca nuestras dificultades y alegrías, luces y sombras... Es motivo constante de nuestro compartir, en primer lugar, nuestra propia vida -para crecer espiritualmente y dar mayor gloria a Dios- y, en segundo lugar, nuestra acción pastoral y evangelizadora.